3/3-Innovación, destrucción creativa e instituciones (por Jan Doxrud)
Ahora abordemos otro tema relacionado: ¿cómo se puede solucionar una contradicción que plantea el libre mercado en relación con el tema de la innovación? Me refiero a que el incentivo a innovar puede verse negativamente afectado por el hecho de que la competencia copie a los innovadores y estos pierdan la posibilidad de apropiarse de todas sus ganancias. Pero puede suceder que un sistema que proteja esas innovaciones termine por bloquear el proceso de innovación. En síntesis tenemos que la ausencia de protección afecta negativamente a la innovación pero el exceso de protección también puede hacerlo.
El economista Jean Tirole explica en libro citado explica que el conocimiento que uno genera y que, posteriormente necesita de financiación para su aplicación, es un bien público. La razón de esto es que, una vez creado, puede ser utilizado por todo el mundo sin ningún tipo de exclusividad y a un coste prácticamente nulo, encontrándonos así ante el fenómeno del “free riding” y a la paradoja a la que nos referimos más arriba. En palabras de Tirole:
“(…) si todo descubrimiento pasara in-v mediatamente a ser de dominio público y todo el mundo pudiera explotarlo gratuitamente, todos esperarían a que los otros hicieran el gasto en I+D, sumiendo la actividad creadora en una política de espera generalizada. La propiedad intelectual es un mal necesario si se quiere estimular la I+D o la creación artística, pues procura un ingreso a su poseedor”.
Otro problema es la que plantea Jan Eeckhout en su libro “La paradoja del beneficio”. La paradoja que aborda el autor consiste en que, por un lado, la “paradoja del beneficio” promueve un vertiginoso avance tecnológico y ofrece un gran potencial para el progreso económico y social. Sumado a esto, las empresas que innovan mejoran la eficiencia y la vida de los ciudadanos. Ahora bien, por otro lado, Eeckhout explica que la nueva tecnología hace posible que las empresas acumulen un poder de mercado y un liderazgo que va en detrimento del empleo. Lo que preocupa al autor no es tanto la competnecia sino que las formas en que las emrpesas triunfadoras logran mantener una importante cuota de mercado. En palabras del autor:
“(…) las nuevas tecnologías que son difíciles de copiar o reproducir instauran una superioridad tecnológica permanente. Por lo general, requieren de grandes inversiones iniciales que suelen provocar economías de escala. Las tecnologías de la información han contribuido a un aumento del poder de mercado porque la ampliación de esas economías de escala da lugar a lo que se suele denominar un «monopolio natural»: el coste de crear una empresa es tan alto que solo hay espacio para un único competidor”.
De acuerdo con esto, se haría necesario reforzar la legislación monopólica lo cual implica ponerse de acuerdo sobre qué es un monopolio y si este realmente es perjudicial para la población. El debate en torno a este tema podrá encontrarlo en otro artículo sobre la estructura de mercado que enfrenta la visión de Robert Bork y Lina Khan. Al respecto comenta Eeckhout:
“Por lo tanto, necesitamos instituciones fuertes y una regulación independiente que garantice y proteja la competencia. Uno de los mayores equívocos consiste en creer que el mercado es libre y la competencia, un efecto natural (…) Solo un capitalismo favorable al mercado puede instaurar una competencia sana, que beneficie a todos los actores de la sociedad, incluidos los clientes y los trabajadores. Solo entonces podremos garantizar que lo que es bueno para las empresas, es también bueno para los trabajadores”
Además hay otro problema, como señala William Easterly, y es que existen individuos y grupos que tienen los incentivos suficientes para oponerse a la destrucción creativa. La razón de esto es que tales grupos son aquellos que trabajan en sectores con tecnología que corren un alto riesgo de ser sustituidas. En palabras de Easterly:
“(…) se formarán coalición de trabajadores y patronos de las industrias amenazadas que soliciten protección ante la nueva tecnología. Cuando la nueva tecnología viene de fuera esto se traduce en protección ante las importaciones más baratas hechas con la nueva tecnología”.
Por su parte el economista israelí Elhanan Helpman explica en su libro, “El misterio del crecimiento económico” que el rendimiento privado de la I+D dependerá de las características institucionales del país: cobertura de la protección de las marcas registradas, duración de la protección de las patentes, el sistema jurídico que proteja el derecho de propiedad intelectual y la naturaleza del marco regulador en el que operan las empresas. A esto añade el mismo autor:
“Ningún sistema, cualquiera que sea éste, garantiza una protección absoluta, por lo que alguno de los conocimientos útiles que se generan en el curso de las actividades de invención dentro de una empresa se difunden a otras”.
Antes de examinar la postura Aghion, Antonin y Bunel, debemos precisar el significado de un concepto central: el de “patente”. Este es un derecho de propiedad exclusiva sobre una invención o idea por un determinado de tiempo, de manera que su propietario se convertirá en un monopolista. Como podemos leer en el mencionado texto “La Economía”, para obtener una patente, el innovador debe solicitarla a una oficina de patentes en donde se examinará si su idea es lo suficientemente nueva e ingeniosa. Una patente, puede llegar a durar desde los 10 años a los 25 años (Además de las patentes, existen otros tipos de derechos de propiedad intelectual como los derechos de autor y las marcas registradas.)
Examinemos que plantean Aghion, Antonin y Bunel. Los autores plantea que existen 2 posturas extremas en lo que respecta a la protección de los derechos de propiedad intelectual. Están aquellos que defienden la propiedad intelectual como una forma de proteger las rentas de la innovación. En palabras de los autores: “En este tipo de situación, sólo los nuevos ingresasteis en el mercado innovan. Para la firma innovadora, las ganancias pasan de cero a un valor positivo, de allí que una mayor protección de la propiedad intelectual aumente las ganancias, en tanto que una mayor competencia las reduce”. La otra postura es aquella que se muestra a favor de la competencia y en contra de las patentes puesto que obstaculizan el crecimiento impulsado por la innovación.
La postura de los autores es que la competencia es complementaria a la protección de la propiedad intelectual. Por ejemplo, pueden haber dos empresas compitiendo y que se encuentran en la frontera tecnológica con otra que se encuentra en la misma posición. La motivación de ambas es obtener rentas derivadas de la innovación aunque, cabe aclarar, que esta no proviene únicamente de la protección de la propiedad, ya que también puede ser fruto del liderazgo tecnológico de la empresa.
Estas empresas pioneras o vanguardistas necesitan de protección para recuperar los costos de su inversión. Por otra parte las empresas rezagadas, es decir, que se encuentran más lejanas de la frontera tecnológica, no necesitan protección, sino que competencia. En palabras de los autores:, si la empresa innova, entonces tendrá como resultado una mayor protección de la propiedad intelectual lo cual aumentará sus rentas. En cambio, si la empresa no innova, entonces el aumento de la competencia disminuirá sus rentas. De acuerdo con esta visión, la protección e la propiedad intelectual y la competencia no son fuerzas antagónicas.
El tema es complejo (estamos ante un trade-off: más de A implica menos de B), y lo ideal sería establecer una patente “óptima”, esto es, una que, por un lado, incentive al inventor a seguir haciendo su trabajo y, por otro lado, que reduzca el costo para la sociedad la existencia de un monopolio que otorga una patente. Por ende, la patente tiene que tener una duración óptima que permite a la empresa recuperar los costos, pero que no impida la entrada de otras empresas al mercado. También está el tema del alcance de la patente, es decir, si esta protege algo concreto y específico, o si también afecta a variantes del mismo.
Jean Tirole nos recuerda una antigua alternativa a la propiedad intelectual implementados en los siglos XVII y XVIII: los precios para futuros inventos. Este consiste en una recompensa final que concedía la corona al que lograba realizar un inventoe específico. Una vez que el inventor obtenía la recompensa, este no gozaba de la propiedad intelectual, pro lo que el conocimiento pasaba a ser de dominio público. Sin embargo tal proceso puede resultar ser complejo puesto que, como explica el economista francés, “se debe especificar de antemano lo que se desea exactamente”. Ahora bien, sucede que el trabajo creativo es uno en donde no se sabe qué es lo que se va a encontrar, añade el autor. Junto con lo anteriro añade el economista que Si fuese posible establecer de antemano un artículo científico, el trabajo reativo quedaría reducido a la nada. Ahora bien, este método sí puede funcionar en ciertos casos, como por ejemplo, el de las vacunas.
Otra alternativa que destaca el autor son los consorcios de patentes el cual permitiría reducir los costos de transacción. Esto se puede entender mejor mediante la analogía que plantea Tirole en su libro. Durante el siglo XIV era usual pagar peajes por navegr en los ríos. Por ejemplo en el Rin habían hast 64 peajes en donde cada recaudador fijaba su propia tarifa sin preocuparse de las repercusiones que pudiese causar a los demás. El consorcio de patentes vendría justamente a solucionar este problema, tal como lo plnte el autor:
“Este sistema permite a los usuarios de la tecnología adquirir una licencia global, en lugar de tener que conseguir las licencias de cinco, diez o quince patentes..., con el riesgo de que cada propietario de una patente bloquee con sus excesivas exigencias el acceso a esa tecnología”.
Un consorcio de patentes consiste en un acuerdo de cooperación en donde dos o más titulares de patentes acuerdan combinarlas en una única cartera, de manera que esta pueda que puede licenciarse. Ejemplos de lo anterior son MPEG-2 Patent Pool la cual es utilizada para estandarizar la compresión de vídeo, lo cual permite adoptar de manera generalizada del DVD y la transmisión digital y Bluetooth Patent Pool, la cual facilitó el desarrollo de tecnologías de comunicación inalámbrica interoperables. Tenemos encitnces que el consorcio de patentes aumentaría la eficiencia social en el caso de las patentes complementarias. Pero está el peligro de que las patentes sustitutas puedan, por medio del consorcio, coludirse y obtener un poder monopólico.
Ahora pasemos a examinar otro problema que puede bloquear la innovación como es el “efecto lobbying” por parte de aquellos empresas que buscan bloquear la entrada de nuevos competidores. Los lobistas pueden ser profesionales especializados en temas específicos o personas que tiene conexiones con el mundo político, por ejemplo, por ser grandes donantes o incluso pertenecer al mismo partido que otros miembros del legislativo. Lo que los une es el influir en las decisiones de los funcionarios públicos. El gasto en lobby alcanza los miles de millones tanto en Estados Unidos como en Europa y, de acuerdo con los autores, son las empresas más grandes (medidas por sus ventas), las menos productivas y que se encuentran en sectores más competitivos las que más lo utilizan.
De acuerdo con los estudios examinados por los autores, en el caso de los Estados Unidos, son los lobistas “influyentes” (los que simplemente tienen buenas conexiones) los cuales pueden influir de manera negativa en las decisiones políticas puesto que no beneficiarían a la sociedad (a diferencia del caso de un lobista especializado era el tema). Añaden que la predominancia de estos “lobistas influyentes” tiene como consecuencia, al menos en los Estados Unidos entre los años 1998-2008, que el ingreso del “top 1%” aumente. En los que respecta al tema que nos convoca, tenemos que el lobby ayuda a que las empresas ya establecidas mantengan su poder de mercado y sus rentas, y obtener beneficios tributarios. El punto es que cuando una empresa adquiere una importante cuota de mercado, tendrán los incentivos suficientes para concentrar sus esfuerzo en mantener ese poder por medio del lobby en lugar de innovar. En palabras de los autores:
“En resumen, por dos razones invertir en lobbying es malo para el crecimiento: primero, a medida que las empresas ya instaladas crecen, invierten cada vez más en lobby en detrimento de la innovación, y segundo, la connivencia entre empresa y política aumenta el coste de entrada en el mercado y, por tanto, desalienta la destrucción creativa”.
Los autores no proponen soluciones concretas en contra del lobby, pero sí es importante que las instituciones y la legislación estimule la innovación y transparente la toma de decisiones de los funcionarios públicos para saber si estas responden al interés ciudadano o al de los lobistas. También es importante incentivar la innovación, por ejemplo, por medio de incentivos fiscales y subvenciones y establecer patentes más cortas.
Terminemos con algunas palabras sobre algo ya mencionado anteriormente: las instituciones. El economista Daron Acemoglu (MIT) y el politólogo y economista James A. Robinson (Harvard) han desarrollado extensamente, siguiendo a otros pioneros en el campo como Douglass North(1920-2015) y Elinor Ostrom (1933-2012), el tema acerca de la relevancia de las ya mencionadas instituciones y la sinergia existente entre estas y los sistema económicos.
Si bien la geografía, la cultura y la religión son relevantes a la hora de intentar dar una explicación de por qué algunas naciones son más prósperas que otras, Acemoglu y Robinson insisten en que las instituciones políticas son la clave. Para ser más precisos, en aquellas sociedades donde imperan sistemas extractivos, centralmente planificados por el Estado y en donde una pequeña elite política se beneficia de la prosperidad (por medio de la extracción de riquezas de la sociedad civil), tal sociedad no prosperará.
Cuando hablamos de “institución” nos referirnos a un sistema social y cooperativo creado en un momento determinado de la historia y, como fenómeno histórico, está sujeto a infinitos cambios o mutaciones. Las instituciones, las cuales evolucionan a lo largo del tiempo, son las reglas del juego y son relevantes puesto que establecen límites, guían y moldean la conducta humana y reducen la incertidumbre al tener las reglas del juego clara. Un sistema económico es un objeto complejo que posee diversos componentes que interactúan así. A su vez, podemos señalar que el sistema económico interactúa con el sistema político (el cual también posee subsistemas). Por lo tanto, no podemos concebir la economía como algo separado de la política (y viceversa). En un país en donde los derechos de propiedad no están definidos y no se respetan, o en donde se prohíbe la propiedad privada de los medios de producción y el funcionamiento del mercado como mecanismos de asignación de recursos escasos con usos alternativos, tal país estará destinado a fracasar (como la evidencia histórica ya demostró).
Por ende debemos deshacernos de ciertos mitos y subterfugios que buscan explicar y justificar por qué países, hoy en día, siguen siendo pobres y no logran prosperar. Ya mencionamos ese mito de los recursos naturales en virtud del cual, por ejemplo, ciertos países son en la actualidad son pobres “porque” en el pasado fueron colonizados por otras naciones. Este es recurso utilizado por ciertos líderes de países africanos o latinoamericanos. Pero, como ya he señalado en otro artículo sobre la pobreza y la desigualdad, existen países que tienen recursos y no prosperan, como es el caso de Venezuela y ciertas naciones en África en donde hay yacimientos de hierro, zinc, bauxita, titanio, cobre, etc.
Por otro lado, hay países con muy pocos recursos y que han logrado prosperar son ricos como Japón, Suiza o Israel. Alemania se unificó en 1871 (Segundo Reich) y carecía de posesiones coloniales importantes para su economía. Sumado a esto, Alemania pasó por 2 guerras mundiales, la dictadura nazi, ocupación soviética, fue dividida en dos y luego se unificó. A pesar de ello, la Alemania occidental logró prosperar (a diferencia de su par socialista) y tras la unificación volvió a ser una potencia. Tenemos también que Suecia, Dinamarca y Noruega carecían de posesiones coloniales y son países ricos y desarrollados. Hong Kong, que no tuvo colonias y que fue parte del imperio británico (heredando sus instituciones) y es una región próspera. Por otro lado el vasto imperio ruso bajo los Romanov se caracterizó por su atraso en relación con otras monarquías y su sucesora socialista, a pesar de tener una larga vida con una sistema económico mediocre, terminó por implosionar y finalmente derrumbarse.
España fue un vasto y rico imperio y, sin embargo, en el siglo XVII entró en decadencia. En resumen, la heridas del pasado no ayudan, ni constituyen soluciones que ayuden a prosperar a los países. En el caso de ciertos países en África, fue después de 1945 cuando comenzó el proceso de descolonización y hasta nuestro días varios de aún no escapan de la pobreza y, en algunos casos, se encuentran sumidos en conflictos como en la zona del Sahel.
Volviendo a los autores, cuando Acemoglu y Robinson hablan de “política” se refieren específicamente al proceso mediante el cual una sociedad elige las reglas que la gobernarán. Los autores han popularizado las denominadas instituciones políticas inclusivas caracterizadas entre otras cosas por: medios de comunicación libres, sufragio libre y secreto, democracia liberal y libertad de expresión. Por su parte, económico Niall Ferguson destaca seis complejas instituciones complejas desarrolladas en Occidente y que la diferenciaron del resto del mundo: competencia, pensamiento y desarrollo científico, derechos de propiedad (imperio de la ley), medicina, sociedad consumo y ética del trabajo.
A lo largo de la historia los seres humanos se han organizado de diversas maneras, desde las bandas de cazadores-recolectores hasta vastos imperios. Sólo en Europa podemos dar cuenta de diversas formas de organización político-social: ciudades-estado en Grecia, la República romana, imperio romano, feudalismo atomizado, monarquías absolutas, monarquías parlamentarias, imperios coloniales, regímenes totalitarios y sistemas democráticos de diversa índole. Pero sería el siglo XVIII el testigo de un cambio radical como resultado de la revolución industrial que afectaría todos los ámbitos de la vida humana: política, social, científica y cultural. Tal cambio no se originó en cualquier nación, sino que comenzó en Europa, específicamente en Inglaterra para luego expandirse en diferentes oleadas hacia otras naciones.
La pregunta que sigue es ¿por qué? Por mucho tiempo la civilización china e islámica mostraron niveles superiores de desarrollo que el de la Europa occidental, pero este escenario cambió drásticamente con la revolución industrial. El resultado fue que Europa dejaría completamente rezagadas a las demás civilizaciones “no occidentales”. Pero este “despegué” europeo no fue para nada fácil puesto que las elites gobernantes se mostrarían reacios a abrazar nuevas ideas y las nuevas tecnología y demás innovaciones. En este sentido, Acemoglu y Robinson son claros y directos al señalar que el temor a la “destrucción creativa” constituyó la principal razón por la que no hubo un aumento sostenido del nivel de vida de los seres humanos entre la revolución neolítica y la revolución industrial.
La razón por la cual Inglaterra se transformó en el escenario, o mejor dicho, el laboratorio en donde se llevaría a cabo la revolución industrial, obedece a una serie de cambios políticos experimentados en el pasado. Un primer acontecimiento fue la imposición, en 1215, de la Carta Magna por parte de los barones al rey Juan, documento que constituyó un primer intento de establecer límites al poder del monarca. Posteriormente Juan haría que el Papa anulase la Carta Magna, aunque sus efectos perduraron. Con el paso de los siglos, el poder del monarca experimentaría nuevos ataques por parte de la nobleza y a favor de un acrecentamiento del poder del Parlamento.
Si bien este no fue un proceso lineal y progresivo a favor del Parlamento, a la larga lo que terminaría prevaleciendo en Inglaterra sería una monarquía parlamentaria. Un proceso paralelo a esta tensión entre la monarquía y los nobles fue la progresiva centralización política iniciada por la Dinastía Tudor, la elite vencedora en la célebre “Guerra de las Rosas”. Enrique VII las emprendió contra la aristocracia local desarmándola y desmilitarizándola, a la vez que expandía el poder del Estado. Posteriormente Enrique VIII continuaría esta labor de centralización y cortaría lazos con Roma, dando origen a una nueva religión cristiana nacional independiente: el anglicanismo.
La Dinastía Estuardo sucesora de la dinastía Tudor (siendo la última representante Isabel I) continuó con el proceso de centralización política y la ampliación de los poderes del Estado monárquico. Bajo tal régimen la economía se caracterizó por ser conservadora, es decir, cerrada ante cualquier innovación y cambio. Por ejemplo, se mantuvo y reforzó el sistema de monopolios concedido por la Corona inglesa: ladrillo, vidrio, carbón, hierro, jabón, cinturones, encajes, botones, tintes, mantequilla, etc. Estos eran verdaderos monopolios puesto que su control total del mercado no era fruto de la eficiencia y la competencia, sino que se debía a la concesión otorgada por el Estado monárquico a privados.
El siglo XVII sería testigo de una guerra civil en Inglaterra que terminaría con la muerte (decapitamiento) de Carlos I (1649) y el inicio de la dictadura de Oliver Cromwell. Al ser restaurada la monarquía, Inglaterra fue escenario de otro evento de suma relevancia: la “revolución gloriosa” de 1688 que significó la deposición del católico y absolutista Jacobo II y la ascensión al trono del protestante Guillermo de Orange y María II, quienes contaban con el apoyo del Parlamento, de manera que Inglaterra se dirigía hacia la consolidación definitiva de la monarquía parlamentaria. Con Guillermo se establecería la denominada “Bill of Rights” (Declaración de Derechos). En adelante, el monarca no podría suspender ni deshacerse de leyes y se reafirmaba lo establecido en 1215: la ilegalidad del cobro unilateral y arbitrario de impuestos. En palabras de Gabriel Tortella:
“La inseguridad del sistema parlamentario es mucho menor, porque está basado en el imperio de la ley, mucho menos arbitrario e inestable que la voluntad d una sola persona. La ley enuncia claramente los límites a los que queda sometida la conducta de los agentes, tanto gobernantes como gobernados (…)”.
Como afirma el mismo autor, la protección de los derechos de propiedad fue algo fundamental, puesto que la actividad económica consiste precisamente en decisiones económicas consistentes en transmitir, ya sea de manera permanente o temporal, derechos de propiedad como por ejemplo préstamos y compraventa.
Los monopolios comenzaron a ser paulatina y progresivamente desmantelados. También se efectuaron reformas tributaria, la reorganización de los derechos de propiedad (y el respeto de estos mismos) y la creación del Banco de Inglaterra (1694) que operaría como fuente de fondos para las industrias, lo que constituiría, de acuerdo con Acemoglu y Robinson, una verdadera revolución financiera. Un cambio importante fue el perfeccionamiento y optimización del cobro de impuestos. Para ello se perfeccionó y capacitó a la burocracia estatal a cargo de esta labor para que llevasen los registros e información contable sobre el pago de impuestos.
Por lo demás, hay que destacar que en Inglaterra, a diferencia de Francia, no existía esa rígida estructura estamental que otorgaba privilegios como el no pago de impuesto. El ineficiente sistema tributario francés sólo tuvo consecuencias perjudiciales para su propia economía. En cuanto a los derechos de propiedad se legisló con el objetivo de que estos derechos no fuesen transgredido por medio de expropiaciones arbitrarias (como las que hacían los monarcas). En Inglaterra, reformas como los escarmientos, perjudicaron a los pequeños campesinos que se vieron privados de sus tierras comunales fruto del cercamiento o división de las tierras comunales en parcelas privadas.
Tales personas pasaron a engrosar las filas de trabajadores asalariados que se dirigieron en busca de empleos a la ciudad y también en las zonas rurales. Inglaterra no prospero porque tenía yacimientos de carbón y hierro, y tener canales. Sumado al tema político-institucional, Inglaterra contaba con un sistema financiero desarrollado que daba una mayor acceso al crédito y a la existencia de bancos que actuaban como intermediarios entre ahorradores e inversores. Sumado a esto Tortella explica que el Estado inglés llevó a cabo sus tareas financieras con mayor responsabilidad en comparación con la conducta de los gobiernos del Antiguo Régimen: “La deuda pública inglesa fue pagada con puntualidad y el Banco de Inglaterra se convirtió en un valioso auxiliar en su Administración”.
No hay que ser muy brillante para percatarse de los incentivos negativos que se generan en una sociedad donde los derechos de propiedad no se respetan y en donde la estatización es la norma. El resultado es que nadie querrá esforzarse e invertir capital en proyectos que posteriormente serán expropiados. Tales políticas expropiadoras solo terminarán por causar desinversión, falta de innovación y fuga de “cerebros”. Estas nuevas ideas políticas y económicas que predominaban en Inglaterra, como señala Niall Ferguson, se las llevarían consigo los inmigrantes ingleses a las nuevas tierras de Norteamérica: los derechos de propiedad, protestantismo militante y la ilegalidad de la imposición arbitraria de impuestos sin el consentimiento del Parlamento.
Fueron, a su vez, estas ideas las que causaron que el reino absolutista español siguiera un camino hacia la decadencia, a diferencia del reino de Inglaterra. Hacia 1898 España perdió su última colonia (Cuba) y ya había pasado a un segundo plano, perdiendo así su antiguo status de gran potencia europea. Es por ello que Ferguson señala que mientras Inglaterra se inclinó hacia las ideas del liberal John Locke, España (y Latinoamérica) se inclinó hacía el paradigma político de Thomas Hobbes. El liberalismo económico y el progreso material son más compatibles con el Estado liberal que con el Estado absolutista y omnipresente de Hobbes. No basta con tener colonias y metales preciosos, aun así un Estado puede empobrecerse si no cuenta con instituciones políticas y económicas eficientes.
Aghion, Antonin y Bunel asignan un rol al Estado dentro del paradigma de la DC, pero también se preguntan en el capítulo 15 hasta donde debe intervenir de manera que este no se convierta en un obstáculo que impida la destrucción creativa. Lo que en esencia defiende es una democracia de tipo liberal y un sólido Estado de Derecho. Añaden la importancia de la separación y autonomía de los poderes del Estado. Siguiendo las ideas de Hayek, Buchanan y Tullock destacan también la relevancia de la Constitución como un límite al poder político y asegurar que el Poder Judicial actúe como un verdadero contrapeso frente a los otros poderes. En palabra de los autores la independencia judicial es una condición necesaria para la protección de los derechos de propiedad y limitar la capacidad del ejecutivo de expropiar las rentas de la innovación, puesto que desalentaría la innovación misma. Junto con esto añaden los autores:
“La revisión constitucional limita la capacidad de los funcionarios públicos para promulgar leyes o reglamentos que sirvan a sus intereses personales más que al interés público, incluida las leyes destinadas a proteger a las empresas ya establecidas de la entrada de nuevas empresas innovadoras”.
Por último los autores atribuyen un rol importante a la sociedad civil. Como la Constitución es considerada como un “contrato incompleto”. Esta idea parte de la base que no podemos redactar contratos en que se especifiquen todas las potenciales eventualidades futuras. De conocer todo lo que sucederá en el futuro los contratos serían completos y, en el caso de la Constitución, ese NO es el caso. Es por ello que los autores afirman que la sociedad civil “desempeña un papel crucial como medio para asegurar la implementación efectiva de este contrato incompleto”. En suma, para los autores el Estado debe proteger los derechos de propiedad sobre las innovaciones, hacer cumplir los contratos, actuar como asegurador e inversor. Por su parte, los mercados son los que proveen los incentivos parta innovar y constituyen “el marco en el cual las empresas innovadoras compiten”.
Ciertamente no hay explicaciones simples para desentrañar el tema de por qué algunos países prosperan y otros no. Pero los economistas, historiadores y otros representantes de las ciencias sociales han contribuido a identificar factores importantes que explican este fenómeno. El problema es que no existe una “talla única” puesto que los países no iguales de manera que no podemos hacer un simple copy-paste de experiencias de otros países. Cuando tratamos con sistemas complejos debemos recordar que las interacciones entre los componentes no mecánicas y unidireccionales, sino que estamos ante una causalidad sistémica desde donde emergen propiedades que los componentes considerados individualmente no lo tiene y que, a su vez influyen en estos. Como
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2/2- Constitucionalismo y Democracia (por Jan Doxrud)

