2/2-Emociones y política (por Jan Doxrud)

2/2-Emociones y política (por Jan Doxrud)

Pasemos ahora a abordar la  democracia liberal. Concebida desde un punto de vista formal (democracia mínima) la democracia liberal es un mecanismo de toma de decisiones colectivas y  una competencia pacífica para acceder a puestos de poder. En esta clase de democracia se permite el pluralismo ideológico, el multipartidismo, la libertad de prensa y se combina con un principio esencial: el Estado de Derecho. En las democracias liberales existen mecanismos que impiden que la mayoría aplaste y pase a llevar los derechos de las minorías, y cuenta también con mecanismos para que quienes ejercen el poder no abusen de este o lo utilicen para someter coercitivamente a la ciudadanía.

El poder es central dentro de la política y la democracia y ciertos cargos solo pueden ser ocupados si la persona es electa por los ciudadanos. Así, las campañas electorales resultan ser vitales para alcanzar esos puestos de poder y, lo que esas campañas buscan, es convencer al ciudadano por cualquier medio: apelando a la razón por sobre la emoción, apelando a la emoción a costa de la razón o apelando a ambas.

Algunos políticos apelarán a la solidaridad y a la empatía, mientras que otros estimularán el resentimiento y la pugnas entre grupos socioeconómicos o étnicos. La política, a lo largo del tiempo, se fue convirtiendo gradualmente en un espectáculo. Cuando el sufragio se fue masificando y se dejó atrás el sufragio censitario, los políticos tuvieron que comenzar a realizar campañas, a tomar usar de las técnicas propias del mundo de la publicidad y a usar la información que proveen empresas encuestadoras y que realizan estudios cualitativos de la población.

Hace décadas el intelectual y crítico literario, Walter Benjamin (1892-1940), había advertido sobre la “estetización” de la política. Ahora bien, al autor le tocó vivir el ascenso de los totalitarismos en donde esto fue muy evidente y con un alto nivel de intensidad. La estetización de la política significa que esta se transforma en un espectáculo en donde los símbolos, rituales, canciones y las marchas se vuelven medulares.

Walter Benjamin

Lo que los totalitarismos buscaban era exaltar a las masas y que el individuo se fuera diluyendo en esta y se dejara llevar por las emociones colectivas. Así, los totalitarismos instauraron su propio “régimen emocional”. Como escribió el autor marxista, Guy Derbord, en su “Sociedad del espectáculo”, el fascismo se presentaba como una “resurrección violenta del mito que exige la participación de una comunidad definida por seudo-valores arcaicos: la raza, la sangre, el jefe”. 

Lo anterior se relaciona con el fenómeno ampliamente estudiado: la psicología de masas. No es nada nuevo que una persona modifique su conducta cuando se encuentra en grandes grupos, por ejemplo, dentro de una barra de fútbol. Pero lo que cambia no es solo la conducta, sino que también las emociones que experimenta. Esto es algo que saben explotar muy bien los políticos, líderes populistas y dictadores como Mussolini o Hitler.

El antropólogo Charles Lindholm (1946-2023) en su libro “Carisma” nos habla de las técnicas del frenesí dentro del nazismo. Lo que Hitler ofrecía al seguidor era una “sensación de fusión con lo colectivo bajo la guía del führer” la cual se alcanzaba en los discursos que el dictador realizaba ante las masas. El autor cita las palabras de quienes presenciaron esos momentos. Una persona decía: “Me sentí como si me interpelara personalmente. Mi corazón se aligeró, algo me subió en el pechoi. Es como si poco a poco algo se reconstruyera dentro de mí”. Otra persona afirmaba lo siguiente

“La intensa voluntad del hombre, la pasión de su sinceridad, parecían fluir desde él hacia mí. Experimenté una exaltación que se podría asemejar sólo a la conversión religiosa”.

Actualmente esto lo podemos apreciar en Corea del Norte en donde en distintos videos se pueden apreciar las expresiones faciales y corporales forzadas y exageradas, por ejemplo, cuando el líder visita a los soldados o a un grupo de civiles, o durante los funerales de Kim Il-sung o Kim Jong-il. Recordemos el caso del estadounidense Otto Warmbier, quien fue detenido en Corea del Norte y quien fue obligado, en público, a confesar todas sus faltas. Quien presenció ese acto, le habrá llamado la atención las expresiones faciales y corporales de Warmbier, las cuales eran muy similares a las que expresan los norcoreanos frente al líder: falsas, forzadas y exageradas.

Como explica Jon Elster en el citado libro, las emociones y las normas sociales son como hermanastras, en donde las segundas regulan la expresión de las primeras e incluso las emociones mismas, por lo que “las reacciones emocionales a los estados emocionales están con frecuencia determinadas por las normas sociales”. Elster cita el caso de la hipocresía como un ejemplo de cómo las normas estipulan que emociones se espera que uno exprese. Comenta que en algunas sociedades como la soviética y la China de Mao, la hipocresía llegó a tener un carácter extremo o patológico.

Por ejemplo se sabía que todo ese despliegue emocional y entusiasta por cumplir los planes económicos (por ejemplo durante el los Planes Quinquenales o el Gran Salto Adelante) o la condena contra la clase enemiga (o enemigos del pueblo) eran absolutamente falsas. Como comenta el autor: “(…) sin embargo, nadie estaba dispuesto a perder su trabajo ni a ser expulsado del partido por no hacerlo”.

Así, tenemos la hipocresía, la simulación y la represión emocional como medios de supervivencia no solo política sino que existencial. No bastó con que Otto Warmbier confesara sus presuntos delitos, sino que estas palabras debían ir acompañadas de todo un espectáculo en donde el joven debía exteriorizar facial y corporalmente sus emociones. Lamentablemente todo ese espectáculo no salvó a Warmbier de morir.

¿Qué rol juegan las emociones dentro de una democracia liberal? Manuel Arias explica en el libro ya citado, que existe un argumento que culpa al liberalismo político de relegar las emociones a la esfera privada “forzando así una separación antropológicamente injustificable entre la razón y los afectos”. Esto último es menos aceptable si se considera a la democracia no sólo como un régimen de opinión, sino que también un régimen afectivo. Añade el autor que este déficit afectivo ha sido aprovechado por el populismo o por el agonismo. Este último consiste en una corriente de pensamiento que “defiende la recuperación de las pasiones como vía para revitalizar el ideal democrático ante su depauperización liberal”.

Por su parte, Cossarini y García Alonso, que los teóricos de la democracia agonista como es el caso de la intelectual belga Chantal Mouffe, conciben que la idea de  consenso, al que aspiran las democracias liberales, están sobrevalorados. Respecto a este pluralismo radical, los autores afirman que Mouffe “se muestra escéptica sobre la capacidad de la política para eliminar, superar o resolver las divisiones y conflictos profundos de nuestras sociedades”. Para Mouffe, y siguiendo a Carl Schmitt lo esencial a lo “político” es el antagonismo y el conflicto, lo cual no significa que el “otro” sea un enemigo, sino que un adversario al que hay que respetar.

En relación con el tema central de este artículo, los autores citan las palabras de Mouffe, para quien la principal tarea de la política democrática “no es eliminar las pasiones ni relegarlas a la esfera privada para hacer posible el consenso racional, sino movilizar dichas pasiones de modo que promuevan formas democráticas”. En palabras de los autores, para Mouffe y autores  que siguen su línea de pensamiento, la reivindicación de las emociones y las pasiones es fundamental dentro de la política “no solo como factor de movilización de las masas, sino también como elemento necesario en los procesos de identificación colectiva, como lo es el populismo”. 

El populismo no es fácil de conceptualizar y, como comenta Arias, carece de un contenido ideológico, de manera que pueden haber populismos de derecha y de izquierda. Igualmente, para algunos, el populismo se trata de una “ideología débil”, mientras que para otros de un “estilo político”. No obstante lo anterior, es posible establecer que  el populismo se caracteriza por establecer un antagonismo entre el pueblo y los enemigos del pueblo. Junto con esto tenemos la existencia de un líder carismático que cree encarnar la voluntad del pueblo y que siente desdén por las instituciones de la democracia liberal.

El pueblo esa así una construcción discursiva o un recipiente vacío que el líder llena con un contenido ideológico específico (Hitler construyó su propio “volk” y Mussolini su propio “popolo”). En palabras de Arias, la idea misma de “pueblo” – materia prima del populismo – es investido de cualidades afectivas que, supuestamente, el líder encarna. De acuerdo con el autor, el populismo no rechaza este carácter construido de la idea de pueblo y, más bien “se propone ser él quien lo construya, con arreglo a su propia definición, apelando a los afectos de los miembros latentes o potenciales del pueblo”.  Por su parte, los cientistas políticos y académicos españoles Paolo Cossarini y Roberto García Alonso, explican en un paper[1] que el “pueblo” puede significar muchas cosas diferentes para diferentes personas en diferentes circunstancias: “(…) podría referirse, por ejemplo, a la nación, al electorado, a los campesinos y el proletariado (…) no es por tanto de extrañar que el populismo, en consecuencia, se haya caracterizado por su transversalidad y elasticidad”

Arias, siguiendo al historiador y filósofo, José Luis Viscañas, afirma que el populismo constituye una impugnación al liberalismo, en el sentido de que parte de la base de que la sociedad no puede fundamentarse sobre una base racional. Así el lazo social sería, más bien, de carácter sentimental y, de acuerdo con esto, el populismo trabaja con los sentimientos negativos “producidos por la insatisfacción de los distintos grupos sociales,  intensificados durante las crisis, para convertirlos en sentimientos positivos de pertenencia”.

¿Qué hay de las ideologías que coexisten dentro de las democracias liberales? Tenemos que dentro de esta clase de democracias compiten distintas ideologías para llegar al poder. Siguiendo a Arias, podemos entender el concepto de ideología como un sistema de creencias que ordenan la forma en cómo visualizamos y organizamos nuestras creencias y actitudes. Ahora bien, junto con esta definición de ideologías, tenemos aquellas de carácter políticas – propias de Occidente –  que surgieron a medidos del siglo XVIII para el consumo de las masas como fue el caso del liberalismo o el socialismo.  Como explica Arias, las ideologías, entendidas como regímenes de percepción que legitiman órdenes sociales y prescriben conductas deseables, poseen una fuerte dimensión emocional. En palabras el autor: “Hay una necesidad humana de sentido que ellas bien pueden satisfacer; razón por la cual, dicho sea de paso, los tiempos de crisis hacen florecer sistemas de creencias más extremistas”.

Tenemos el caso de metarrelatos potentes y omniabarcantes, como el marxismo-leninismo, el cual otorga a sus adherentes un sentido de la historia, la cual avanza y progresa de dialécticamente hacia una utopía final (la sociedad sin clases) la cual es alcanzada gracias al rol redentor del proletariado y el papel de la vanguardia leninista. Así, muchos seguidores de Marx no basan su adherencia simplemente en el volumen I de El Capital (que no es de fácil lectura), y menos aún en el árido volumen II. Quizás ni siquiera han oído hablar de los esquemas de reproducción simple y ampliada que modelan cómo circula el capital o la fórmula de la tasa de plusvalía.

En resumen, salvo algunas excepciones, muchos adherentes al marxismo-leninismo están fuertemente influenciados por las ideas expuestas en el Manifiesto de 1848: la denuncia de la explotación capitalista, la obtención de la plusvalía por la burguesía y la lucha de clases que atraviesa toda la historia de la humanidad. Tal proceso debía terminar con una revolución y el establecimiento de una dictadura del proletariado que gradualmente iría disolviéndose para dar origen a la sociedad sin clases.

En la actualidad somos testigos de cómo emergen las pasiones en debates públicos que involucran el libre mercado, el rol del Estado, el Estado de Bienestar, los impuestos, la seguridad, la igualdad, la libertad, el control de la inmigración, proteccionismo económico, etc. En estos casos se entremezclan argumentos basados en evidencias, pero también aquellos que apelan a las emociones de las personas, las cuales filtran la realidad a través de sus lentes ideológicas (liberales, comunistas, anarquistas, libertarios, socialdemócratas, etc).

Como afirma Arias, en estas discusiones, las ideologías operan como heurísticas o atajos en el sentido de que nos proporcionan “paquetes de sentido a los que recurrir” para emitir juicios políticos, sin considerar otros efectos colaterales. Los trabajadores de aquellas industrias estadounidenses que se ven potencialmente amenazadas por la competencia extranjera – lo que genera temor, ansiedad e incertidumbre –  verán con buenos ojos las políticas arancelarias de Trump pero, por otro lado, serán los mismos estadounidenses quienes que tendrán que soportar el alza de los precios de los productos importados. Pero esos trabajadores pensarán que Trump en realidad se preocupa por la economía estadounidense y por toda la clase trabajadora, solo porque protege unos rubros económicos específicos.

El problema que el autor ve con lo anteriormente señalado,  radica en el fuerte componente afectivo de las ideologías, lo cual puede obstaculizar el “ejercicio intersubjetivo de la persuasión racional que (…) debiera ser el principal método para la toma de decisiones en las democracias contemporáneas”. El miedo y la ira puede jugarnos una mala pasada a la hora de tomar decisiones, por lo que debemos ser capaces, no de reprimirlas, sino que examinarlas bajo la luz de la razón, gestionarlas yd arle una salida adecuada.

Las democracias liberales tiene que hacer frente a los deseos y expectativas de millones de personas con distintas disposiciones (tendencias o inclinaciones) emocionales. Es a través de las elecciones que los ciudadanos canalizan sus esperanzas y depositan su confianza en que habrá un cambio que los beneficie ya que, de lo contrario, la indignación y el resentimiento se acumularán y, como una bomba de tiempo, estallará de una manera violenta toman la forma de protestas o revoluciones.

Esta efervescencia emocional se ha radicalizado con las redes sociales en donde, dentro de un contexto de anonimato y distancia frente a los receptores, las personas – que actúan como inquisidores, fiscalizadores implacables y moralistas – dan rienda suelta a sus emociones sin mediar consecuencias. Denuncian y critican sin fundamentos, se dejan llevar por teorías conspirativas y hacen llamados a cancelar a personas por lo que piensan.

Guardando la distancia correspondiente, recordemos el rol que tuvo la “Radio Télévisión Libre des Milles Coline” en el genocidio en Ruanda en la década de 1990. Esta radio hutu deshumanizaba a los tutsis (a lo que llamaba cucarachas) y actuó como un medio para alterar las emociones y ánimos, lo que se tradujo en que estas se transformaran en violencia sistemática. También tenemos que fue la ira, basada en aseveraciones sin evidencias por parte de Donald Trump, que una masa de ciudadanos asaltó el Capitolio en Estados Unidos. Lo mismo sucedió en Brasil en donde muchedumbres asaltaron la Plaza de los Tres Poderes en Brasilia. Las emociones no deben negarse ni suprimirse, ya que son algo propio del ser humano, como sentir o pensar. Las emociones en sí mismas no pueden ser catalogadas como positivas o negativas en sí mismas. Sentir ira no es negativo, pero sí puede serlo cuando nuestras decisiones y acciones son gobernadas por esta como sucedió con Aquiles cuando murió Patroclo.

En la Bhagavad Gita, texto religioso y filosófico sagrado dentro del hinduismo y que forma parte del Mahabhárata, podemos apreciar un episodio de interés. Aquí tenemos a dos personajes, el héroe de la epopeya, el príncipe Arjuna y su auriga, que no es nada menos que la deidad Krishna. Arjuna siente culpa, angustia y tristeza por tener que luchar contra miembros de su familia, lo que lo lleva a una verdadera crisis existencial. Es Krishna quien el enseña el dharma, el deber y la acción correcta, la cual no tiene que estar condicionada por apegos, emociones y apegos. Finalmente recobra la calma y toma conciencia de que su lucha es una justa, y no obedece al deseo de fama o venganza. Había sido la rama familiar de los Kauravas quienes habían iniciado las hostilidades. Por ende, en un primero momento Arjuna se vio paralizado por lo que sentía, pero gracias a su auriga pudo percatarse que esas emociones no debían dominar su actuar y con el cumplimiento de su deber moral.

Así, y para cerrar, tenemos que somos seres emocionales y racionales, y que ambas no son antagónicas. Lo contrario a la razón es la irracionalidad: pensar al margen de la lógica, sostener ideas que carecen de evidencias, ser incapaz de reconocer errores o ser incapaz de cambiar d idea cuando estoy equivocado. Por otro lado, lo contrario a la emoción es la apatía o la incapacidad  de sentir emociones y experimentar sentimientos, o la incapacidad de que las personas puedan reconocer sus propias emociones y expresarlas verbalmente (la denominada alexitimia). Así, podríamos afirmar que no queremos un mundo en donde prevalece una racionalidad carente de moción y sentimientos, o uno en donde predomina la emocionalidad desbocada sin la guía de la razón.

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[1] El papel de las emociones en la teoría democrática. Desafíos para un uso público de la razón en tiempos de populismo.