(II) Economía marxista: Paul Sweezy y las crisis económicas (por Jan Doxrud)

(II) Economía marxista: Paul Sweezy y las crisis económicas (por Jan Doxrud)

Me detendré un momento en el capítulo XV de la obra de Say acerca de los mercados, ya que nos ayudará, en primer lugar, a comprender lo que realmente planteaba este autor, evitando simplificaciones y distorsiones, y en segundo lugar, para entender la postura de quien fue su crítico, es decir, Marx. Say comienza señalando que los empresarios de diversas ramas de la industria tienen la costumbre de afirmar que la dificultad no radica en producir, sino que en vender sus productos. Cuando la venta de estos productos se hace difícil, tal fenómeno se explicaría por la escasez de dinero. Lo que Say se propone es saber si esto es realmente así. Tenemos que el empresario produce y espera que las personas dispongan de los medios para comprar sus productos, pero, ¿en qué consisten esos medios?  Para Say no es el dinero, sino que otros valores producidos por otras industrias, por lo que la conclusión sería que lo que en realidad cambiamos son productos por otros productos. Veamos el ejemplo que proporciona Say. Tenemos una persona, el vendedor de telas, quien piensa que lo que él pide a cambio de estas es simplemente dinero y no otros productos. Al respecto señala Say: 

Tal granjero, se le puede contestar, comprará sus telas si sus cosechas son buenas; comprará tantas más cuanto más haya producido. No podrá comprar nada si no produce nada”[1]. 

A continuación cito el pasaje en su totalidad: 

Usted mismo no es capaz de comprarle su trigo y sus lanas, más que porque produce telas. Usted pretende que lo que necesita es dinero; le diré yo que son otros productos. En efecto, ¿desea usted ese dinero? ¿No es con el objetivo de comprar materias primas para su industria o comestibles para su boca? Se da cuenta usted entonces de lo que necesita son productos y no dinero. La moneda que habrá servido en la venta de sus productos, y en la compra que usted haya hecho de los productos de otros tendrá, un momento después, el mismo uso entre dos contratantes; servirá después a otros y a otros más, sin fin, así como un coche que, tras haber transportado el producto que usted vendió, transportará otro y luego otro. Cuando no vende fácilmente sus productos, ¿piensa usted que se debe a que los compradores carecen de coches para llevárselos? ¡Pues bien! El dinero no es más que el coche del valor de los productos Todo su uso fue transportar hasta usted el valor de los productos que el comprador había vendido, el valor de los productos que usted habrá vendido a otros. Es pues con el valor de sus productos, transformado momentáneamente en una suma de dinero, que usted compra, que todo el mundo compra aquello que cada uno necesita”[2].

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 Se concluye de esto que  las mercancías no se cambian por dinero  siendo, por lo tanto, este último sólo una fase temporal ya que una persona no desea el dinero en sí, sino que desea cambiarlo por otras mercancías. Así, para Say, cuando las ventas van mal no se debe a la escasez de dinero, sino porque los demás productos lo son. De acuerdo al economista francés siempre existirá bastante cantidad de dinero para satisfacer la circulación y el intercambio recíproco de los demás valores y si este llegase a faltar, sería fácil suplirlo. Es más, esta última situación es para Say indicativa de una circunstancia muy favorable, ya que reflejaría que existen una gran cantidad de valores producidos con los que se desea también proveerse de una gran cantidad de otros valores. La moneda, como mercancía intermediaria, puede ser reemplazada por medio conocidos por los comerciantes como billetes de banco o créditos abiertos entre otros, por lo que la moneda pronto comenzará a fluir, ya que al ser una mercancía, siempre se dirigirá a donde se le necesita. Concluye Say: 

 “Es buena señal cuando el dinero escasea en las transacciones, así como es buena señal cuando faltan almacenes para las mercancías”[3].

Say previene de caer en un error, bastante común y que persiste hasta nuestro días, y que consiste en dividir una nación en productores y consumidores. Esto es un error, ya que todo el mundo, sin excepción, consume. Say deriva una serie de consecuencias a partir de sus planteamientos. En primer lugar,cuanto más numerosos sean los productores y múltiples sus producciones, más fáciles, variados y amplios serán sus mercados. En los lugares en que se produce mucho, se crea lo que Say denomina la única sustancia con la que se compra, esto es, el valor. El dinero sólo cumple una función pasajera en el proceso de intercambio, de manera que no se debe perder de vista que, en realidad, lo que se paga en un mercado son productos con productos. Así, ante la pregunta acerca de la razón por la que existen situaciones en que hay enormes cantidades de mercancías que no encuentran compradores Say responde que se debe a que se produjeron en cantidades demasiado considerables o porque otras producciones mermaron, dicho de otro modo, algunos productos sobreabundan porque otros llegan a escasear. Say explica que las en épocas en que ciertos productos no se venden bien son precisamente aquellas en que otros productos alcanzan precios excesivos, creándose de esa manera incentivos negativos ya que se deseará promover tal industria. Para esto sería necesario “que causas mayores o medios violentos, como desastres naturales o políticos, la codicia o la impericia de los gobiernos, mantengan forzosamente  por un lado esa escasez que provoca la falta de salida por el otro”[4]. Para Say, una vez que termina esta “enfermedad política” que desorganiza el normal proceso de intercambio, la producción podrá orientarse hacia los caminos en que la producción permaneció retrasada. “Un tipo de producción tomaría raras veces la delantera sobre los demás, y raras veces sus productos se despreciarían si todos dispusieran siempre de completa libertad”[5].

 En una nota a pie de página Say critica la incomprensión de Sismondi sobre este tema. Este último afirmaba que era posible producir demasiado como el caso de la enorme cantidad de productos con los que Inglaterra recarga al mercado extranjero. A esto Say responde que la superabundancia demuestra la insuficiencia de la producción en aquellos lugares donde son sobreabundantes las mercancías inglesas. 

Si Brasil produjera lo suficiente para comprar los productos ingleses que entran al país, esos productos no se atascarían ahí. Para ello sería necesario que Brasil fuera más industrioso, que poseyera más capitales, que sus aduanas permitieran toda la libertad sobre la elección de las mercancías que se considera llevar al país, que las adunas inglesas ya no fueran un obstáculo para la entrada a Inglaterra de las mercancías de Brasil y que dejaran toda la libertad sobre la elección de las compensaciones”[6].

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Una segunda consecuencia tiene que ver con el carácter interconectado de la economía, así como la de no ser un proceso que implica un juego de suma cero. Say afirma que cada uno está interesado en la prosperidad de todos los demás y la prosperidad de un tipo de industria es favorable a la prosperidad de todas las demás, por lo que a la larga todos ganan y las naciones crecen y prosperan. 

Un hombre con talento, al que se ve vegetar tristemente en un país que decae, encontraría mil empleos a sus facultades en un país productivo, donde se pudiera emplear y pagar su capacidad”[7].

Una tercera consecuencia de las ideas de Say, en contra del proteccionismo económico, es que las importaciones de productos extranjeros es favorable a la venta de productos locales, ya que  no es posible comprar mercancías extranjeras más que con productos de nuestra industria, de nuestras tierras y de nuestros capitales , a los que, por consiguiente, este comercio facilita un mercado. Una cuarta y última consecuencia es que el consumo simple y llano que sólo persigue hacer aparecer nuevos productos, no contribuye a la riqueza del país. Para Say, el efecto inmediato de todo tipo de consumo es la pérdida de valor. Establecía la  distinción entre consumo improductivo que proporciona la satisfacción inmediata de una necesidad, y el  consumo reproductivo, que no proporciona un goce inmediato y que requiere el empleo de trabajo hábil, lo que Say denomina industria.  Para que el consumo sea favorable, debe cumplir su objetivo principal que es la de satisfacer las necesidades. 

Son las necesidades generales y constantes de una nación las que excitan a producir,  a fin de ponerse en posibilidad de comprar, dando con ello lugar a consumos constantemente renovados y favorables al bienestar de las familias”[8].

Say cita el caso del comercio clandestino que Francia mantuvo con Inglaterra por medio de licencias, bajo la condición de exportar en mercancías francesas un valor igual a la que se deseaba importar, lo que significó que los comerciantes que cargaban sus barcos con mercancías tenían que finalmente tirarlas al mar ya que no eran recibidas al otro lado del estrecho. Esto significó finalmente una pérdida para los ciudadanos franceses a quienes se les privaba de aquellas mercancías. Este es un punto importante ya que aun suele prevalecer la mentalidad de “producir por producir”. Debemos en este sentido recordar las palabras de Say: “Para fomentar la industria no basta con el consumo simple y llano; hay que favorecer el desarrollo de los gustos y de las necesidades que hacen nacer entre las poblaciones el deseo de consumir, así como para favorecer la venta hay que ayudar a los consumidores a obtener ganancias que los pongan en condiciones de comprar”[9].

 

[1]Jean Baptiste Say, Tratado de Economia Política (México: FCE, 2001), 121.

[2]Ibid., 121-122.

[3]Ibid., 122.

[4]Ibid., 124-125.

[5]Ibid., 125.

[6]Ibid.

[7]Ibid.

[8]Ibid., 127.

[9]Ibid.