En busca del Neoliberalismo (3): Más interpretaciones (por Jan Doxrud)

En busca del Neoliberalismo (3): Más interpretaciones (por Jan Doxrud)

La socióloga Johanna Bokmann explica que existen entre los estudiosos del neoliberalismo tres explicaciones de este concepto. Lo que tienen en común es que han asumido que los economistas han tomado partido ya sea por el Estado o por el mercado, de manera que cada economista puede ser situado en un eje Estado-mercado. La primera interpretación se centra en los economistas de “derecha” como sería el caso de Friedrich Hayek o Milton Friedman cuyas ideas “radicales” sobre el libre mercado se habrían transformado en el núcleo del neoliberalismo. La segunda explicación señala que la economía neoclásica ha servido de “caballo de Troya” a favor de las ideas neoliberales:

Neoclassical economics, many observers agree, has placed a fundamental role in the rise of neoliberalism Worldwide. The conversión of much of the World to neoclassical economic thinking, according to these accounts, led to support for neoliberalismo and thus undermined socialismo, which did indeed suffer a cataclysmic decline from the late 1980s[1].

La tercera explicación apunta a una serie de economistas norteamericanos educados en la visión neoclásica de la economía que obtuvieron importantes e influyentes cargos en instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, desde donde difundieron la ideología neoliberal a escala mundial.

La autora coincide con estas interpretaciones pero pretende ir más allá de estas mismas. Por ejemplo, si bien la primera explicación es cierta (el vínculo entre la derecha y el neoliberalismo), no hay que mezclar la economía neoclásica con el neoliberalismo y no se debe asumir que la economía neoclásica sea una ciencia capitalista. La socióloga señala que la economía neoclásica no causó el neoliberalismo, ya que lo que habría sucedido es que ciertos individuos habrían realizado un particular lectura o interpretación de la economía neoclásica dejando de lado su dimensión autoritaria para así poder justificar la ideología neoliberal. Por último, añade que se hace necesario trascender el eje Estado-mercado. La autora también toma distancia de la interpretación de Foucault del neoliberalismo, esto es, el concebirlo como un sistema de gobernabilidad. Posteriormente la Brockman define el neoliberalismo de la siguiente manera:

“…a set of ideas about how to organize markets, states, enterprises, and populations, which shape government policies. This policies includes deregulation, liberalization of trade and capital flows, ati-inflationary stabilization, and privatization of state enterprises[2].

En un artículo escribió Brockman añade:

Neoliberalism is both an approach to government and a defining political movement today. In both senses, neoliberalism is grounded in the assumption that governments cannot create economic growth or provide social welfare; rather, by trying to help, governments make the world worse for everyone, including the poor. Instead, private companies, private individuals, and, most importantly, unhindered markets are best able to generate economic growth and social welfare[3].

Más adelante continúa la socióloga:

Recently, the term «neoliberal» has been extended to a wide range of universities, the shift of welfare policy toward philanthropy and entrepreneurship, the spread of «intensive mothering», the expansion of low-wage service work, the growth of mass incarceration, and so on. While this list may seem excessively broad, the concept of neoliberalism suggests that such economic, political, social, and cultural phenomena worldwide might be connected to larger transformations in global capitalism. Neoliberalism manifests itself differently in different places, and sociologists use the concept to examine the potential connections among these changes around the globe. The term «neoliberalism» originated in the 1930s, and it is much more than markets, money, and commodities. In Europe and elsewhere, many understood the devastation of 1929’s Great Depression as having been caused by the «old» liberalism—laissez-faire capitalism with no role for the state. Thus, they sought new approaches to big problems, whether in the form of social- ism, state planning of the economy, or some form of state regulation. For their part, a group of European liberals, most a new kind of liberalism, a «neoliberalism», which would preserve laissez-faire markets while adding a role for what they considered a minimal state. This minimal state would protect private property, maintain order, and provide some protection for the poor. In spite of its antistate rehetoric, neoliberal policies were not meant to eradicate the state, but rather to have forged a new kind of state”.

En resumen, el neoliberalismo sería sinónimo de: desregulación, fundamentalismo de mercado (Stiglitz), política monetaria anti-inflacionista, libre circulación de capitales, privatizaicón, Estado mínimo, competencia y “gerencialismo”.

Un punto interesante de Bockman guarda relación con el título de su libro, es decir, sobre los orígenes socialistas del neoliberalismo. Esto se relaciona con las ideas expuestas por el economista polaco Oskar Lange y la relación entre la economía neoclásica y el socialismo a propósito de personajes como Pareto o Pigou. Sobre este tema escirbe Bockman:

 “…while the language of individuals, markets, and prices suggests a capitalist perpective on the economy, socialism in facty plays a foundational role in neoclassical economics…Neoclassical founders created mathematical models of the entire economy and showed that freely competitive markets produced optimal results inproduction, distribution, and consumption. Unexpectedly, by the 1890s, neoclassical economists also discovered that the competitive market economy was mathematically identical to the centrally planning economy[4].

Los economistas podrían, por medio de los modelos matemáticos,  resolver un sistema de ecuaciones para así saber cuáles serían los precios y cantidades óptimas, prescindiendo del mercado, puesto que este es incontrolable e incierto. La matematización de la economía, el deseo de reducir la incertidumbre  y la obsesión con copiar a las ciencias físicas fue una de las características de los economistas soviéticos: todos, absolutamente todo podías ser controlado por el aparato estatal. Concluye la socióloga:

Economists developed models of a «socialista state» with a central planner and state ownership of the means of production to develop new neoclassical theories and Tools. As a result, both the pure competitive market and centrally planned socialismo sit toghether at the center of neoclassical economics, no matter the politics o fan economist. The methodological centrality of socialism to neoclassical economics informs neoliberalism[5].

Continúa explicando Brockman que aún en nuestros tiempos los economistas neoclásicos utilizan modelos propios de un Estado socialista para desarrollar sus teorías, de manera que el “planificador social” o el “dictador benevolente” continúa presente dentro de su aparato teórico. Lo que señala Brockman no es algo novedoso y es que en realidad la narrativa del libre mercado sin límites o del “fundamentalismo de mercado” están lejos de ser ciertas, si es que pretenden describir un panorama donde toda regulación y burocracia han desaparecido. Ya he señalado en otro artículo que la Unión Europea constituye una nueva burocracia y nueva oligarquía de burócratas que ha logrado superar con creces al aparato burocrático soviético. Si realmente estuviésemos en un paradisíaco libre mercado, entonces no habría lugar para instituciones como los bancos centrales, Fondo Monetario Internacional o un Banco Mundial. Tampoco habría espacio para las miles de regulaciones, restricciones, prohibiciones como las que impone la Unión Europea.

El ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger se refiere a la falta de memoria histórica por parte de los padres fundadores al momento de escoger ciertos nombres que no evocaban buenos recuerdos: comisario.

“…en la Unión Soviética existieron entre 1917 y 1946 los llamados «comisarios del pueblo«; en el Ejército Rojo unos «comisarios políticos« se encargaban de la observancia de la línea del partido; a los «comisarios del Reich« se les conferían importantes atribuciones en la Alemania de 1871 a 194, y después del ataque a la Unión Soviética fueron los comisario del Reich responsables de Ostland [País del Este] y Ucrania quienes llevaron la batuta en aquellos territorios[6].

El autor denuncia que uno de los males endémicos del proyecto de integración europeo es que no existe una opinión pública merecedora de tal nombre. Además la Unión Europea cuenta con un gran poder propagandístico por medio de una serie de canales como Euranet y la emisora Euronews o Europarltv. Otro mal endémico es la manía regulatoria de la Unión, como explica Enzensberger:

Ya hoy, y desde el Tratado de Lisboa, la Unión hace uso de las siguientes competencias: todo lo que concierne al mercado común; ámbitos decisivos de las políticas económica, sanitaria, industrial, regional, educativa, de las pensiones y de la juventud; el medio ambiente, el clima, la energía, la investigación, la tecnología, la protección al consumidor, la inmigración y el derecho de asilo, el derecho procesal civil, el derecho penal, la seguridad interior…, no hay campo que no se labre y no se salva ni el apuntador[7].

Otro mal endémico es el poder de los lobistas representantes de corporaciones multinacionales que han llegado a tener más poder e influencia que un eurodiputado. Podemos, entonces, señalar que en nuestros días lo que predominan son sistemas económicos híbridos, es decir, economías mixtas donde conviven tanto la economía de mercado como la intervención estatal.

Por lo tanto es faltar completamente a la verdad e ignorar la realidad hablar de un supuesto “fundamentalismo de mercado” o “dictadura del mercado” para describir el panorama actual o de hablar de un neoliberalismo para querer dar a entender que estamos sumidos en un libertinaje económico donde el mercado, la propiedad privada y la desregulación han desplazado completamente a “lo público” (que no es sinónimo de “estatal”) y al Estado.

Incluso autores de izquierda como Antonio Negri y Michael Hardt reconocen este hecho:

El proyecto neoliberal supuso un aumento considerable del Estado desde el punto de vista del tamaño y de los poderes de intervención. El desarrollo del Estado neoliberal no condujo a una forma «escasa» de gobierno entendida como disposición o desaparición del Estado como actor social. Por el contrario, el Estado no sólo no se tornó un sujeto débil sino, por el contrario, cada vez más fuerte. La «liberalización» no fue una descentralización del poder, ni una reducción del Estado…A pesar de las invocaciones a la retórica de la economía política liberal clásica, en realidad el gasto público (inclusive en la mayoría de las partidas destinadas al gasto social) y la intervención estatal en la actividad mercantil aumentaron[8].

Para Negri y Hardt el neoliberalismo reforzó y concentró aún más la autoridad en asuntos políticos y económicos, por lo que en realidad el neoliberalismo no tomó medidas para reducir las estructuras del Estado del bienestar. En palabras de Negri y Hardt:

“…el neoliberalismo de la década de 1980 supuso una revolución desde arriba que conservó los enormes poderes y estructuras económicas creados por cincuenta años de políticas de Estado del bienestar a la vez que los orientaba hacia otros fines[9]

El Estado fuerte y corpulento de Hardt y Negri esaquel que ha declarado la guerra al terrorismo, aquel que ha iniciado una serie de guerras en el extranjero y que aún lleva a cabo otras de manera clandestina. También es aquel que ha declarado la “guerra contra las drogas” y aquel que se ha inmiscuido en áreas como la reproducción femenina, prácticas religiosas, valores familiares y la orientación sexual. Peter Sloterdijk por su parte escribe al respecto:

Hoy no vivimos para nada «en el capitalismo« –  como vuelve a sugerir una retórica tan sin ideas como histérica – , sino en un orden de cosas que “cum grano salis” hay que definir como un semisocialismo que los medios se encargan de animar, fisco-estatalmente interventor, fundado en la economía de la propiedad. Oficialmente se llama, de manera vergonzante, «economía social de mercado«[10].

Para Sloterdijk el Estado moderno es funcionalmente socialista o semisocialista, de manera que es un error creer que el socialismo ha sido rebatido y sepultado, ya que, de acuerdo al pensador alemán, el socialismo “representa una dimensión funcional de la estatalidad misma con la que la comunidad se yergue y cae[11].

                                                                                   Fin parte 3

 

[1] Johanna Brockman, Markets in the Name of Socialism. The Left-Wing Origins of Neoliberalism (United States: Stanford University Press, 2011), 3.

[2] Ibid., 4.

[3] Johanna Brockman, Neoliberalism, Jargon, key Concepts in social research (Artículo en línea: http://s3.amazonaws.com/chssweb/documents/12498/original/Bockman_Contexts_2013.pdf?1377264335)  14.

[4] Johanna Brockmann, Markets in the Name of Socialism, 7.

[5] Ibid., 7-8.

[6] Hans Magnus Enzensberger, El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela (España: Anagrama, 2012), 18.

[7] Ibid., 27.

[8] Michael Hardt y Antonio Negri, El trabajo de Dionisios (España: Akal, 2003), 61.

[9] Ibid.

[10] Peter Sloterdijk, Fiscalidad voluntaria y responsabilidad ciudadana (España: Ediciones Siruela, 2014), 87.

[11] Ibid, 108.