9/25-J.R.R. Tolkien.Los hijos de Húrin (I) (por Jan Doxrud)

9/25-J.R.R. Tolkien. Los hijos de Húrin (I) (por Jan Doxrud)

Continuemos ahora con la historia de Húrin y su familia. Para explicar este relato utilizaremos principalmente los pasajes correspondientes de El Silmarillion, Los hijos de Húrin y la primera parte de Cuentos Inconclusos. La vida de Túrin transcurre en los años anteriores y posteriores a la Nirnaeth Arnoediad, la gran derrota de los elfos y los edain frente a Morgoth, una batalla que marcaría de manera decisiva el destino de Húrin, de su familia y del propio Túrin.

Comencemos con la historia del padre y la madre de Túrin. Su padre fue Húrin Thalion, señor de Dor-lómin, uno de los más grandes héroes de los Edain. Era hijo de Galdor y Hareth, y tenía un hermano menor, Huor, con quien compartió algunas de las gestas más memorables de la Primera Edad.  Ambos hermanos habían vivido en su juventud como hijos adoptivos de su tío Haldir en Brethil, al sureste de Dor-lómin, en donde adquirieron experiencia luchando contra bandas de orcos que hostigaban las fronteras orientales. En una ocasión, producto de una emboscada perpetrada por el enemigo, la compañía en iban los hermanos se dispersó y estos fueron perseguidos por los orcos.

Por intervención de uno de los Valar, Ulmo, quien levantó una espesa niebla, pudieron escapar y llegar hasta Dimba. Posteriormente fueron divisados por el “Rey de las Águilas”, Thorondor, quien envió a dos Águilas a ayudar a Húrin y Húor. Los hermanos fueron llevados al valle secreto de Tumladen y la ciudad escondida de Gondolin en donde gobernaba Turgon. Este último, al saber que eran descendientes de la Casa de Hador les dio la bienvenida y, con el tiempo, llegó a sentir un gran afecto por los hijos de Galdor y Hareth.

Incluso deseaba retenerlos en su reino no solo por lo que establecía la ley[1] sino que porque realmente los amaba. Sin embargo, y en términos legales, Húrin y Huor no sabían cómo llegar al reino puesto que habían sido traídos por las Águilas por lo que, desde este punto de vista, podían abandonar la ciudad. Y esto último es lo que deseaban “regresar con su gente, y compartir con ellos las guerras y pesares que ahora los afligían”. Así, los hermanos dijeron a Turgon:

“Señor, sólo somos Hombres mortales, distintos de los Eldar. Ellos pueden pasar muchos años esperando batirse con sus enemigos algún día distante, pero nuestro tiempo es corto, y nuestra esperanza y fuerza pronto se marchitan”.

Turgon accedió dejarlos ir y los hermanos, tras jurar no revelar nunca dónde habían estado, fueron llevados por las Águilas las cuales los dejaron en Dor-lómin pudiéndose reunir con los suyos. Húrin se casó con Morwen quien se decía tenía una belleza élfica: era alta, de cabellos oscuros y con un rostro hermoso. Ambos tuvieron dos hijos, el ya mencionado Túrin y una hija de nombre Urwen, a quien llamaban Lalaith (Risa). Su padre, Húrin decía a su esposa que Lalaith era bella como una niña Elfa “pero más efímera, ¡ay! Y por ello más bella, quizá, o más querida”.

Túrin, a diferencia de su hermana menor, era de épocas palabras y no se mostraba alegra, mientras que la gente, cuando veía a Lalaith “sentían alegría en sus corazones”. Pero sobre Túrin también se nos dice lo siguiente: “(…) era rápido para la compasión, y el dolor o la tristeza de las criaturas vivientes podían conmoverlo hasta las lágrimas”. Junto con esto se nos relata que veía poco a su padre y que amaba a su madre y a su hermana.

En el otoño de ese año llegó un viento pestilente y maligno desde el norte, al cual se lo llamó el “Mal Aliento”. Quienes entraron en contacto con este enfermaron y murieron ese año. Este mal terminó por llegar a Dor-Lómin y Túron cayó enfermo. Cuando despertó preguntó por su hermana Lalaith y se enteró de que había fallecido. Frente a esta tragedia,  se nos dice que Túrin “lloró amargamente solo por la noche, aunque nunca más pronunció ante Morwen el nombre de su hermana”.

Solo con un amigo Túrin pudo buscar cierto desahogo, se trataba de Sador, un sirviente de Húrin quien había perdido un pie y que, por ello, Túrin lo llamaba – por piedad y no desprecio –  Labadal o “Paticojo”. Turín se regocijaba escuchando las historias de juventud de Labadal, quien no había alcanzado a luchar en el Bragollach y solo arrivó tarde para rescatar al viejo señor Hador quien había caído defendiendo al rey Fingolfin. Sador también había estado en la fortaleza de los elfos llamada Barad Eithel (la Torre de la Fuente) en Eithel Sirion (Fuente de Sirion) cuando el Rey Negro atacó y el abuelo de Túrin, Galdor, cayó muerto. Continuaba relatándole que en aquel entonces, su joven padre se hizo cargo de la defensa del señorío logrando expulsar a los enemigos.

Pero no todas las conversaciones eran sobre batallas, puesto que Túrin también albergaba dudas y curiosidad sobre las palabras de su padre acerca de Lalaith: su belleza élfica, pero con una existencia efímera. Sador le explicó que en la  temprana juventud, los hijos de los Hombres se asemejan a la de  los Elfos mucho, pero había una diferencia crucial  y era que los los hijos de los Hombres crecían de manera más rápida y su juventud pasaba con prontitud, siendo ese el destino de esa raza.

Cuando  Túrin le preguntó que era el destino, Labadal le respondió: “(…) envejecemos pronto y morimos; y, por desgracia, muchos encuentran la muerte incluso antes. En cambio, los Elfos no envejecen y no mueren, salvo a causa de una gran herida”. Así, le da a entender al niño que su hermana no volvería y sobre  adónde había ido nadie lo sabía o, al menos él lo desconocía. Túrin manifesto su deseo de servir alguna vez como soldado a un rey Elfo tal como lo había hecho Labadal y este último le dijo que aprendería mucho de ese pueblo bello y maravilloso.

En aquella época se corrían el rumor entre los mayores de una gran concentración de tropas y reclutamientos de fuerzas, Algo de lo que Turín no sabía. Al parecer una gran batalla se vecinaba y se nos dice que Húrin miraba fijamente a su hijo Túrin “con frecuencia, como un hombre que mira algo querido de lo que debe separarse”. Húrin también dijo a su esposa Morwen que dejaba a su cuidado al heredero de la Casa de Hador y añadió que la vida de los hombres era “corta, y en ella hay múltiples infortunios, aun en tiempos de paz”. Morwen le preguntó que quería decir con esas palabras. Húrin varticinaba una gran conmoción, en donde una de las partes caería más bajo de lo que está ahora. Si quienes sucumbían resultaban ser los reyes de los Elfos, entonces a los Edain no les irían bien, puesto que ellos vivían más cerca del Enemigo.

Húrin dijo a Morwen que, en caso de que lo peor se concretara, ella debía huir a Brethil en donde estaban los parientes de su madre. En caso de no encontrar ayuda en parientes y amigos Morwen le dijo que se dirigiría a Doriath. En palabras de Morwen:

“Yo creo que la Cintura de Melian será la última defensa en romperse; y por otra parte, la Casa de Bëor no será despreciada en Doriath. ¿No soy ahora pariente del rey? Beren, hijo de Barahir, era nieto de Bregor, como lo era también mi padfre?

Húrin manifestó no inclinarse por Thingol, Rey de Dorioath y Morwen sentía lo misma por Brethil. Finalmente Húrin cedió y dijo a Morwen que si lo peor pasaba, la dejaba a su coraje y juicio lo que había que hacer. En el cumpleaños de Túrin, su padre le regaló un cuchillo labrado por los Elfos y le dijo unas palabras que quedarían fuertemente hrabadas en el corazón de su hijo:

“Heredero de la Casa de Hador, he aquí un regalo. Pero ¡ten cuidado! Es una hoja amarga y este acero sirve sólo a aquellos que pueden empuñarlo. Es tan capaz de cortarte a ti una mano como de atacar a tus enemigos”.

Túrin fue corriendo hacia donde estaba Labadal y le regaló su cuchillo. Su padre se percató de ue su hijo ya no llevaba el cuchillo y éste último le dijo que se lo había dado a Sador el carpintero porque lo quería y sentía piedad por él. Su madre se mostró menos piadosa hacia Sador y le dijo a su hijo que tendría que esperar para tener una nueva hoja. No obstante lo anterior, se nos dice que Túrin advirtió que Sador comenzó a ser tratado con más amabilidad desde ese momento e incoiuso se le encargó una gran silla para que el señor se sentara en ella en la sala.

Fue durante una mañana brillante cuando Túrin fue despertado por una trompeta y al salir vio una gran cantidad de hombres armados a pie y montados a caballo. Entre ellos se encontraba su padre y fue en ese momento cuando Túrin se enteró que su padre y los hombres partirían en dirección a Barad Eithel. Antes de partir, Húrin se despidió de Morwen y levantó a  Túrin sobre sus hombros gritano a sus hombres: “¡Que el heredero de la Casa de Hador vea la luz de vuestras espadas!”

Pasemos ahora a examinar los acontecimientos que pavimentaron el camino hacia la Nirnaeth Arnoediad. La batalla contra las fuerzas de Morgoth se avecinaba y los elfos habían reunido todas las fuerzas bajo una alianza liderada por Fingon, hijo de Fingolfin, y Rey Supremo de los Noldor y de Hithlum También eran parte de esta alianza los elfos del Reino de Nargothrond, Gondolin y Maedhros – hijo mayor de Fëanor – que tenía tierras en el este.

Angband

Morgoth ya había anticipado esta preparativa de los elfos de manera que también tenía preparada sus propias fuerzas. El plan de Morgoth era enviar una gran hueste de Angband en dirección a Hithlum y otra aún más grande al encuentro de Maedhros para impedir así que  ambas fuerzas se unieran. Ante el avance de las fuerzas de Morgoth quienes iban vestido de ropas pardas sin mostrar sus armas, Fingon fue prudente y se opuso al deseo de sus capitanes de atacar al enemigo. Fingon pronunciólas siguientes palabras:

“¡Cuidaos de la astucia de Morgoth, señores! —dijo-. Su fuerza es siempre mayor de lo que parece, y su propósito distinto del que deja ver. No reveléis vuestras propias fuerzas, y dejad que el enemigo se desgaste en el asalto a las colinas”.

Así el plan de los elfos era que Maedhros we dirigiera a la gran llanura con toda su fuerza llamada Anfauglith compuesta de Elfos, Hombres y Enanos donde Fingon esperaba hacer salir al grueso de los ejercitos de Morgoth. Una vez logrado este objetivo, Fingon llegaría desde el oeste para atrapar el poder de Morgoth “como entre un martillo y un yunque y hacerlo pedazos (…)”.

Como señalé anteriormente, Morgoth había ordenado a sus fuerzas que desalojase a Fingon de las colinas, pero este último no mordió el sebo. Morgoth redobló su apuesta y envió a un grupo de orcos hacia las muros de defensa de Barath Eithel quienes llevaban consigo al elfo Gelmir, hijo de Guilin, un señor de Nargothrond. Gelmir había sido, como otros, en la Bragollach, y lo habían segado. No batando esto, y para enfurecer a sus enemigos, los orcos le rebanaron las manos y los pies y lo dejaron abandonado.

Esto causó la furia de su hermano, Gwindor, que estaba ahí presente y quien montó su caballó y cabalgó junto a otros jinetes a tacar al enemigo. Este ataque de furia  significó romper con el plan previsto, puesto que Fingon terminó por hacer sonar la trompeta para bajar desde las colinas para embestir al enemigo. Si bien en un comienzo Gwindor logró penetrar profundamente en las filas de Angbang, terminó siendo capturado vivo y sus hombres de Nargothron pasados por las armas. Fingon no pudo rescatarlo y, peor aún, Morgoth hizo salir a su ejército principal que hizo retroceder a Fingon de los muros de Angband sufriendo grandes pérdidas en el proceso.

Fue en el cuarto día de la guerra, en la llanura de Anfauglith, donde comenzó la Nirnaeth Arnoediad en donde ocurrieron varios hechos: la derrota de Maedhros, la victoria parcial sobre Glaurung  por parte de los Enanos de Belegost (ciudad subterránea de los enanaos en las Monatañas Azules)  y la traición de los Orientales[2]. Al anochecer del quinto día las huestes de fingon fueron rodeadas por el enemigo y comenzó una batalla que duró hasta el amanecer. Se abrió una luz de esperanza cuando Fingon escuchó los cuernos de de su hermano Turgon que avanzaba con su ejército de Gondolin.

Fue aquí cuando Turgon se encontró nuevamente con Húrin quien luchaba junto con Fingon, pero la situación era difícil pueato que con la derrota de Maedhros, Morgoth pudo concentrar todas sus fuerzas en atacar a Fingon. Fue Gothmog, Señor de los Balrogs, quien logró abrir una “oscura cuña” entre los ejércitos de los elfos de Fingon, para posteriormente enfrentarse al Rey de los Noldor. En el combate con Gothmog, Fingon fue inmovilizado por un Balrog con un cinturó de acero y fue en ese instante en que Gothmog le asestó un golpe con su hacha negra. Así, llegó a su fin Fingon:

“Así cayó el rey de los Nol-dor; y luego, los Orcos lo golpearon ya caído con sus mazos, y pisotearon y arrastraron su estandarte azul y plata por el barro ensangrentado”.

Ante esta terrible situación, Húrin pidió enérgicamente a Turgon que se retirara, puesto que era el último de la Casa de Fingolfin y en él habitaba la última esperanza de los Eldar, así como también de los Hombres. Al final Turgon siguió el consejo de Húrin y Huor, y emprendió la retirada. Para ello fue protegido por ambos flancos por dos señores elfos Glorifindel y Etchelion, mientras que Húrin y Huor con sus hombres protegieron la retaguardia y allí resistirían. Como nos dice el relato: “(…) no querían abandonar las Tierras de Norte; y si no podían volver a sus hogares, querían resistir allí hasta el fin”.

Los poderosos guerreros de la Casa de Hador se agruparon alrededor de los hermanos y, combatiendo sin descanso, fueron retrocediendo paso a paso hasta quedar con el Marjal de Serech[3] a sus espaldas y el río Rivil frente a ellos. Allí hicieron su última resistencia y no cedieron un solo palmo más de terreno. Fue Húrin el último en seguir luchando y quien, en un último acto, soltó el escudo y tomó con sus dos manos el hacha de un capitán orco y se lanzó al ataque. Pero el enemigo era interminablemente superior y terminó siendo capturado y llevado encadenado y arrastrado por Gothmog hacia Angband.

A pesar de este gran triunfo de Morgoth, este no quedó tranquilo y lo perturbó el hecho de Turgon, al que más temía, seguía vivo y se había convertido en el nuevo Rey de los Noldor. Se nos relata que Morgoth temía y odiaba a la Casa de Fingolfin, “porque ésta lo había despreciado en Valinor y tenía la amistad de Ulmo, su enemigo”. Por lo demás había sido el difunto Fingolfin quien había herido a Morgoth en un duelo tras la Dagor Bragollach.

Tras la batalla, los orcos apilaron los cuerpos de sus enemigos en mitad de la llanura de Anfauglith, formando una gran colina que fue llamada Haudh-en-Nirnaeth (El Túmulo de las Lágrimas) por los Eldar. De los reinos elfos solo permanecían Nargothrond, Doriath y Gondolin, siendo este último el que más preocupaba a Morgoth. Como recompensa a los Orientales (por su traición), Morgoth les otorgó el territorio de Hithlum, donde se encontraba también Dor-lómin que era el señorío de la Casa de Hador a la cual pertenecía Húrin y Huor.

Los Eldar que sobrevivieron a la batalla fueron llevados a Angband donde fueron convertidos en esclavos y forzados a trabajar en las minas. Húrin continuaba vivo y fue traído ante la presencia de Morgoth puesto que podía serle útil para saber la localización de Gondolin. Para lograr esto, se valió de diversas estrategias, como ofrecerle la libertad o ser convertirse en el mayor de sus capitanes. Pero Túrin no cedió y desafió a Morgoth haciéndole ver su ceguera y su incapacidad para conocer las normas que rigen el corazón de los Hombres.

Ante esta respuesta, Morgoth llevó a Húrin a ver Haudh-en-Nirnaeth y lo puso en la cima de esta para que mirase desde allí hacia el oeste y pensara en el futuro de su familia, ya que ahora vivían en sus dominios y, por lo tanto, estaban bajo su poder. Pero Tútin respondió que de nada serviría ya que ni su esposa ni su hijo sabían la ubicación de Gondolin. Un encolerizado Morgoth extendió su “largo brazo”  hacia Dor-lómin y maldijo a Húrin y Morwen y a sus hijos diciendo: “¡Mira! La sombra de mi pensamiento caerá sobre ellos dondequiera que vayan, y mi odio los perseguirá hasta los confines del mundo”. Húrin no se dejó intimidar y le respondió que no podía ni ver ni gobernar a su familia desde la lejanía, pero Morgoth insistió en su amenaza:

“Dondequiera que vayan, el mal les saldrá al encuentro. Cada vez que hablen, sus palabras provocarán malentendidos. Todo lo que hagan se volverá contra ellos. Morirán sin esperanza, maldiciendo a la vez la vida y la muerte”.

Sin embargo, Húrin se negó a colaborar e insistió en que el “esclavo Morgoth”  jamás podría dominar a los Hombres más allá de los Confines del Mundo. Morgoth respondió que, en efecto, no podía perseguirlos hasta allí, puesto que más allá de los Confines del Mundo solo existía la Nada. Con esta afirmación pretendía convencer a Húrin de que, tras la muerte, los Hombres no tenían otro destino que el vacío y el olvido, pero Húrin no le creyó. Tras no lograr obtener la información deseada, Morgoth lo puso en una silla de piedra sobre un sitio elevado de Thangorodrim, desde donde podría  ver Hithlum al oeste y las tierras de Beleriand al sur. Finalmente Morgoth dijo a Húrin:

“Siéntate aquí ahora – dijo Morgoth –  y contempla las tierras donde aquellos que me has entregado conocerán el mal y la desesperación. Porque has osado burlarte de mí, y has cuestionado el poder de Melkor, amo de los destinos de Arda. Así pues, con mis ojos verás, y con mis oídos oirás, y nada te será oultado”.

La esposa de Huor, Rían, dio a luz a su hijo Tuor en Hithlum, pero abatida por la muerte de su esposo Huor se internó en las tierras salvajes y confió al recién nacido Tuor al cuidado de los Elfos Grises de Mithrim. Finalmente, llegó a Haudh-en-Nirnaeth, el gran montículo funerario donde yacían los caídos de la batalla, y allí se tendió sobre él y murió. Por su parte Morwen, junto con su hijo y la hija que llevaba en su vientre – Nienor (luto) – permaneció en Hithlum en donde los Orientales habían llegado para someter, saquear y esclavizar a la población de Hador. Sin embargo estos no se atrevieron a echar a Morwen de su casa ya que se corría entre ellos el rumor de que era una bruja que tenía tratos con los demonios blancos (que es como llamaban a los elfos). No obstante lo anterior, Morwen vivió una vida precaria pudiendo recibir ayuda de una pariente de Húrin – Aerin – quien había sido forzada a casarse con uno de los Orientales de nombre Brodda.

Para Morwen era indigno tener que recibir limosna, pero lo hacía por sus hijos y, por lo demás, lo que recibía era en realidad procedía de sus bienes ya que Brodda se había apoderado del ganado y bienes de la tierra de Húrin. Pero había un temor que perturbaba a Morwen y era la posibilidad de que su hijo Túrin fuese convertido en esclavo por los Orientales. Así recordó la conversación que tuvo con Húrin y la idea de ella de marchar a Doriath donde se encontraba el Rey Thingol. Al final decidió que su hijo tendría que marchar solo junto con dos acompañantes, idea que no fue bien recibida por el joven Túrin. La madre le dijo que no quería que se convirtiera en un esclavo, pero Túrin no sabía eso y sólo vino a entenderlo cuando Labadal se lo explicó:

“Un hombre que fue un hombre, pero es tratado como una bestia -respondió Sador-Que es alimentado sólo para mantenerlo con vida, que es mantenido con vida sólo para trabajar, que trabaja sólo por miedo al dolor o a la muerte”.

Labadal le recordó también al apenado niño que él mismo le había manifestado su deseo de convertirse en un soldado de un rey Elfo, por lo que ir a Doriath sería la oportundiad de cumplir ese anhelo. Pero Túrin entre lágrimas respondió que ya no deseaba hacer aquello que había dicho en el pasado. Finalmente Túrin tuvo que partir con sus dos viejos y valientes guías, Gethron y Grithnir. En su ausencia su madre dio a luz a su hija a la cual llamó Niënor (Luto). Mientras tanto su hijo continuaba su travesía hacia Doriath:

“Así, ayudados por el destino y el coraje, atravesaron las Montañas Sombrías y, una vez cruzado el Valle del Sirion, penetraron en el Bosque de Brethil; por fin, cansados y débiles, llegaron a los confines de Doriath”.

Fue allí donde se desorintaron, pero afortunadamente fueron rescatados por el elfo Beleg Arcofirme, quien los alimentó y se informó quiénes eran. Reconoció en Túrin la belleza de su madre y los ojos de su padre. Desupés, Beleg los condujo a Menegroth. Allí Thingol y Melian decidieron recibir a Túrin y sus acompañantes en donde recibieron el mensaje de Morwen. Thingol sentó a Túrin en su rodilla, en honor a Túrin y su pariente Beren[4], lo que simbolizaba que lo adoptaba como su hijo lo cual, se nos dice,  “no era cosa que hicieran los reyes por aquel entonces, ni lo hizo nunca mas un señor de los Elfos con un Hombre”.

Solo Gethron pudo retornar junto a su señora Morwen, puesto que Grithnir enfermó y murió en Doriath. Por ende, este fue acompañado por un elfo portando un mensaje de Thingol para Morwen en donde la invitaba a residir en su reino. Pero Morwen rechazó el ofrecimiento, ya que aún albergaba esperanzas de que llegase Húrin y u hija era aún muy pequeña. Sin embargo envió regalos al rey entre los cuales se enontraba el Yelmo de Hador el ccual fue dado por Thingol a Túrin, pero este último era muy joven y estaba muy triste por la ausencia de su madre para valorar el regalo.

Túrin pasó 9 años en Doriath y estuvo bajo la tutela de Melian. En un comienzo, la reina encomendó  a la joven Nellas, quien vivía en el bosque, que siguiera los pasos de Túrin en caso de que este se adentrara entre los árboles. Fue en el bosque donde ambos se encontraron frecuentemente y trabaron una amistad, jugando y caminando de la mano por el bosque. Nella, por lo demás, le enseñó el Sindarin, así como sobre las costumbres y criaturas silvestres de Doriath

Pero a medida que Turín crecía comenzó a interesarse en los asuntos de hombres, por lo que su amistad con Nella se desvaneció. A través de los mensajeros de Thingol podía mantenerse al tanto de la situación su madre y hermana. Con Beleg Arcofirme estableció un lazo de compañerismo y ambos se aventuraban a lo lejos en donde le enseñó a Túrin a tirar con el arco, el manejo de la espada y los caminos del bosque. Sin embargo había un habitante de Doriath de nombre Saeros que miraba a Túrin con desprecio:

“Miraba por tanto con malevolencia a Túrin y todo cuanto éste hacía, y decía de él todo el mal que podía. Pero sus palabras eran astutas, y disimulaba su malicia. Sin embargo, si se encontraba con Túrin a solas, le hablaba con altivez y le mostraba claramente su desprecio”.

Menegroth

Túrin optó por no darle importancia y se mantuvo en silencio ante las provocaciones Saeros. Al cumplir 17 años, Túrin dejó de recibir noticias de su madre puesto que el poder de Morgoth se había extendido por la región y hacía imposible la circulación de los mensajeros, por lo que Thingol decidió no enviar más. Frente a esta situación, Turín se presentó ante Thingol y le solicitó una cota de malla, un escudo y una espada, puesto que se proponía dirigirse más allá de las fronteras de Doriath.

Thingol le advirtió que no recibiría su ayuda en un intento de llevar a cabo una ofensiva contra las fuerzas de Morgoth, pero que él era libre de ir a donde quisiera. Le aconsejó ser paciente puesto que un hombre solo nada podía hacer contra el Señor Oscuro y que sería mejor que ayudara a contener las fuerzas de Morgoth en las fronteras del reino. Tras esto, Turín tomó las armas, y yel Yelmo-Dragón,  se dirigió a las fronteras septentrionales, donde se unió a los elfos para poner a prueba su fuerza y coraje.

La fama del regreso del Yelmo-Dragón de Dor-Lómin comenzó a diseminarse y muchos se preguntaban si acaso Húrin había logrado escapar de los dominio de Morgoth. Tras 3 años un andrajoso y descuidado Túrin regresó sorpresivamanete a Mengroth, puesto que necesitaba reponerse y reparar su armas. Fue en esta estancia cuando el conflicto con Saeros se agudizó.  Tras un primer roce con Saeros, este último intentó a asesinar a Túrin cuandio este había emprendido el rumbo a las fronteras. Pero Túrin, un guerrero curtido, no sólo derrotó a Saeros sino que lo humilló desnudándolo y persiguiéndolo por el bisque con su espada. En su escape, Saeros trató de saltar un precipicio pero resbaló cuando llegó a la orilla opuesta y se golpeó con una gran roca causándole la muerte.

Esto conmocionó a la comunidad dentro de Doriath y, Túrin, haciendo oídos sordos de las palabras de Mablung, decidió irse y abjurar de la ley y el juicio de Thingol. Este último tuvo que deliberar y decidir qué hacer con Túrin y, tras enterarse de la malicia de su consejero Saeros el dio terminó dando un veredicto final: desterrar a Túrin de Doriath y, en caso de que quisiera volver, debía ser llevado a su presencia y que pidiera perdón a sus pies. Sin embargo el rey no conocía toda la historia, y fue Nella la que reveló el incidente en donde Saeros intentó asesinar a Túrin. Frente a esta nueva evidencia, Thingol cambió su sentencia y pronunció las siguientes palabras:

“La falta que pudo cometer Túrin la perdono ahora, pues considero que fue ofendido y provocado. Y dado que fue en verdad, como el lo dijo, uno de los miembros de mi consejo el que lo maltrató, no ha de ser Túrin quien busque este perdón, sino que yo se lo enviaré dondequiera que pueda encontrarselo; y lo convocaré a volver a mi palacio con honores”.

Fue Beleg quien se comprometió a buscarlo y traerlo de vuelta a Menegroth. Para ello, pidió una espada de valor ante lo cual Thingol aceptó. Así, Beleg escogió Anglachel la cual, se nos relata,  “era una espada de gran fama, llamada asi porque fue forjada con hierro que cayó del cielo como una estrella resplandeciente; podia penetrar cualquier metal extraído de la tierra”. No obstante lo anterior, la reina Melian advirtió que había maldad en esa espada puesto que aun moraba el corazón oscuro del herrero y luego sentenció: “No amará la mano a la que sirva, y tampoco estará contigo mucho tiempo”. Sin embargo Beleg igualmente la empuñó y la llevó consigo en su búsqueda de Túrin

Por su parte Túrin, cuando llegó a los bosques del sur del Teiglin, pasó largo tiempo a ser parte del mundo de los proscritos, en donde llegó a ser parte  de un grupo de hombres, adoptando el nombre de Neithan, el Ofendido. Estos hombres, cazaban y recolectaban para poder sobrevivir, pero también se habían vuelto crueles y propensos al robo, por lo que recibieron el nombre de “hombres lobos”.

Así, el bosque simboliza ruptura con el pasado, marginalidad y un espacio en donde Túrin se pone a prueba. El bosque tiene un fuerte simbolismo en distintas mitologías, por lo que nos detendremos brevemente en esto. El bosque ha sido asociado con el inconsciente y el peligro. En el Diccionario de Símbolos” de Juan-Eduardo Cirlot podemos leer:

“Por ello, puede afirmar Jung que los terrores del bosque, tan frecuentes en los cuentos infantiles, simbolizan el aspecto peligroso del inconsciente, es decir, su naturaleza devoradora y ocultante”.

En La Comunidad del Anillo, cuando los cuatro hobbits se encontraban en la casa de Tom Bomabadil se nos dice lo siguiente sobre el pensamiento de los árboles del Bosque Viejo:

“Las palabras de Tom desnudaban los corazones y los pensamientos de los árboles, pensamientos que eran a menudo oscuros y extraños, colmados de odio por todas las criaturas que se mueven libremente sobre la tierra, arañando, mordiendo, rompiendo, cortando, quemando: destructoras y usurpadoras”.

El Viejo Hombre-Sauce es descrito en el relato como un ser peligroso y hostil. Durante el episodio en el Bosque Viejo, este atrae a los hobbits hacia su tronco y atrapa a Merry y a Pippin en unas grietas de la madera, mientras que arroja a Frodo al arroyo cercano. En el diccionario de Chevalier podemos leer que este árbol, en Occidente, se vincula a veces con la muerte, puesto que su morfología evoca sentimientos de tristeza.  En Las Dos Torres podemos apreciar la descripción del Bosque de Fangorn, cuando las fuerzas victoriosas en el Abismo de Helm comienzan a adentrarse en él:

“La tropa llegó al bosque, y se detuvo; caballos y hombres se resistían a entrar. Los árboles, grises y amenazantes, estaban envueltos en una niebla o una sombra. Los extremos de las ramas largas y ondulantes pendían como dedos que buscaran, las raíces asomaban como miembros de monstruos desconocidos, bajo los que se abrían cavernas tenebrosas”.

En el mismo relato, cuando Aragorn, Gimli y Legolas se acercaban al Bosque de Fargorn, el elfo dijo: “Celeborn nos advirtió que no nos internásemos demasiado en Fangorn —dijo—. ¿Sabes tú por qué, Aragorn? ¿Qué son esas fábulas del bosque de las que hablaba Boromir?”. Por su parte, cuando Pippin y Merry se adentraron en el Bosque de Fangorn se nos relata que “sintieron invadidos por una curiosa sensación de ahogo, como si el aire fuese demasiado fino o escaso para respirarlo”. Los dos hobbits también hacen referencia a la impresión de vejez que daba ese bosque, tal como exclamó Pippin: “¡Mira todas esas barbas y bigotes de líquenes que lloran y se arrastran!”. A lo mismo apuntó el elfo Legolas cuando dijo sobre ese mismo bosque:

“Es viejo, muy viejo (…) Tan viejo que casi me siento joven otra vez, como no he vuelto a sentirme desde que viajo con niños como vosotros. Viejo, y poblado de recuerdos”.

En el mismo relato Gandalf, dirigiéndose a Théoden, le señala que para los ents los hombres eran historia pasajera y añadía: “poco o nada les interesan todos los años que vall desde Eori el joven a Théoden el Viejo, y a los ojos de los Ents todas las glorias de vuestra casa son en verdad muy pequeña cosa”.

Pero el bosque también ha sido concebido como un santuario natural. Así ocurrió, por ejemplo, en la tradición celta y en el sintoísmo japonés, donde determinados bosques eran considerados espacios sagrados por su estrecha vinculación con lo divino. Asimismo, el bosque ha representado un lugar de retiro y contemplación para ascetas y ermitaños, pero también un espacio de transformación y renovación personal para quienes buscan dejar atrás su pasado.

Este simbolismo puede apreciarse en la obra de Tolkien a través de personajes como Túrin, quien se interna en el bosque en un intento por romper con su vida anterior, o en el antiguo y misterioso bosque de Fangorn, morada de los Ents, cuya profundidad y carácter casi sagrado lo convierten en un espacio separado del mundo ordinario. Por su parte, Verlyn Flieger añade en su artículo “Faërie: El reino peligroso de Tolkien”, que la palabra forest se encuentra emparentada con la francesa forêt la cual, a su vez, viene de “forest” del francés antiguo. Esta última deriva del latín foris y significa “fuera” y que llega al inglés moderno en la forma foreign (extranjero).

Flieger trae a la palestra el ejemplo de Mirkwood (el Bosque Negro) que aparece en El Hobbit y que se inspira en la novela “La casa de los Wolfings” de William Morris (1834-1896). Flieger cita la carta de Tolkien a su nieto Michael George en donde le comenta que no era un invento suyo y que era un nombre antiguo, imbuido de asociaciones legendarias. Añadía que en algunas tradiciones se usaba especialmente para referirse a la frontera entre los godos y los hunos, y esta palabra hacía referencia no solo al color negro, sino que también a la tenbrosidad. Como veremos más adeñantem en El Señor de los Anillos el Bosque Viejo aterraba al Fatty Bolger, cuya nodriza le relataba la repesencia de trasgos y lobos. En palabras de Flieger, no es el narrador, sino que los hobbits quienes atribuyen intenciones y emociones al bosque:

“Por su propia naturaleza, el Bosque Viejo a poco se sitúa fuera y es diferente de la comunidad humana. Inspira miedo simplemente por parecerse y comportarse como un bosque. Los árboles bloquean la luz. Se asoman sobre el sinuoso camino. Las ramas se estiran y los arañan, y a veces caen. Las raíces sobresalen y hacen tropezar a los pies no cuidadosos. Hacen lo que hacen los árboles, y los hobbits lo interpretan como actos hostiles”.

[1] Cualquier forastero, ya sea elfo u hombre, que encontrase el camino hacia Gondolin, no podía abandonar el reino

[2] Tribus de Hombres originarias de las vastas tierras inexploradas al este de Beleriand y del Mar de Rhûn

[3] Un gran pantano situado en el curso superior del río Siron en el norte de Beleriand.

[4] Este relato ocurre después del de Beren y Lúthien.