10/25-J.R.R. Tolkien.Los hijos de Húrin (II) (por Jan Doxrud)
Dejemos el bosque y continuemos con el relato. Como señalé, Túrin, al encontrarse con esta banda de forajidos terminó por imponerse a sus líderes y convertirse en su líder, aunque no reveló su identidad y solo se presentó como Neitha, el Ofendido. Pero los miembros de la banda sabían que no se trataba de cualquier hombre:
“(…) ellos advirtieron que había gozado de una posición elevada y que, aunque sólo poseía sus armas, éstas eran obra de herreros Elfos. Pronto se ganó su aprecio, porque era fuerte y valiente, y conocía los bosques más que ellos”.
Así, Túrin comenzó su vida como proscrito, pero a pesar de que su corazón se había endurecido, no se había transformado en un salvaje. Ejemplo de ello fue cuando sorprendió a Forweg persiguiendo a una mujer asustada y con el vestido desgarrado. Frente a esto atacó al hombre con su espada para luego percatarse de que era el miembro de su banda Forweg. Luego entró en una discusión con Andróg amenazándolo de no continuar hostigando a la mujer. Finalmente esta fue liberada por Túrin. Al reunirse nuevamente con el resto de la banda, Túrin tuvo que responder por la muerte de Forweg. Sin embargo, tras conocer lo sucedido, sus compañeros optaron por no tomar represalias contra él. Como nuevo capitán llevó al grupo a las tierras salvajes en busca de mejor fortuna
Mientras tanto, Beleg no lograba encontrar a Túrin, pero sí escuchó en las Casas de los Hombres del Bosque la historia de un hombre alto y de noble porte que había aparecido en los bosques, y había matado a uno de los Gauwraith u hombre lobo. Beleg también pudo hablar con la mujer que había sido rescatada por Túrin. Beleg buscó y encontró la guarida de los proscritos, pero Túrin ya había comenzado su marcha hacia el extremo septentrional de las grandes tierras altas que se alzaban entre los valles del Sirion y el Narog. Beleg se dijo a sí mismo sobre el escurridizo Túrin: “¡Demasiado bien enseñé a este hijo de los Hombres las artes de los bosques y los campos! Casi podría pensarse que se trata de un grupo de Elfos”.
Finalmente Beleg encontró a los hombre de Túrin en la caverna en donde estaban refugiados. Pero estos, desconfiados, lo amarraron y a más de uno se le pasó por la cabeza asesinar al elfo, pero los detenía el hecho de que era amigo de Túrin. Así, Beleg fue atado a un árbol y, posteriormente liberado cuando llegó Túrin, quien dijo a sus compañeros:
“Nunca hasta ahora habíamos dado tormento a un prisionero, pero a tal comportamiento de Orco nos ha llevado la vida que arrastramos. Sin ley y sin fruto han sido todos nuestros actos, puesto que sólo a nosotros nos han servido y han sembrado odio en nuestros corazones”.
Luego Túrin pudo escuchar las palabras de Beleg sobre el veredicto del rey Thingol. Pero Túrin dijo a Beleg que no soportaba la idea de regresar a Menegroth y tener que aguantar las miradas de piedad y perdón, como si fuese un niño descarriado que ha vuelto al buen camino. Por lo demás, era él quien debía que conceder perdón, en lugar de re-cibirlo.Túrin confesaba ser aún orgullloso, y que ya no era un niño, sino que un hombre endurecido por el destino y que simplemente deseaba vagar con libertad. Frente a esta postura rígida de Túrin, Belg regresó a Menegroth sin haber cumplido con su cometido. El rey se mostró desconsolado y al reina obsequió a Beleg el pan del camino de los Elfos: el lembas.
Por su parte, Túrin junto a sus hombres se dirigieron en busca de seguridad y avanzaron para posteriormente detenerse en la linde occidental de los bosques del Valle del Sirion. Fue allí donde capturaron al enano Mîm quien, para salvar su vida, los guía a un refugio en la colina Amon Rûdh. – al este de las elevadas llanuras pantanosas que había entre los valles del Sirion y el Narog – en donde se encontraba Bar-en-Danwedh, laCasa del Rescate. Al llegar al escondite, un entristecido Mîm le muestra el lecho de muerte de su hijo, quien había sido asesinado por una flecha en el pecho lanzada por de uno de los hombres de Túrin – Andróg – cuando habían divisado a Mîm junto con sus dos hijos
Amon Rûdh.
Ante esto Túrin muestra compasión y promete darle una recompensa en oro por la muerte de su hijo. Si bien Mîm manifestó que su corazón estaba más sereno, exigió que, quien había disparado contra su hijo, rompiera el arco y las flechas, para ponerlos a los pies de su hijo. Junto con esto demandó que quien asesino a su hijo, nunca más tomará una flecha ni llevará un arco, de lo contrario moriría. Esa sería su maldición, añadió. Andróg tuvo que hacer lo solicitado por el enano pero, mirándolo con malevolencia le dijo: “Dicen que la maldición de un Enano no muere jamás, pero la de un Hombre también puede llegar a su destino. ¡Que muera con la garganta atravesada por un dardo!”,
En un comienzo la vida en los recintos de Mîm, en Bar-en-Danwedh,fue como ellos deseaban, puesto que la comida no escaseaba, con un refugio cálido, seco y con suficiente espacio para todos. Pero esto cambio a medida que el tiempo se oscureció y el frío hizo acto de presencia. Además, había algo que molestaba a los hombres y era el el estrecho vínculo que Túrin había establecido con el enano en donde se nos dice que este último mostraba “una gran predilección por Túrin; sólo a él le permitía que visitara la herrería de vez en cuando, y allí hablaban los dos en voz baja”
Sorpresivamente llegó un día Beleg, cuya presencia tensionaría aún más el ambiente dentro del escondite. El relato también ya nos advierte que el regreso de Beleg significó que el elfo antepusiera sus afectos por sobre la sabiduría , lo cual traer consecuencias negativas en el futuro. Beleg traía consigo el Yelmo de Hador para dárselo a Túrin y así lograr que este último abandonara la vida en las tierras salvajes y dejase de ser el jefe de una “mezquina compañía”. También le mostró el lembas obsequiado por Melian, pero en orgulloso Túrin dijo que no aceptaría regalo alguno de Doriath.
Como señalé más arriba, la presencia del elfo tensó el ambiente en el escondite, pues Mîm odiaba profundamente a los elfos y recelaba del afecto que Túrin profesaba a Beleg. Se nos dice que Mîm era parte de los Enanos Mezquinos quienes habían sido los primeros en hablar y en excavar en Nargothrond. Si bien odiaban a los orcos, también odiaban a los Eldar, especialmente a los exiliados, puesto que decían que les habían robado sus tierras y hogares.
La animadversión de Mîm se intensificó cuando Beleg curó a Andróg tras ser herido por unos orcos, ya que el enano creyó que el elfo había interferido con la maldición que él mismo había pronunciado contra Andróg, en caso de que este último volviera a usar su arco.
Frente al avance de las fuerzas de Morgoth, Túrin decide volver a ponerse el Yelmo de Hador y comenzó así el rumor a lo largo de Beleriand, la extensa región en donde se encontraba Doriath: “(..) muchos que habían quedado sin guía y desposeídos, pero no acobardados, cobraron nuevo ánimo, y fueron en busca de los Dos Capitanes”. Estos últimos eran Túrin y Beleg, quienes vieron como sus fuerzas crecía, aunque Túrin no permitió que ninguno de los recién llegados entrara al escondite de Amon Rûdh:
(…) antes de terminar el verano, los seguidores de Túrin se habían convertido en una gran fuerza, y el poder de Angband fue rechazado. Esto llegó a saberse incluso en Nargothrond, y muchos allí se impacientaron, y dijeron que si un proscrito podía infligir tantos daños al Enemigo, qué no podría hacer el Señor del Narog”.
Pero Orodreth, rey de Nargothrond, fue sabio al no exponer a su reino al enemigo y ni a unir sus fuerzas con la de Túrin y envió mensajeros a este último para comunicarle que no debía pisar las tierras de Nargothrond ni empujar en esa dirección a los orcos. Por su parte, Túrin nombró Dor Cúarthol – la Tierra del Arco y del Yelmo – a toda la tierra que se encontraba entre el Teiglin y la frontera occidental de Doriath. Junto con lo anteriorm también reclamó el señorío de ese territorio y adoptó el nombre de Gorthol, el Yelmo Terrible. Sin embargo se nos dice que Beleg notó el Yelmo no había tenido el efecto que él esperaba en Túrin. Este último le preguntó por qué se mostraba tan triste y pensativo, y Beleg le respondió de que, a pesar de las victorias obtenidas frente al enemigo, ellos sólo habían “quemado la yema de los dedos de la Mano Negra”, la cuan retornaría.
Frente a la fama que adquiríua Túrin, Morgoth decidió capturarlo puesto que tenía que el creciente poder del guerrero pudiese llegar a ser tal, que la maldición que había arrojado se volvería hueca y Túrin escapara a su destino. ¿Por qué tendría miedo Morgoth? Christopher Tolkien cita las palabras de su padre en la introducción del libro “Los hijos de Húrin” para arrojar luces sobre este tema. De acuerdo con Tolkien Morgoth tenía miedo puesto que, mientras más extendía su maldad y empleaba su poder para corromper Arda y crear criaturas malignas, su poder se diseminaba, conservando así menos para sí mismo. Al dispersar su fuerza en el mundo, quedó cada vez más ligado a la Tierra Media y dependiente de sus fortalezas. Por ello comenzó a temer cualquier amenaza que pudiera arrebatárselas o poner en peligro el dominio que tanto le había costado construir.
Así, Morgoth rodeó de Amon Rûdh de espías y Mîm fue el único que se percató de su presencia. Fue aquí donde ocurrió algo que los Dos Capitanes no pudieron anticipar que fue la traición de Mîm quien, motivado por el odio a Beleg, guió a los orcos al escondite Amon Rûdh. Mîm intentó negociar con los orcos par que dejaran libre a Túrin pero que le dejaran al elfo amarrado para encargarse de él. Los hombres de Turin son masacrados, y este último capturado. Solo Beleg, quien había sido amarrado logró escaparse gracias al acción del agónico Andróg y el enano no pudo cumplir así se anhelo de asesinar al elfo. Beleg tuvo que iniciar así la búsqueda de su amigo, rastreando las huellas de los orcos:
“(…) atravesó Dimbar, y subió al Paso de Anach en Ered Gorgoroth, las Montañas del Te-nor, llegando así a las tierras altas de Taur-nu-Fuin, el Bosque bajo la Noche, una región de terror y encantamientos oscuros, de vagabundeos y desesperación”.
En la noche encontró a un elfo que dormía al pie de un gran árbol muerto. Se trataba de Gwindor, el mismo señor de Nargothrond que había sido capturado al querer vengar a su hermano en la “Batalla de las Lágrimas Innumerables” (Nírnaeth Arnoediad). Pero ahora, tras ser forzado a trabajar en las minas del norte y escapar de sus captores, su apariencia era irreconocible. Ambos continuaron el viaje y llegaron a las altas pendientes que bajaban hasta las dunas desiertas de Anfauglith. Finlamnete pudieron alcanzar el campamento de orcos que mantenía engrillado a Túrin de pies y manos, y atado a un árbol.
Tras asesinar a los centinelas se llevaron al hijo de Húrin no muy lejos de donde estaban los rocos en donde le quitaron los grilletes. Pero fue en ese instante cuando Túrin, al despertar, confundió a Beleg con el enemigo y lo mató blandiendo la espada Anglachel. Sólo despues Turin tomó conciencia de lo acontecido quedándose inmóvil como una piedra. Beleg fue enterrado junto con su arco Belthonding, pero Anglachel fue guardada por Túrin ya que la utilizaría para vengarse de los siervos de Morgoth. Junto con esta espada tomó también el lembas que la reina le había obsequiado a Beleg. Así, podemos ver que las palabras de la reina Melian, dirigidas a Beleg, se cumplieron. Recordémosla una vez más cuáles fueron: “No amará la mano a la que sirva, y tampoco estará contigo mucho tiempo”.
Tras darle sepultura, Túrin y Gwindor continúan el viaje hacia el oeste, alejándose de Taur-nu-Fuin. Cruzando el Sirion y llegaron a la Laguna Hermosa y Eithel Ivrin, en donde Túrin pudo beber de las aguas. Despueps de esto se nos relata que Túrin “súbitamente se echó de bruces, y las lágrimas corrieron por fin, y sano de su locura”. Posteriormente emrendieron su rumbo hacia el sur, rumbo Nargothrond donde fueron capturados a las orillas del Narog y llevados a este reino.
En un comienzo el elfo no fue reconocido por los suyos ya que había pasado mucho tiempo desde su captura y su apariencia era la de un ser envejecido, lejos de aquel guerrero joven y fuerte. Pero fue la hija del Rey Orofreth, Finduilas, quien lo reconoció puesto que, en el pasado, antes de Nirnaeth, habían estado prometidos. Túrin se presentó como Agarwaen, el hijo de Umarth (Manchado de Sangre, hijo del Hado Desdichado) quien terminó por ser aceptado por los elfos. Fue aquí donde su espada es reforjada y pasa a llamarse Gurthang (Hierro Mortífero o Hierro de la Muerte).
Con el tiempo, la presencia de Túrin comenzó a inquietar a Gwindor por dos razones. En primer lugar, sucedió que Finduilas se enamoró de Túrin sin que este último se diese cuenta. Esto dividió a Finduilas puesto que deseaba seguir causando pesar en Gwindor pero, por otro lado, el amor que sentía por Túrin no hacía más que crecer. Esto causó pesar en Gwindor quien veía como su amada se alejaba. mSi bien Finduilas pensaba a menudo en Beren y Lúthien, era consciente de que Túrin no era como Beren, puesto que este último nunca despreció Lúthien y estaba contento en su compañía. En cambio, respecto a Túrin, Finduilas “sabía que él no sentía por ella el amor que ella deseaba”, ya que Túrin “tenía la mente y el corazón en otro sitio, en ríos de primaveras que habían desaparecido hacía mucho tiempo”.
Gwindor se acercó a Finduilas para hablarle de Túrin y le dijo que no era conveniente ni prudente que los Hijos Mayores de Ilúvatar desposaran a los Menores, debido a que los hombres tenían vidas cortas, y desaparecían pronto, “dejándonos de duelo mientras dure el mundo”. Añadía que si bien Túrin era bello y valiente como Beren, no era como este último, ya que en él pesaba un destino oscuro.. Así, Gwindor exclamó: “No lo cojas en ti! Si lo haces, tu amor te traicionará, llevándote a la amargura y la muerte”. Fue en ese momento cuando Gwindor le revela el verdadero nombre de Adanedhel. Ante estas palabras Finduilas respondió:
“Tienes los ojos velados, Gwindor -contestó ella-. No ves ni entiendes lo que aquí ocurre. ¿Debo someterme ahora a la doble vergüenza de revelarte la verdad? Porque yo te amo, Gwindor, y me avergüenza no poder amarte más, porque hay en mí un amor mayor del que no puedo escapar. No lo busque, y durante mucho tiempo me aparté de él. Pero si yo me compadezco de tus heridas, compadecete tú de las mías. Turin no me ama,y nunca me amará”.
Túrin entró en cólera cuando supo que su verdadero nombre había sido revelado y acusó a Gwindor de echarr sobre él el destino del cual quería ocultarse. Pero Gwindor le respondio: “El destino está en ti mismo, no en tu nombre”. El otro problema que aquejaba la mente de Gwindor fue que Túrin comenzó a ganarse el favor del rey Orodreth y su influencia en las decisiones del reino fueron creciendo cada vez más. Sumado a esto, Túrin cuestionaba la manera de luchar de los elfos y les pidió con urgencia abandonarla para “emplear sus fuerzas para atacar a los siervos del Enemigo, con combate abierto y persecución”. En el consejo, Gwindor se mostró contrario a este potencial cambio de estrategia que implicaba que los elfos pasaran a la ofensiva contra las fuerzas de Morgoth.
De acuerdo con Gwindor, la alianza entre los elfos y los edain solo logró contener a las fuerzas de Angband y lograr la paz larga, pero que duraría sólo en la medida en que Morgoth aguardara la oportunidad de romper el cerco. Añadía que tal unión de fuerzas no podría realizarse nuevamente, por lo que la mejor estrategia para que Nargothrond sobreviviera era mantenerse en el secreto hasta que llegasen los Valar. Ante estas palabras, Túrin reaccionó con desafío y arrogancia. Afirmó que los Valar habían olvidado a los hombres y que los despreciaban, por lo que ya no merecían su confianza. Sostuvo, además, que el único Vala que realmente importaba era Morgoth y que, aunque no pudiera ser derrotado, bastaba con herirlo y hostigarlo. Junto con esto dijo Túrin:
“Una victoria es una victoria, por pequeña que sea, y no sólo sirve por lo que se obtiene de ella, también es eficaz en sí misma. Y, en última instancia, el secreto no es posible, las armas son el único muro contra Morgoth”.
Así, Túrin era partidario de la “gloria efímera” que mantenerse escondido. Pero Gwindor le respondió que veía una oscurdiad en él cuando mencionaba a Morgoth y a Manwë juntos o cuando presentaba a los Valar como enemigos de los elfos y hombres. Despues hacer ver a Túrin el egoísmo y la falta de empatía que guían todas su decisiones:
“Piensas en ti mismo y en tu propia gloria, y pides que todos hagamos lo mismo; pero nosotros debemos pensar en otros tanto como en nosotros, porque no todos pueden luchar y caer, y tenemos que protegerlos de la guerra y la ruina mientras podamos”.
Sin embargo, la influencia de Túrin no hizo más que aumentar hasta el punto de convertirse en su principal consejero y fue llamada Adanedhel, “el Hombre Elfo”. Bajo la influencia de Túrin, los habitantes de Nargothrond abandonaron el secreto, comenzaron a forjar gran cantidad de armas y construyeron un poderoso puente sobre el río Narog para poder transportar de manera más rápidas a sus tropas, “puesto que la guerra ahora se desarrollaba sobre todo al este del Narog, en la Planicie Guardada”.
Pero incluso la última advertencia fue ignorada por Túrin y Orodreth. Esta fue traída por dos mensajeros elfos quienes, pronunciaron el consejo del Señor de las Aguas, Ulmo: “Cerrad las puertas de la fortaleza, y no salgáis de ella. Arrojad las piedras de vuestro orgullo al río sonoro, para que el mal reptante no pueda encontrar la puerta”. Frente a estas palabras, Túrin nuevamente, en un acto de arrogancia, despreció el consejo de Ulmo. Los mensajeros le hicieron ver que su actitud y la altivez con la cual hablaba, no eran propias de la de un miembro de la Casa de Hador puesto que Túrin, en lugar de escuchar buenos consejos, sólo seguía su propia sabiduría o la de su espada. Luego, ambos mensajeros abandonaron Nargothrond.
Finalmente cuando comenzó el enfrentamiento contra las fuerzas de Morgoth, no tardó en quedar en evidencia el error que cometió el rey Orodreth de seguir los consejos de Túrin. Fue precisamente el dejar de ocultarse lo que dejó a Nargothrond expuesta a la ira y el odio de Morgoth. Este último atacó con una fuerza superior a la de los elfos los cuales, además, venían acompañadpos del dragón Galurung. En la batalla de Tumhalad los elfos fueron rechazados y rey Rey Orodreth fue asesinado en combate Por su parte, Gwindor fue herido de muerte y las últimas palabras que dirigió a Túrin fueron estas:
“Y aunque te amo, hijo de Húrin, lamento el día en que te arrebaté a los Orcos. Si no fuera por tu bravura y tu orgullo, aún gozaría de la vida y el amor, y Nargothrond aún se mantendría un tiempo en pie. Ahora, si me amas ¡déjame! Ve de prisa a Nargothrond y salva a Finduilas”
Alan Lee
Túrin regresó a Nargothrond, pero esta se encontraba en ruinas, sometida a los orcos y a Glaurung. Las cámaras y salas estaban siendo saqueadas mientras que las doncellas eran reunidas para ser enviadas como esclavas a Angband. Resultó que el puente que había mandado a destruir había sido utilizado por el enemigo para atacar el reino y Galurung pudo destruir con su fuego las Puertas de Felagund. Al intentar de liberar a las doncellas, Glaurung se interpuso y Túrin tuvo que enfrentarlo. Sin embargo el astuto dragón abrió sus ojos de serpiente y hechizó a Túrin dejándolo inmóvil, y procedió a atormentarlo psicológicamente recordándole los hechos pasados:
“Malas han sido todas tus acciones, hijo de Húrin -dijo-. Hijo adoptivo desagradecido, proscrito, asesino de tu amigo, ladrón de amor, usurpador de Nargothrond, capitán imprudente y desertor de los tuyos. Como esclavas viven tu madre y tu hermana en Dor-lómin, sufriendo miseria y necesidades, vestidas con harapos, mientras tú llevas las galas de un príncipe. Penan por ti, pero a ti eso no te importa. Tu padre estará muy contento cuando se entere de que tiene semejante hijo: y se enterará”.
Solo cuando las doncellas, incluida Finduilas, se alejaron del campo de batalla, Glaurung liberó a Túrin de la hipnosis y este último intentó, infructuosamente, herirlo. El dragón convenció a Túrin de que su madre y hermana estaban en peligro en Dor-lómin. En palabras de Glautung:
“Si quieres morir, de buen grado te mataré. Pero poco les servirá eso a Morwen y Nienor. Hiciste caso omiso de los gritos de la mujer Elfa, ¿negarás también los vínculos de la sangre?”
Así, Túrin abandonó Nargothrond renunciando a ayudar a los elfos cautivos, entre estos, Finduilas. Lo que Túrin no sabía es que Morwen y Niënor ya habían dejado Dor-lómin y se habían establecido en Doriath, donde la madre se sintió desolada al enterarse de la ausencia de su hijo. Mientras Túrin marchaba, Glaurung le dijo a sus espaldas:
“¡Ve de prisa a Dor-lómin, hijo de Húrin! O quizá los Orcos lleguen antes que tú otra vez. Y si te demoras por causa de Findui-las, nunca volverás a ver a Morwen o Niënor, y ellas te maldecirán”.
Embrujado por las palabras del dragón, Turín marchó hacia su tierra natal pero nos dice que, mientras avanzaba “le parecía oír los gritos de Finduilas, que lo llamaba desde bosques y colinas, y su angustia era grande”.
Al regresar a Dorlómin, Túrin no encuentró ni a su madre ni hermana y el panorama era desolador:
“Dor-lómin se veía lóbrega y vacía, Y la gente que allí habitaba era poca e intratable, y hablaba el áspero lenguaje de los Orientales, mientras que la antigua lengua se había convertido en la lengua de los siervos, o de los enemigos”.
Allí se reencontró con Labadal quien le contó sobre los año de sufrimiento que pasó su madre y hermana bajo el dominio de Brodda y los Orientales. Ahora bien, Labadal no sabía exactamente a dónde habían partido su madre y hermana, pero le dijo quien sí podía saberlo era Aerin, puesto que conocía los designios de Morwen. El problema es que, al ser esposa de Brodda, Túrin no podría acercarse puesto que sería atrapado y golpeado por los Orientales.
Pero Túrin encolerizado hizo caso omiso de esta advertencia y se dirigió a la sala en donde se encontraba Brodda, Aerin y otros señores. Tras golpear a unos Orientales que intentaron detenerlo, Túrin exigió a Aerin que le dijera dónde estaban Morwen y Niënor pero Aerin, presionada por la presencia de Brodda, negó saber su paradero. Túrin al insistirle, causó la intervención violenta de Brodda quien con estas palabras ofendió a Túrin:
“¿He de oír cómo acusa de mentir a mi esposa un mendigo que habla una lengua de siervos? No hay ninguna Señora de Dor-lómin. Y en cuanto a Morwen, era del pueblo de los esclavos, y ha huido como una esclava. ¡Haz tú lo mismo, y rápido, o te haré colgar de un árbol!”.
Estas palabras hicieron perder a Túrin la poca paciencia que le quedaba y agarró a Brodda de los cabellos y echándolo hacia atrás y con una mano en su espada, Túrin amenazó con cortalre la cabeza. Esta vez Aerin respondió a las preguntas de Túrin y le dijo que, que había sido Brodda quien había saqueado la casa de su madre y que su madre y hermana habían sido invitadas al Reino Escondidio y añadió: “Esperaba encontrar allí a su hijo aguardándola, pero si vos sois él, temo que todo haya salido torcido”.
Fueorne stas últimas palabras las que hicieron tomar conciencia a Túrin de que Glaurung lo había manipulado, por lo que su ira no hizo más que crecer y la dirigió contra Brodda al cual asesinó lanzándolo de cabeza sobre la mesa. Así comenzó una matanza en donde participaron los adherentes a Brodda, pero también los habitantes del viejo pueblo de Dor-lómin “que durante mucho tiempo habían sido dóciles sirvientes, pero que ahora se pusieron en pie con gritos de rebelión”. Túrin partió en busca de su madre y hermana, pero Aerin no se le unió y acusó a Túrin de haber transformado la ya mala vid que llevaba, en una peor que solo le traería la muerte, puesto que los Orientales se vengarían en la noche de todos los que estaban ahí. Así, le hizo ver a Túrin que sus acciones eran precipitadas, similares a la del niño que alguna vez conoció.
Turin abandonó Dor-lómin y descendió hacia el Sirion y durante el trayecto pensó que no sería conveniente ir al Reino de Doriath, ya que solo traería la desagracia sobre su familioa. Por lo demás, era el lugar más seguro en la que las dos podían estar, por lo que Túrin se dijo a sí mismo: “¡Que Melian las guarde! Yo las dejaré en paz, para que la sombra aún no las alcance durante un tiempo».”
Túrin decidió intentar encontrar a la elfa Finduilas, pero se enteró por los habitantes del Bosque de Brethil, específicamente por boca de Dorlas, que lo orcos, al ser acechados por sus fuerzas, habían asesinado a los prisioneros y a Finduilas la habían clavado a un árbol con una lanza. El hombre añadió que la elfa alcanzó a pronunciar ante él sus últimas palabras:
“Nos miró como si buscara a alguien a quien estuviera esperando, y susurró: «Mormegil. Decidle a Mormegil que Finduilas está aquí». No dijo más. Pero a causa de sus últimas palabras, le dimos sepultura donde murió. Yace en un túmulo, junto al Teiglin. Sí, hace ahora un mes”.
Túrin pidió ser llevado a donde se encontraba Finduilas y, una vez ahí, se nos dice que la oscuridad cayó sobre él y los demás hombres se percataron de que él era Mormegil, el gran capitán de Narothrond. Posteriormente, Túrin fue trasladado a Ephel Brandir donde fue recibido por Brandir quien, afirmó que la presencia de Mormegil sería la causa de la ruina de su pueblo Tras recuperarse en Brethil, gracias a los cuidados de Dorlas, Túrin se hizo llamar Turambar que, en Alto élfico, significaba “Amo del Destino” y vivió entre los hombres del bosque. El guerrero, reflexionando sobre su pasado aseveró:
“¡Todas mis acciones y mis días pasados han sido oscuros y llenos de maldad, pero ha llegado un nuevo día. Aquí me quedaré en paz; renuncio a mi nombre y mi linaje, y asi quizá dejaré atrás la sombra, o al menos no caerá sobre los que amo”
Sin embargo se nos relata que este mero cambio de nombre no podía cambiar el temperamento de Túrin, así como también las penas causadas por las fuerzas de Morgoth. Sumado a esto, su deseo de perseguir orcos no había menguado y esto se contraponía al deseo de Brandir de proteger a su pueblo con el sigilo y el secreto. Pero, por ahora, Mormegil había dejado de existir y Turambar decidió guardar la espada Espada Negra, u decidió portar un arco y juna lanza.
Mientras tanto, a Doriath llegaron las noticias del desastre en Nargothrond y se enteraron de por medio de diversas versiones lo que le había ocurrido a Túrin (Mormegil): que había muerto o que se encontraba hechizado por el dragón y que seguía allí como convertido en piedra. Al enterarse de esto Morwen exclamó: “¡Esta duda es obra del mismo Morgoth! ¿No podemos saber la verdad, y conocer de una vez qué es lo peor que debemos soportar?”. Pero Thingol llamó a la mesura y, lo que se debía hacer era enviar hombres a Nargothorn para que, con cautela, averigauran cuál era la situación en ese reino. Pero Morwen estaba fuera de sí y no hubo consejo alguno que la disuadiera de dirigirse a Nargothrond en busca de su hijo. Por su parte, Melian le dijo a Morwen: “Una verdad has dicho: esta duda es obra de Morgoth. Si te vas, lo harás obedeciendo su voluntad”.
Así, y desoyendo los consejos de Melian, Morwencabalgó hacia donde estaba su hijo por lo que Thingol tuvo que enviar a su guerrero Mablung junto a otros a buscarla y protegerla. Por su parte, Niënor fue obligada a quedarse, pero ella había partió junto a los demás vestida de soldado. Una vez que encontraron a Morwen, ella ordenó a que la llevaran con su hijo de lo contrario cruzaría a nado el Sirion. En ese momento fue cuando Niënor fue descubierta y con terquedad rechazó las órdenes de su madre de regresar. En palabras de Niënor:
“Luto me llamaste, pero no guardaré luto yo sola, por padre, hermano y madre. De ellos sólo a ti te he conocido, y por encima de todos te amo.Y nada que tú no temas temo yo”.
Finalmente ambas mujeres junto con el grupo de guerreros continuaron rumbo al oeste, hacia Amon Ethir, la Colina de los Espias que en el pasado había sido con gran esfuerzo levantada por Felagund. Mablung ordenó que ambas mujeres permanecería ahí custodiadas por los elfos.. Fue desde la colina donde Mablung vio con su vista élfica lo que sucedía en Nargothrond. Pero no escucho ni vio señales del enemigo, ni tampoco la presencia de Galurung. Finalmente decidió avanzar junto con algunos miembros del grupo hacia el reino y dejar a las dos mujeres custodiadas por 10 elfos. Junto con esto dio la orden de que ante cualquier peligro que se avecinara huyeran con las mujeres lo más rápidamente posible.
Sucedió que Glaurung no solamente estaba todavía echado en el pasaje que conducía al interior desde las Puertas que habían. Sido derribadas, sino que también se había percatado de la presencia de los elfos bajo el mando de Mablung y de quienes se habían quedado en Amon Ethir. El dragón se lanzó al ataque siguiendo el curso del Narog. El intenso calor que irradiaba levantó vapores e inmundas emanaciones que cegaron a Mablung y a sus guerreros, quienes terminaron dispersándose y perdiendo el rumbo. Mablung consiguió ocultarse y decidió continuar su misión de llegar a Nargothrond para averiguar qué había sucedido. Antes de ello, había dado instrucciones a sus hombres sobre cómo actuar si el peligro se acercaba.
Los soldados apostados en Amon Ethir pudieron ver consternados como se movía el dragón, por lo que decidieron huir. Pero, producto de los vientos llegaron unos intensos vapores a ellos mientras descendían la colina. Esto generó un caos puesto que nadie podía ver nada y, por lo demás, los caballos huyeron despavoridos por el inmundo olor del Dragon. Una de las víctimas fue la madre de Túrin, de la cual nunca más se supo: desapareció junto con su corcel ingobernable. Por su parte Niënor cayó de su caballo y al levantarse decidió subir nuevamente la colina. A medida que ascendía la niebla se hacía menos densa pero, al mirar hacia el oeste, cruzó su mirada con el dragón. Tras un breve diálogo, Glaurung se percató de que se trataba de la hermana de Túrin y Niënor fue víctima de un hechizo de oscuridad y olvido: Niënor ya no sabía quién era. Así, podemos leer:
“(…) atrajo los ojos de ella a los suyos, y la voluntad de Niënor se desvaneció. Y le pareció que el sol palidecía y todo se volvía opaco a su alrededor. Lentamente, una gran oscuridad se abatió sobre ella y esa oscuridad se abría al vacío; no supo nada, no oyó nada, y no recordaba nada”.
Glaurung no se llevó a Niënor. Tolkien no explica las razones de esta decisión. Es posible que se debiera simplemente a la crueldad del dragón, pues condenarla a vagar por tierras peligrosas, privada de su memoria e identidad, constituía un tormento aún mayor que la muerte o el cautiverio. Sin embargo, también es plausible interpretar que Glaurung actuaba conforme a los designios de Morgoth y que todo formaba parte de la maldición que el Señor Oscuro había preparado para la casa de Húrin y, en especial, para Túrin. Poco después, Mablung encontró a Niënor inmóvil y sola bajo las estrellas, “como una figura de piedra”, incapaz de recordar siquiera su propio nombre.
Al encontrarla, Mablung decidió llevársela, ya que sí podía aún caminar. En el trayecto se encontró con 3 de sus hombres que lograron huir del Narog y juntos se dirigieron hacia las cercanías de la frontera occidental de Doriath. Pero, mientras descansaban, una banda de orcos atacó a Mablung y sus hombres, y fue ahí donde Niënor, al ver y escuchar a las horribles criaturas, salió corriendo despavorida y ni Mablung ni Thingol supieron más de ella. Mablung regresó avergonzado a Doriath, pero tanto Thingol como Melian le hicieron ver que había hecho todo lo posible por resguardar la seguridad de ambas mujeres, de manera que no tenía que cargar con la deshonra. Pero el guerrero no se dio por satisfecho y, junto con una pequeña compañía, recorrió por años en busca de las dos mujeres.
Mientras tanto, Niënor se internó en los bosques buscando protección en los árboles de Brethil. A medida que avanzaba, la ropa se le iba desgarrando hasta quedar desnuda. Tras dejar de correr se desmayó, cayendo sobre un profundo matorral de helechos y ahí se quedó dormida. Al despertar aún no sabía quien era, puesto que su identidad había sido completamente borrada. En ese estado Niënor siguió su camino llegando al río Teiglin donde pudo hidratarse, pero no alimenatarse.
Continuó por los Cruces del Teiglin en direción a un refugio que había cerca y finalmente descansó en Haudh-en-Elleth o el “Túmulo de la Doncella Élfica” en donde estaba enterrada Finduilas. Ahí fue encontrada por Turambar quien, junto con sus hombres, se la llevaron para darle comida y abrigo. Turambar la llamó Níniel “La Doncella de las Lágrimas” y la llevó a Ephel Brandir. Fue allí donde la acogieron, la cuidaron y la sanaron; incluso tuvieron que enseñarle nuevamente a hablar. Brandir terminó enamorándose de ella, pero, como se nos dice en el relato, Níniel había entregado su corazón a Turambar, pues «sólo sonreía cuando él llegaba, y sólo reía cuando él estaba contento». En ese momento, Turambar ignoraba que Níniel era en realidad su hermana. Conviene recordar que Húrin y Morwen lo habían enviado siendo apenas un niño al reino de Thingol, cuando Niënor aún no había nacido. Sin conocer la verdad, Turambar también se enamoró de ella.
Consumido por los celos, Brandir reveló a Níniel la verdadera identidad de Turambar. Sin embargo, aunque el nombre de Túrin no despertó en ella ningún recuerdo consciente, el relato señala que «una sombra le oscureció el corazón», como si una inquietud inexplicable hubiese aflorado en lo más profundo de su memoria. Finalmente, Turambar y Níniel contrajeron matrimonio, para el profundo pesar de Brandir. Túrin mantuvo su palabra de no atacar a los orcos, a pesar de que se encontraban cada vez más cerca de donde estaba. Sin embargo ahora la situación era distinta, puesto que estos orcos eran más malignos y feroces que los de antaño, y se proponían esta vez invadir el Bosque de Brethil. Así, Turamabar cedió a las palabras de Níniel quien lo conminó a detener el avance de los orcos. Fue así como Turambar volvió a tomar la espada Gurthang y fue a combatir junto a los demás y masacraron a los orcos.
Los cuerpos de estos fueron incinerados en grandes piras, mientras que los superfvivientes regresaron a Nargothrond poniendo a Glaurung al tanto de la situación. Pero Glaurung, a pesar de su fuerte cólera, fue cauto y no actuó de manera precipitada y, en su lugar reflexionó sobre lo que le habían comunicado. Así, el invierno transcurrió en relativa y, a comienzos de la primvaera, Níniel quedó embarazada. Sin embargo llegaron noticias de incendios que se precipitaban cada vez más cerca de donde estaban y cuyo causante era Glaurung. Con la llegda del verano los mesajeros informaron que habían visto al dragon y los estragos que estba causando. Frente a esta situación, Turamabr dijo estar tener algo preparado para el enemigo. En su plan la astucia era más determinante que la cantidad de hombres, por lo que atacar al dragón como si se tratase de un ejército de orcos sería un fracaso.
Así ordenó a su gente huir cuando llegase el dragón puesto que este lo destruiría todo antes de regresar a Nargothrond en donde tenía su tesoro. Pero, añadió Turambar, que ese sería el peor de los escenarios y esperaba que no ocurriese, si es que la fortuna lo acompañaba. Explicó que el dragón no era invencible y que había escuchado una historia de los combatientes del año de la Nirnaeth. Esta contaba cómo los enanos lograron oponer resistencia al mounstro y Azaghâl de Belegost logró herirlo tan profundamente a Glaurung que este último tuvo que huir a Angband. Así, Turambar alzó Guthran y los demás exclamaron “¡La Espina Negra de Brethil”. Aquí fue que Turambar reveló su plan y era herir al dragón en su punto débil: su vientre, tan vulnerable como el de una serpirente. Para su misión solo necesitaba a unos pocos hombres que lo acompañaron. Dorlas se ofreeció pero ningun otro mostró la misma disposición debido al miendo que generaba el dragón.
Pero Dorlas despreció a Brandir y su actitud pasiva y derrotista, y llamó a los hombres a unirse a Turambar ya que no era posible escapar escondiéndose. Solo un hombre, Hunthor, lo contradijo y represndió pro avergozar en público a su señor Brandir y adviritó que Glaurung traería la misma runina que trajo a Nargothrond. Dicho esto Hunthor también se unió a la misión. Así sólo 3 partieron y Turambar dejó atrás a una triste Níniel quien le rogó que no desafiara a la oscuridad de la cual había estado huyendo. Se dirigieron rumbo a Nen Girith, una cascada ubicada en el río Celebros dentro del Bosque de Brethil. ¿Cuál era el plan? Turambar quería emboscar a Glaurung aprovechando la geografía del lugar.
Sabía que el dragón debía cruzar un estrecho paso sobre el desfiladero de Cabed-en-Aras (Salto del Ciervo), por lo que descendió hasta el fondo del barranco y esperó oculto bajo el lugar por donde Glaurung pasaría. Cuando el dragón cruzara sobre él, le hundiría Gurthang en el vientre que era el punto donde sus escamas ofrecían menor protección. En Ephel Brandir, Níniel no pudo contener la ansiedad e hizo un llamado a que la acompañaran hacia donde se encontraba su esposo y los demás. La siguieron las esposas de los hombres que habían acompañado a Turambar, pero también otros más temerarios que no tomaron conciencia del peligro al que se estaban exponiendo:
“Así pues, no tardó en ponerse en camino rápidamente una gran compañía hacia un peligro que no comprendían; y avanzando sin darse mucho descanso, por fin llegaron, fatigados, a Nen Girith al anochecer, aunque algo después de que Turambar hubiera abandonado el lugar”.
Al llegar ahí, muchos comenzaron a perder su inicial entusiasmo y no se atrevieron a seguir. Sólo Brandir, después de renunciar a su señorío y guía de su pueblo, decidió seguir a Níniel. En Cabed-en-Aras los tres guerreros se enfrentaron a grandes dificultades producto de la peligrosidad e la geografía, lo cual terminó hacer desistir a Dorias de continuar. Así sólo Turambar y Hunthor continuaron hasta que escucharon el ronquido de Glaurung que “dormía vigilante”.
Aunque dormido, su presencia complicó aun más la situación puesto que el hedor que emanaba mareaba a Turambar y Hunthor lo que los hacía resbalar mientras trepaban. Ambos se detuvieron para no seguir malgastando las escasas fuerzas que les quedaba hasta que escucharon un gran estruendo que sólo podía significar una cosa: el dragón se estaba moviendo y ambos hombres debían apresurarse para localizarse por donde Glaurung iba a cruzar pero, en este intento, fue Hunthor quien pagó con su vida cuando lo golpeo una gran piedra en la cabeza que lo hizo caer al agua.
Turambar tuvo que continuar trepando por el barranco hasta que se aferró a un árbol delgado y fue en ese momento cuando el dragón pasó por encima de él, dejando expuesto su pálido y rugoso vientre. Aprovechando esta única ocasión, Turambar desenvainó la Espada Negra de Beleg, la clavó y enterró en el vientre de Glaurung y “la hoja mortal, larga y codiciosa, penetró en el vientre hasta la empuñadura”.
Glaurung lanzó un grito, curvó todo el cuerpo y se lanzó sobre el barranco con la espada aun enterrada en su cuerpo y se nos dice que “se retorció, aullando, con convulsiones ago-nicas, hasta yacer al fin inmóvil entre el humo y la ruina”. Tras recobrar fuerzas, Turamabar se dirigió al lugar donde yacía el dragón, quien estaba tendido sobre un de sus flancos dejando a la vista la empuñadura de Gurthang. Aunque el fuego se había extendido y sus ojos estaban cerrados, el dragón aún respiraba. Turambar se acercó y retiró fuertemente su espada y se jactó frente al dragón diciendo: “¡Salve, Gusano de Morgoth! ¡Feliz encuentro de nuevo! ¡Muere ahora y que la oscuridad te reciba! Así queda vengado Túrin hijo de Húrin”.
Sin embargo, al sacar la espada su mano quedó manchada y quemada con el veneno de la sangre de Glaurung y el dragón le da una última mirada con tanta malicia que a Turamabar le pareció que una flecha lo atravesaba. Producto de esta y el dolor del veneno, se desamyó y pareció como si hubiese muerto. Mientras tanto Níniel terminó separándose de Brandir creyendo que este la quería engañar alejándolo de su amado y fue en busca de su esposo. Posteriormente Níniel llegó al lugar donde se encontraba el dragón y vio a Túrin, a quien intentó sanar su mano quemada por la sangre del dragón con sus lágrimas y vendándolo con un trozo de su vestido. Al no reaccionar Níniel exclamó: “¡Turambar, Turambar, vuelve! ¡Escúchame! ¡Despierta! Porque soy Níniel. El Dragón está muerto, muerto, y yo estoy sola aquí a tu lado”.
Aquí llegamos a la tragedia final, puesto que el dragón entreabrió sus ojos y jadeando, reveló toda la verdad a Níniel:
“Salve, Niënor, hija de Húrin. Volvemos a encontrarnos antes del fin. Te ofrezco la alegría de por fin encontrar a tu hermano. Ahora lo conocerás: jel que apuñala en la oscuridad, traidor para sus enemigos, desleal con sus amigos y una maldición para su linaje, Túrin, hijo de Húrin! Pero la peor de todas sus acciones la sentirás en ti misma”.
Al morir el dragón desapareció también el “velo de malicia” que había puesto sobre Nienor y esta última pudo recordar todo, y producto de su horror y angustia, se lanzó por el desfiladero y desapareció en las aguas del río. Antes de este suceso “Niënor” exclamó: “¡Aguas, aguas! Recibid ahora a Níniel Niënor hija de Húrin; ¡Duelo, la doliente hija de Morwen! ¡Recibidme y llevadme al Mar! “.
Brandir, quien había presenciado y escuchado todo, consideró que su pueblo debía saber lo acontecido. En su camino a Nen Girith se encontró con Dorlas y, a partir de sus palabras, dedujo que había abandonado a sus amigos. Así, Brandir le echó en cara que quien había incitado a Túrin y a los demás a combatir al dragón con todas las nefastas consecuencias, había abandonado la empresa cobardemente antes de tiempo. El avergonzado y humillado Dorlas respondió dándole un golpe a Brandir, y este último terminó quitándole la vida con su espada. Tras este episodio, cuando Brandir llegó a Nen Girith, anunció la verdad a todos, no solo la muerte de Glaurung y de Níniel, sino que también que esta última era hermana de Túrin.
Por su parte, Túrin pudo salir de su desmayo cuando el dragón exhaló su último suspiro. Miró asombrado que su mano estaba vendada y que su dolor se había ido, y se preguntó por qué alguien lo ayudaría para posteriormente abandonarlo a la intemperie junto a Glaurung. Tras esto tomó su espada la cual aún estaba entera y partió rumbo a Nen Girith donde esperaba encontrar a alguno de los exploradores. Pero, sin duda, lo que más deseaba era volver a encontrarse con Níniel
Cuando Túrin arribó a Nen Girith y todos quedaron asombrados. Tras preguntar por Níniel, Brandir le dijo que había muerto, pero intervino la esposa de Dorlas y le dice a Túrin que Brandir estaba loco y que había llegado anunciando su muerte como una buena nueva. Por ende, ¿por qué habría que creeler que Níniel estaba muerta? A Túrin lo comenzó a invadir la impaciencia y la furia, y Brandi enfurecido mantuvo su postura e incluso citó las palabras que Galurung había dirigido a “Niënor” antes de quitarse la vida.
Brandir no mostró temor ante la muerte y dijo a Túrin que así podría ir al encuentro de Níniel. Estas palabras colmaron la paciencia de Túrin quien le dijo que con la única criatura con la que se encontraría tras morir sería Glaurung. Fue tras estas palabras que asesinó con Glaurung a Brandir. Tras esto se dirigió a los Cruces del Teiglin en donde terminaría por encontrarse con Mablung y sus hombres. Este encuentro terminaría por ser fatal para Túrin ya que sus peores temores se harían realidad. Por boca de Mablung se enteró que su madre y hermana habían abandonado Doriath para buscarlo, pero que habían sido atacados y dispersados por el dragón.
Su madre había desaparecido sin dejar rastro y su hermana había huido hacia el norte por el bosque bajo un hechizo que la había dejado muda. Túrin entró en un estado de locura cuando finalmente pudo ver todo con claridad y se alejó rápidamente de Mablung. Se dirigió a Cabed-en-Aras que ahora Túrin llamó Cabed Naeramarth (Salto del Destino Espantoso) donde decidió quitarse la vida con Gurthang. Antes de hacerlo, Túrin pronunció las siguientes palabras:
“Salve, Gurthang, Hierro de la Muerte, sólo tú quedas ahora! Pero ¿qué señor o lealtad conoces salvo la mano que te esgri-me? Ante ninguna sangre te intimidas. ¿Tomarás a Túrin Turambar? ¿Me matarás de prisa?”
La hoja de Guthrang respondió que bebería su sangre para olvidar la sangre de Beleg, su amo, así como la de Brandir, que había sido asesinado injustamente. Fue así como Túrin puso la empuñadura en el suelo y se arrojó sobre la punta de la espada causándole la muerte. Solo en ese momento la espada se rompió, desapareciendo también todo lo que había poseído en vida.
Quisiera hacer un breve paréntesis sobre la figura de la espada. Al lector no debe extrañarle que Guthrung sea tratada como si fuera una persona, una suerte de antropomorfización de esta arma. Por ejemplo, de acuerdo con Heródoto en sus Historias, los escitas rendían culto a una espada de hierro clavada sobre un altar, la cual simbolizaba a su dios de la guerra. Ante ella ofrecían sacrificios de animales, botín e incluso prisioneros de guerra, puesto que la espada era considerada una manifestación visible de la divinidad y del poder guerrero.
Dentro de la tradición occidental también tenemos este trato cuasi humano que se le daba a la espada en donde incluso se le daba un nombre. Mencionemos algunos ejemplos Joyeuse de Carlomagno, Durandal de Roland, Hauteclaire de Olivier, Excalibur del rey Arturo, Gram de Sigfrido. Esta última fue reforjada para el guerrero al igual que sucedió con Andúril que fue reforjada para Aragorn. En el caso de Túrin vimos que la espada Anglachel fue reforjada para Túrin y este le dio otro nombre, Gurthang a la cual, momentos antes de morir, le habló como si tratara de alguien.
Gurthang podía actuar como un arma noble, como cuando Túrin la utilizó para dar muerte a Glaurung, el gran dragón de Morgoth. Sin embargo, también podía convertirse en un instrumento al servicio de las pasiones irrefrenables del propio Túrin, como ocurrió con la muerte accidental de Beleg y la (no accidental) de Brandir. De este modo, la espada refleja la ambivalencia de su poder destructor puede emplearse para combatir el mal y defender a otros, pero también puede ser guiada por el orgullo, la desesperación y la ira de quien la empuña.
Regresemos al relato. El cuerpo de Túrin fue enterrado por Mablung y depositado en un montículo donde había caído. En una lápida gris grabaron con las runas de Doriath las siguientes palabras: “Túrin Turambar Dagnir Glaurunga” ("Túrin, Amo del Destino, Matador de Glaurung."). Debajo de esta escribieron: Niënor Níniel. ¿Qué sucedió con Húrin, padre de Túrin? Resultó que Morgoth lo liberó de su largo cautiverio tras la muerte de sus hijos?. Tras un largo viaje pudo llegar a donde se había incinerado al dragón y en donde yacían los restos de sus hijos. De repente vio una figura sentada a la sombra de la lápida. Parecía una persona sin hogar, cansada y quebrantada por la edad.
Pero Húrin pudo percatarse que se trataba de una mujer con una “nariz afilada y dientes rotos” y que, al cruzar sus miradas, se dio cuenta de que se trataba de Morwen Eledhwen. Húrin corrió a abrazarla diciéndole que no pudo llegar antes, y ella le respondió que había llegado tarde…demasiado tarde. Cuando el sol se puso, Morwen tomó la mano de Húrin y luego se quedó quieta y murió al lado de su esposo.
Como comenta Carpenter, en este relato se pueden apreciar la influencia de Beowulf y las hazañas de Sigurd – la lucha del héroe contra el dragón – así como la historia de Kullervo en el Kalevakla (epopeya épica de Finlandia) quien también comete incesto. El relato también aborda el tema del libre albedrío y la predestinación y, al parecer, en este caso, no importaba que hiciera Túrin, puesto que su historia ya estaba pre-escrita para que desembocara en una tragedia. Esto nos recuerda a Edipo quien, mientras más luchaba por escapar de su destino, más contribuía a que este se cumpliera. En cuanto a Túrin, pudimos apreciar que desde su infancia, era un niño serio, reservado y poco inclinado a la alegría. Hablaba poco y tendía a guardar para sí sus pensamientos y emociones, los que revelaba su carácter introvertido y melancólico.
Con el paso de los años, estos rasgos se acentuaron y contribuyeron a forjar una personalidad orgullosa, desconfiada y poco dispuesta a aceptar el consejo o la ayuda de los demás. Ahora bien, como escribió Christopher Tolkien en la introducción del libro “Los hijos de Húrin”, Túrin heredó también de su padre “la alegría, su sentido de la justicia y su compasión”, y de su madre el ser reservado, valiente. y orgulloso Sin embargo tendió a prevalecer el hombre orgulloso, impetuoso y, en ocasiones, arrogante. Él estaba convencido de la rectitud de su propio juicio y acostumbraba a actuar conforme a lo que él considera más conveniente. Así se lo hizo ver Melian, Gwindorm, los mensajeros e incluso Glaurung. Túrin incluso llegó a desafiar a los Valar aseverando que había olvidado a los elfos. Pero esta rigidez mental y su deseo de venganza terminarían por perjudicar a sus más cercanos y, finalmente, a él mismo quien terminó por quitarse la vida.
A lo largo de su vida, Túrin adoptó diversos nombres, entre ellos Neithan, Gorthol, Agarwaen, Mormegil y, finalmente, Turambar. Cada uno reflejaba una etapa distinta de su existencia y la imagen que deseaba proyectar de sí mismo. Sin embargo, estos cambios de identidad también revelan su constante intento por escapar de un pasado marcado por la tragedia y la maldición de Morgoth. Tras cada fracaso, Túrin optaba por abandonar el lugar donde se encontraba, romper con quienes lo conocían y comenzar una nueva vida bajo otro nombre, convencido de que así podría dejar atrás su destino. El mismo cuando conversaba con Níniel le dijo que había estado huyendo durante muchos años y que solo la oscuridad cesó cuando la enonctró a ella.
Sin embargo, Tolkien muestra que ni la huida ni el cambio de identidad bastan para liberarlo de las consecuencias de sus decisiones ni de los rasgos de su propio carácter. Así, el último de sus nombres, Turambar (“Dueño del Destino”), adquiere un profundo sentido trágico, pues lo adopta precisamente cuando está más cerca que nunca de consumar la maldición que intenta eludir. Beleg, por su parte, representa lo opuesto a Túrin. Si bien ambos poseen valentía y un fuerte sentido del honor, tenemos que Túrin se encontraba dominado por el orgullo y la dificultad para aceptar la ayuda de otros. En cambio, Beleg se destacaba por su humildad, paciencia y capacidad de entrega.
Beren también es diferente a Túrin, puesto que es un hombre humilde, valiente y perseverante. Aunque enfrenta desafíos que parecen imposibles, nunca confía únicamente en sus propias fuerzas, sino que reconoce sus limitaciones y acepta la ayuda de quienes lo acompañan. Sus decisiones no están motivadas por el deseo de alcanzar gloria o poder, sino por la lealtad, el sentido del deber y el profundo amor que siente por Lúthien. A diferencia de otros héroes del legendarium, cuya caída se debe en parte a su orgullo, Beren demuestra que la verdadera grandeza puede encontrarse en la humildad, la confianza en los demás y la determinación para seguir adelante incluso en las circunstancias más difíciles.
No podemos dejar de lado a Lúthien, quien no se asemeja a la mortal Morwen o Niënor. Lúthien se nos presenta como un personaje con una voluntad extraordinaria, pero cuya fortaleza no nace del orgullo ni del deseo de poder, sino del amor, la compasión y la fidelidad. Aunque pertenece a la realeza élfica y posee un poder excepcional por su origen, no acepta que otros determinen su destino. Su decisión de acompañar a Beren la lleva a desafiar a su propio padre, enfrentarse a Sauron y penetrar en Angband, demostrando una valentía que supera incluso a la de muchos grandes guerreros. Sin embargo, su grandeza no reside únicamente en su poder, sino en su capacidad de sacrificio y en su disposición a renunciar a todo por aquello que ama.
