1/3-Innovación, destrucción creativa e instituciones (por Jan Doxrud)
En este artículo abordaré el tema de la innovación y el concepto de destrucción creativa. Para ello haré alusión a ideas de economistas como Joseph. A. Schumpeter (1883-1950), Daron Acemoglu y James A. Robinson, la de Philippe Aghion, Céline Antonin, y de otros autores como Niall Ferguson, Oded Galor y Matt Ridley entre otros. Junto con esto también complementaré la explicación con un poco de historia ya que no es posible comprender plenamente estos concepto en un vacío histórico.
Así este artículo tratará sobre múltiples temas: la relevancia de la innovación y la destrucción creativa como paradigma explicativo del crecimiento económico, las actitudes frente a la innovación, el caso de la revolución industrial en Inglaterra, el rol del Estado, la importancia de las instituciones y de que estas no queden rezagadas frente a la innovación y se conviertan en un obstáculo para la innovación misma. Al final de cada artículo dejaré una lista con otros de mis artículos que puede complementar el que el lector está leyendo. Este año 2025 el Banco de Suecia premió a tres economistas justamente por la temática de la innovación, me refiero a Joel Mokyr, Philippe Aghion y Peter Howitt. En el caso de Moky, el Nobel de Economía le fue entregado “por haber identificado los requisitos previos para el crecimiento sostenido a través del progreso tecnológico” . Por su parte, Aghion y Howitt lo recibieron “por la teoría del crecimiento sostenido a través de la destrucción creativa”. Al final de cada artículo dejaré una lista con otros de mis artículos que puede complementar el que el lector está leyendo.
La palabra innovar ha generado en la historia humana incertidumbre, escepticismo y hasta rechazo por parte de quienes quieren conservar el orden establecido y quienes se ven directamente amenazados por la innovación. Después de todo, “innovar” consiste en “alterar algo, introduciendo novedades”, por lo que el innovador es un revolucionario que introduce cambios que alteran el orden y socavan el statu quo. Por ende, introducen cierto desorden inicial que, con el tiempo, se transformará en un nuevo orden imperante para posteriormente ser nuevamente alterado y transformado producto de la introducción de una nueva innovación.
Como relata Niall Ferguson en su libro “Civilización, Occidente y el resto”, en el imperio turco otomano, el sultán Bayezid II (1447-1512) se cerró a la posibilidad de experimentar los beneficios de la introducción de la imprenta. El sultán, por medio de un edicto, prohibió imprimir en árabe y turco, ya que buscaba evitar cualquier error tipográfico en los textos sagrados (aunque la prohibición incluía. el ámbito “profano”). Ahora bien también hay que tener en consideración la presión que ejercía el gremio de copistas y calígrafos, así como también la pretensión del Estado de mantener el control ideológico.
A propósito de los gremios y ciertos grupos que se oponen a la innovación y a la competencia, recordemos que siglo después el economista francés, Frédéric Bastiat (1801-1850) redactó una sátira titulada “La petición de los fabricantes de velas” (1845) en donde este gremio (y el de lámparas) solicita al parlamento francés que tape todas las ventanas por donde pueda entrar luz natural ya que no pueden competir contra el Sol. En este escrito podemos leer sobre los beneficios de aplicar esta medida:
“Primero, si Ustedes cierran tanto como sea posible todo acceso a la luz natural, si Ustedes crearan así la necesidad de luz artificial, ¿cuál es en Francia la industria que, de una en una, no sería estimulada? Si se consume más sebo, serán necesarios más bueyes y carneros y, en consecuencia, se querrá multiplicar los prados artificiales, la carne, la lana, el cuero y sobre todo los abonos, base de toda la riqueza agrícola. Si se consume más aceite, se querrá extender el cultivo de la adormidera, del olivo, de la colza. Estas plantas ricas y agotadoras del suelo vendrían a propósito para sacar ganancias de esta fertilidad que la cría de las bestias ha comunicado a nuestro territorio. Nuestros páramos se cubrirán de árboles resinosos. Numerosos enjambres de abejas concentrarán en nuestras montañas tesoros perfumados que se evaporan hoy sin utilidad, como las flores de las que emanan. No habría por tanto una rama de la agricultura que no tuviera un gran desarrollo”.
Si bien, en el caso el imperio turco, la prohibición no fue por un rechazo al “progreso” per se, las consecuencias sí afectaron al progreso del imperio. Esta limitación en el uso de la imprenta ralentizó la difusión del conocimiento por escrito los copistas continuaron siendo necesarios dentro del imperio, lo cual constituía un uso ineficiente de los recursos (estos también tenían los incentivos suficientes para bloquear el uso de la imprenta y así mantener sus trabajos).
Sólo en 1727 se permitiría la introducción de la primera imprenta en tierras del imperio, pero bajo un estricto control, tal como lo dejó en evidencia Ibrahim Müteferrika, cuya producción estaba controlada por los eruditos religiosos. El mismo Müteferrika era consciente de que los europeos avanzaban a pasos agigantados (ya llevaban casi 300 años utilizando la imprenta) y el imperio otomano se quedaba atrás. Aquello se debía, en parte, al sistema político europeo que garantizaba derechos y libertades, y al racionalismo y la revolución científica.
En cambio, el progreso, específicamente en lo que respecta a la difusión del conocimiento había quedado hipotecado en el imperio turco debido al fundamentalismo religioso y a la ley islámica. No es que no hubiese educación, pero esta se mantuvo largamente subordinada a las esfera religiosa. La secularización de la sociedad era un paso necesario para la revolución científica. Sin embargo, no debemos perder de vista que la limitación de la “imprenta”, como difusora de información, no es algo del pasado. Sus sucesoras, como internet, no son del gusto de los regímenes totalitarios y dictatoriales tales como Corea del Norte y Cuba, puesto que propagan ideas que pueden ser consideradas como “subversivas” y que atentan contra la integridad del Estado opresor junto a su elite civil y militar. Es más seguro que el conocimiento no esté disperso sino que centralizado en una única institución para que se puedan formar conciencias homogéneas y acríticas. No es de extrañar que los regímenes totalitarios y autoritarios intervengan inmediatamente la educación como manera de ganarse la lealtad acrítica de la población.
El conservadurismo e incluso el temor al cambio también se vio en el plano militar. Las tropas de jenízaros, cuerpos de élite del imperio otomano, que terminaron en constituirse en un poderoso grupo, se negaron a recibir la influencia militar de los occidentales, al igual que lo hicieron los samurái del agonizante Japón de los Tokugawa. El resultado fue el mismo, tanto los jenízaros como samuráis renegados fueron asesinados y los supervivientes debieron adaptarse a una nueva era en que ya no gozaban de la importancia de antaño.
La polémica (y denostada por algunos) revolución industrial (inglesa), también generó cierto rechazo en los líderes europeos. Pero antes de continuar con esto debemos realizar un breve paréntesis, ya que debemos preguntarnos qué fue la revolución industrial y lo que significó para la sociedad que la experimento y las visiones sobre esta. Posteriormente continuaré con el tema del rechazo a la innovación y con otros temas como el concepto de innovación y destrucción creativa de acuerdo a distintos economistas.
Sin entrar en detalles y las diversas interpretaciones sobre este tema, podemos decir que esta fue un proceso dilatado en el tiempo que comenzó en Inglaterra para posteriormente expandirse al resto del mundo y que tuvo consecuencias económicas, políticas, sociales y demográficas. El historiador económico Gabriel Tortella nos recuerda aquel principio presente en la portada de los “Principios de Economía de Alfred Marshall (1842-1924): “Natura non facit saltum”, es decir, la naturaleza no da saltos.
Con esto Tortella quiere dar a entender que la “Revolución” Industrial fue más bien una "evolucion”, es decir, la continuación de una secuencia de crecimiento gradual y acumulativa que llevaba mucho tiempo, algo destacado por autores como David S. Landes, Joel Mokyr o T. S. Ashton. Por ende, y de acuerdo con esta visión, sólo en política hay “revoluciones”, entendiendo estas como saltos o quiebres radicales. Continúa explicando Tortella en su libro "Las grandes revoluciones” que tanto, el cambio tecnológico como el crecimiento económico, llevaban siglos de gradual progresión, algo que no puede decirse del ámbito político. En otras palabras para el autor “la revolución económica y la política, aunque entrelazadas, y siendo causa última de la otra, no son fenómenos estrictamente miméticos o paralelos.
Siguiendo a Joel Mokyr, la Revolución Industrial y el cambio tecnológico fue el resultado de la revolución científica y la transformación de estos conocimientos en algo práctico, pro ejemplo, maquinarias y métodos de producción. Otros autores recurren a explicar,icaciones sociológicas siguiendo la línea de Max Weber, como es el caso de Gregory Clark, quien destaca la ética del trabajo en Inglaterra
La Revolución Industrial, como todo proceso, tuvo aspectos negativos y positivos pero a la larga, y como veremos más adelante, significo un verdadero “despegue” para algunas de las naciones europeas, las cuales comenzarían a dejar atrás a otras civilizaciones. Como indiqué, este proceso suele gozar de mala fama. William Blake, Charles Dickens o Friderich Engels describieron por medios diferentes, cómo era la sociedad industrial. Por ejemplo tenemos el siguiente pasaje de Dickens en su libro “Tiempos difíciles”:
“…Era una ciudad de ladrillo rojo, es decir, de ladrillo que habría sido rojo si el humo y la ceniza se lo hubiesen consentido; como no era así, la ciudad tenía un extraño color rojinegro, parecido al que usan los salvajes para embadurnarse la cara. Era una ciudad de máquinas y de altas chimeneas, por las que salían interminables serpientes de humo que no acababan nunca de desenroscarse, a pesar de salir y salir sin interrupción”.
En otro pasaje nos habla de cierta homogeneidad y monotonía propia de aquella época
“Contenía la ciudad varias calles anchas, todas muy parecidas, además de muchas calles estrechas que se parecían entre sí todavía más que las grandes; estaban habitadas por gentes que también se parecían entre sí, que entraban y salían de sus casas a idénticas horas, levantando en el suelo idénticos ruidos de pasos, que se encaminaban hacia idéntica ocupación y para las que cada día era idéntico al de ayer y al de mañana y cada año era una repetición del anterior y del siguiente…».
Acemoglu y Simon Johnson examinan las víctimas del progreso en el capítulo 6 de su libro “Poder y Progreso”. Tenemos el trabajo infantil en las minas de carbón a metros bajo tierra en donde estaban expuestos a todo tipo de peligros. También examinan lo que significo trabajar en las fábricas que, durante la Revolución Industrial, adquirió un nuevo significado en donde la disciplina, la división del trabajo y la eficiencia eran centrales.
Junto con esto, añaden que durante la primera fase de la Revolución Industrial, la mayor parte de las innovaciones estaban vinculadas con la automatización, lo que significó pérdidas de empleos como fue el caso de los trabajadores textiles, a quienes les fue difícil encontrar un empleo por la misma suma de dinero que antes ganaban. Así, en este proceso de destrucción creativa puede suceder que pese más el componente destructivo, en el sentido de que quienes pierden sus empleos, no logran encontrar otros y, de encontrarlos, ganarán en comparación con su antiguo trabajo.
Como resulta obvio, cuando se destruyen más puestos de trabajo de los que se crean el desempleo aumenta. Así, en el corto plazo la desigualdad aumenta debido a que aumenta el número de trabajadores desempleados con bajos ingresos o incluso sin y, por otro lado, los empleadores son los que obtienen los beneficios por la introducción n de una nueva tecnología. Sin embargo, con el tiempo pueden entrar nuevas empresas al mercado o que las empresas que ya existen expandan su producción lo que presionará los salarios reales al alza.
Ejemplo de un caso contrario al descrito (destrucción sin creación) fue el desarrollo del ferrocarril. Acemoglu y Johnson explican que los ferrocarriles hicieron algo más que automatizar el trabajo puesto que también estimularon la demanda de trabajadores en otros sectores. Por ejemplo, si bien los trayectos largos que usaban la tracción animal fueron disminuyendo hasta desaparecer, hubo una mayor demanda de transporte a caballo para trayectos cortos. El ferrocarril también hizo que aumentara la demanda de insumos derivados del hierro (posteriormente acero), demanda de carbón, amplio la circulación de mercancías y construcción de infraestructura. En palabras de los autores:
“(…) el ferrocarril británico del siglo XIX es el arquetipo de una tecnología con capacidad de transformación sistémica porque fue capaz de incrementar la productividad tanto en el transporte como en varios sectores más, al mismo tiempo que generaba nuevas oportunidades para los trabajadores”.
Tortella habla de los acalorados debates en torno a la Revolución Industrial. Si bien hubo aspectos negativos innegables como los que mencionamos anteriormente, los avances también son incuestionables. Para el historiador, tanto la industrialización como la modernización económica son el camino hacia el bienestar, y el debate gira en torno a cómo conseguirlas. En tiempos pasados hubo un rechazo a la industrialización la cual era vinculada con el capitalismo y la economía de mercado por lo que tal crítica tenía un evidente sesgo ideológico. La idea predominante a finales del siglo XIX sobre las consecuencias negativas de la Revolución Industrial serían puestas en duda. Tortella cita el estudio del historiador y discípulo de Alfred Marshall: John Clapham (1873-1946).
El economista británico construyó un índice de salarios y los deflacto o dividió por un índice de precios para poder obtener así los salarios reales concluyendo que el nivel de vida de los trabajadores ingleses habían mejorado. Si bien su trabajo no significo que se impusiera una visión optimista de la revolución si ayudó a matizar la visión que e tenía de la Revolución Industrial. Sobre este tema Tortella hace algunas precisiones. En primer lugar, no se puede hablar de la “clase trabajadora” como una suerte de masa homogénea, de manera que la experiencia de los diversos grupos fueron dispares.
En segundo lugar afirma que, a pesar de que se mejoró el nivel de consumo en términos absolutos, la distribución de la renta empeoró durante el siglo XIX. En palabras del autor: “(…) los más ricos se enriquecieron absoluta y relativamente más que los pobres; en otras palabras, aunque todos mejoraran, la distancia entre ricos y pobres aumentó”. Ahora bien, el mismo Tortella añade que cuando nos centramos en el caso inglés, debemos tener en consideración que es único por haber sido el primero. Por lo tanto, los países que le siguieron no atravesarían con la misma intensidad los problemas que sufrió la sociedad inglesa.
Ahora bien y como lo plantea Oded Galor en su libro “Viaje de la Humanidad”, si la Revolución Industrial es vista como algo negativo entonces: ¿por qué la esperanza de vida aumentó? ¿por qué la mortalidad infantil disminuyó ¿por qué fue en el s. XIX en Europa donde surgió la primera legislación que regulaban el trabajo infantil ¿por qué se promovió la educación obligatoria? Hacia 1820 Europa lograría poner fin gradualmente al antiguo ciclo demográfico caracterizado tanto por las altas de tasas de natalidad como de mortalidad y un bajo crecimiento natural. En siglos pasados las malas cosechas - en sociedades que dependían caso por completo del sector agropecuario - se traducía ene escasez de alimentos y el aumento del precio de estos mismos lo cual generaba caos, hambrunas y motines.
Lo anterior se relaciona con la denominada “trampa malthusiana” en virtud de la cual el crecimiento dela población mostraba una tendencia a crecer por encima de la capacidad de producción de alimentos. Lo anterior fue lo planteado por Thomas R. Malthus, un clérigo anglicano que publicó: “Ensayo sobre el principio de la población” (1798) y ostentó una de las primeras cátedras de Economía. Malthus tenía una visión pesimista en lo que respecta a la relación entre población, crecimiento económico y recursos. Siglos después ganó popularidad entre los años 1940 y 1960, cuando el crecimiento demográfico y el desarrollo económico eran particularmente fuertes en muchos países. En esta nueva versión, el crecimiento demográfico eventualmente se vería frenado por algún límite absoluto de recursos (como alimentos, energía o agua).
Un neomalhtusiano fue el pedagogo anarquista Paul Robin quien afirmó que un medio de combatir la pobreza era por medio de la limitación de los nacimientos hasta que existieran las condiciones idóneas que pudiesen garantizar para los futuros hijos de los obreros una buena educación, así como también una buena organización social y un buen nacimiento. Más recientemente Jared Diamond dio una explicación maltusiana del genocidio en Ruanda a comienzos década de 1990. De acuerdo con el autor, la presión demográfica fue uno de los factores responsables del genocidio y cita las siguientes palabras de un testigo, Gérard Prunier: “Todas las personas que iban a ser asesinadas tenían tierra y, en alguno casos, vacas. Y alguien tenía que hacerse con esas tierras y esas vacas tras la muerte de los propietarios”.
Pero ¿por qué traer a la palestra a Malthus y a otros pesimistas respecto al futuro? Es debido a que estas personas no toman en cuenta otro recurso importante que es el ingenio humano y la innovación. Una primera crítica a estas visiones fatalistas del futuro es que se asumen como constantes aspectos que no lo son y que las relaciones entre variables son son lineales y deterministas (cuando no lo son). Sumado a esto, se tiende a creer que el futuro “es solo” una versión magnificada del presente, es decir, una falsa extrapolación sumado a un sesgo pesimista (y que también puede ser optimista). Además, esta visión ignora la incertidumbre, la variabilidad, previsión humana y su creatividad.
La economista y antropóloga danesa Ester Boserup en su libro “Population and technological change”, resaltaba la importancia de la innovación tecnológica y el hecho de que la presión demográfica obligaría a aumentar la productividad de la tierra mediante el uso de fertilizantes, nuevas semillas, nuevas técnicas de cultivo y el uso de maquinarias y de irrigación. Por ende el mundo no necesita de “Thanos”, el personaje de “The Avenegers” para dar solución al tema del crecimiento to poblacional y la disponibilidad de recursos.
El historiador económico Ronald M. Hartwell (1921-2009) también tiene una visión más matizada acerca de las consecuencias de la Revolución Industrial, tal como lo expone en su trabajo titulado “El aumento dl nivel de vida en Inglaterra de 1800 a 1850”. El autor reconoce que esta discusión en torno a la Revolución Industrial ha sido acalorada y que ha dado origen a dos bandos contrapuestos e igualmente intransigentes. Ahora bien, en lo que respecta al período estudiado por Hartwell, este concluye que los salarios reales de la mayor parte de los trabajadores ingleses aumentaron de 1800 a 1850.
Añade que se generó una reducción de los precios mientras que lo salarios permanecieron constantes lo que se tradujo en una aumento del consumo per cita de alimentos. Por último, Hartwell señala que las intervenciones del gobierno orientadas a mejorar el nivel de vida de las personas se multiplicaron. Así, de acuerdo con Hartwell, aquellos males que existían desde hace mucho tiempo y habían sido considerados inevitables, fueron considerados como males nuevos que debían ser remediados. En palabras del autor:
“El sufrimiento durante la revolución industrial fue importante porque llevaba consigo los gérmenes de su propia solución: en la industria y en la agricultura condujo al aumento de la productividad, y, en la sociedad, a la convicción de que las condiciones sociales podían y debían mejorar y que el progreso económico era inevitable”.
Más adelante añade:
“El nuevo modo de afrontar los problemas sociales que surgió con la revolución industrial consistió en la necesidad de descubrir los males, examinarlos, analizarlos, hacerlos público y buscar un remedio mediante acciones voluntarias y legislativas”.
En suma, la Revolución Industrial implicó innovación (y destrucción creativa) y toda innovación – claro está – genera cambio y crea incertidumbre respecto al futuro. Como afirman Javier Andrés y Rafael Doménech en su libro “La era de la disrupción digital”, la destrucción creativa trae consigo cambios estructurales puesto que transforma las ocupaciones así como también la estructura de las cualificaciones en el mercado del trabajo, por ejemplo, a medida que aumenta la demanda de ocupaciones más intensivas en capital humano. Sumado a esto, añaden los autores, la innovación y la destrucción creativa permite liberar nuevos recursos productivos hacia otros sectores impulsando la migración del campo a la ciudad y se genera una reasignación continua de los distintos tipos de maquinaria y empleos a procesos de producción más eficientes.
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