3/25-J.R.R. Tolkien. Su obra y vigencia (por Jan Doxrud)

3/25-J.R.R. Tolkien. Su obra y vigencia (por Jan Doxrud)

Regresemos al tema central de esta serie de artículo: Tolkien y su obra. ¿Quién era este académico inglés de la Universidad de Oxford de clase media, devoto católico, filólogo apasionado y creador de nuevos lenguajes que logró alcanzar un éxito editorial con sus obras? ¿Cómo logró – y aún consigue – encantar Tolkien a tantas personas? ¿Se puede separar el Tolkien filólogo/académico del novelista de fantasía?

La cierto es que no. Como explica Humphrey Carpenter en su biografía, en Tolkien no existían dos facetas, sino que distintas expresiones de la misma mente e imaginación. El Tolkien escritor de cuentos y novelas fantásticas no puede separarse del filólogo experto, amante y lector de lenguas antiguas y creador de otras nuevas. Lo mismo afirma Tom Shippey en un artículo titulado “Tolkien as a Post-War Writer” en donde afirma:

“La principal influencia en la obra de Tolkien fue su trabajo como profesor de lengua inglesa; su creatividad se nutrió insistentemente de los textos y las técnicas que estudió y enseñó durante toda su vida”[1].

Por ende, la obra de Tolkien tuvo una inspiración lingüística de manera que, como escribió Shippey, el tiempo que dedicó a sus obras de fantasía no eran un “pasatiempo” o una forma de escapar de su verdadero trabajo como filólogo. En la carta n.º 165, escrita en 1955, Tolkien señalaba que las autoridades universitarias podían considerar una aberración que un filólogo de edad avanzada escribiera y publicara cuentos de hadas y novelas, relegando esa actividad a la categoría de un simple “hobby”.

Pero para Tolkien no se trataba de un “hobby”, entendiendo esto último como algo completamente diferente del trabajo y tomado como un alivio o escape. Junto con esto añadía que El Señor de los Anillos era para él: “mayormente un ensayo sobre la «estética lingüística»” y, en otra carta (n°329) escribió que su obra no era una novela sino que un romance heroico.

Este interés filológico lo llevó a crear una magna obra que marcó un punto de inflexión dentro del género de fantasía. Verlyn Flieger afirmó en un artículo[2] que es erróneo creer que Tolkien transformó por sí solo la fantasía moderna puesto que, en realidad la inventó. Junto con esto podemos leer en el mismo artículo:

“La aparición de El Señor de los Anillos supuso un acontecimiento sísmico en la cultura popular: no solo dio lugar a generaciones de imitadores de segunda fila —aunque también lo hizo—, sino que creó un público que hasta entonces no existía. Desde entonces, la comercialización de la obra ha sido implacable y poco escrupulosa”.

La misma autora explica en  A Question of Time: J. R. R. Tolkien's Road to Faerie que, para Tolkien, el lenguaje no era únicamente un medio de comunicación, sino la manifestación de las creencias más antiguas y profundas de la conciencia humana, tanto en su dimensión individual como colectiva. Junto con esto, concebía las lenguas como el depósito de los mitos y el vehículo que permite preservarlos y transmitirlos a través del tiempo.

Como señalé más arriba, el objetivo de estos artículos es incentivar al lector a adentrarse en la obra de Tolkien y, al mismo tiempo, en el género de la fantasía. Para ello, conviene abandonar algunos prejuicios largamente arraigados, como considerar que se trata de una literatura reservada para niños y adolescentes o que su principal función consiste en ofrecer una vía de escape de la realidad. Lejos de ello, la buena fantasía puede transformarse en una forma privilegiada de comprender el mundo desde una perspectiva distinta. El mismo Tolkien abordó este estereotipo en su “On Fairy-Stories” que examinaremosmmás adelante.

Tom Shippey en su librom “J.R.R Tolkien, Autor del siglo”, escribió que existe cierto prejuicio hacia las novelas de fantasía, especialmente por parte de la élite académica. De acuerdo con esto, la fantasía “representaría una especie de entermedad literaria, en la que sus enfermos —los millones de lectores de fantasía— deben ser despreciados, compadecidos o rehabilitados para que recuperen el gusto por lo correcto y adecuado”.  

El éxito de las obras de Tolkien no debe así considerarse como un mero “capricho popular”, puesto que el escritor inglés dio “una respuesta profundamente meditada y responsable a lo que al final se considerarán las principales cuestiones del siglo XX: el origen y la naturaleza del mal (…)”.

Para Shippey, tal como titula su libro, Tolkien es el “Autor del siglo”. Una primera razón es de tipo cuantitativa y se refiere tanto a la popularidad de Tolkien, como a la masiva venta de sus obras. Por ejemplo, a finales de 1996, la cadena británica de librerías Waterstone’s y el programa Book Choice del Channel Four de la BBC organizaron una encuesta entre lectores para elegir “los cinco mejores libros del siglo”. Participaron cerca de 26.000 personas y de ellas, más de 5.000 situaron en primer lugar El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien.

El director de marketing de Waterstone’s aseveró que El Señor de los Anillos ocupó sistemáticamente el primer lugar en casi todas las sucursales del país, salvo en Gales donde ganó el Ulises de James Joyce. Shippey comenta lo siguiente sobre las reacciones ante estos resultados:

“El resultado fue acogido con pavor entre la crítica literaria profesional y los periodistas, y The Daily Telegraph decidió repetir el ejercicio entre sus lectores, cuyo público era muy diferente. El resultado fue el mismo”[3].

Por su parte, la Profesora Emérita de la Universidad de Rice, Jane Chance escribió en la introducción del libro “Tolkien the Medievalist” (2003) que la trilogía de Tolkien había vendido (hace 20 años) más de cien millones de ejemplares en todo el mundo desde su publicación en 1954. Junto con lo anterior añadía que la obra había sido traducida a veinticinco idiomas distintos, siendo el más reciente, el chino. Sumado a esto, las películas habían venido a aumentar la popularidad de Tolkien puesto que atrajo a un nuevo público que no lo conocía ni a él ni a su obra.

Recordemos que la Comunidad del Anillo se estrenó el 2001, Las Dos Torres el 2002 y El Retorno del Rey el 2003. Años después, entre los años 2012 y 2014 se estrenaron las tres películas de El Hobbit y en los años 2022 y 2024 se estrenó la serie Los Anillos del Poder (Temporada 1 y 2) y para noviembre de 2026 se estrenará la tercera temporada.

Shippey escribe que los resultados de la encuesta de Waterstone’s fueron ridiculizados repetidamente por críticos y periodistas profesionales. La intelectual feminista Germaine Greer declaró que su mayor pesadilla era que Tolkien resultara ser el escritor más influyente del siglo XX. Entre las razones de su rechazo estaban el carácter conservador de su mundo fantástico y su estructura jerárquica y tradicionalista.

Incluso se sugirió que la primera encuesta había estado influida por la Tolkien Society. Pero esto no resultó ser cierto y el éxito de la obra de Tolkien ni siquiera se puede explicar por la influencia de los programas de lectura escolares puesto que, como señala Shippey, El Señor de los Anillos “rara vez o nunca se incluye como texto en las escuelas o universidades”.

Por lo demás, la obra no es fácil de leer debido a su estructura, en particular a la técnica del entrelazamiento. Como afirma Shippey, Las Dos Torres y la primera parte de El Retorno del Rey presentan precisamente esta característica, en la que la narración alterna entre distintas líneas de acción que se desarrollan de forma simultánea. Así, la obra puede ser visualizada como historias fragmentadas pero que, en realidad, son como hilos entrelazadas unos con otros. En palabras de Shippey:

“Sin embargo, el principal efecto de su técnica de entrelazado no reside en la sorpresa y el suspense. Lo que Tolkien hace es crear una profunda sensación de realidad, de que «así son las cosas»”.

Respecto al tema de la encuesta, Shippey es consciente de que “popularidad” no es sinónimo de calidad literaria. Pero su punto es otro y es que la evidente popularidad de Tolkien debió haber suscitado algún tipo de respuesta ponderada por parte de los críticos literarios profesionales. Pero en su lugar, lo que generó fue indignación. Sobre esta primera razón que mencioné más arriba, concluye Shippey:

“Ningún investigador literario de mercado de los años cincuenta habría podido predecir su éxito. Era un libro extenso, difícil, lleno de apéndices, repleto de citas en idiomas desconocidos que el autor no siempre traducía, y totalmente extraño. De hecho, la obra tuvo que crear su propio mercado”[4].

Pasemos a examinar la segunda razón que explica el título de la obra de Shippey y que se refiere a la influencia de Tolkien en el género de fantasía. El autor afirma que después de El Señor de los Anillos, “la «trilogía» de fantasía heroica se convirtió casi en una forma literaria estándar”. Más adelante añade que Tolkien abrió un “nuevo continente para el espacio imaginativo de muchos millones de lectores (…)”.

Para ilustrar su punto, Shippey trae a la palestra al poeta del siglo XII Chétienne de Troyes que, si bien no inventó el romance artúrico, sí “demostró su potencial, ya que ha perdurado durante los ocho siglos venideros”. Así, de la misma manera, Tolkien no inventó la fantasía heroica, “pero nos enseñó lo que podía hacerse con ella estableciendo un género cuya durabilidad no podemos estimar”.

Por último, Shippey cree que es necesario defender el ámbito de lo fantástico y de la fantasía. En opinión del autor lo fantástico, como genero literario, incluye muchos otro géneros – aparte de la fantasía –, como por ejemplo: la ciencia ficción, historias modernas de fantasmas o el terror. De acuerdo con Shippey la crítica aún se siente incómoda con todo aquello que se encuentra relacionado con estos géneros. Frente a esto, se hace necesario defender estos géneros lo que implica,  de acuerdo con el autor, la defensa cualitativa de la obra de Tolkien.

La obra de Tolkien también ha sido objeto de interpretaciones que, en ocasiones pueden resultar ser algo forzadas,  como que esta es una de carácter cristiana con una suerte de mensaje oculto para sus lectores. El mismo Tolkien afirmó en la carta n°329 que, en lo que respecta a El Señor de los Anillos, no tenía pretensiones ni de predicar ni de enseñar, y conocida es su actitud de rechazo frente a la idea de que su obra fuese una alegoría. En opinión de Adam Roberts igualmente se puede identificar lo que denomina como el “problema de Beowulf”, es decir, una tensión entre el elemento pagano y cristiano. En palabras del autor, Beowulf es un poema que “procesa material narrativo precristiano, pagano y de naturaleza mágico-monstruosa a través de un marco conceptual cristiano”.

Sólo para recordar, tenemos que la alegoría es un recurso literario que transmite ideas y valores abstractos ya sea por medio de personajes, objetos o acontecimientos, lo cual, tiene como resultado, una narración ficticia diseñada para impartir lecciones morales o explorar principios complejos. En otras palabras, la alegoría permite personificar y materializar principios éticos e ideales mediante elementos ficticios dentro de la obra

Otros  pretenden convertir su obra en una alegoría de acontecimientos históricos concretos como el ascenso de los totalitarismos, la Segunda Guerra Mundial o la amenaza nuclear, algo también rechazado por Tolkien. También algunos ven en el ataque de los Ents una rebelión de la naturaleza en contra de Saruman y las fuerzas de Isengard, que representa la industrialización, la técnicas y una visión instrumentalista de la del mundo.

Por su parte, Robert Stuart en su libro “Tolkien, Race, and Racism in Middle-earth”, afirma que El Señor de los Anillos se encuentra permeado de una visión racialista. La razón de lo anterior es que la obra de Tolkien se funda sobre la base de la existencia de diferentes razas con características y atributos diferentes. De acuerdo con el autor,  el racialismo es una forma de interpretar la historia y la sociedad que parte de la idea de que las diferencias entre los pueblos se explican principalmente por la “raza”.

De acuerdo con esta visión, por lo demás, muy difundida en la Inglaterra del siglo XIX, Stuart escribió que “la distinción entre celtas y sajones tenía un carácter racial: era inherente “en la sangre”, se transmitía a lo largo de las generaciones y quedaba indeleblemente impresa en la cultura, el lenguaje e incluso la personalidad”. Así, Stuart opina que esta mentalidad formó parte del trasfondo intelectual de autores como Tolkien y su generación. Ahora bien, el mismo escritor distingue entre racialismo y “racismo”. Explica que el primero puede ser perfectamente compatible con un fuerte sentido de la igualdad entre las razas, al mismo tiempo que promueve la armonía entre ellas. En cambio, el racismo, siempre “enfatiza, justifica y fomenta la jerarquía racial, el conflicto racial y la dominación de unas razas sobre otras”.

De acuerdo con esto añade Stuart: “Por definición, todos los racistas son racialistas, pero no todos los racialistas son racistas”. Teniendo esto en consideración Stuart plantea que se puede aceptar que Tolkien era un racialista, puesto que utilizó el término “raza” para designar las identidades de los pueblos a lo largo de toda su obra imaginativa. El autor nos da ejemplos: los elfos son descritos como una “raza alta y hermosa”, los Maiar constituyen una “raza divaina” y Melian es presentada como de la “raza de los Valar”.

Otro autor, Stephen Shapiro, académico de la Universidad de Warwick, fue menos sutil cuando señaló al portal Rediff.com que en la obra de Tolkien los buenos eran blancos y los malos negros, con ojos rasgados, poco agraciados e incapaces de articular bien el habla. Por su parte, Stuart cita las palabras de Helen Young (Deakin University) quien sostiene que en la obra de Tolkien la “raza” aparece como algo real, fijo e inmutable, es decir, como una característica esencial que define a cada pueblo (elfos, hombres, enanos, orcos). En virtud de lo anterior, para Young la Tierra-Media de Tolkien puede leerse como un mundo, en donde las categorías raciales estructuran la realidad de manera rígida cayendo así en un “esencialismo racialista”.

Stuart considera como extrema aquella postura que  acusa a Tolkien de racializar el género fantástico. Aquí, el autor cita las palabras de la académica (UCLA) Christine Chism para quien, si bien abundan las generalizaciones sobre las diferencias entre las razas, añade que “también existen marcadas diferencias entre individuos y grupos pertenecientes a esas mismas razas”.

Por ejemplo considere las diferencias entre dos elfos de Noldor como Fëanor o Galadriel, o entre dos Maiar como Saruman y Gandalf. Sumado a esto, tenemos que existen uniones entre seres pertenecientes a diferentes razas como es el caso de Beren y Lúthien (hombre y elfa),  Tuor e Idril (hombre y elfa) o Thingol y Melian (elfo y una Maia). Ahora bien, es cierto que no hay rastros de una unión entre elfos y humanos con los enanos. También vemos las masacres que hubo entre los mismos elfos, como cuando los Noldor atacan a los Teleri o cuando los hijos de Fëanor atacan Doriath y Gondolin.

Lo anteriormente señalado también ha despertado también las críticas de los sectores autodenominados como “progresista” y “feministas” (por ejemplo Germaine Greere) que critican la obra de Tolkien por ser conservadora, tradicionalista e incluso reaccionaria (y otros añadirán “católica”). La razón de esto se debe a la estructura jerárquica de la Tierra-Media, tal como lo explica Dimitra Fimi:

“La Tierra Media de Tolkien es jerárquica, empleando la medieval ‘cadena de los seres’ o scala naturae, una poderosa metáfora visual que distribuye en categorías todas las formas de vida según su ‘espíritu’ y ‘materia’. Dios y los ángeles están en el punto más alto, los seres humanos después, los animales debajo, etc”[5].

Como es sabido, a Tolkien no le agradaba la alegoría consciente e intencional, y su obra no constituía una representación de otra realidad. Sin embargo, otra tema era la “aplicabilidad”, es decir, la capacidad de una obra para adquirir distintos significados según la experiencia y la reflexión de cada lector, sin quedar reducida a una interpretación única fijada por el autor. 

De acuerdo con Eduardo Segura, la obra de Tolkien puede suscitar interpretaciones diversas según la experiencia, el contexto y la trayectoria vital de cada lector. Dado que la aplicabilidad descansa en la libertad interpretativa del lector, un mismo pasaje puede adquirir significados distintos a lo largo del tiempo o frente a diferentes circunstancias personales.  Así, mientras la aplicabilidad posee un carácter abierto y dinámico, la alegoría propone un significado fijo y previamente determinado. Segura utiliza el episodio de El Señor de los Anillos en donde Galadriel  responde a la siguiente pregunta de Frodo sobre el Espejo: “¿Qué buscaremos y qué veremos”. Galadriel afirma que puede ordenarle al Espejo que revele muchas cosas y a algunos puedo mostrarles lo que desean ver. Luego añade la elfa:

“Pero el Espejo muestra también cosas que no se le piden, y éstas son a menudo más extrañas y más provechosas que aquellas que deseamos ver. Lo que verás, si dejas en libertad al espejo, no puedo decirlo. Pues muestra cosas que fueron, y cosas que son, y cosas que quizá serán”.

Una postura similar fue formulada por los críticos estadounidenses W. K. Wimsatt y Monroe Beardsley en su ensayo The Intentional Fallacy (1946). En él, los autores cuestionan la creencia de que conocer la intención del autor, es decir, aquello que tenía en mente al momento de escribir, equivale a conocer la interpretación correcta de la obra.

Algo similar afirmaba T. S. Eliott en su ensayo “Tradición y el talento individual respecto a la autonomía de la obra respecto al autor: “La crítica honesta y la apreciación sensible no se dirigen al poeta, sino a la poesía (“Honest criticism and sensitive appreciation are directed not upon the poet but upon the poetry.”) Alguno podrá estar pensando en la (criticada) “Muerte del autor” (1967)  formulada por Roland Barthes (1915-1980) y la afinidad entre esta y el concepto de “aplicabilidad” defendido por Tolkien y su rechazo del estudio de la biografía del autor para comprender su obra. En su ensayo “La muerte del autor” (1967), Barthes planteaba que la interpretación de un texto no debía depender de la vida del escritor ni de la búsqueda de un supuesto significado último fijado por él.

En sus palabras, un texto “no está constituido por una fila de palabras, de las que se desprende un único sentido, teológico”, es decir, el mensaje del “Autor-Dios”. Por el contrario, afirmaba que el texto constituía un espacio de múltiples dimensiones en el que confluyen diversos significados y cuya interpretación se enriquece a través de la lectura. Más adelante agregaba:

“Una vez alejado del Autor, se vuelve inútil la pretensión de “descifrar” un texto. Darle a un texto un Autor es imponerle un seguro, proveerlo de un significado último, cerrar la escritura”.

En suma, podría  advertirse cierta afinidad entre la noción de “aplicabilidad” de Tolkien y las críticas posteriores a la primacía de la intención del autor. En su cido prólogo a El Señor de los Anillos, Tolkien escribió que una obra puede ser aplicada por los lectores a situaciones y experiencias que no fueron necesariamente concebidas por su autor. Tal concepción guardaría así una relación (no equivalencia) con la denominada “falacia intencional” de  Wimsatt y Beardsley, quienes cuestionaron la idea de que la intención del autor permita determinar el significado de una obra.

Del mismo modo, puede establecerse un paralelo con la posterior propuesta de Roland Barthes sobre la “muerte del autor”, en cuanto ambas perspectivas cuestionan, desde planteamientos muy diferentes, la autoridad absoluta de la intención del autor sobre la interpretación. Sin embargo, Tolkien no rechaza la importancia del autor ni de sus intenciones, sino que reconoce que una obra puede adquirir significados y aplicaciones que exceden aquello que su creador se propuso originalmente

No obstante lo anterior, erosionar la centralidad del autor no significa que podamos realizar una interpretación arbitraria, forzada y carente de fundamentos de la obra de Tolkien. Eduardo Segura afirma que la alegoría, como modelo narrativo implica “la imposición al lector de un código interpretativo por parte del autor”, mientras que Tolkien “prefería que fuese la libertad del receptor la que aplicase el o los sentidos de la obra a su propia manera de ver la obra y el mundo”.  

Sin embargo, Segura advierte que ello no implica que puedan realizarse tantas interpretaciones de la obra de Tolkien como lecturas se hagan de ella. En palabras del académico español:

“Existen documentos de sobra, y en especial su epistolario, para demostrar que hay interpretaciones de la obra de Tolkien que resultan gratuitas y hasta ofensivas a la intención del autor. Muchas de sus cartas están dedicadas a aclarar algunas de esas explicaciones erróneas”.

En toda obra literaria existe una filosofía más o menos explícita y los lectores de Tolkien inevitablemente, la buscarán aunque su autor haya manifestado no querer enseñar nada en específico con su obra.  Como explica en su libro[6] el filósofo del Boston College, Peter Kreeft, la filosofía y la literatura se complementan, ya que, la primera argumenta de manera abstracta, mientras que la segunda también argumenta, pero lo hace de manera concreta.

Añade que el pensamiento humano es, a su vez, concreto y abstracto (o universal). Sucede que no podemos pensar únicamente en universales abstractos, como por ejemplo, “ser humano”, sin imaginar uno concreto y particular. Por otro lado añade que se da el caso inverso, es decir, siempre que reconocemos un elemento concreto y particular, utilizamos un universal abstracto para clasificarlo, categorizarlo y definirlo.

De acuerdo con Kreeft, es en la alegoría donde cada elemento concreto representa un concepto abstracto.  Así, cada lector puede construir una lectura alegórica a partir de la obra, aunque Tolkien haya manifestado que su creación no debía entenderse como una alegoría directa.

Por ende, Tolkien no pretende coartar la libertad interpretativa del lector, por lo que reconoce que cada persona puede encontrar en la obra aplicaciones acordes con su propia experiencia. Sin embargo, rechaza que se le atribuya (a él) la intención deliberada de representar una realidad específica mediante la alegoría o de imponer un único significado a su relato.

Ahora bien, en varias de sus cartas Tolkien insiste en que el tema central de su obra no es el poder, sino la muerte y el deseo de inmortalidad. Si bien el poder tiene un lugar medular en la trama, este constituye un medio para explorar una preocupación más profunda de los Humanos (que incluye a Hombres y Elfos): el cómo enfrentan su condición mortal y la tentación de escapar a los límites propios de su naturaleza.

En su libro Splintered Light, Verlyn Flieger explica, en el capítulo dedicado a la eucatástrofe que Tolkien explora, a través de la condición de sus inmortales Elfos y sus mortales Hombres, las dimensiones positivas y negativas de la muerte, así como su aparente opuesto: la vida sin fin, junto con su corolario, la vida eterna. La autora sostiene que el filólogo establece una clara distinción entre la vida sin fin y la vida eterna, entendida esta última como una realidad que trasciende la muerte y conduce a Dios.

En este sentido, Flieger afirma que la ausencia de muerte (deathlessness) no equivale a la verdadera inmortalidad, sino que representa únicamente una prolongación indefinida de la vida. Para Tolkien, por el contrario, la auténtica victoria sobre la muerte consiste en atravesarla para alcanzar la vida eterna. Como escribió en la carta n°131 a Milton Waldman, Tolkien reconocía que cualquier intento de explicar el significado de un mito o un cuento de hadas debía usarse el lenguaje alegórico. A esto añadía que “cuanta más «vida» tenga una historia, más fácilmente será susceptible de interpretaciones alegóricas”.

En los últimos años, la obra de Tolkien se ha visto envuelta en debates que trascienden los ámbitos estrictamente literario y filológico. La admiración que algunas figuras públicas del mundo empresarial y político han manifestado por su obra ha generado discusiones no solo sobre su relevancia y vigencia, sino también sobre la posible utilización o apropiación ideológica de la obra del filólogo inglés.  Actualmente la obra de Tolkien no sólo está presente en las librerías o películas, sino que en el mundo empresarial.

Por ejemplo, el inversor, Peter Thiel, ha creado múltiples compañías que toman prestado sus nombres del mundo de Tolkien: Palantir Technologies, Lembas LLC y Valar Ventures. Por su parte, el emprendedor Palmer Luckey fundó la empresa tecnológica de defesa Anduril Industries y el Erebor Bank. El hecho de que el empresario y libertario Peter Thiel se haya declarado un entusiasta lector de Tolkien ha despertado inquietud en algunos sectores progresistas y de izquierda.

A ello se suman las declaraciones de otros dirigentes políticos, como J. D. Vance y Giorgia Meloni. En el pódcast Grounded (2021), Vance afirmó que la obra de Tolkien había influido en su visión conservadora del mundo. Por su parte, en su autobiografía, Meloni relata que ella y otros miembros del Movimiento Social Italiano solían disfrazarse de personajes de la saga durante algunos eventos, como muestra de la influencia que la Tierra Media ejercía sobre ese grupo político.

Esta asociación entre Tolkien y determinados sectores de la derecha también se ve reflejado en diversos medios de comunicación. Por ejemplo, Vox publicó un artículo en el que se hace referencia a la “obsesión” de la derecha por El Señor de los Anillos, aunque añade que dichos sectores no comprenden realmente la obra. Por su parte, The Guardian tituló uno de sus artículos: “La ultraderecha italiana abraza la Tierra Media mientras la primera ministra inaugura una exposición sobre Tolkien” (2023).

En la misma línea la BBC publicó un reportaje bajo el título “Cómo El Señor de los Anillos se convirtió en la «Biblia» de la derecha en Italia”. Asimismo, la revista de extrema izquierda, Jacobin, publicó en 2024 un artículo titulado “Cómo los posfascistas italianos se enamoraron de J. R. R. Tolkien”. Frente a este tipo de interpretaciones, que  privilegian la dimensión política de la obra por sobre su contexto literario y filológico, Tom Shippey subraya la importancia de comprender el trasfondo histórico, lingüístico y cultural que dio origen a la Tierra Media. En “The Road to Middle-earth: How J. R. R. Tolkien Created a New Mythology”, observa, no sin ironía, que muchos de los admiradores “profesionales” de Tolkien no siempre escriben como tales.

https://www.bbc.com/mundo/articles/ce95gg06q27o

Incluso afirma que Tolkien se habría horrorizado al descubrir que algunas personas escribían sobre su obra sin ser capaces de distinguir entre el inglés antiguo y el nórdico antiguo, considerando además que esa diferencia carecía de importancia. Con esta observación, Shippey subraya que una comprensión adecuada de Tolkien exige prestar atención a las tradiciones lingüísticas, literarias e históricas que dieron forma a su imaginación creativa.

Otro tema de gran interés es determinar hasta qué punto las experiencias personales de Tolkien influyeron en su obra, así como en la creación de sus personajes y escenarios. No obstante, Humphrey Carpenter recuerda las propias palabras de Tolkien acerca de las limitaciones de una biografía para comprender e interpretar la obra de un autor, advirtiendo que reducir una creación literaria a la vida de su escritor constituye una simplificación de un proceso creativo mucho más complejo. Lo mismo nos recuerda John Garth en su libro “Tolkien y la Gran Guerra”, al citar una carta del escritor en donde se muestra contrario a la “tendenica contemporánea a conceder demasiada atención a la vida de los autores y los artistas”.

La razón, de acuerdo con Tolkien, era que distraían la atención de lo más relevante que era la obra del autor. Es por ello que Carpenter afirma que su verdadera biografía se encuentra  en El Hobbit, El Señor de los Anillos y El Silmarillion, “porque la verdad sobre él está en sus páginas”. Lo mismo escribió Shippey en su “Road to Middle-Earth”:

“El propio Tolkien no aprobaba la búsqueda académica de «fuentes». Consideraba que tendía a desviar la atención de la obra de arte en sí misma y a infravalorar al artista al sugerir que lo había «obtenido todo» de otra fuente”.

En la carta n°213 aborda esta cuestión afirmando que existen hechos sobre un autor que él considera como insignificantes. Para Tolkien los hechos significativos, de su biografía, guardaban relación con su año de nacimiento, dónde transcurrió su infancia – en “la Comarca” en una era premecánica – y que era católico romano.

[1] Tolkien as a Post-War Writer (https://dc.swosu.edu/mythlore/vol21/iss2/16/ )

[2] The Literary Power of Hobbits: How JRR Tolkien Shaped Modern Fantasy (https://lithub.com/the-literary-power-of-hobbits-how-jrr-tolkien-shaped-modern-fantasy/)

 

[3] J.R.R Tolkien, el autor del siglo.

[4] J.R.R Tolkien, el autor del siglo.

[5] ¿Tolkien era en verdad racista? Traducción de la Socidad Tolikien Española (https://www.sociedadtolkien.org/blog/2019/04/20/racista-dimitra-fimi/)

 

[6] The Philosophy of Tolkien: The Worldview Behind The Lord of the Rings.