(I) La muerte (por Jan Doxrud)

 (I) La muerte (por Jan Doxrud)

Me quiero morir porque amo la vida, porque estoy contento de estar vivo, y si a uno le encanta la vida tiene que saber morir, es parte del proceso y yo quiero hacerlo contento”.(José Luis Sagüés) 

José Luis Sagüés falleció a los 63 años tras emprender dos luchas: la primera contra un cáncer terminal y, la segunda, por obtener su derecho de morir dignamente, lo cual finalmente logró mediante la aplicación de una sedación terminal.

La muerte constituye un tema (y una palabra) que (me aventuro a pensar) puede que no sea el predilecto y con el que se sientan más cómodos las personas. Digamos que durante una reunión con amigos o familiares, un asado o una fiesta, no comenzaremos a hablar de la muerte, ¡por Dios! ¡Cómo vamos a tocar ese tema!, ¡no seamos negativos y fatalistas! Imagine el lector la idea de introducir en el curriculum escolar una asignatura que prepare a los alumnos a morir ¿cuál sería la respuesta ante esta posibilidad? ¿Acaso los padres y madres hablan alguna vez con sus hijos sobre la muerte, la de ellos o las la muerte propia? ¿Acaso tenemos en nuestros días algo similar al a los “Ars moriendi” del siglo XV para asistir a aquella persona que está a punto de morir. El filósofo Paul Henri Thiery, barón  de  Holbach (1723 - 1789) señalaba que el miedo a la muerte derivaba del hecho natural que el ser humano desconfía de todo aquello que no conoce y menos aún, podemos añadir, el desconocimiento sobre la no - existencia.¿Podríamos acaso concebir la muerte como un arte que debemos aprender? La muerte es un proceso de la vida y desde que nacemos también ya comenzamos el camino hacia nuestra muerte, es por ello que vida y muerte no son dos realidades separadas.

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Como afirmaba el teólogo y Decano de la facultad de teología de la universidad Católica, Juan Noemi (1942 - 2017) se evita hablar de la muerte a los niños, a los ancianos y a los mismos moribundos, puesto que la muerte ha sido desterrada de nuestras vidas cotidianas. A esto añadía el académico chileno:

“La muerte se desvanece cada vez más como acontecimiento público y social. Y, por otra parte, la familia participa cada vez menos en la experiencia mortal de algunos de sus miembros. El lecho de muerte ha sido casi definitivamente trasladado desde el hogar a los hospitales: pocos ya mueren en su cama, rodeados de los seres queridos. La muerte ha sido confiada al personal médico, no sólo por el hecho de que el enfermo terminal es llevado a la Unidad de Tratamiento Intensivo, sino ya por el solo hecho de las drogas y medicamentos que han transformado la experiencia de la agonía”. 

Hasta el mismo concepto de “eutanasia” o “buena muerte” causa rechazo entre gran parte de la población puesto que en nuestros días, al parecer, prevalece la idea de vivir mucho, un vivir cuantitativo más que cualitativo. Como afirmaba el sabio emperador romano (y estoico), Marco Aurelio (121-180), “una de las funciones más nobles de la razón es la de saber cuándo ha llegado el momento de abandonar este mundo”.

El historiador francés  Philippe Ariès (1914 - 1984) afirmaba en su “Historia de la muerte en Occidente”, que en Occidente se produjo un cambio muy lento en la actitud de los seres humanos ante la muerte. Un proceso gradual y lento pero que Ariès califica como una “revolución brutal de las ideas y de los sentimientos tradicionales”.   Fue a partir del siglo XIX cuando la “muerte domesticada” de antaño se transforma en una “muerte salvaje”, en una fuerza salvaje e incomprensible.

¿Qué sucede con la muerte de acuerdo al historiador francés? Responde Ariés:

“La muerte, en otro tiempo tan presente por resultar familiar, va a difuminarse y a desaparecer. Se vuelve vergonzante y objeto de tabú”.

Continúa explicando que la muerte desplazó al sexo como tema tabú. A los niños, desde la infancia, se les enseña sobre sexualidad (ya sea en biología, historia o religión). Así, añadía Ariès que, cuanto más se liberaba la sociedad de las constricciones victorianas en relación al sexo, tanto más se rechazaba los asuntos de la muerte. En una sociedad marcada por el fetichismo del cuerpo y de toda clase de hedonismos (materiales y espirituales) cualquier elemento que venga a perturbar la búsqueda del placer, debe ser desterrado. En palabras de Ariès:

“(…) se trataba de la necesidad de la felicidad, del deber moral y la obligación social de contribuir a la felicidad colectiva evitando toda causa de tristeza o de hastío, simulando estar siempre feliz, incluso si se ha tocado el techo del desamparo” 

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En suma, para el historiador francés se produjo un quiebre radical en nuestra actitud y percepción de la muerte. En la época moderna, explica Ariès, la muerte se ha transformado en algo problemático y lejano, pero más tenso y dramático. Sabemos que moriremos pero, psicológicamente, señala Noemi, tenemos la propensión a vivir como si fuésemos inmortales. Al especto, escribe Ariès:

“Técnicamente, admitimos que podemos morir, contratamos seguros de vida para preservar a los nuestros de la miseria. Pero, verdaderamente, en el fondo de nosotros mismos, nos sentimos no mortales”.

No es ninguna novedad que la muerte produce miedo, ansiedad, incertidumbre y hasta pavor (tánatofobia) en ciertas personas, lo cual genera distintas actitudes y respuestas ante el hecho inevitable de que todo nos vamos a morir. En palabras de Juan Noemi:

“Aunque hayamos experimentado la muerte como una inminencia inmediata, nadie puede referirse a ella como una experiencia hecha. Los que han hecho esta experiencia ya no nos hablan. Mientras estamos vivos sabemos de la muerte por el testimonio mudo de otros, no por nosotros mismos. Es por ello que nuestro discurso sobre la muerte está condenado a ser indirecto y aproximativo. La situación anterior puede crearnos y de hecho nos crea una serie de malas pasadas. En verdad, nadie es capaz de hablar de la muerte como de algo neutral, sino que –se reconozca o no – como una realidad desestabilizadora, cuestionante, como una ruptura”. 

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