3/7-¿Qué es la Modern Monetary Theory? (por Jan Doxrud)

3/7-¿Qué es la Modern Monetary Theory? (por Jan Doxrud)

Otro autor que mencioné en un comienzo es Warren Mosler –  un ejecutivo de fondos de cobertura y cofundador del Centro para el Pleno Empleo y la Estabilidad de Precios de la Universidad de Missouri-Kansas City – quien, en su libro “Los siete fraudes inocentes capitales de la política económica”, resume las principales ideas de la MMT que hemos mencionados. Examinemos algunos. Lo que denomina como el primer “fraude letal” es la idea de que el gobierno central debe recaudar fondos por medio de impuestos o endeudamiento para poder así gastar. Lo anterior se refiere a lo que señalamos más arriba y es que  el gasto del gobierno se encuentra limitado por su capacidad de gravar o endeudarse.  Frente a esto, Mosler afirma que el gobierno no es como una “familia”, de manera que no se encuentra limitado operativamente por los ingresos lo que significa que, para el Estado, no existe un riesgo de solvencia. A esto añade el autor:

“En otras palabras, el gobierno central siempre puede hacer frente a todos los pagos en su propia moneda, sin importar cuán grande sea el déficit o lo escasa que sea la recaudación a través de impuestos”.

El punto de Mosler es que, en el caso de EE.UU, la Reserva Federal no gasta dinero de los impuestos de los ciudadanos puesto que, al prestar a los bancos comerciales, esta institución hace uso de su ordenador para cambiar los números de la cuenta bancaria.  De hecho Mosler cita una entrevista en donde Ben Bernanke afirma que el dinero que gasta la Fed no proviene de los impuestos y que lo que hace es simplemente cambiar los números de las cuentas bancarias (con los bancos comerciales, al igual como lo hacen estos con sus clientes), por lo que la Fed gasta y presta. Por ende, ante la pregunta ¿cómo gasta el gobierno federal? La respuesta de Mosler es: de la misma forma que el gobierno paga por todo, cambiando los números en nuestras cuentas bancarias.

Incluso el autor hace una analogía deportiva. Cuando vemos que en un partido de básquetbol el marcador asciende de 7 a 10 producto de que el jugador marca un triple, nosotros no nos preguntamos de donde salieron esos 3 puntos adicionales. Lo mismo sucede cuando solicitamos un préstamos, y el banco crea dinero y vemos en nuestra cuenta que la suma de dinero aumenta. Así, un punto central del autor es que  el gobierno nunca será insolvente y jamás va a quebrar. El Estado no sigue la lógica de una familia en donde primero debe conseguir dinero para poder gastarlo después. En palabras de Mosler:

“Lo que todos parecen olvidar es la diferencia que existe entre gastar en tu propia moneda -que sólo tú puedes crear- y tener que pagar con la moneda que ha emitido otro”.

El autor nos presenta otra analogía donde un padre o una madre pagan a sus hijos cupones a cambio de que sus hijos realicen tareas domésticas en el hogar. Sumado a esto se exige a los niños que paguen un impuesto de 10 cupones los cuales serían, en una economía real, el equivalente a los impuestos. Así tenemos que en esta familia los cupones se gastan en la compra de servicios que prestan los niños. Por lo tanto padre y madre, que representan al gobierno federal, emiten su propia moneda y no necesita previamente conseguir cupones para gastarlos. Incluso Mosler  afirma que  los padres podrían “incluso acabar escribiendo en un pedazo de papel el número de cupones que les deben los niños”. En palabras del autor:

“Del mismo modo, en la economía real, el gobierno, al igual que este hogar con sus propios cupones, no tiene que conseguir mediante impuestos o préstamos o cualquier otro método los dólares que gasta. Con la tecnología moderna, el gobierno ni siquiera tiene que imprimir los dólares que gasta, al contrario que los padres, que necesitan imprimir cupones”.

Pasemos ahora de esta economía doméstica a la economía nacional, en donde Mosler nos pide imaginar un nuevo país con una nueva moneda recién anunciada. Junto esto, el gobierno anuncia que sus habitantes deberán pagar un impuesto sobre la propiedad. Frente a este escenario Mosler se pregunta ¿cómo se paga? Resulta evidente que no podrá pagarse tal impuesto hasta que el gobierno decida gastar su nueva moneda, puesto que es la única manera en que los ciudadanos dispongan de fondos para pagar impuestos. Al respecto comenta el autor:

“El gobierno es, en este caso, igual que los padres, quienes tienen que gastar cupones antes de poder empezar a recogerlos de sus hijos. Y, desde la emisión de la moneda, ni el gobierno, ni los padres, pueden recaudar más moneda de la que gastan”.

Llegamos a otra pregunta: ¿por qué razón el Estado obliga a sus ciudadanos a pagar impuestos? Hasta ahora ya está claro que, de acuerdo con la MMT, los impuestos no tiene la función de financiar el gasto público, sino que la de generar la demanda continua de moneda, para realizar transacciones en el mercado de bienes y servicios, controlar la inflación, redistribuir el ingreso y riquezas. Los impuestos también sirven para corregir e incentivar ciertas conductas.

Garzón resume como sigue el rol de los impuestos dentro de la MMT: concentrar y distribuir recursos reales, dar valor al dinero, destruir el dinero y reducir la capacidad económica de la población, influir en la distribución de la renta y la riqueza, penalizar determinados comportamientos, ayudar a algunas empresas y, por último, ayudar a valorar ciertos bienes y servicios que produce el Estado. Regresando a Mosler, el autor se ocupa del tema de la inflación señalando lo que ya mencionamos anteriormente: mediante los impuestos se quita a los ciudadanos capacidad de gasto:

“(…) el gobierno nos grava y se lleva nuestro dinero para evitar la inflación, no para conseguir realmente dinero que gastar. Recalquemos una vez más: Los impuestos funcionan para regular la economía y no para obtener dinero para que el Congreso lo gaste”.

Mosler tampoco concuerda con quienes afirman que los déficits públicos se traducen en mayores impuestos en el futuro y una reducción del nivel de vida y de bienestar de las generaciones futuras. En primer lugar el autor explica que nuestro nivel de vida no se ve mermado por deudas del pasado, de manera que seguiremos produciendo bienes los cuales no serán (obviamente) enviados al pasado para saldar alguna deuda.  

Tampoco existe la llamada deuda intergeneracional por las razones esgrimidas anteriormente y es que el Estado no necesita recaudar impuestos o endeudarse para gastar. De acuerdo con Mosler los dólares y la deuda del Tesoro de los EE.UU  no son más que ”cuentas” o números que el gobierno escribe en sus propios libros.  Mosler también defiende la idea de que los déficit presupuestarios no disminuyen el ahorro del sector privado. En virtud de lo anterior, cuando el Estado gasta más de lo que recauda, ese déficit se transforma de manera simultánea en un aumento de los activos financieros netos del sector no gubernamental. Por ello, cuando el gobierno emite bonos, no estaría “vaciando” el ahorro previamente existente, sino que lo que hace es transformar depósitos bancarios o dinero líquido en bonos del Tesoro que continúan siendo parte de la riqueza financiera del sector privado.  

Si tienes 1000 y compras un bono estatal de 1000, sigues teniendo esos 1000 pero la forma de un bono. Por lo demás, recordemos algo central que hemos repetido: el Estado no necesita de impuestos y deuda para gastar. Los bonos servirían para influir en los tipos de interés o para ayudar a controlar la inflación.

Otra autora que también ha difundido y popularizado la MMT es la ya mencionada Stephanie Kelton – profesora de economía y políticas públicas en la Stony Brook University – y su libro “El mito del déficit”.  Para la economista, la MMT es una “perspectiva no partidista de cómo funciona de verdad nuestro sistema monetario”, por lo que “no depende de ideologías ni de partidos políticos”. Hacia el final de su libro añade que la MMT es, ante todo, “una descripción de cómo funciona una moneda fiduciaria moderna” y que “no incorpora un conjunto preenvasado de políticas listas para desplegarse a lo largo y ancho del paisaje mundial”.

La autora también describe la MMT como un “marco analítico que detecta el potencial inaprovechado de la economía, lo que llamamos el espacio fiscal”. Junto con lo anterior añade que la manera concreta en que escoja cómo utilizar ese espacio fiscal “es una cuestión política, y en ese terreno, la TMM puede usarse para defender políticas que han sido tradicionalmente más progresistas (…)”.

Entrando en el contenido, Kelton asevera que es erróneo perseguir el  objetivo de lograr el equilibrio presupuestario puesto que, lo que deberíamos preocuparnos, es de tratar de aprovechar la “prometedora posibilidad” de aplicar los beneficios del «dinero público» o «moneda soberana», en la tarea de equilibrar la economía y promover la prosperidad compartida y no solo para un número reducido de personas. ¿Cuál es el giro copernicano que representa la MMT tal como lo mencionamos más arriba? De acuerdo con Kelton lo que hace la MMT es quitar al contribuyente del centro del universo monetario y dejar de pensar que el Estado no tiene dinero propio.

Añade que MMT describe la realidad del sistema monetario post de Bretton Woods, es decir, un escenario en que el dólar estadounidense ya no se rige por el patrón oro. Pero el problema, de acuerdo con la economista, es que “buena parte del discurso político permanece anclado en esa desfasada mentalidad”. Eduardo Garzón en el libro citado también afirma que la izquierda anda perdida en materia monetaria y fiscal puesto que  “no es verdaderamente consciente del radical cambio que el sistema monetario mundial experimentó en 1971”.

El lector ya habrá recordado que el único dinero disponible para financiar al Estado no proviene del contribuyente y que el contribuyente no financia absolutamente nada. En virtud de lo anterior, la MMT constituiría un “giro copernicano” en el modo de concebir el tema del déficit público, el rol de los impuestos y el financiamiento estatal, puesto que “nos hace ver que es el emisor de moneda —el Gobierno federal mismo— y no el contribuyente el que financia todos los gastos del Estado central”. Kelton también hace referencia al economista Abba Lerner y su idea de las “finanzas funcionales”. En palabras de la economista:

“Se trataba de valorar una política por los resultados obtenidos. ¿Controla la inflación, sostiene el pleno empleo y nos aporta una distribución más equitativa de la renta y la riqueza? Eso era lo importante. La cifra concreta que se le dedica en el presupuesto anual no venía (ni viene) al caso”.

Vinculado con esto, está la visión que Kelton tiene del dinero. Siguiendo a Mosler, la economista afirma  que no es el dinero de nuestros impuestos los que le interesa al Estado sino que nuestro tiempo. Añade que el Gobierno inventa impuestos u otras formas de obligación de pago para “ponernos a producir cosas para el Estado”. Por lo tanto, descarta la historia del dinero tal como aparece en la mayoría de los manuales de economía, “que prefieren explicar una historia bastante superficial de cómo el dinero se inventó para superar las ineficiencias propias del sistema de trueque, consistente en intercambiar bienes sin recurrir al dinero”.

Tenemos entonces que para Kelton, como para cualquier adherente a la MMT, no existe un restricción financiera para el presupuesto del Estado lo cual no significa que el Estado pueda expandir la masa monetaria infinitamente. La autora relata cómo Warren Mosler llegó a la idea de que el Estado, al cobrar impuestos a los ciudadanos, debió previamente introducirlo por algún lado puesto que entonces ¿de dónde obtuvieron los ciudadanos el dinero para pagar impuestos? Al respecto comenta Kelton:

“Había estudiado Economía con economistas de primera fila a nivel mundial en la Universidad de Cambridge, y ninguno de mis profesores había dicho nunca nada parecido”.

En resumen, para Kelton los impuestos cumplen con las siguientes funciones: permiten al gobierno abastecerse sin recurrir a la fuerza explícita, es decir, si el gobierno dejase de exigir impuestos entonces los ciudadanos no cumplirían con sus obligaciones fiscales. Así, habrían menos personas que necesitarían ganar en la moneda nacional por lo que al Estado le sería difícil contar con personal docente, enfermeras etc. Recordemos que la confianza no es el principal sustento de la moneda nacional sino que la necesidad de que las personas tienen de pagar impuestos utilizando esa moneda y, para obtenerla, deben vender bienes y ofertar sus servicios. Los impuestos sirven también para poner freno a la inflación. Respecto al cómo hacerlo escribió la economista:

“Un modo de hacerlo es coordinando un mayor gasto público con una subida de impuestos para que el resto nos veamos obligados a refrenarnos un poco, a fin de dejar cierto margen para un mayor gasto del Estado”.

Una tercer función de los impuestos es la de actuar como un mecanismo potente para modificar la distribución de la renta y de la riqueza. Por último, los impuestos sirven para alentar y desalentar ciertas conductas. En palabras de Kelton:

“Por esta vía, pueden mejorar la salud pública, combatir el cambio climático o desincentivar la especulación de riesgo en los mercados financieros, decretar un impuesto al tabaco, al carbono o a las transacciones financieras”.

Como ya se mencionó anteriormente, sí existe un límite real al gasto y ese límite es la inflación, específicamente cuando la demanda agregada supera la capacidad productiva del país. En palabras de Kelton,  la MMT distingue entre los límites reales y lo que ella denomina domo las “restricciones ilusorias e innecesarias que nos imponemos a nosotros mismos (…)”.

Es en el capítulo 2 Kelton aborda el tema de la inflación. Después de repasar algunas  ideas básicas, esto es, la forma en cómo se mide, la existencia de inflación de costes y otra impulsada por la demanda, y la hegemonía de la visión monetarista de la Escuela de Chicago a partir de la década de 1970, pasa a criticar el concepto de tasa natural de paro.  En términos simples no se puede eliminar completamente el paro ya que, que por debajo de cierto número, comenzarán a haber presiones inflacionarias: la denominada Non-Accelerating Inflation Rateof Unemployment (NAIRU). Al respecto, la autora señala que, suponiendo que tal tasa de paro exista, la Fed (y los bancos centrales en general) no pueden observarla ni calcularla. En palabras de Kelton:

“Es algo que se descubre por ensayo y error. La encontramos cuando vemos que hemos llegado a un punto a partir del cual un descenso adicional del desempleo ocasiona una aceleración de la inflación”.

Continúa explicando que la postura de la Fed y de los bancos centrales frente a la inflación es la de una lucha “preventiva”. Este “sesgo preventivo”, comenta Kelton, genera un problema y es que lleva a la Fed (y a otros bancos centrales) a “ errar por exceso de endurecimiento, y a subir el tipo de interés incluso de forma prematura o ante una falsa alarma”. En el caso de la Fed, esta tiene el mandato dual de promover el pleno empleo y mantener estable el valor de la moneda pero. Para la economista, esto opera bajo la suposición de que existe un equilibrio entre un nivel de empleo demasiado alto y otro demasiado bajo.  

Otro supuesto que destaca la autora es que la Fed tiene la capacidad de mover la economía hacia el punto óptimo, siendo ese punto aquel en donde la cantidad “justa” de gente se queda en el “banquillo”, lo que significa que esta institución puede recurrir a “seres humanos desempleados como arma principal contra la inflación”. Así, combatir la inflación significará, por ejemplo, subir la tasa de interés lo que impacta negativamente a la economía generando desempleo, por lo que se sacrifican empleos por menor inflación. A esto añade la economista:

“Pero la mayoría de los economistas convencionales continúan adhiriéndose a la idea de que existe un límite inferior por debajo del cual no se puede permitir que descienda el desempleo sin comprometer la seguridad de la economía. Según ellos, debe mantenerse cierto margen de capacidad sin uso, aunque comporte un sacrificio humano —una ociosidad forzada—, para no condenarnos a nosotros mismos a los estragos de una inflación cada vez más acelerada”.

Frente a esto,  Kelton, admitiendo que los adherentes a la MMT reconocen existen límites reales y que la inflación es un peligro, considera que se debe ampliar el foco más allá de la NAIRU. En otras palabras los gestores de políticas públicas no deben enfocarse únicamente en si la tasa oficial de desempleo (U-3 en los EE.UU) se aproxima o no a la “invisible tasa NAIRU”. Así, para la autora y defensores de la MMT, y aquí entra la influencia de Abba Lerner – y las finanzas funcionales –  la política fiscal es la que debe tomar el timón de la economía, por lo que los ajustes fiscales y el gasto, y no la política monetaria, son las que cobran protagonismo.

La autora relata su experiencia como economista jefe del grupo demócrata en el Comité Presupuestario del Senado de Estados Unidos. Ahí fue testigo de que, mientras los demócratas creían que el problema radicaba en aumentar  el presupuesto por medio de recaudación tributaria, para los republicanos lo que existía era un problema de gasto, por lo que había que recortar los desembolsos. Como podrá percatarse el lector, desde el punto de vista de la MMT tanto demócratas y repúblicos actuaban bajo una premisa errada: pensaban que para gastar, el Estado, necesitaba previamente financiamiento ya sea por medio de impuestos o deuda. Como comenta la economista:

“Todo el mundo estaba convencido, eso sí, de que el déficit era excesivo. El debate giraba en torno a si había que recortar gastos para ajustarlos a los ingresos o si había que incrementar los ingresos para ajustarlos a los gastos… Igual que si estuvieran tratando de cuadrar el presupuesto familiar sentados a la mesa de la cocina”.

De acuerdo con Kelton, a estos políticos se les olvida tres detalles importantes. El primero es que el Estado tiene el monopolio de la emisión monetaria por lo que no está sujeto a las mismas restricciones que los usuarios de la moneda como es el caso de las familias o empresas. Tal soberanía monetaria se fortaleció, en el caso de los Estados Unidos, cuando el presidente Richard Nixon terminó con el sistema Bretton Woods en virtud del cual las monedas mundiales estaban vinculadas al dólar y este último podía cambiarse a una tasa fija de 35 dólares  la onza. Así el dólar ya no estaba atado a anda físico. En palabras de Kelton:

“Eso significa que el Estado ya no promete convertir dólares en oro, lo que a su vez implica que puede emitir más dinero sin preocuparse por si se le acaba el metal precioso que antaño respaldaba al dólar. Con una moneda fiduciaria, es imposible que el Tío Sam se quede sin caudal”.

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