Lenin y el revisionismo marxista (3) (por Jan Doxrud)

Lenin y el revisionismo marxista

Cuando se habla de “revisionismo marxista” se hace referencia a la revisión que hicieron teóricos marxistas a las premisas fundamentales  del pensamiento de Karl Marx. En este tema cabe destacar la importante figura de Eduard Bernstein (1850-1932), un político socialdemócrata (desde 1872) judío-alemán que fue uno de los  fundadores y principales ideólogos de la socialdemocracia en Alemania y considerado también como el padre del revisionismo marxista. Bernstein se definía a sí mismo como un socialista de la escuela marxista, pero que realizaba por primea vez una crítica a una serie de principios del marxismo mismo. Fue él quien hizo un llamado a la socialdemocracia a revisar la teoría marxista. En palabras de Bernstein: “Hay que tener el coraje de emanciparse de una fraseología superada en los hechos y de aceptar ser un partido de reformas socialistas y democráticas[1]. Las conclusiones de Bernstein respecto al sistema marxista fueron varias. En primer lugar señaló que el capitalismo no tuvo el efecto que se esperó durante largo tiempo, esto es, la de simplificar la sociedad en su estructura y organismo. En segundo lugar señalaba que la sociedad se había hecho cada vez más compleja, contradiciendo así el modelo simplista de Marx, ya que en la vida real la división en clases aumentó y se ramificó cada vez más, y no se redujo al enfrentamiento de dos bandos: burgueses y proletarios. En tercer lugar, Bernstein defendía la idea de que la clase obrera no podía ser considerada como una masa homogénea y uniforme ya que, al igual que la burguesía, existía una diferenciación social entre todos sus miembros, lo que podía generar luchas al interior de las mismas clases. En cuarto lugar, Bernstein explicaba que a medida que las instituciones políticas de las naciones modernas se democratizaban, se reducía también la necesidad y las oportunidades de grandes catástrofes políticas. En quinto lugar el autor consideraba que la lucha por la democracia, así como la formación de órganos políticos y económicos de la democracia, eran la condición preliminar para la realización del socialismo. Bernstein no consideraba que las fuerzas económicas fuesen las única fuerzas de la historia. Además opinaba que no era necesaria una revolución violenta para alcanzar el socialismo, ya que se podía ser alcanzado mediante una evolución pacífica por medio  del movimiento sindical y la acción política.

Como escribió Raymond Aron, el debate sobre el revisionismo giró en torno a las siguientes preguntas: “¿es verdad que la evolución económica tiende cada vez más a la concentración de la propiedad en pocas manos? ¿Es verdad que tiende cada vez más a acentuar la contradicción entre clases? ¿Es verdad que la condición de las masas asalariadas empeora y se vuelve cada vez más penosa a medida que se desarrolla el capitalismo? En otras palabras, ¿Es verdad que las contradicciones del capitalismo, al agravarse, aumentan la posibilidad de que se produzca una revolución de tipo violento?”[2]. Karl Kautsky (1854-1938), como representante de la ortodoxia, no solamente debatió con los revisionistas sino que también con los miembros de la propia Internacional, como Lenin y Rosa Luxemburgo. Como señala François Furet Furet, contra Bernstein, Kautsky “defendió la necesidad de la revolución, negando que Marx hubiese jamás previsto que el capitalismo fuera a hundirse por sí solo[3]. Contra los miembros de la propia Internacional, especialmente contra Rosa Luxemburgo, los criticó por su “ilusión voluntarista según la cual una sucesión de huelgas en masa, como la que vivió en Rusia en 1905, puede y debe constituir la ruptura revolucionaria hacia el Estado proletario[4]. Furet sintetiza la postura de Kautsky de la siguiente manera:

El proletariado derrocará a la burguesía, tal es sin duda el siguiente paso de la historia; pero ese movimiento debe ser minuciosamente preparado, pues requiere la organización política de los obreros en partidos y la conquista del poder por las vías democráticas hasta que ese poder caiga, como fruto maduro, en manos del o de los partidos de la clase obrera. La revolución proletaria según Kautsky ya no tiene mucho que ver con esa gran explosión de finales del siglo XVIII que fue la revolución burguesa de tipo francés: acontecimiento que por todas partes sobrepasa las intenciones de sus actores y pronto abandonada a la bárbara violencia de la improvisaciones. La mejor salida que puede tener un acontecimiento de este orden – 1905 en Rusia –  es precisamente la instauración de un orden burgués, democrático, que suceda a un antiguo régimen despótico”[5].

                                                        Eduard Bernstein y Karl Kautsky

                                                        Eduard Bernstein y Karl Kautsky

La revolución de Octubre en Rusia y la toma del poder por los bolcheviques tomó por sorpresa a Kautsky quien, como buen ortodoxo, esperaba que la revolución estallase en Alemania o, al menos, en alguna nación industrializada de Europa pero ¡no en Rusia! Los roces entre Kautsky y los bolcheviques liderados por Lenin no tardarían en emerger. A la larga sucedió lo que tenía que suceder y fue que Kautsky entró en conflicto con los bolcheviques a los cuales atacó en su “Marxismo y bolchevismo”. Sus críticas, lanzadas desde la seguridad de ser el representante de la ortodoxia marxista y el correcto intérprete del metarrelato marxista, iban dirigidas a Lenin, quien pretendía alterar el curso de la profecía marxista. Al respecto escribió Furet:

Al igual que los mencheviques, él piensa que ni Febrero ni Octubre de 1917 pueden escapar a su determinación histórica: la vieja Rusia liquida al Antiguo Régimen. Lo que ocurre no es la primera revolución socialista sino la última revolución burguesa. El cortocircuito por el cual Lenin y Trotski desde 1905 quieren hacer que Rusia corra el riesgo de «saltar» toda una época historica sólo puede desembocar en el despotismo de un partido sobre un pueblo; reactualizará una experiencia de voluntarismo político absoluto, cuyo fracaso fatal ya fue demostrado por el jacobinismo francés[6].

Lenin escribió “Marxismo y revisionismo” hacia el año 1908, bajo el seudónimo de V. I. Ilin. Comienza Lenin explicando la ardua batalla que el el marxismo ha librado desde su inicios, y tal como lo hicieron las teorías de las ciencias naturales contra las creencias religiosas:

Las teorías de las ciencias naturales, que han chocado con los viejos prejuicios de la teología, provocaron y siguen provocando hasta hoy la oposición más enconada. Nada tiene de extraño, pues, que la doctrina de Marx, que sirve en forma directa a la educación y organización de la clase de vanguardia de la sociedad moderna, que señala las tareas de esa clase y demuestra la sustitución inevitable -- en virtud del desarrollo económico -- del régimen actual por un nuevo orden, haya debido luchar por conquistar cada uno de sus pasos[7].

Lenin lanza sus invectivas contra la esencia del pensamiento de Bernstein y las concesiones que el pensador alemán con el sistema democrático sacrificando los principios fundamentales del marxismo. En palabras de Lenin:

“«El objetivo final no es nada; el movimiento lo es todo»: esta expresión proverbial de Bernstein pone en evidencia la esencia del revisionismo mejor que muchas largas disertaciones. Determinar su comportamiento caso por caso, adaptarse a los acontecimientos del día, a los virajes de las minucias políticas, olvidar los intereses cardinales del proletariado y los rasgos fundamentales de todo el régimen capitalista, de toda la evolución del capitalismo, sacrificar esos intereses cardinales en aras de las ventajas verdaderas o supuestas del momento: ésta es la política del revisionismo[8].

Lenin va descartando una a una las objeciones de los revisionistas, claro que sin ofrecer evidencias contundentes. Rechaza, en primer lugar, la idea revisionista de que en el campo no operaba la  concentración y el desplazamiento de la pequeña producción por la grande, y que en el comercio y en la industria operaba con extrema lenititud. En segundo lugar el lider bolchevique rechaza la idea que las crisis se han hecho más raras y débiles, y la probabilidad de que los carteles y trusts dieran al capital la posibilidad de eliminar por completo las crisis. Lenin no concibe la posibilidad de que sea cierta la idea revisionista de que que la teoría de la bancarrota hacia la cual marcha el capitalismo fuese inconsistente por el hecho de que las contradicciones de clase tendían a suavizarse y atenuarse. En tercer lugar, Lenin rechaza la teoría subjetiva del valor y continuó estancada en la teoría objetiva del valor o la teoría del valor-trabajo de Marx, ignorando así los avances en esta materia (la revolución marginalista) desarrollados por economistas como Carl Menger, Leon Walras y William Stanley Jevons. Por último Lenin rechazó, quizás uno de los puntos más polémicos dentro del debate contra el revisionismo, el cuestionamiento de la lucha de clase como motor de la historia. Lenin resume de la siguiente manera esta postura:

 “En el campo de la política, el revisionismo intentó revisar realmente los fundamentos del marxismo, o sea, la teoría de la lucha de clases. La libertad política, la democracia, el su frngio universal -- nos decían los revisionistas -- destruyen el terreno para la lucha de clases y desmienten la vieja tesis del Manifiesto Comunista de que los obreros no tienen patria. Puesto que en la democracia prevalece «la voluntad de la mayoría», según ellos, no se debe considerar al Estado como órgano de dominación de clase ni negarse a establecer alianzas con la burguesía progresista, socialreformista, contra los reaccionarios[9].

Como sucede en las religiones teístas, dentro de esta religión secular que es el marxismo, también hubo libros sagrados (El Manifiesto, El Capital), una interpretación o hermenéutica “oficial” que no podía ser cuestionada, hubo cismas en su interior (Bernstein y Kautsky), excomulgados (Trotsky) y otros “purificados” de sus males (Kámenev, Zinóniev y Bujaron entre otros). Hacia el final de su escrito Lenin afirmaba:

La lucha ideológica, librada a fines del siglo XIX por el marxismo revolucionario contra el revisionismo no es más que el preludio de los grandes combates revolucionarios del proletariado que, pese a todas las vacilaciones y debilidades de los filisteos, avanza hacia el triunfo completo de su causa[10].

[1] Raymon Aron, El marxismo de Marx, 597.

[2] Ibid., 600.

[3] François Furet, El pasado de una ilusión, 104.

[4] Ibid.

[5] Ibid.

[6] Ibid., 106.

[7] Lenin, Obras Completas, tomo 1 (URSS: Editorial Progreso, 1961), 66.

[8] Ibid., 71.

[9] Ibid., 70.

[10] Ibid.,73.