1/2-Emociones y política (por Jan Doxrud)

1/2-Emociones y política (por Jan Doxrud)

En estos dos artículos examinaremos el fenómeno de las emociones y su relación con el mundo de la política y la democracia.  En primer lugar, comenzaremos definiendo el concepto de emoción, sus características e importancia. Como afirma Richard  Firth-Godbehere en su libro “Homo Emoticus”:

“La historia nos muestra que las emociones son poderosas; que han forjado el mundo en la misma medida en que haya podido hacerlo cualquier tecnología, movimiento político o intelectual. Fueron ellas las que sentaron las bases de las religiones, las indagaciones filosóficas y la búsqueda de conocimiento y de la riqueza. Sin embargo, también pueden ser una fuerza oscura, capaz de destruir mundos a través de la guerra, la codicia y la desconfianza”

El concepto de emoción deriva del latín, específicamente del verbo “emovere” (“remover”, “retirar”, “sacar de un lugar”). En cuanto a la conceptualización actual, las emociones son reacciones automáticas e inmediatas ante estímulos internos (recuerdos) y externos (ruidos, miradas). De acuerdo con Antonio Damasio, las emociones forman parte de un sistema automatizado e innato que permite al ser humano reaccionar ante el ambiente que lo rodea.  

En un artículo titulado “Reflexiones sobre la relación entre expresión emocional y cultura”, los psicólogos Chamarrita Farkas y Paula Muñoz, ofrecen otras definiciones. Una primera (del psicólogo Javier Moltó) nos dice que las emociones son fenómenos complejos y que incluyen múltiples factores tales como la evaluación cognoscitiva de situaciones, así como también un conjunto diverso de cambios fisiológicos, como expresiones visibles o manifiestas. Añade también la existencia de un componente motivacional “que se refleja en una intención o tendencia a la acción y, por último, un estado subjetivo experiencial o de sentimiento”.

Por su parte el científico social, Jon Elster, enumera en su libro “La explicación del comportamiento social”, una serie de rasgos. En primer lugar, las emociones son desencadenadas por creencias. En segundo lugar está la excitación fisiológica. En tercer lugar las expresiones fisiológicas. En cuarto lugar la tendencia a la acción en donde “las emociones se acompañan de tendencias o impulsos a la ejecución de acciones específicas. En quinto lugar tenemos que las emociones son intencionales, en el sentido de que se refieren a algo que es ponderado por el sujeto. Por último, Elster destaca la valencia, esto es, la dimensión placentera o dolorosa de las emociones

Otra definición describe a las emociones como impulsos que nos llevan a actuar o programas de reacción automática con los que nos ha dotado la evolución. Así, las emociones tienen un valor adaptativo que, de acuerdo con los autores, “permite que el ser humano pueda interactuar con diversas condiciones cambiantes del entorno, lo cual ha ocurrido gracias al aprendizaje que la propia especie ha generado, rescatando lo que le es útil y transmitiéndolo a las siguientes generaciones”.

Los autores citan también la definición del académico de psicología de la Universidad de Münster, Manfred Holodynski, quien concibe las emociones como la “percepción subjetiva de las reacciones corporales objetivamente mensurables provocadas directamente por un  desencadenante para la emoción (…)”. Por último, Farkas y Muñoz citan la definición de la académica de la Penn State University, Pamela M. Cole, para quien las emociones son “procesos adaptativos que implican apreciaciones de situaciones en términos de su bienestar y la disposición a actuar para preservar dicho bienestar”. 

Por su parte, Manuel Arias Maldonado explica en su libro “La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI”, que ninguna definición de emoción puede prescindir de su componente fundamental: “que opera sin concurso de nuestra voluntad, de manera espontánea o automática y en relación con un acontecimiento real o imaginado”. Con esto último se refiere, por ejemplo, al caso de las fobias, en donde, a partir de algo real, se exagera la amenaza que realmente representa.

De acuerdo con Jeanne Tsai, académica de psicología en la Universidad de Stanford, en las décadas de 1950 y 1960, las ciencias sociales se encontraban divididas en dos bandos frente al tema de las emociones. El primero era el bando universalista el cual, si bien reconocían las diferencias culturales en lo que respecta a  costumbres y tradiciones, señalaban que igualmente existían una serie de emociones nucleares en las diversas culturas como, por ejemplo, la alegría, tristeza, miedo, ira, sorpresa y el asco. Esta postura universalista defendía la idea que las emociones evolucionaron como respuesta al entorno de nuestros ancestros primordiales, de manera que  son las mismas en todas las culturas.

Por otro lado, Tsai destaca  la postura del constructivismo social que sostiene que, a pesar de existir una herencia evolutiva común, tenemos que los diferentes grupos de seres humanos evolucionaron para adaptarse a entornos distintivos. Por lo tanto, si los entornos humanos varían, entonces las emociones de las personas también son culturalmente variadas. Este enfoque pone de relieve que  las emociones, si bien pueden sentirse como automáticas, naturales, fisiológicas e instintivas, se encuentran también moldeadas culturalmente.

Los citados psicólogos Farkas y Muñoz, explican que los gestos faciales y corporales constituyen las expresiones no verbales de las emociones, y son la primera forma de comunicación sobre la cual, posteriormente, se configura el lenguaje. Lo interesante es que, de acuerdo con los autores, los factores culturales “afectan lo corporal y especialmente lo facial al momento de expresar emociones, pudiendo intensificar o disminuir dicha expresión”. Por ende,  para los psicólogos, la cultura, entendida como una forma de vida compartida, establece reglas, valores y creencias profundamente arraigadas, lo cual afecta también al ámbito emocional.

Firth-Godbehere explica en el citado libro el concepto de “regímenes emocionales”, acuñado por el historiador William Reddy. El autor señala que tales regímenes se refieren a los “comportamientos emocionales esperados que nos impone la sociedad en que vivimos”. Así, estos regímenes implican normas, principios y prácticas sociales que legitiman (y deslegitiman)  emociones humanas y cómo estas deben experimentarse (o no) y expresarse (o no) de acuerdo con el contexto. Esto no vale solo a nivel cultural, sino que también en lo que podemos llamar “microcontextos”. Por ejemplo, existen regímenes emocionales dentro del contexto laboral, dentro de la familia, dentro de la universidad o dentro de un contexto más distendidos con amigos.

Como afirma Firth-Godbehere, por lo general uno espera que el auxiliar de vuelo sea cortés y educado con los pasajeros de primera clase, independiente si estos últimos sean groseros. Ahora bien, tal auxiliar podrá después encontrar un “refugio emocional” donde pueda desahogarse con sus compañeras, por lo que estos refugios permiten a las personas dar rienda suelta a sus emociones. Otro concepto que destaca el autor es el de “comunidades emocionales” para dar a entender que la forma en que expresamos nuestras emociones no siempre nos viene impuestas desde arriba y que, por el contrario, estas puede brotar desde abajo, de las personas y la cultura. Por ende, podemos decir que existen “regímenes emocionales” en diversas culturas, lo cual no lleva a establecer que las emociones no se explican “solo” por la biología o “solo” por la cultura. Existen emociones que pueden considerarse como transculturales pero, lo que las provoca, cómo se expresan, como se rotulan y clasifican, dependerán del contexto cultural.

Pasemos al concepto de sentimiento. Estos son descritos como estados afectivos más duraderos y conscientes que las emociones. Los sentimientos emergen cuando la experiencia emocional es interpretada (qué emoción es, causa, sentido) y procesada cognitivamente, lo que le da un significado a lo que siente. Por ejemplo si detecto un peligro y sientes miedo, entonces esto comenzarás a sentirlo a nivel corporal pero, una vez que el miedo pasa, comienzas a reflexionar sobre lo inseguro y vulnerable que te sentiste. También pudiste haber experimentado ira ante una situación concreta y, posteriormente, comenzar a reflexionar y sentir culpa, frustración y arrepentimiento. A partir de esto te reflexionas  sobre por qué te exaltaste y si acaso deberías tener un mayor autocontrol.

Tenemos un hecho y es que somos seres emocionales, y no hay nada malo en ello. También somos seres racionales y, tanto racionalidad como emocionalidad conviven, a pesar de que lingüísticamente solemos, no solo separar ambos conceptos, sino que presentarlos como antagónicos. Como explica Jon Elster en su libro “Egonomics”, lo “racional” y lo “emocional” se contraponen como descripción del carácter. A esto añade: “Se supone que las emociones interfieren con nuestra capacidad de formar creencias racionales y de hacer elecciones racionales. Son como arena dentro de la maquinaria de la acción”

Como explique en la parte 3 de mi artículos sobre los “fanáticos y creyentes” las emociones es parte integral del ser humano y un ser puramente racional sin emociones no podría desenvolverse de manera correcta en su vida diaria. También cité a la filósofa  Victoria Camps,  para quien las emociones no son ni buenas ni malas, sino que adecuadas o no. Tal como dice el título de su libro, para la filósofa española lo importante es gobernar las emociones y no reprimirlas (tampoco idealizarlas o romantizarlas). Para Camps la pasión pura y desbocada desconectada de un criterio racional, es un mal soporte para la acción colectiva, la cual busca el bien común. El abandonarnos a las emociones y pasiones nos llevaría a terminar como Aquiles, dominado por sus emociones, o como Narciso con su vanidad y exceso de orgullo.

Para la filósofa española, el antagonista de las emociones no es la razón, sino que la “apatía”, es decir, el no sentirse afectado. Un mundo con personas sin emociones carecería de una brújula moral, puesto que no existirían sentimientos de compasión, remordimiento, ira o vergüenza. Una sociedad con autómatas que carecen de emociones y sentimientos, sería una en donde los lazos sociales y la confianza se desintegrarían. Por lo demás las emociones constituyen un motor que motiva a las personas a actuar: emprender un proyecto profesional, fundar una ONG que ayude a los más necesitados, campañas solidarias, etc. Las emociones también permiten cambiar nuestra conducta por medio de la reflexión y el autoconocimiento, como vimos en el caso de los sentimientos. Como afirma Camps:

“Efectivamente, razonando se generan nuevas emociones que suplantan a las que en principio producían sentimientos perturbadores e inconvenientes para el bienestar psíquico de la persona”.

Por su parte, Elster apunta en la misma dirección:

“Las emociones pueden, de por sí, estar sujetas a criterios de racionalidad. Pueden facilitar la cognición en lugar de obstruirla. Y, finalmente, las emociones tienen un papel indispensable en brindar un sentido y un rumbo a la vida. Sin emociones, no habría ningún motivo para actuar”.

En palabras de Manuel Arias, pensar en un mundo sin emociones “es invocar una imagen mortuoria digna de la ciencia ficción distópica”. Por ende, así como no vamos a suprimir la libertad humana debido a que algunos hacen un mal uso de esta, lo mismo sucede con las emociones. Como afirma el autor, estas últimas no nos ofrecen por sí mismas ninguna respuesta moral sobre lo que es correcto “ni indicaciones políticas sobre el modo en que han de resolverse los conflictos de valor” o los medios para alcanzar determinados fines. Así, en la página final de su libro, Arias afirma por un lado que “el futuro será de los afectos o no será” y, por otro, que “el futuro no podrá ser sino de la razón: una razón que ha aprendido – a golpes de autoconciencia – a dialogar fructíferamente con sus emociones”.

Martha Nussbaum afirma en su libro “La monarquía del miedo” que las emociones no vienen predeterminadas de forma innata, puesto que se van moldeando mediante normas sociales y los contextos. Añade que esto es algo positivo, ya que “disponemos de un margen considerable para moldear las emociones de nuestra propia cultura política”. En virtud de lo anterior, la filósofa señala que necesitamos conocernos y responsabilizarnos de nosotros mismos. Al respecto escribe la autora:

“No, no hay nada inevitable ni natural en el odio racial, en el miedo a los inmigrantes, en el deseo de subyugar a las mujeres o en la repulsión que a algunos les producen los cuerpos de las personas con discapacidades”.

Ahora bien, esto también conlleva costos ya que existen emociones negativas que han desencadenado catástrofes a nivel mundial y tragedias a menor escala. Los totalitarismos tanto nazi como socialista usaban el miedo y fomentaban la ira, el resentimiento y el asco, ya sea contra los judíos o contra la clase social enemiga. Los totalitarismos eran guiados por emociones destructivas y utilizaron medios racionales para lograr sus objetivos. Respecto a esto, la misma Nussbaum advierte en su libro “Emociones políticas” que es erróneo suponer que sólo las sociedades fascistas o agresivas sean intensamente emocionales, puesto que todas las sociedades están llenas de emociones y, las democracias liberales no constituyen una excepción. En palabras de Nussbaum:

“Todas las sociedades, pues, tienen que pensar en sentimientos como la compasión ante la pérdida, la indignación ante la injusticia, o la limitación de la envidia y el asco en aras de una simpatía inclusiva. Ceder el terreno de la conformación de las emociones a las fuerzas antiliberales otorga a estas una enorme ventaja en el ánimo de las personas y conlleva el riesgo de que esas mismas personas juzguen insulsos y aburridos los valores liberales”.

Pasemos ahora al plano político. No entraré aquí a definir política y otros conceptos como democracia ya que lo he hecho en otros artículos, por lo que dejaré disponibles estos al final del presente artículo. Como explica la socióloga y académica de la Universidad de Ohio, Tamanna M. Shah en un paper titulado “Emotions in Politics: A Review of Contemporary Perspectives and Trends”, la política se encuentra intrínsecamente entrelazada con las emociones humanas.

Esto lo podemos apreciar en los discursos apasionados de líderes carismáticos o las reacciones de los ciudadanos ante acontecimientos significativos. Añade que las emociones son un hilo conductor en la trama política y que estas se encuentran estrechamente vinculadas a “la polarización partidista, la formación de actitudes políticas y la opinión pública”. Shah continúa explicando que las emociones no funcionan de manera lineal o predecible, es decir, uno no puede establecer que “si pasa A, entonces la emoción B aumenta exactamente en la misma proporción”.

En virtud de lo anterior, las emociones son complejas, interdependientes y, en ocasiones, impredecibles. Por último, la autora afirma que, dentro de la esfera política, existe una interacción continua entre las narrativas emocionales dominantes del Estado y los esfuerzos persistentes de las masas por emanciparse de la influencia emocional.

Por su parte el proyecto “Emotions in EU Politics & Democratic Resilience! (ENCODE) explica en un artículo[1] que, tradicionalmente, la política se ha conceptualizado como un espacio regido por la deliberación racional, la argumentación empírica y la toma de decisiones lógica. Lo anterior se ha traducido en que las emociones sean concebidas como algo disruptivas, irracionales, impredecibles y, por lo tanto, incompatibles con la deliberación democrática. Frente a esto, se señala que la práctica ha demostrado que la suposición anterior es engañosa, puesto que las emociones, lejos de ser marginales, son la esencia misma de la vida política.

Añaden que uno de los desafíos más urgentes que enfrentan las democracias en la actualidad es la polarización afectiva, es decir, “la creciente tendencia de los ciudadanos a ver a sus oponentes políticos no solo como personas con opiniones diferentes, sino como amenazas o enemigos”. Lo anterior constituye una amenaza para la democracia, puesto que tal división emocional fomenta la desconfianza, erosiona el compromiso y derriba la posibilidad misma del diálogo democrático.

El hecho es que las emociones juegan un rol central dentro de la política, el debate público y la filosofía política. Por ejemplo, cuando uno se pregunta por qué vivimos en “Estados”, se nos responde con el clásico “contrato social”. Pero, ¿qué motivó a que se llevara a cabo ese (teórico y ficticio) contrato?  Thomas Hobbes (1588-1679) apelaba al miedo, miedo al otro, miedo a la muerte y miedo a la inseguridad. John Locke (1632-1704) también apela, aunque con menor intensidad, a un miedo razonable y a la inseguridad. Antes que ellos, Maquiavelo (1469-1527) también apeló a emociones como el temor y a la necesidad de que el soberano infundiera miedo a la hora de gobernar.

En autores como Juan Donoso Cortés (1809-1853) o Carl Schmitt (1888-1985) existe un miedo al caos y a la revolución, y apelan a una autoridad que imponga orden, ya que las normas por sí mismas no son suficientes. Detrás de toda filosofía hay un trasfondo emocional que guía las preocupaciones y preguntas de los autores. El miedo a la tiranía puede que sea el motor que impulse una filosofía libertaria o que la ira producto de las desigualdades sociales, me lleve a desarrollar una filosofía igualitarista.

Pero no solo los filósofos, sino que también las emociones están presentes en los principales líderes políticos. Por ejemplo Xi Jinping ha hecho varias veces referencia en sus discursos al “siglo de la humillación” (1839-1949) que sufrió China bajo potencias occidentales, para así estimular el nacionalismo dentro de su país. También ha utilizado esta humillación como un marco común que busca establecer lazos con otros países que fueron en el pasado víctimas del imperialismo occidental, como es el caso de algunas naciones africanas.

Tenemos también el caso de Putin, cuando afirmó en un discurso televisado (2005) que el colapso de la URSS había sido la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. Esto no debemos interpretarlo como un deseo del líder ruso de querer regresar al sistema socialista sino que, más bien, una suerte de nostalgia de aquellos tiempos en que Rusia era una potencia con prestigio, respetada y geográficamente imponente. Putin también se ha comparado con Pedro el Grande – paradójicamente el zar que admiraba a Occidente – puesto que por medio de guerras de conquista, este había “recuperado”, tal como él lo hacía en el caso de Ucrania.

En suma, la teoría política, así como también, la política interior y exterior de los líderes nacionales, no escapan de la dimensión emocional/sentimental, puesto que se tratan de seres humanos y estos últimos son seres racionales, pero también emocionales. Incluso aquellos que desconfiaban de las pasiones desarrollaron filosofías que constituyeron una reacción contra estas, como fue el caso de los estoicos, que quisieron dominarlas, mientras que otros, como Kant, buscaron subordinar las emociones a la razón. Incluso personajes que parecen muy fríos como el líder chino y ruso, son guiados por emociones, por el orgullo, la humillación o el deseo de trascender, ser reconocido y recordados durante siglos.

Por último, los votantes no son máquinas calculadoras racionales a la hora de votar. Las emociones son una parte esencial dentro de los períodos eleccionarios, lo cual se puede ver en las preferencias de los votantes. ¿Por qué existen personas que apoyan el gobierno de Bukele mientras que otros no? ¿Qué es lo que determina que un votante vote por un candidato específico? Quizás, quienes han experimentado en primera persona la violencia de las Maras priorizaran la seguridad por sobre otros valores, mientras que para otros la seguridad no puede poner en jaque la libertad y el debido proceso en materia judicial.

Quienes no comulgan con las políticas de Trump lo pueden hacer en nombre del libre comercio, el respeto del Derecho Internacional y los derechos básicos de las personas. En suma, el miedo, la esperanza, la rabia o la indignación funcionan como estímulos o fuerzas movilizadoras. Ahora bien, esto no significa que todos los votos sean solo fruto de arrebatos emocionales aunque, probablemente, una cantidad significativa sí lo sean.

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[1] The Role of Emotions in Politics: Understanding the Emotional Pulse of Democracy