(2) La destrucción del Estado de Derecho por la izquierda en Chile, 1969-1973 (por Jan Doxrud)

(2) La destrucción del Estado de Derecho por la izquierda en Chile ,1969-1973 (por Jan Doxrud)

Cabe   aclarar  que,  el  hecho  de  destacar  la  importante  responsabilidad  de  la  izquierda  en  la polarización  ideológica  dentro  del   país,  así  como  en  sembrar  la  violencia  y  minar  el  Estado de Derecho,  no  constituye una justificación  de las posteriores violaciones  a  los   DDHH  por  la   dictadura  militar,  es   importante  separar   esto.  El  Informe Rettig   y  Comisión  Valech proporcionan  evidencias   contundentes  de  que  se  cometieron  violaciones  a los DDHH que llegaron  a  niveles  de  sadismo  demenciales   y   eso  no  tiene  justificación  alguna.  No existe justificación ideológica alguna para justificar las violaciones que sufrieron miles  de personas a manos del  aparato  represor  del régimen. Lamentablemente existen personas que, por  razones  ideológicas, adoptan posturas reprochables. Algunos justifican o relativizan las desapariciones, torturas y muertes. Existen otro que reaccionan de mala manera, con escepticismo y un cierto grado de paranoia cuando se  enfrentan  a  instituciones  como  el Museo de la Memoria o Villa Grimaldi. Me refiero a aquellas personas   que  piensan  que  todo  aquello  es   mera  propaganda  y  adoctrinamiento. Mi punto  de vista   sobre  esto  es  claro: tales  instituciones  son  necesarias  para  no  volver caer en  ese  nivel  de  salvajismo.  Resulta   irrelevante  si   las  víctimas  eran   parte   de  colectivos  e  ideologías  con  las cuales yo, personalmente, no comparto nada en absoluto. Resulta imposible,  al  menos  de mi parte, no empatizar  con  las  familias  cuyos  seres  queridos fueron secuestrados, desaparecidos,  torturados y asesinados. Asimismo resulta  imposible  después de leer tantos testimonios sobre las desapariciones de personas  no  pensar   en   los  últimos  momentos  de  vida de   las   víctimas,   lejos   de  sus seres queridos y sometidos a la voluntad de asesinos y sádicos torturadores.

Algunos  señalarán  que  "no  eran  blancas  palomas"  y,  sí,  seguramente  muchos  participaban  de colectivos,  grupos  y partidos que predicaban la violencia política, solidarizaban con otras dictaduras socialistas  existentes  y  admiraban a personajes que carecían de credenciales democráticas y liberales, y  para  quienes  los  derechos  humanos  no  dejaban  de  ser  una  mera  ideología  burguesa.  Ahora bien, habían también una gran mayoría de jóvenes idealistas que creyeron encontrar en el marxismo-leninismo, en el maoísmo o  el  castrismo  la  solución  a  todos  los  problemas  que  aquejaban  a  la humanidad. Sin embargo  esto no nos permite señalar que tales personas, por el sólo hecho de haber abrazado tal sistema de pensamiento, tuviesen que ser secuestrados, torturados, exterminados física y moralmente y, posteriormente desaparecidos. Al operar bajo esa lógica de exterminio implacable, ¿en qué se diferenció la dictadura  militar de su tan temido enemigo al que combatió sin misericordia: el marxismo - leninismo?  Fidel  Castro  y  Stalin operaban bajo la misma lógica: deshumanización del enemigo ideológico, exiliarlo de la humanidad  y  proceder  a  exterminar  al  enemigo  interno  que amenazaba la estabilidad del régimen.

Ninguna  vida  humana  puede  ser  sacrificada  en  nombre  de una ideología. Cuando una ideología coloca la utopia como fin en sí mismo y los seres humanos pueden  ser  sacrificados en nombre de un ideal (cualquiera sea) hay que erradicar tal sistema totalitario de pensamiento. En  suma, los militares no  estuvieron  a la altura de las circunstancias y finalmente  se  transformaron  en  algo  peor  que  la ideología que pretendían combatir. No entregaron el poder, todo lo contrario, se perpetuaron en este y lo consolidaron  por  medio de  la represión constante y sistemática. Las dictaduras y totalitarismos no pueden  ser  juzgados  en  base  a  la  ideología  que  predican y en nombre de la cual operan en el mundo. El mundo militar pudiendo haber jugado un importante  rol de haber restablecido el Estado de derecho en Chile, terminaron por sepultarlo  definitivamente  y  en el proceso, se mancharon las manos de sangre, salvo algunas excepciones de uniformados que se negaron a ser parte del sistema.

Es  por  todos  esto   que  resulta  chocante  y  vergonzoso  que  personas   que   sufrieron   directa  o indirectamente  la  represión  de  la  dictadura  apoyasen en esa época las dictaduras socialistas y, peor aún, siguen avalando dictaduras y figuras nefastas como  Fidel  Castro,  Ernesto  Guevara, la dinastía Kim  en  Corea  del  Norte  y  la  actual   Venezuela. No  cabe  más que concluir es que esas personas no  aprendieron  nada  de  la  experiencia chilena y continúan juzgando las  dictaduras  en  base  a  la ideología  que  predican. Quién  evalúe  y  justifique  el  terrorismo  de  Estado  en  virtud  de  la ideología  bajo  la  cual  opera  tal  Estado  y  quien piense que  algunos seres humanos   pueden   y merecen ser secuestrados,  desaparecidos,  torturados  y  asesinados en virtud de la ideología que  profesen  es  simplemente  un  hipócrita  miserable. Para  ser  más preciso, en mi opinión, es un miserable quien justifique  las matanzas perpetradas  por  la  dictadura militar en Chile y condene la dictadura cubana  y todos los socialismos reales existentes en el pasado. Así mismo, es un miserable quién  solo  tiene  la  desfachatez  de  condenar  la  dictadura  pinochetista  pero  avale  las dictaduras cubanas y norcoreana, así como los socialismos reales del pasado. 

No  se pueden negar  ni  relativizar,  esa  es  mi   postura.  Dejar  en  evidencia  la ideología totalitaria y violenta que abrazó la izquierda en aquellos tiempos no tiene  como  objetivo  justificar la violencia posterior, sino que  tiene  como  cometido  permitirnos entender el clima de violencia que se generó hasta tal punto gran parte de la clase  política, la  sociedad  civil y FFAA dieron el visto bueno para una intervención militar, poniendo  fin  a  una República chilena en decadencia que distaba mucho de ser democrática y ciertamente, y más importante,  había  dejado  de  ser  un  Estado  de  Derecho (por  lo  demás, no confundamos democracia con Estado de Derecho). 

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Si  bien  una  intervención  militar  “per se”  no constituyen una forma ideal de resolver los conflictos políticos, pueden no ser  condenables  bajo  ciertas circunstancias. Quiero decir que, en teoría, todos rechazamos  los  pronunciamientos,  golpes o intervenciones armadas, pero cuando observamos la  realidad, esto   dista  de  ser  así. Por  ejemplo,  puede  preguntarle  a  un comunista si considera legítimo el  golpe de  Estado  bolchevique  en  1917   (comúnmente  conocido  como  “Revolución rusa”) encabezado  por  Lenin  para  eliminar  la  Asamblea  Constituyente  y  transformar a Rusia en una  dictadura  totalitaria. Lo mismo podemos  señalar  sobre  el golpe de Praga en 1948 por medio del cual los comunistas se hicieron  con el poder. Podrá preguntarle a algún partidario de la izquierda progresista latinoamericana  de  la  izquierda si condenaría a Hugo Chávez por el intento de golpe dado en 1992. ¿Se justifica una intervención  militar  para  remover  un  liderazgo  que ha violado la ley, la Constitución y las libertades básicas de las personas (aún cuando este liderazgo  haya llegado al poder dentro de la legalidad como fue el caso de Hitler?) ¿Estaría dispuesto a condenar a los golpistas alemanes que intentaron asesinar a Hitler en 1944 en  Prusia oriental?

Supongo  que  la  izquierda  no  estaría  dispuesta  a  condenar  las  fuerzas  que  llevaron  a  cabo  la revolución  en  Cuba  puesto  que, después  de  todo,  era  contra el régimen autoritario de Fulgencio Batista. Pero ¿estarían dispuestos a condenar  el  golpe  de  mano blanda  dado por Castro una vez en el  poder  y  que  por  medio  del  cual  transformó   una  revolución  que  pretendía  restablecer  una república  constitucional  en  una  comunista y  totalitaria? Así como la izquierda progresista aprueba el derrocamiento de Fulgencio Batista, ¿estaría de acuerdo en un golpe contra la nueva dictadura que sustituyó  a la de Batista y que resultó ser más represiva y duradera? Es un tema complejo, puesto que dependerá  del  prisma  ideológico bajo el cual se le observe y además no existe una suerte de acuerdo sobre  “cuándo”  sería  legítimo  una  intervención  armada  para  remover  a  quien  tiene  las riendas del  poder. ¿Qué debe (n) hacer quien (es) tiene (n) el poder para que sean legítimamente removidos, independiente  si  llegaron  ahí  por  medios  legales  e  incluso  por una mayoría inicial? El problema que emerge es que tras el derrocamiento de Allende, se instauró una dictadura  criminal por 16 años. Como  señala  Tomás Moulián:“La  lucha  contra  la  Unidad  Popular se realizó en nombre de la restauración de la democracia, pero el golpe militar dio paso a una dictadura de 16 años”[1].

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 El error comienza cuando, en base a nuestros prejuicios ideológicos, dividimos las dictaduras en aquellas justificables y aquellas que no tienen ninguna justificación. En la foto se puede ver a Hitler, Lenin y Stain. Abajo una foto de 1971 con un Pinochet constitucionalista junto al dictador cubano Fidel Castro 

El error comienza cuando, en base a nuestros prejuicios ideológicos, dividimos las dictaduras en aquellas justificables y aquellas que no tienen ninguna justificación. En la foto se puede ver a Hitler, Lenin y Stain. Abajo una foto de 1971 con un Pinochet constitucionalista junto al dictador cubano Fidel Castro 

Ya  hace  siglos  atrás  el  tema  del  derecho  de  resistencia  al  tirano (incluso aunque fuese legítimo) y  su  versión  más  extrema,  el  tiranicidio,  fue  abordada por varios autores (al parecer los primeros tiranicidas fueorn Aristogitón y Armodio  por  asesinar  a  Hipias) . Sin  ir más lejos tenemos a Santo Tomás de Aquino (1225-1274) defendía la desobediencia ante una autoridad inujsta (una tiranía en exceso  intolerable)  e incluso justificó el tiranicidio como una manera de liberarse de la opresión. En 1599, el Jesuita, Juan  de Mariana (1536-1624)había abordado en su “De rege et regis” institutione el  polémico  tema  del  tiranicidio  (incluso  acepta la iniciativa privada en el tiranicidio). ¿Hasta que punto esta clase de resistencia hacia el poder  se  transforma en una contraofensiva justa? En nuestros tiempo,  bajo  el  nuevo  ídolo  religioso que es  la  democracia, acaso el santificado “pueblo”, que dio otorgço el poder a una persona, ¿no tiene derecho  a  arrebatárselo  si  considera que ha hecho un uso despiadado de este en contra de la población? 

Juan  de  Roa  Dávila  (1552-1630),teólogo Jesuita y agustino, también abordó este tema en su “De regnorum  iustitia”en donde afirma que toda forma de gobierno es fruto de la creación libre por parte de la voluntad  de  la comunidad, de  manera  que  ésta  puede  cambiar de gobernante o de régimen político  por  razón  de  iniquidad  y  tiranía  de  los  gobernantes»).  Los  siglos  pasan pero este tema de la legítima resistencia incluso llegando a niveles de violencia extremos continúa  en  nuestros  días. Tenemos,  en  el  caso de Latinoamérica, la erosión del Estado de Derecho en Nicaragua por parte de Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo o el colapso económico, político y social en Venezuela. La pregunta es ¿hasta qué punto es legítimo seguir resistiendo pasivamente ante quienes ejercen el poder de manera arbitraria  y despiadada? Si en algún momento ocurriese un golpe militar contra la cúpula chavista,  ¿sería  un  acto  de  legítima  defensa? En el caso de Chile quienes apoyaron la intervención militar  no  podían presagiar todo lo que vendría,  además  no  había  tiempo  como  para  tener  una mirada a tan largo plazo cuando la contingencia del momento forzaba a tomar una decisión: ¿debían ser la Unidad Popular y Allende removidos del poder?

 Las dictaduras actuales no son necesariamente las de antaño. No son fruto de un golpe militar o el uso de la fuerza. En nuestros días las dictaduras pueden construirse utilizan el método democrático, es decir, hacer uso del voto mayoritario para posteriormente destruir el sistema desde su interior. Este es el caso del Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega y su esposa (y vicepresidenta) Rosario Murillo. Abajo se ve a Nicolás Maduro y al verdadero hombre fuerte del régimen: Diosdado Cabello.

Las dictaduras actuales no son necesariamente las de antaño. No son fruto de un golpe militar o el uso de la fuerza. En nuestros días las dictaduras pueden construirse utilizan el método democrático, es decir, hacer uso del voto mayoritario para posteriormente destruir el sistema desde su interior. Este es el caso del Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega y su esposa (y vicepresidenta) Rosario Murillo. Abajo se ve a Nicolás Maduro y al verdadero hombre fuerte del régimen: Diosdado Cabello.

Sobre  el  concepto  de  golpe  de  Estado existe una extensa literatura. El historiador y académico de  la universidad Rey Carlos III de Madrid, Eduardo González Calleja, realiza una útil síntesis sobre el tema. El  término  “golpe  de Estado” fue acuñado en Francia durante el siglo XVII. Fue el escritor Gabriel Naudé quien  habría  acuñado  el  concepto de “golpe de Estado” como categoría política en su  obra  de  1639  titulada “Considérations politiques sur les coup d’etat”Lo interesante es lo que Naudé  entiende  por  “golpe  de  Estado”. Como  destaca  González  Calleja,  para  Naudé  un golpe de  Estado consiste  en  el “empleo  audaz y  extraordinario  del  poder por parte del gobernante, que sin  guardar  ningún  orden  ni  forma  de  justicia, actúa   movido  sólo  por  la  razón  y  la  utilidad pública”.  Como  comenta  González  Calleja,  esta  concepción  se  aleja de  aquella  contemporánea que nos señala que un golpe de  Estado  consiste  en  una  apropiación  ilegítima  y  a  veces  violenta del poder. Naudé  destaca,  dentro de  su  concepción  del término, la idea de que el golpe de emerge desde  el  poder  del  Estado  con  el  objetivo  de  reforzar  su  propio  poder. También resalta en esta concepción el secretismo, la planificación y la tensión entre la justicia y la “razón de Estado”.

En   lo   que  respecta  a  las  definiciones  proporcionadas  por  los  diccionarios,  González  Calleja destaca  algunas  características  básicas.  En  primer  lugar  destaca  el  secretismo en  la  preparación del complot y la importancia de la rapidez de su ejecución lo que hace del  golpe  un  acto  repentino e  imprevisto.  En  segundo  lugar  está  el carácter  violento  del  golpe  de Estado dentro del proceso de transferencia de poder que se lleva a cabo, así  como su carácter minoritario  y  elitista  en  lo  que respecta  a  los protagonistas. Ahora  bien, el historiador  español  afirma  que los golpes de Estado se  diferencian de otras  clases  de  asalto  al  poder  en  que  requieren  un  empleo de la violencia física muy reducido e incluso  nulo, y  no  necesitan  la  implicación  de  las  masas.  Existen  autores que afirman que, si bien los golpes de Estado acostumbran a ser actos de  fuerza,  en  otras  circunstancias no han precisado del empleo de la coacción física, sino de  dosis  adecuadas de decisión política. Esto último hay que entenderlo tal como lo hacía  Carl  Schmitt, esto es, “la generación de nuevas normas jurídicas impuestas por la determinación soberana del gobernante, por encima del Derecho natural y positivo”. Al respecto comenta González Calleja:

“En  ese  sentido,  lo  que  caracterizaría  al  golpe  de  Estado  no   es   su   naturaleza  violenta,  sino  su carácter ilegal, de transgresión del  ordenamiento  jurídico-político  tanto  en  los  medios  utilizados  como  en  los  fines  perseguidos, sean  éstos  el  establecimiento  de  un  régimen  dictatorial  o  un  cambio  en el equilibrio  constitucional   de   los  poderes  del  Estado  Kelsen  opinaba  que  un  golpe  de  Estado  era   una  acción radicalmente ilegal,ya que al romper la Constitución invalidaba todas las leyes existentes”.

                                                  Obra de Gabriel Naudé 

                                                 Obra de Gabriel Naudé 

En  lo  que  respecta  al  debate actual sobre el concepto de golpe de Estado, González Calleja explica que  las  ciencias  sociales  diseñaron  cuatro  teorías  básicas.  La  primera  centraba  su  atención  en el   “desarrollo  técnico - político  de  una  acción  subversiva  que  se  entendía  como  una  estrategia perfectamente  calculada  de  acceso  ilegal  al  poder  (…)”. La  segunda concebía el golpe como una estrategia  de  acceso  al  poder propia de una elite modernizadora, en este caso, el ejército. La tercera contemplaba  el  golpe de Estado como un  fiel indicador de un contexto de crisis social y económica propia  de  los  países  del  “Tercer  Mundo”.  Por  último  tenemos  aquella  teoría  que  interpretaba el golpismo como una “evidencia de la inestabilidad político –institucional de un régimen fragilizado por un déficit de legitimidad  y  por  una  cultura  cívica  fragmentada  o  escasamente  desarrollada”, señala  González  Calleja.  Junto  al  concepto  de  golpe  tenemos  también el  de  “pronunciamiento militar” o “intervención militar”. Por ejemplo, recientemente el ejército  intervino en Zimbabwe con el objetivo de poner fin a la dictadura de Robert Mugabe. Los  periódicos  por lo general se refirieron a  este  acontecimiento  como  una “intervención”, “rebelión” o “pronunciamiento”. En el caso de un “pronunciamiento militar”, consiste en una declaración pública que realiza el alto mando del ejército o un grupo de oficiales. Además,  como  añade  Luttwak,  los  rebeldes están previamente preparados e investigan o, al menos sondean, la cantidad de oficiales que  comparten su objetivo y se encuentran están  dispuestos  a  actuar  con  ellos. Un  pronunciamiento  puede  terminar  en  un  éxito, es decir, el gobierno de turno renuncia al poder o en un fracaso, con los rebeldes exiliados a apresados.

Fin parte 2 de 8

[1]Manuel Antonio Garretón y Tomás Moulián, La Unidad Popular y el conflicto político en Chile, p. 216.