Breve reflexión en torno al concepto de “racionalidad” (por Jan Doxrud)

Breve reflexión en torno al concepto de “racionalidad” (por Jan Doxrud)

En Occidente la palabra razón ha tenido mala propaganda. Se ha tildado a la razón de ser “frívola”, “calculadora”, como algo que se opone a las emociones y a los sentimientos. La razón habría sido la causante del desencanto del mundo, de haberlo privado de los mitos, de los milagros, de lo mágico, y de aquella dimensión oculta y espiritual. Desde Thomas Hobbes y Jean-Jacques Rousseau, pasando por William Blake, el romanticismo alemán,  Max Weber y Norbert Elias, se nos presenta la idea de la historia como un proceso civilizatorio-racional que sepulta las pasiones humanas y reprime fuertemente al ser humano. La civilización, siguiendo a Elias, puede ser concebida, entre otras acepciones, como un proceso o como el resultado de un proceso y como algo que está siempre en movimiento o que se mueve de continuo hacia adelante. Los seres humanos han tenido que pagar un alto precio por la civilización: sepultar sus pasiones, instintos y costumbres consideradas como “primitivas” o “bárbaras”, para de esa manera poder convivir en sociedad. A medida que el proceso civilizatorio avanza, quedan desplazadas una serie de conductas consideradas como “no civilizadas” y el ser humano debe autocontrolarse o ser controlado en su manera de actuar y en sus relaciones con las demás personas. En suma, el ser humano ha tenido que sepultar sus instintos más primitivos para convertirse en un ser “racional” y autocontrolado.  Sigmund Freud, en su escrito “El porvenir de una ilusión” (1927) señalaba que experimentamos una impresión de que la civilización es algo que fue impuesto a una mayoría contraria a ella por una minoría que supo apoderarse de los medios de poder y de coerción. Añadía Freud que la civilización se fundamentaba en la coerción y la renuncia a los instintos. Tal sistema de control puede ser ejercido tanto por sistemas religiosos como el Estado (recordemos a Hobbes quien creían necesario la existencia de un Estado fuerte o “Leviatán” para poner fin al violento estado de naturaleza en el cual se encontraban los seres humanos). Así, las guerras, actos criminales y cualquier otro tipo de conducta considerada como “no civilizada” sería expresión de la represión que ha tenido que hacer la especie humana de sus instintos más básicos.

El proceso civilizatorio no sólo se ha limitado  al auto control del ser humano y el control de algunos seres humanos sobre otros, sino que también se ha traducido en el control por parte del ser humano sobre la naturaleza. La naturaleza ha sido transformada y explotada en nombre de una fría lógica económica que privilegia la obtención de beneficios a costa de la destrucción del medio ambiente. Ahí donde algunos ven un hermoso lago otros ven una futura central hidroeléctrica. Los avances tecnológicos fruto de la ciencia y de la razón, comienzan a ser mirados con cierto escepticismo y temor por parte de diversso grupos, desde los autodenominados "ecologistas" hasta neoluditas o tecnófobos. La técnica, que el pensador español José Ortega y Gasset (1883-1955) definía en su “Meditación de la técnica”, como “la reforma que el hombre impone a la naturaleza en vista de la satisfacción de sus necesidades”, comienza a ser percibida como una amenaza para el ser humano mismo y para la naturaleza. El filósofo alemán Martin Hedidegger (1889-1976) también dedicó parte de sus reflexiones al fenómeno de la técnica y la razón instrumental, y a la amenaza que estas planteaban a la naturaleza, siendo esta última concebida como mera materia prima para ser transformada bajo una lógica dominadora y explotadora. Su discípula, Hannah Arendt (1906-1975) destacaba el concepto de “animal laborans”, entendiendo por “labor” al proceso biológico del cuerpo humano y sus necesidades vitales, de manera que la condición humana de la “labor” era la vida misma. Por otro lado, Arendt destacaba al “homo faber” que es aquel que fabrica y que concibe lo que le rodea como medios y cuya brújula consistía la utilidad, una lógica propia del “homo economicus”, aquel ser ficticio de la microeconomía neoclásica que maximiza, en base a cálculos racionales de costes y beneficios, su utilidad. Tenemos, pues, que en Arendt el concepto de “labor” está más ligado a la vida o a lo natural, mientras que la “fabricación” está asociado con aquello construido y que es artificial.

El tema de la racionalidad también ha sido abordada por intelectuales miembros de la denominada “Escuela de Frankfurt”, como Max Horkheimer y Theodor Adorno en su “Dialéctica de la Ilustración”. Estos autores (muchos de ellos en el exilio fruto del ascenso del nazismo), afectados e influenciados por los acontecimientos ocurridos en Europa, especialmente por esa verdadera industria de muerte que fue la Shoa, pretendieron desenmascarar a la razón, específicamente la razón instrumental. Existe una lógica que enmascara a la razón y que no es más que una lógica de dominio, no solamente del hombre sobre la naturaleza, sino que del hombre sobre el hombre. Así,  la acción humana es una acción instrumental, es decir, teleológica, en busca de un fin que la lleva a dominar y transformar la naturaleza y a otros seres humanos, incluso hacerlos desaparecer. La acción instrumental tiene como guía a la razón técnica. Esta acción racional-teleológica opera en base a fríos cálculos racionales de coste y beneficio, esto es, el poder lograr un fin determinado a través de unos medios racionalmente escogidos. De acuerdo al pensador alemán, Jürgen Habermas, para el discurso filosófico de la Modernidad es determinante la referencia de la historia a la razón. Esto significa que quien participa en este discurso hace necesariamente uso de las expresiones “razón” y “racionalidad”. Existe una estrecha relación entre modernidad y racionalidad, de la cual no se puede escapar. Esta razón instrumental se opone al raciovitalismo del pensador español Ortega y Gasset que es una razón al servicio de la vida y no como una razón escindida de esta. En el momento en que concebimos a la razón como algo separado de la vida, la primera tiende a dominar a la segunda, siendo una expresión radical de esto útlimo Auschwitz, donde la ciencia y la racionalidad se pusieron al servicio de una ideología para exterminar a otros seres humanos o el lanzamiento de las bombas sobre en Hiroshima y Nagasaki (1945). Así, el proyecto de la Ilustración, la idea de que la razón traería bienestar, felicidad y libertad al ser humano, resultó ser un fracaso. Al parecer, la razón, y junto a ella, la ciencia y la tecnología, se han vuelto contra el propio ser humano y contra la naturaleza. Pero cabe preguntarse hasta qué punto resulta ser cierto culpar a la ciencia y a la racionalidad científica de tales desastres y no a las ideologías que manipulaban a la ciencia y a esa racionalidad científica.

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¿La razón reprime? Como bien señala el teórico de la literatura, Jesús G. Maestro, es cierto que la razón reprime, pero reprime la estupidez y la charlatanería, como lo fue el nacionalsocialismo alemán, el comunismo soviético y, actualmente, la charlatanería posmoderna. Añade al mismo autor que la historia más bien ha sido distinta, ya que es la razón la que ha sido la razón víctima de la represión por parte de distintos dogmatismos. La razón es una creación reciente, es decir, nosotros, los seres humanos, hemos vivido como especie en un mundo dominado por la superstición, mitos y religiones de diverso tipo y sólo hemos vivido en una pequeña fracción de tiempo dentro del mundo de la razón y la ciencia. La "actitud científica" se opone al pensamiento antropológico, teológico y teleológico. Es por ello que las ciencias han chocado permanentemente con ideologías dogmáticas. Así, por ejemplo, el comunismo y el nazismo condenaban disciplinas científicas por considerarlas “burguesas” o “judías”(podemos añadir los "conocimientos locales" en virtud de los cuales las interpretaciones indígenas de la creación del universo serían igual de verdaderas que las modernas teorías científicas). El posmodernismo, al negar la verdad, la objetividad y la universalidad, ha sido una forma de pensar útil a las más variedades corrientes ideológicas: nacionalistas, indigenistas, racistas y clasistas. En otras palabras, para esas corrientes de pensamiento la razón se encuentra condicionada por la nacionalidad (nazismo), una raza (nazismo), una clase (comunismo) o la etnia. 

Como nos recuerda Jesús G. Maestro, el reformador protestante, Martín Lutero, afirmaba que la razón era “la mayor de las putas que tiene el diablo”. En la actualidad aún existen movimientos religiosos que leen sus textos sagrados de manera literal y autores posmodernos niegan el concepto de razón y objetividad. En suma, hemos vivido como especie más tiempo dentro del paradigma pre-científico y pre-racional que dentro del paradigma científico y racional.

Por lo tanto, tenemos que la razón no reprime, sino que libera y permite la convivencia. Como explica Jesús G. Maestro, la libertad no puede ser concebida como la capacidad, por parte del ser humano, de liberar todas sus pasiones e instintos básicos, ya que la vida en sociedad sería imposible. Por lo tanto, no es ninguna novedad que todos estamos reprimidos y esto no debemos concebirlo como un problema, ya que de lo contrario la vida en sociedad sería caótica, puesto que las pasiones e instintos son irracionales y tienden a no tolerar al “otro”, como ha quedado en evidencia a lo largo de la historia: el nacionalsocialismo en Alemania, la revolución cultural comunista de Mao Zedong en China o el fanatismo anti-urbano y anti-intelectual de los comunistas Jemeres Rojos en Cambodia. Las barras bravas en algunos deportes son otro ejemplo de lo anterior.

¿Qué es la racionalidad?

 Cabe preguntarse ahora: ¿qué entendemos por razón? De acuerdo a Max Horkheimer, cuando se le pide al hombre común que explique el concepto de razón, este reacciona con cierta vacilación, lo que revela un hecho importante y es que ahí no habría nada que explorar, ya que la noción de razón se explica por sí misma, de manera que la pregunta sobre esta sería innecesaria. Añadía el pensador alemán que el “hombre medio”, urgido a dar una respuesta, dirá que las cosas razonables son aquellas que son útiles, por lo que todo hombre razonable debe estar en condiciones de discernir lo que le es útil. Sobre esta clase de razón escribe Horkheimer:

Esta especie de razón puede designarse como razón subjetiva. Ella tiene que habérselas esencialmente con medios y fines, con la adecuación de modos de procedimiento a fines que son más o menos aceptados y que presuntamente se sobreentienden. Poca importancia tiene para ella la cuestión de si los objetivos como tales son razonables o no. Si de todos modos se ocupa de fines, da por descontado que también éstos son racionales en un sentido subjetivo, es decir, que sirven a los intereses del sujeto con miras a su autoconservación, ya se trate de la autoconservación del individuo solo o de la comunidad, de cuya perdurabilidad depende la del individuo[1].

Frente a esta clase de racionalidad, Horkheimer destaca otra visión de la razón, que había prevalecido anteriormente en Occidente y que incluía a la razón subjetiva anteriormente descrita:

Durante mucho tiempo predominó una visión de la razón diametralmente opuesta. Tal visión afirmaba la existencia de la razón como fuerza contenida no sólo en la conciencia individual, sino también en el mundo objetivo: en las relaciones entre los hombres y entre clases sociales, en instituciones sociales, en la naturaleza y sus manifestaciones. Grandes sistemas filosóficos, tales como los de Platón y Aristóteles, la escolástica y el idealismo alemán, se basaban sobre una teoría objetiva de la razón. Ésta aspiraba a desarrollar un sistema vasto o una jerarquía de todo lo que es, incluido el hombre y sus fines. El grado de racionalidad de la vida de un hombre podía determinarse conforme a su armonía con esa totalidad[2].

Explica Horkheimer que en esta última concepción de razón, el énfasis estaba puesto más en los fines que en los medios y que la ambición más amplia de este modo de pensar era conciliar el orden objetivo de lo racional con la existencia humana de manera que, como lo afirmaba Platón en la República, aquel que vivía conforme a la razón objetiva, era también afortunado y feliz en su vida.

El psicólogo y Premio Nóbel de Economía, Daniel Kahneman, fue uno de los responsables (aunque anteriormente lo había hecho Friedrich Hayek) de cuestionar, en base a evidencias, la idea del “homo economicus”, esa ficción creada por economistas ortodoxos que conciben al ser humano ideal como una maquina calculador de costes y beneficios. En lo que respecta al concepto de razón, el psicólogo explica que en el habla cotidiana decimos que una persona es razonable si se es posible razonar con ella, esto es, si sus creencias concuerdan con la realidad y si sus preferencias se encuentran en sintonía con sus preferencias y valores. A continuación, Kahneman se refiere a la racionalidad como coherencia:

La palabra racional suscita la idea de una gran deliberación, con más cálculo y menos pasión, pero, en el lenguaje común, una persona racional es en realidad una persona razonable. Para los economistas y los teóricos de la decisión, el adjetivo tiene un significado enteramente diferente. El único test de racionalidad no es si las creencias y preferencias de una persona son razonables, sino más bien si son internamente consistentes. Una persona racional puede creer en los espíritus mientras sus demás creencias sean consistentes con la existencia de los espíritus (…) Racionalidad es coherencia lógica, razonable o no[3].

Así, la racionalidad como coherencia lógica, prescinde de un contenido material, es decir, desde esta perspectiva, el nazismo habría tenido su propia racionalidad, es decir, los judíos eran percibidos como una amenaza para la nación, por lo tanto resultaba lógico que los alemanes debían deshacerse de ellos. Pero sucede que la racionalidad no puede reducirse a la mera racionalidad formal, ya que de esa manera estaríamos justificando las mayores atrocidades que se han cometido a lo largo de la historia. En resumen, una racionalidad guiada por un racismo o clasismo patológico no puede ponerse por encima de una racionalismo guiado por una antropología o una concepción que considera a todos los seres humanos como dignos de ser respetados por el sólo hecho de pertenecer a la especie humana. Digamos, pues, que la racionalidad teórica no basta, ya que debe ir acompañada de la racionalidad práctica.

Regresando al tema del "homo economicus" como máquina calculadora de costes y beneficios, Kahneman rechaza esta simplificación ya que en el ser humano existen dos sistema mentales. En primer lugar el “Sistema 1”, que opera de manera rápida y automática. En segundo lugar tenemos el “Sistema 2” asociado con actividades más complejas, a operaciones asociadas con la experiencia subjetiva de actuar, elegir y concentrarse. El cientista social noruego, Jon Elster, también destaca la influencia de las emociones, como la vergüenza, la ira o la culpa en la vida humana y que alejan al ser humano del modelo del “homo economicus”. También destaca otras alternativas a la teoría de la elección racional. Por ejemplo, tenemos el pensamiento mágico que consiste en la creencia de que uno puede ejercer una influencia causal en resultados que, en la práctica, están fuera de nuestro alcance y control. También tenemos el fenómeno de la racionalización, por ejemplo cuando compramos algo apresuradamente y luego sentimos cierto sentimiento de culpa que logramos evadir por medio de explicaciones que justifiquen nuestra acción de haber realizado esa compra. El caso contrario a lo anterior, es decir, cuando primero viene la creencia y posteriormente la acción son los casos del pensamiento desiderativo y el autoengaño, que se pueden resumir como sigue: El “deseo” de que “p” sea cierto causa la creencia de que “p” es efectivamente verdadero.

Por su parte, Gustavo Bueno y Jesús G. Maestro, conciben la razón como una facultad humana que nos permite construir criterios para poder interpretar y comunicar la realidad de manera compartida, de manera que la razón no es gremial, ya que eso es una características de las ideologías: el ser plurales. La razón, por el contrario, señala Maestro, no es autológica o “yoísta”. En otras palabras, la razón no depende del yo o del nosotros, lo que es racional y verdadero  no depende de opiniones o de una mayoría, de manera que la ciencia, que se fundamenta en la razón, no es democrática, pero tampoco es dogmática, como sí lo son muchas ideologías. Así, tenemos que la realidad no acepta ideas, o lo que es lo mismo, no acepta construcciones intelectuales del ser humano que sea incompatibles con ella misma (con la realidad). Alguno podrá afirmar que una persona debe morir por pertenecer a una raza inferior, pero la verdad es que el racismo no tiene fundamento científico alguno, de manera que el racismo es propio de la gente ignorante, que da la espalda a la ciencia. Por lo tanto, no importa si el 99% de la población piensa que X debe morir por ser un hereje, un burgués, un kulak, un gitano o un judío, ya que eso sólo demuestra que ese 99% de la población está equivocada y está operando bajo una ideología irracional que carece de cualquier fundamento.

El físico Alan Sokal, citando al cientista político Alan Ryan, explica lo peligroso que resulta ser aceptar el discurso que nos dice que la “verdad”o lo que es verdadero es simplemente producto o efecto del poder, de aquellos que manejan las palancas del poder. Todo lo contrario, es justamente la verdad lo ayuda a socavar al poder. En la Alemania nacionalsocialista de Hitler prevaleció un discurso que no era verdadero, lo mismo sucedió en el caso de los regímenes comunistas, de manera que en ambos regímenes, la verdad, la objetividad, en suma, la racionalidad científica quedó sepultada bajo el yugo de la ideología.

El filósofo y lógico español, Jesús Mosterín, explica que una de las características del racionalismo, bien entendido, es el antidogmatismo, la desconfianza respecto a la autoridad.  Añade que en ciencia, todo debe ser comprobado y contrastado, por lo que dentro del ámbito científico, el ser humano propone y la realidad, por medio de la experiencia, dispone. El mismo autor distingue una serie de significados del concepto de “racionalidad”:

a) Racionalidad como capacidad lingüística , es decir, ser racional significa poseer la capacidad de comunicarse mediante el lenguaje, tal como lo había expresado Aristóteles.

b) Racionalidad como razonabilidad, esto es, aquella persona que puede dar razones que expliquen su actuar, de manera que se dice que una persona es racional si es razonable y educada.

c) Racionalidad como ética, en el sentido kantiano del término, es decir, aquella persona que trata siempre como fines a las demás personas y no sólo como medios.

d) Racionalidad como racionalismo, vale decir, como la confianza extrema e ilimitada en la razón, tal como lo consideró Descartes y otros intelectuales de la Ilustración.

e) Racionalidad como estrategia de optimización en la consecución de nuestros objetivos, propia de la microeconomía y del modelo del homo economicus popularizado por el economista de la Escuela de Chicago, Gary Becker.

A estas podemos añadir otras formas de racionalidad, como la racionalidad productiva, aquella que da nacimiento a los saberes productivos y a las tecnologías (relacionada con la racionalidad instrumental).

Es importante tener en consideración esta diferenciación, ya que se tiende a reducir la racionalidad a una de estas clasificaciones. Por ejemplo, se suele reducir la racionalidad al racionalismo de la Ilustración y a esa confianza excesiva de que la razón sería la encargada de resolver todos los problemas futuros de la humanidad. También se suele reducir la razón a la razón instrumental o a la razón del homo economicus, a aquella acción que a punta a fines (teleológica) y que se utiliza para transformar, manipular y dominar la realidad. Se reduce también la racionalidad a aquella propia de la microeconomía que gravita en torno a la figura del “homo economicus” que busca obtener el máximo de beneficios por medio de la utilización de los medios adecuados y menos costosos, siempre guiado por un frío cálculo racional que le permite evaluar los costes y beneficios de su acción. Jon Elster, ofrece una lista o “principios canónicos de racionalidad individual”. Citaré algunos de estos a continuación:

a) En una elección entre actuar y no hacer nada, un agente racional no actuará si los costes de utilidad esperados de la actuación superan a los beneficios esperados de la utilidad.

b) En la elección entre males, un agente racional elegirá el mal menor.

c) Si un agente racional prefiere X a un vaso descrito como medio lleno, también debe preferir X a uno descrito como medio vacío.

d) Un agente racional no actuará sobre un efecto para suprimir la causa.

e)Un agente racional nunca hará un ofrecimiento si su aceptación revela información que genera un valor esperado negativo en el trato.

f) Antes de pedir la mano de otra persona, un agente racional recogerá información sobre sus propensiones de comportamiento y emocionales[4].

g) También se reduce la racionalidad a la racionalidad comunicativa, cuyo objetivo es promover la comprensión y el entendimiento entre varios sujetos.

Sucede que estos reduccionismos pueden llevarnos a mal entendidos. Por ejemplo, reducir la razón al lenguaje, tal como lo hace un Heidegger o un Derrida, es un error. Tal reduccionismos toma las siguientes formas:

a) No existen hechos, sino que sólo interpretaciones.

b) No existe nada fuera del lenguaje, todo es una construcción lingüística (en su versión más fuerte están aquellos que consideran a las ciencias como un discurso más entre otros, sin ningún tipo objetividad y pretensiones de validez en relación a otra clase de discursos)

c) El lenguaje es la casa del ser, de manera que el mismo ser humano tiene un fundamento lingüístico y todo lo guarde relación con lo humano se resuelve por medio del lenguaje.

d) El mundo se constituye por medio del lenguaje.

e) Parafraseando a George Berkeley, tenemos que “ser es ser hablado”, de manera que la existencia queda supeditada al lenguaje

Sucede que lo anterior, y sin negar la importancia del lenguaje, es caer, tal como lo explica Jesus G. Maestro, en el monismo axiomático de la sustancia, es decir, caer en el reduccionismo que es, reducir el mundo al lenguaje (otros lo reducirán al sexo, a la economía, a la psicología, etc). El mismo autor explica que el lenguaje es una tecnología, un instrumento que utilizamos para comunicarnos y entendernos, de manera que si en nuestras interacciones cotidianas nos entendemos con los demás no se debe al hecho de que hablamos, sino al hecho de que “razonamos”. Es por ello que la teoría general y especial de la relatividad es aceptada independiente de si la persona habla japonés, tibetano, español o alemán. Tenemos, pues, que la razón es una facultad que construye criterios para construir e interpretar un mundo compartido, por lo que la razón se eleva por encima de los distintos lenguajes. En otras palabras, el racionalismo se encumbra por encima de la pluralidad de lenguas.

El punto es que no todo es lenguaje, como lo piensan los pensadores posmodernos. Las enfermedades mentales y las teorías científicas no son meras construcciones lingüísticas por parte de los médicos y científicos. Una cosa es que los médicos utilicen el lenguaje como herramienta, pero el hecho es que usted podrá negar las leyes de Newton por considerarlas una construcción de un científico inglés (hombre = patriarcal) del siglo XVII-XVIII, pero en la práctica si usted se lanza de un edificio, la gravedad realizará su trabajo y usted se estrellará contra el suelo -  sin importar si es usted es un pensador "posmoderno-lacaniano-heideggeriano-derridiano" - , salvo si trae un paracaídas. La ciencia no puede reducirse a lenguaje ya que, de ser así, los problemas científicos tendrían soluciones lingüísticas, vale decir, nos encontraríamos en una situación tan absurda que sería considerar que la cura del cáncer sería una mera terapia de grupo. Pero resulta que el sistema endocrino, cerebral y respiratorio no funcionan filológicamente, no tienen propiedades sintácticas, fonológicas y semánticas, es por ello cuando uno esta enfermo va al médico y no al a un filólogo o a un experto en lingüística.

Regresando a Jesús Mosterín, tenemos que evitar caer enel error de reducir la “racionalidad científica” a una de las racionalidades anteriormente mencionadas. La racionalidad científica nada tiene que ver con la prepotencia o el “imperialismo” con que algunos suelen acusar a la ciencia. La racionalidad científica es antidogmática y posee tres rasgos a saber. El primero es la consistencia, es decir, que esté libre de contradicciones tanto internas como en relación a los demás saberes científicos existentes. La racionalidad científica es, en segundo lugar, objetiva y que no se fundamente en meras opiniones (conocimiento doxográfico, doxia = opinión)  o corazonadas. En tercer lugar, la racionalidad científica es provisional. Siguiendo al filósofo español, Gustavo Bueno, las ciencias son saberes categoriales, es decir, saberes parcelados que abordan distintos fragmentos de la realidad. Tales saberes son provisionales, es decir, la ciencia no tiene un carácter definitivo y esta constantemente siendo sometidos a exámenes y revisiones, de manera que a lo largo de la historia de la ciencia muchas teorías científicas han sido completamente desmentidas y enterradas en cementerio de las ideas. Como explica Mario Bunge, existe un racionalismo que deposita una confianza moderada en el poder de la razón y, desde este punto de vista, numerosos pensadores como Platón, Aristóteles, Santo Tomás de Aquino y Kant, habrían sido racionalistas. El racionalismo que debe rechazarse es el racionalismo radical, aquel, como lo describe Bunge, que deposita una confianza ciega en la capacidad de la razón para describir la realidad, sin la ayuda de la experiencia y el método científico. El ideal a alcanzar, de acuerdo a Bunge, es el “racioempirismo”, esto es, la combinación del racionalismo moderado con el empirismo moderado.En cuarto lugar, la racionalidad científica permite el progreso científico y, por último, permite el establecimiento de verdades universales.

Por su parte, el filósofo estadounidense John Searle, afirma que en nuestra época, dada la gran masa de conocimientos que está a nuestra disposición, el escepticismo y las filosofías irracionales deben ser desechadas. Cuando hablamos de irracionalismo, nos referimos a aquellas ideas incompatibles con la realidad y con el conocimiento científico acerca de cómo opera esa realidad. Esta postura se puede resumir en la tesis planteada por el filósofo griego, Gorgias de Leontinos (circa 485-380 AC)

a) Nada existe.

b) Si algo existiese, no lo podemos conocer (incognoscible)

c) Si algo si existiese y fuese cognoscible, entonces no lo podríamos comunicar y explicar.

Continúa explicando Searle que en nuestra era disponemos de un amplio conocimiento cierto, es decir, tenemos la certeza de que por nuestro cuerpo fluye sangre y que habitamos en un planeta inserto en una inmenso universo que contiene galaxias y millones de otros planetas. En segundo lugar Searle afirma que poseemos un conocimiento objetivo, es decir, un conocimiento del cual podemos afirmar que es cierto o falso con independencia de nuestra etnia, ideología política y prejuicios. Por ejemplo, podemos afirmar que el agua de la piscina esta helada o templada, pero no es materia de opinión el hecho de que el agua esté compuesta de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno. Es cierto que la naturaleza la podemos abordar desde distintas perspectivas, pero en el sentido de que podemos estudiarla desde un punto de vista atómico, químico, biológico, social, etc. Por último, Searle añade que el conocimiento que disponemos en ciencias es universal, esto es, es verdadero tanto para los habitantes de Madagascar como para los habitantes Nepal. Todo lo anterior no implica que el conocimiento pueda ser tentativo y perfectible, ya que eso es precisamente una de las características de la racionalidad científica.

 

Lecturas recomendadas

1-Mario Bunge

a) Crisis y reconstrucción de la filosofía.

b) A la caza de la realidad.

c) Evaluando filosofías.

2-Gustavo Bueno

a) Ensayos materialistas.

b) El sentido de la vida.

3-Jesús G, Maestro

Critica de la razón Literaria (10 vol)

4-John Searle:

a) La construcción de la realidad social.

b) Creando el mundo social.

5-Alan Sokal

a) Más allá de las imposturas intelectuales. Ciencia, filosofía y cultura.

b) Imposturas intelectuales (con Jean Bricmont)

6-Jesús Mosterín

a) Ciencia, Filosofía y Racionalidad.

 

[1] Max Horkheimer, Crítica de la razón instrumental (Buenos Aires, Sur, 1973), 15-16.

[2] Ibid., 16.

[3] Daniel Kahneman, Pensar rápido, pensar despacio (Argentina: Debate, 2015), 534-535.

[4] Jon Elster, La explicación del comportamiento social (España: Gedisa, 2010), 240-241.