(II) La muerte (por Jan Doxrud)

 (II) La muerte (por Jan Doxrud)

De hecho, este planeta tierra ha visto pasar literalmente billones de personas que ya no existen. Se calcula, de acuerdo al Population Reference Bureau, que han pasado, al menos, 108 billones de miembros de nuestra especie. Esta cifra aumentaria a 113 billones para el 2050. En suma, la población actual representa un porcentaje ínfimo, que no llega a los dos dígitos, del total de miembros de nuestra especie que han vivido en este planeta.  De acuerdo a “Our World in Data” explica que en el año 1800 la salud de nuestros ancestros era tal que el 43% de los recién nacidos fallecía antes de los 5 años.

El morir es una experiencia dolorosa, sin duda alguna, pero el sufrimiento es algo que depende de cada persona. Con esto quiero dar a entender, tal como lo hacen en la tradición buddhista (ver mi articulo 1 y 2), que el dolor es natural, es parte del mundo en que vivimos, pero el sufrimiento es lo que nosotros creamos frente al dolor. Todos experimentaremos la muerte de un ser querido, tendremos que experimentar el proceso de envejecimiento y experimentaremos una enfermedad dolorosa: es un hecho. Pero no todas las personas “reaccionan” de igual manera ante estas experiencias dolorosas.

Como escribió Epicuro: “Frente a las demás cosas es posible procurarse seguridad, pero frente a la muerte todos los humanos habitamos una ciudad sin murallas”.  No deja de ser curioso que, siendo la muerte lo más seguro que tenemos en esta vida, estemos tan poco preparados para afrontarla (muchos ni siquiera se preparan porque nunca se atrevieron a verle la cara y se sumergen en la cotidianidad de sus vidas actuando como si nunca se van a morir, nos sumergimos en el trabajo y en los placeres mundanos)

Existen varias formas de “evadir” la muerte o intentar domesticarla. Por ejemplo, nos hemos convencido de que la muerte siempre está en el futuro (en ocasiones en uno muy lejano), o creemos que lo “natural” e s morir de viejos o que lo “natural” es que los “padres sobrevivan a sus hijos”. Creemos que un niño no debe morir a causa de una enfermedad por el hecho de ser tan joven, como si la muerte tuviese que ver con un tema de edad o como si existiese una suerte de “edad para morir”, lo cual es absurdo…meros autoengaños humanos. Creo que fue el teólogo suizo, Hans Küng quien señaló que, tan pronto un ser humano llega a la vida, ya tiene la edad suficiente para morir.

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Tomemos una caso reciente, de Luis Gneiting, Ministro de Agricultura de Paraguay. Gneiting aprovechó un viaje oficial al sur de Paraguay para visitar a su madre, Irene Dachtiar, quien se encontraba con una enfermedad terminal. Posteriormente tomo la aeronave bimotor para regresar a Asunción, pero en el trayecto se estrelló y todos sus tripulantes fallecieron. La madre de Luis Gneiting murió unas horas después sin saber que su hijo, quien la había visitado anteriormente, había muerto.  Otro caso impactante fue el ataque a las Torres del World Trade Center el 11 de septiembre de 2001. Piense en todas aquellas personas que, siguiendo su rutina diaria, se levantaron para ir a trabajar como de costumbre a una de las Torres Gemelas. ¿Acaso algunos de ellos iba a pensar que ese día dos aviones comerciales se estrellarían contra las torres y que ellos morirían ahogados o que terminarían saltando hacia el vacío tratando de escapar de las llamas? Estos son casos trágicos que nos dejan perplejos y contrariados, puesto que ya no implica solo tema de la muerte sino que el “cómo” uno se muere y cómo puede llegarnos literalmente en cualquier momento, como los dos casos anteriormente citados

 El ensayista Michel de Montaigne (1533-1592)escribió en sus célebres ensayos:

“Los jóvenes y los viejos abandonan la vida de la misma manera (…) Agreguen a esto que no hay hombre, por decrépito que esté, que no crea tener veinte años por delante, mientras no haya llegado a la edad de Matusalén. Y además, pobre loco que erés, ¿quién fijo el término de tu vida? Te fundas en lo que dicen los médicos. Mira más bien la realidad y la experiencia. Puesto que las cosas son lo que son, es una suerte extraordinaria que estés vivo” 

Esto puede que tenga relación con la manera que en cómo percibimos la realidad y el tiempo, este último, como una suerte de flecha que avanza de manera lineal (e incluso con una dirección determinada). A medida que la flecha avanza se va acumulando el pasado a nuestras espaldas y el presente no constituye más que un instante fugaz e imperceptible que se transforma inmediatamente en pasado. Por último, esta flecha tiene una dirección que es el futuro y es ahí donde situamos a la muerte: puede estar a segundos, minutos, horas, días o años de distancia…usted escoge. José Ortega y Gasset (1883-1955) enfatizó la primacía del futuro por sobre el pasado y el presente, señalando que nuestra vida es un toparse con el futuro y este futuro, curiosamente, es lo primero que vivimos, es decir, vivimos en lo que todavía no es. A esto añade el filósofo español: “(…) la vida es una actividad que se ejecuta hacia delante, y el presente o el pasado se descubre después, en relación con ese fututo. La vida es futurición , es lo que aún no es”.En el caso de la muerte, precisamente, es “algo” situado temporalmente en el futuro.

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Cabe añadir que dentro de esta percepción que tenemos del tiempo, la muerte se nos presenta como un “muralla” contra la cual la flecha del tiempo choca, en este caso, nuestra percepción subjetiva del tiempo, y dejamos de existir, pero las demás temporalidades subjetivas continuarán existiendo hasta que les llegue su turno…y de ahí comienzan las teorías sobre qué existirá después de la muerte o si, por el contrario, nada hay y nuestro destino no resulta ser distinto a la de un gusano o una langosta.

Intentamos enfrentar a la muerte, a la idea de que moriremos por medio de la racionalización de la muerte, esto es, elaboramos diversas teorías acerca de lo que esta es y, no contento con esto, otros se aventuran a teorizar incluso qué existe después de la muerte. El problema con lo anterior radica en que se establece una relación meramente intelectual con la muerte (no vivencial), es decir, sabemos mucho sobre esta, la podemos definir desde una perspectiva filosófica, religiosa o científica…pero nos quedamos solo en eso: una comprensión intelectual. Las diversas religiones han intentado dar un sentido a la muerte, algunas señalará que es el fin del Ego (de nuestro Yo) mientras que otras señalarán que la muerte es sólo fin de una vida pero que da comienzo a otra. Bajo esta creencia subyace una ontología y una antropología dualista, esto es, la creencia de que existe un mundo material y otro que trasciende a este mismo, así como la concepción de que el ser humano no es solamente materia, sino que en este habita una entidad espiritual que no depende del cuerpo para subsistir, sino que le sobrevive. También  tenemos aquellos relatos acerca de experiencias cercanas a la muerte (ECM) donde algunas personas ven un túnel con una luz, ven a sus seres queridos ya fallecidos o figuras religosas. Pero tales relatos son más bien fruto de los condicionamientos culturales a los que estamos sometidos, es decir, cualquier imagen o relato sobre una experiencia de haber estado cercanos o incluso muertos por un tiempo, son fruto de las construcciones que realiza el cerebro.

Como explica el neurólogo Dick Swaab, las ECM pueden originarse en nuestro cerebro ante una falta de oxígeno, ansiedad intensas, fiebre alta exposición a sustancias químicas, altos niveles de CO2 shock séptico o electrocución. Añade que un 20% de las personas que experimentan una paro cardíaco experimentan una sensación de paz y de sosiego, donde el dolor desaparece y parecen estar muertos. A esto añade la experimentación de sensaciones y alucinaciones como el de encontrarse en un lugar oscuro en donde existe una luz hacia el final o el de encontrarse en un paisaje reconfortante repleto de flores, colores y música. Como señala Swaab dependerá del backcground cultural de la persona el cómo reaccione el cerebro, así por ejemplo, un cristiano podrá ver a Dios, a Jesús o algún santo, mientras que un hindu verá a sus deidades. Estas explicaciones no suelen ser del todo aceptadas, expecialmente por quienes las experimentan. Swaab explica que las ECM dejan una huella tan profunda en quienes las experimentan que estas ni siquiera quieren conocer la explicación de aquel fenómeno  desde un punto de vista de la investigació cerebral. Otro dato interesante sobre estas ECM es que pueden ser inducidas en el laboratorio. Tal es el caso del doctor Gert van Dijk, del Centro Médico de la Universidad de Leiden, quien provoca varios desvanecimientos (mediante una disminución del flujo sanguíneo cerebral) a la semana en pacientes que posteriormente cuentan sus ECM.

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Como señalé, esto se realiza mediante la disminución del flujo sanguíneo cerebral, en donde el médico mide la caída del registro del electroencefalograma mientras el tronco encefálico sigue operando. También puede inducirse, mediante la estimulación del punto donde se juntan el lóbulo temporal y parietal, las experiencias extracorporales o desdoblamientos, esto es, la experiencia de abandonar el cuerpo e incluso poder observarlo desde fuera. En fin, las ECM parecen no ser una evidencia fidedigna a la hora de querer obtener respuestas sobre qué existe después de esta vida. Por último tenemos a otras personas dirán que señalarán sobre el tema en cuestión que morir no es ningún misterio ni tampoco un sinsentido, todo lo contrario, es lo más natural y racional que puede existir, puesto que todo ser viviente tiene que morir, de manera que ¿cuál es el misterio en todo esto? Es simple biología básica. Desde este último punto de vista, en lo que respecta a la muerte, no nos diferenciamos ni de un gorila, una planta o un gusano..todos compartimos el mismo destino.