Reflexiones sobre el Liberalismo (1) (por Jan Doxrud)

Reflexiones sobre el Liberalismo (1)

 ¿Hegemonía liberal? Pero, ¿Dónde está el liberalismo?

Cualquier persona que comprenda lo básico del liberalismo estará de acuerdo en que este ideal nunca se ha materializado en la historia o, al menos, lo ha hecho por breves períodos de tiempo. Existen pequeños bolsones o islas donde el liberalismo puede operar ya que, de no ser así, estaríamos sometidos bajo un estatismo invasor y opresor. El economista e intelectual austriaco Ludwig von Mises explicaba que el ideario liberal nunca llegó a consolidarse y sólo pudo tímidamente ver la luz durante un corto período de tiempo (siglo XIX), pero al final este ideal nunca pudo desplegar todas sus posibilidades. La Primera Guerra Mundial, (1914-1918), a diferencia de lo que pensaba Lenin, no era fruto del imperialismo, entendiendo este último como la “fase superior del capitalismo”, sino que, como explicaba Mises era una consecuencia de una larga y dura lucha contra el liberalismo. 

Para Mises, quien escribe durante la década de 1920, no existían verdaderos liberales sino que más bien miembros del partido “Tory” (caso inglés) y socialistas moderados. Lo importante que debemos tener en consideración es que nunca ha existido un verdadero liberalismo, ni siquiera en la era victoriana inglesa, de manera que aquella narrativa que nos habla de un libre mercado en estado de pureza en el siglo XIX es una mera ficción que no corresponde a los hechos. Lo que existió en realidad en Europa fue un mercantilismo donde el gobierno fomentaba monopolios comerciales a los cuales los protegía incluso con sus ejércitos y promovía la invasión de territorios para encontrar y abrir nuevos mercados. Otras características era el proteccionismo, los subsidios y la imposición de límites a la libertad de acción de las colonias.

 

Ciertamente el ataque del comodoro norteamericano Mathew C. Perry al Japón de los Tokugawa para forzarlos a abrir sus tierras al mercado mundial y a abandonar así su política aislacionista (sakoku), puede ser tildada de cualquier cosa menos de liberal. La idea de Lenin y otros comunistas de que la Primera Guerra Mundial fue una guerra capitalista es una falacia de enormes proporciones, pero ha sido una falacia que aún persiste en la cabeza de muchos antiliberales, que no dudan en calificar cualquier guerra de ser una de tipo “capitalista”. Por ejemplo donde existe una guerra donde hay de por medio petróleo, rápidamente claman las voces de que se trata de una guerra capitalista, pero pasan por alto de que quienes hacen las guerras son los Estados y no los empresarios y emprendedores, ya que las guerras no benefician el comercio. Recordemos que en 1930 Gandhi emprendió la célebre “Marcha de la sal” desafiando así el monopolio que el Estado tenía sobre este bien que se traducía en que los habitantes de la india tenían que pagar un impuesto sobre la sal. Ciertamente esta no es una medida liberal ya que se trataba de un verdadero robo, por lo demás, como lo son todos los impuestos (por algo se denominan “impuestos”, se los impone el Estado a la población, de manera que no son voluntarios)

La verdad es que el imperialismo no tiene relación alguna con el capitalismo de libre mercado y propiedad privada, ya que el imperialismo es aquella doctrina o acción que conduce al dominio de un estado sobre otro (u otros) mediante el empleo de la fuerza militar, económica o política. Esto se traducía en que una potencia superior imponía por medio de la violencia el comercio, saqueando materias primas en algunas ocasiones, y estableciendo acuerdos asimétricos y perjudiciales para la parte sometida. Además no se permitía la libre competencia ya que los comerciantes habían asegurado su posición en el mercado por medio de los favores y protección militar del Estado. A esto debemos añadir que el capitalismo basado en los principios del liberalismo defiende  un tipo de  sistema económico fundamentado en cooperación social y basado en la propiedad privada, en el intercambio voluntario en el mercado, en la libre competencia, evitando las alianzas y favoritismosentre empresas y la clase política,  y en donde los precios cumplen un rol de guía para las personas. En resumen este capitalismo liberal y el imperialismo son mutuamente excluyente por lo que la tesis de Lenin es completamente errónea.  La década de 1920 y los años posteriores estuvieron marcados por sistemas económicos con una fuerte presencia delEstado, y las consecuencias de la crisis de 1929 sólo acentuarían el giro a lo que conocemos como economías mixtas.

La narrativa tradicional nos dice que el keynesianismo dominaría desde la década de 1930 hasta 1973, donde la crisis del petróleo dejaría en evidencia las falencias del modelo keynesiano y abriría la puerta al predominio del monetarismo, y a partir de la década de 1990 con el Consenso de Washington” se daría inicio a la “hegemonía neoliberal” que nos lo presentan como un escenario donde predomina el “fundamentalismo de mercado” como lo señaló Joseph Stiglitz. No es este el lugar para discutir sobre el neoliberalismo y el lector podrá consultar mi libro donde abordo con detenimiento este concepto. Cabe señalar solamente que el denominado “neoliberalismo” es una nueva forma de neomercantilismo” y bajo ningún punto de vista hay que asimilarlo con el liberalismo y el capitalismo liberal. Otra narrativa engañosa es el célebre “fin de la historia de Francis Fukuyama”. Fukuyama, rescatando la filosofía de la historia de Hegel (mediatizada por Kojéve), anuncia el fin de las pugnas ideológicas tras el colapso del bloque socialista, y anuncia la progresiva consolidación de la democracia liberal como única alternativa viable. Como bien señala el economista e intelectual francés, Pacal Salin, cuando una persona como Fukuyama adhiere adjetivos al término “liberalismo” es porque no se comprende bien este término. Pascal está en lo cierto que lo que triunfó con la caída del bloque socialista no fue el liberalismo sino que la socialdemocracia, “una combinación de la omnipotencia de una minoría elegida y la economía mixta (definida esta no sólo por la existencia de numerosas actividades estatales, sino además por una política fiscal dura y discriminatoria con su regulaciones tentaculares). Todo muy alejado de la libertad individual[1]. Ya volveremos a las ideas de Salin.

 

¿Qué es el liberalismo?

Mises realiza importantes contribuciones que tiene objetivo aclarar el concepto de liberalismo y purgarlo de todos los malos entendidos que rodean a este concepto. El punto central del austriaco es que el liberalismo no es un dogma rígido que pretende solucionar todos los aspectos de la vida de los seres humanos. En palabras de Mises:

 La doctrina liberal considera exclusivamente el comportamiento de los hombres en este mundo. Se interesa prioritariamente por el bienestar exterior, material, de los individuos, y no directamente de sus necesidades interiores, de sus exigencias espirituales y metafísicas. A los hombres no les promete la dicha y la felicidad, sino simplemente la máxima satisfacción posible de todos aquellos deseos que pueden ser satisfechos mediante la disponibilidad de objetos del mundo exterior”  [2].

Este es un punto relevante ya que los socialistas y comunistas suelen percibir a sus “rivales ideológicos” en los mismos términos en como se perciben a ellos mismos. El socialismo y su consecuencia final, el comunismo, es una cosmovisión que abarca todos los aspectos de la vida humana. En palabras de Mises:

Los autores socialistas prometen a todos no sólo la riqueza sino también la felicidad, el amor y el pleno desarrollo psíquico y físico de la personalidad, el despliegue de grandes potencialidades artísticas y científicas[3].

Con cierta ironía Mises cita las palabras de Trotsky cuando este afirmaba que en la sociedad socialista el nivel medio de la humanidad se elevaría a las alturas de un Aristóteles, un Goethe o un Marx. El liberalismo, a diferencia del socialismo, no es una ideología arrogante que pretende saber cuál es el mejor proyecto de vida para los miles de millones de individuos, y menos pretende imponer un modelo de sociedad ideal con una serie de valores y principios, por medio de una “vanguardia de iluminados” (un Lenin, Trotsky, Chávez, Monedero, Iglesias) que creen saber qué mejor para los miles de millones de personas que habitan el planeta. El lector podrá consultar los escritos de Hugo Chávez, Álvaro García Linera, Haiman El Troudi o Juan Carlos Monedero, y se percatará que estos personajes parecen más bien profetas que prometen el paraíso en la tierra. El intelectual francés Jean-François Revel lo expresó claramente:

Un malentendido falsea casi todas las discusiones sobre los méritos respectivos del socialismo y del liberalismo: los socialistas se figuran que el liberalismo es una ideología…Los socialistas, educados en la ideología, no pueden concebir otras formas de actividad intelectual. Arrojan por doquier esta sistematización abstracta y moralizadora que les habita y sostiene. Creen que todas las doctrinas copian la suya, limitándose a invertirla, y que, como la suya, prometen la perfección absoluta pero por vías diferentes”[4].

Así, el punto de Revel es que el liberalismo no es una ideología “omniabarcante”, ambiciosa y prepotente que pretenden resolver todos los problemas del ser humano, de manera que cuando se critica que el mercado no es la solución a todo, la respuesta es ¡por supuesto que no! Otra aclaración es que cuando Revel habla de ideología lo hace para referirse a una construcción a priori elaborada antes y a pesar de los hechos, una conjunto de ideas que opera al margen de la realidad, la naturaleza humana y de la ciencia. Esto se traduce en que si la realidad no se adapta a la ideología, entonces la realidad tendrá que ser forzada a que se acople a esta. La sociedad bajo se transforma así en un enrome “lecho de Procusto”. Pero, como explica Mises, el liberalismo no tiene la enorme ambición que el socialismo, lo que significa que el liberalismo no interviene en la vida privada y en la dimensión espiritual de cada persona. Es por esto que, de acuerdo al mito antiliberal, el liberalismo es “materialista”, que sólo se preocupa del bienestar material. A esto responde Mises: “Si el liberalismo fija su atención exclusivamente en los bienes materiales, no es porque minusvalore los bienes espirituales, sino porque está convencido de que lo que hay de más alto y profundo en el hombre no puede quedar sometido a reglas externas. Otra acusación de los antiliberales es la frivolidad y el racionalismo del liberalismo. No es lugar aquí para profundizar en la praxeología o “teoría de la acción” de Mises. Pero basta con decir que la acción humana implica un intento deliberado de pasar de una situación menos satisfactoria a una más satisfactoria, en otras palabras, el sujeto actúa porque se encuentra insatisfecho y, por lo tanto, busca mejorar su situación. A la hora de actuar, el sujeto busca un fin, que es el deseo que busca satisfacer y para alcanzar ese fin, el sujeto hace uso de medios que son escasos, y que incluso ni siquiera están dados. Puede escoger entre distintos medios o buscar nuevas combinaciones entre estos. Si el sujeto logra alcanzar ese fin entonces habrá obtenido una “ganancia” en un sentido psíquico. Esta es una ganancia en relación a su situación anterior, por lo que la ganancia es la diferencia entre la nueva situación alcanzada y la situación abandonada. Dentro de los medios de los que se vale el sujeto para alcanzar el fin determinado, intentará siempre elegir aquellos mediosque le permitan alcanzar el finde la manera menos costosa posible. Otro aspecto importante es que la acción humana transcurre en el tiempo.

Mises no era un partidario de un homo economicus o de un ser puramente racional, ya que sabe que sentimientos y emociones juegan también un rol importante en las personas. Pero lo que critica el autor es el sentimentalismo demagógico y la primacía de las pasiones por sobre la razón tal como sucedía en los discursos de Hitler, Mussolini y Hugo Chávez. El liberalismo no es una suerte de ideología frívola, sino que no instrumentaliza de las pasiones de las masas para engañarlas y ofrecerles soluciones cortoplacistas que tendrán a largo plazo un final poco beneficioso para la sociedad. Un demagogo como Perón o Chávez podrá utilizar la clásica retórica sentimentalista repleta de buenas intenciones, pero el hecho es que a la larga los resultados de sus políticas son siempre las contrarias a las que anuncian pero, como es de costumbre, cuando todo fracasa la culpa reside en el “otro” = capitalista empresario, burgués, neoliberalismo, etc. Sobre este tema escribe Mises:

Al liberal que pide hacer un sacrificio momentáneo le acusa de egoísmo y de actitud antipopular, mientras que él (el demagogo) presume de ser altruista y de estar de parte del pueblo. Sabe muy bien cómo llegar al corazón de quien le escucha, y cómo suscitar sus cálidas lágrimas cuando recomienda sus recetas y denuncia toda la indigencia y la pobreza de este mundo [5].

Para Mises, las raíces psicológicas del antiliberalismo se pueden en contra, en primer lugar en la envidia y el resentimiento y, en segundo lugar, en lo que denomina el “complejo de Fourier”. La persona resentida y envidiosa, aquella que concibe el mundo como una constante lucha de clases y como un juego de suma cero, estará dispuesta a aceptar un sistema que, si bien quizás a él no lo beneficie, al menos arruinará “al rico”, de manera que si yo no estoy bien, al menos lograré que “los de arriba” esté igual de mal que yo. El complejo de Fourier se refiere a la tendencia de los socialista a refugiarse constantemente en la utopía o como escribió Mises:

“…el marxismo siempre que se ve obligado a abandonar el terreno de la palabrería dialéctica y de la ridiculización y difamación del adversario, y a hacer finalmente un razonamiento objetivo, no sabe presentar otra cosa que Fourier: la ‘utopía’”.[6]

El complejo de Fourier también se caracteriza por la idea de que en la sociedad socialista el trabajo ya no será una carga sino que un placer, y los bienes escasos serán en el socialismo, abundantes, un verdadero Jardín del Edén. Para Mises el “socialismo científico” no tiene nada de científico. Incluso los denominados “socialistas utópicos” tuvieron el mérito de llevar a la práctica (fracasada por lo demás) sus ideas, mientras que Marx sólo teorizó desde su casa y la biblioteca de Londres. Al respecto escribe Mises: “El marxismo cree que puede mirar con supremo desprecio, desde lo alto de su ‘socialismo científico’, a los románticos y al romanticismo. Pero en realidad su procedimiento no es muy distinto; tampoco él elimina los obstáculos que se opone a la realización de sus deseos, sino que se contenta con desvanecerlos en sus fantasías[7]. Pero cuando la ideología finalmente choca con la realidad y la fantasía se desvanece, los marxistas no reconocerán que se debe a las deficiencias de la teoría y a su propia incapacidad, sino que achacarán la culpa a las carencias del ordenamiento social, de manera que hace falta destruir el ordenamiento social vigente que a sido el gran culpable de arrebatarle su meta utópica.

Tenemos pues que el liberalismo no es una ideología que pretende construir y diseñar una sociedad hasta en sus más mínimos detalles. Es desde esta óptica que Pascal Salin señala que existen sólo dos visiones de la sociedad y su organización: la liberal y la constructivista, que son incompatibles. Es este constructivismo o mentalidad ingenieril-tecnocrática (en lo social) lo que Friedrich Hayek criticó y lo llevó a tildar de “fatal arrogancia” a todas las formas de socialismo.

 

[1] Pascal Salin, Liberalismo. Una nueva y profunda evaluación del pensamiento liberal(España: Unión Editorial, 2008),  28.

[2] Ludwig von Mises, Liberalismo (la tradición clásica) (España: Unión Editorial, 2007), 28.

[3] Ibid., 44-45ç

[4] Jean- François Revel, La gran mascarada. Ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista (España: Taurus, 2001), 59.

[5] Ludwig von Mises op. cit, 34-35

[6] Ibid., 43.

[7] Ibid.