Pobreza, Desigualdad y Bienestar (por Jan Doxrud)

Pobreza, Desigualdad y Bienestar (por Jan Doxrud)

Comenzaré invitando al lector a reflexionar sobre los siguientes puntos:

1-Desigualdad: ¿estaría dispuesto a aceptar que los más pobres aumentaran significativamente su nivel de vida, pero que los más ricos lo hicieran aún más? Si su respuesta es negativa, entonces el lector podría tener un problema de envidia y rencor hacia lo ricos, de manera que no le interesa ni la desigualdad ni la pobreza: su fijación está en los ricos. Ahora bien, lo anterior sólo es un advertencia de que la desigualdad no debe transformarse en nuestra obsesión, ya que debemos precisar qué queremos decir cuando señalamos que queremos “terminar con la desigualdad”. ¿Acaso significa hacer a todos literalmente iguales? El camino al infierno está plagado de buenas intenciones y ciertamente quien tenga en mente “imponer” la igualdad creará un verdadero infierno para lograrlo. Por ende, mi primer punto es que la desigualdad en sí misma no es un problema, todo lo contrario, es un elemento necesario para el progreso. Ahora bien, podemos entrar a examinar por qué se generan esas desigualdades. Para dar a entender bien mi punto, podemos preguntarnos si la riqueza del dictador de Zimbabue, Robert Mugabe, es merecida o la ha obtenido por medio del saqueo de las riquezas de su país, lo mismo sucede con el caso de Fidel Castro y otros líderes populistas que se han enriquecido misteriosamente como líderes políticos. Por más ayuda que se envíe a países como Zimbabue o Corea del Norte tal ayuda se difuminará en la burocracia estatal y no llegará un solo dólar a los más necesitados. Esa desigualdad artificial creada por regímenes autoritarios y totalitarios perjudican a la sociedad en su conjunto.

Algunos de los dictadores en África: Muammar Kadafi (Libia), Hosni Mubrak (Egipto), Omar Bongo (Gabón), Paul Biya (Camerún), Idi Amin (Uganda), Robert Mugabe (Zombabue)

Algunos de los dictadores en África: Muammar Kadafi (Libia), Hosni Mubrak (Egipto), Omar Bongo (Gabón), Paul Biya (Camerún), Idi Amin (Uganda), Robert Mugabe (Zombabue)

Otro aspecto importante sobre la desigualdad es uno que destaca el reciente Premio Nobel de Economía (2015) y especialista en temas sobre el desarrollo económico y bienestar: Angus Deaton. El economista escocés explica que la desigualdad no ha sido una característica de todas las sociedades humanas puesto que, durante la mayor parte de la historia no hubo desigualdad. La “desigualdad”, añade Deaton, es uno de los “regalos de la civilización”. ¿Qué quiere decir con esto Deaton? Algo simple, pero que resulta no ser evidente y es que el proceso que crea el potencial de civilización no garantiza que tal potencial se dirija de manera equitativa al bienestar de todos sus ciudadanos. En palabras de Deaton, “el progreso en la prehistoria – al igual que el progreso en tiempos recientes – rara vez se distribuye equitativamente; un mundo mejor – si en verdad un mundo con agricultura era un mundo mejor – es un mundo más desigual[1].

2-Pobreza: si usted está dispuesto a aceptar que el nivel de vida de aquellas personas con menores recursos aumente, incluso cuando signifique que los ricos sean más ricos en este proceso, entonces su problema en realidad no es el de la desigualdad, sino que el de la pobreza, de manera nuestros esfuerzos deben apuntar a como reducir la pobreza mundial y no simplemente cerrar la brecha entre ricos y pobres.

Si el problema residiera simplemente en cerrar la brecha entre los que tienen y no tienen, entonces deberíamos expropiar a los más ricos de gran parte de su riqueza para entregárselas a quienes no tienen. El problema es que la riqueza de aquellos que aparecen el top 5 del ranking Forbes no está dentro de una bóveda en la forma de billetes y lingotes de oro. Si usted decidiera arrebatar Zara a Amancio Ortega u otra empresa a otro empresario, lo más probable es que, ante las expectativas a futuro, el precio de las acciones se desplomaría. Pero, como bien señaló Henry Hazlitt el problema de la pobreza NO es uno de distribución sino que de producción.

¿Qué sucedería si simplemente aumentásemos las donaciones en dinero a países africanos? ¿Podríamos inundar en dólares a aquellos países más pobres? El problema con esta clase de pensamiento es que es infantil y, por lo demás, revela que no se entiende en absoluto el concepto de riqueza. La riqueza no se define por la cantidad de billetes que circulan en la economía o que se encuentran en los bolsillos de las personas. En la República de Weimar (Alemania) de la década de 1920 sobraban los billetes y en la Venezuela del siglo XXI sucede algo similar, pero ambas naciones tiene algo en común: la Alemania de ese entonces era pobre y hoy Venezuela también.

Entonces, si la riqueza no guarda relación con la cantidad de dinero existente en una economía, ¿dónde reside la riqueza? Tenemos, pues, que en un país donde existe una gran cantidad de dinero, incluso monedas de oro, sería igualmente pobre si con esos billetes o monedas de oro NO se pueden adquirir bienes y servicios. Después de todo, el dinero es un medio de intercambio que hace circular las mercancía y un dinero de buena calidad es aquel que tiene un alto poder adquisitivo. Si la pobreza fuera simplemente definida como “la falta o carencia de dinero” entonces este problema ya se habría solucionado hace mucho tiempo, ya que simplemente se necesitaría imprimir gran cantidad de billetes. Pero resulta ser que las cosas no son así, ya que un país es rico no porque produce billetes sino porque produce bienes y servicios que podemos adquirir por medios de esos billetes. Por lo tanto, la riqueza de las naciones no reside ni en la cantidad de oro acumulado, ni en la cantidad de billetes impresos ni en la cantidad de recursos naturales disponibles. La riqueza de las naciones reside en la capacidad productiva de los ciudadanos y, por su puesto, de la investigación, innovación y principalmente, de instituciones políticas y un marco jurídico que proteja las libertades de las personas y los derechos de propiedad. Como bien enfatiza el economista del desarrollo estadounidense, William Easterly, los gobiernos pueden acabar con el crecimiento:

Cómo enriquecerse, es decir, crecer depende en tal medida de los incentivos para reducir el consumo presente a cambio de lograr una mayor venta en el futuro, que cualquier cosa que interfiera con estos incentivos afectará el crecimiento. El primer sospechoso de interferir con los incentivos es el gobierno. Cualquier acción del Gobierno que grave el consumo futuro, implícita o explícitamente, reducirá los incentivos para invertir. Cosas tales como una elevada inflación, diferenciales importantes del tipo de cambio del mercado negro, tipos reales de interés negativos, grandes déficits presupuestarios, restricciones al libre comercio, y servicios públicos de mala calidad debilitan los incentivos favorables al crecimiento[2].

Sin duda, cuando hablamos de pobreza, estamos ante un tema complejo en donde no existen soluciones mágicas, pero donde igualmente se han hecho avances importantes, por lo que la “trampa de la pobreza” es una falacia, ya que de la pobreza se puede salir (y se puede volver) pero por medio de trabajos rigurosos por parte de los expertos y no por medio de fraseología absurda y carente de sentido como que la pobreza “será derrotada si terminamos con el sistema capitalista, la globalización y el neoliberalismo.  Tenemos el caso del economista Jeffrey Sachs que ha bajado desde la academia para poner en práctica proyectos en África como las aldeas del milenio, pero principalmente pienso en el interesante trabajo de la economista francesa y académica del MIT, Esther Duflo. En 2003 Duflo fundó junto Abhijit Banerjee el Laboratorio J-PAL de acción contra la pobreza en el MIT, integrado por más de 117 profesionales en todo el mundo.

Regresando al tema de la desigualdad, la confederación internacional formada por 18 ONGs, Oxfam, destaca la importancia de la desigualdad, pero denuncia otro fenómeno preocupante, fruto del capitalismo de compadrazgo, y es la excesiva concentración de la riqueza:

Un cierto grado de desigualdad económica es fundamental para estimular el progreso y el crecimiento, y así recompensar a las personas con talento, que se han esforzado por desarrollar sus habilidades y que tienen la ambición necesaria para innovar y asumir riesgos empresariales. Sin embargo, la extrema concentración de riqueza que vivimos en la actualidad amenaza con impedir que millones de personas puedan materializar los frutos de su talento y esfuerzo... Cuando la riqueza se apropia de la elaboración de las políticas gubernamentales secuestrándolas, las leyes tienden a favorecer a los ricos, incluso a costa de todos los demás. El resultado es la erosión de la gobernanza democrática, la destrucción de la cohesión social y la desaparición de la igualdad de oportunidades[3].

De acuerdo a Oxfam, una de las medidas que se hace necesario implementar en el futuro es poner “freno a la capacidad de la población rica para influir en los procesos políticos y en las políticas que mejor responden a sus intereses” y evitar que la riqueza económica sirva para obtener favores políticos que supongan un menoscabo de la voluntad política de sus conciudadanos. Cabe añadir que Oxfam considera prioritario centrarse en la desigualdad y no en el empobrecimiento. Además señalan que el crecimiento económico se ha traducido en que “el vencedor de lo lleva todo”.

Por otra parte, para el economista Daron Acemoglu junto a otros autores, el panorama es un poco más complejo e involucra, en gran medida, la calida de las instituciones políticas:

Many factors influence the distribution of assets and income that a market economy generate. These include the distribution of innate abilities and property rights, the nature of technology, and the market structures that determine investment opportunities and the distribution of human and physical capital. But any market system is embedded in a larger political system. The impact of the political system on distribution depends on the laws, institutions and policies enacted by that system. What institutions or policies a political system generates depends on the distribution of power in society and how political institutions and mobilized interests aggregate preferences. For example, we expect institutions that concentrate political power within a narrow segment of the population—typical of nondemocratic regimes—to generate greater inequality[4].

Más adelante añaden los mismos autores:

These patterns suggest that the effect of democracy on redistribution and inequality may be more nuanced than often presumed and highly heterogeneous across societies... We found some results suggesting that democratization in the presence of powerful landed elites may increase inequality, and that structural transformation may induce an expansion of opportunities that counteract any additional redistribution, and either of these could explain the absence of an effect on inequality. This interpretation is confirmed by our finding that democracy increases inequality in places that have lower share of population in agriculture, and in times when the global technological and organizational frontier is more inequality inducing[5].

Continuemos haciendo algunas precisiones sobre la pobreza. El concepto de pobreza es uno que se ha enriquecido a lo largo de los años gracias a los trabajos de, por ejemplo, de Amartya Sen (pienso, por ejemplo, en el enfoque de las capacidades). En nuestros días tenemos un concepto más amplio de pobreza: el de pobreza multidimensional. En la encuesta Casen, la pobreza no se reduce solamente a la “pobreza de ingresos”, y ha sido dividida en una serie de dimensiones:

1-Educación: asistencia, rezago escolar y escolaridad.

2-Salud: malnutrición en niños, adscripción al sistema de salud y atención.

3-Trabajo y Seguridad Social: ocupación, seguridad social y jubilaciones.

4-Hacinamiento, estado de vivienda y servicios básicos.

Amartya Sen ha distinguido a lo largo de su trabajo sobre el tema, entre pobreza de renta y pobreza como privación de capacidades, dos dimensiones que están íntimamente vinculadas ya que la renta es generadora de capacidades y las capacidades, a su vez, funcionan como instrumento para poder terminar con la pobreza de renta. Así, tenemos que la pobreza va más allá de la pobreza monetaria o la incapacidad de satisfacer carencias fisiológicas básicas. La pobreza es un concepto relativo en el sentido de que las necesidades no son fisiológicamente establecidas, sino que son determinadas culturalmente, vale decir, se establece un umbral de pobreza teniendo en consideración lo que esa sociedad en particular considera qué es una vida “aceptable”.

Otro rasgo de la pobreza, que suele ser polémico para algunas personas, es que la pobreza es una condición natural del ser humano. Con esto no pretendo naturalizar, justificar y que debamos aceptar la pobreza como algo inevitable. Sólo estoy constatando el hecho que durante miles de años los seres humanos fueron pobres, vivieron en la miseria y luchaban por sobrevivir cada día. Adam Smith no se preguntó en su libro sobre el “la naturaleza y causa de la pobreza de las naciones”, sino que su investigación apuntaba a las causas de la riqueza de estas mismas. La riqueza y bienestar de la cual gozan muchos países en la actualidad ha sido el resultado de un largo proceso, investigación, innovación, avances científicos (inoculación de la viruela) e instituciones políticas adecuadas que permitieran el progreso humano en diversos ámbitos, políticas públicas, etc. En palabras de Deaton:

El mayor crédito por la disminución de la mortalidad infantil y el resultante incremento en la esperanza de vida se debe al control de las enfermedades a través de las medidas de salud pública. Al principio, esto tomó la forma de mejoras de mejoras en la sanidad y los suministros de agua. A la larga, la ciencia se puso al corriente en materia de práctica, y la teo´ria microbiana de las enfermedades fue comprendida e implementada gradualmente mediante medidas más enfocadas y fundadas científicamente (…) La mejoría de la salud pública requirió de la acción de las autoridades públicas, lo que a su vez requirió de la concertación y la acción política y no pudo obtenerse sólo a través del mercado, aunque sin duda el incremento de los ingresos reales hizo más fácil el financiamiento, con frecuencia costos, de proyectos sanitarios[6].

La historia de la generación de riqueza y bienestar ha sido fruto de un esfuerzo y pedaleo constante, de manera que el que cree que el progreso y la riqueza constituyen la regla y no en la excepción en la historia humana, están errando completamente, ya que si se deja de “pedalear”, si cesa el esfuerzo y la innovación, entonces las naciones podrían regresar a su condición natural: la pobreza. Piense en un ejemplo cercano: el de Argentina. Como explica el economista argentino, Guillermo Yeatts, en 1913 este país tenía el décimo mayor PIB del planeta y producía la mitad de todo lo que elaboraba América Latina. A esto añade Yeatts:

Poco tiempo después de ser el desierto de mediados del siglo XIX, aquella Argentina era señalada -junto con Australia y Canadá- como uno de los países más promisorios del globo. Según el mencionado PBI per cápita, en 1913 nuestro país se ubicaba por encima de naciones europeas como Alemania, Francia, Austria, Suecia, Irlanda, Italia, Noruega, Finlandia y España. En consecuencia, Argentina había alcanzado indicadores sobresalientes que lo hacían atractivo de los inmigrantes del mundo y lo constituían en otro "melting pot" (lo que aquí llamamos "crisol de razas")”.

Tal situación cambió en la década de 1930 con el intervencionismo estatal, el populismo y el cambio en las reglas del juego. A esto hay que añadir el gradual cierre comercial producto de la adopción de modelos económicos proteccionistas que seguían la lógica del modelo de “industrialización por sustitución de importaciones”. Sin duda fue el peronismo (y sus actuales encarnaciones) el gran responsable del progresivo declive económico de Argentina: nacionalizaciones empresas estratégicas, subsidios a sindicatos cercanos al poder político, aumento del gasto público, controles de precios, proteccionismo económico (cuotas de importación, altos aranceles, subsidios y licencias). Además el peronismo, al igual que el chavismo, aplicó una política de redistribución del ingreso por medio de impuesto que llevó cuesta abajo a la economía argentina. Como explica William Easterly, el problema coesta clase de políticas populistas es que a la gente pobre no se les subsidia su capacidad para generar ingresos futuros, sino que se subvenciona el consumo presente. En otras palabras, en tales regímenes populistas cortoplacistas, no se estimula el ahorro y la inversión, ya que el foco temporal está puesto en el presente y futuro cercano. Por lo demás, tales políticas “sociales” son más bien redes que el Estado lanza con el objetivo de volver dependiente a las personas de los favores del gobierno (clientelismo).

En síntesis, los seres humanos vivieron durante miles de años en la pobreza extrema y, paradójicamente, existía una igualdad casi perfecta durante aquella era de la miseria. Así, una sociedad de iguales no es necesariamente una más próspera, ya que todos pueden ser “iguales” de miserables en cuanto a condiciones de vida. Como explica el director del Cato Institute's Center for Global Liberty and Prosperity, Ian Vásquez, hay que ser precavidos cuando nos enfrentemos ante las mediciones de desigualdad. Por ejemplo, Vásquez señala que Estados Unidos y Costa de Marfil, presentan prácticamente el mismo nivel de desigualdad relativamente alta (medida por el índice GINI), pero el primer país ocupa el quinto lugar en el Índice de Desarrollo Humano y el país africano está en el puesto 171. Existen sociedades con grandes desigualdades pero con niveles de vida que exceden a otras sociedades donde existe mayor igualdad.

El discurso de la “desigualdad” es uno moderno, ya que la desigualdad social comenzó a surgir con el progreso de la civilización, específicamente con la Revolución Industrial que, desde Inglaterra, se extendió al resto Europa y luego a los demás continentes. La desigualdad, por ende, es consecuencia del progreso, de la creación de riqueza y la reducción de la pobreza. Un hecho irrefutable es que la pobreza ha disminuido, tal como lo constató el economista Xavier Sala-i-Martin. En 1970 1324 millones de personas vivían con menos de 2 dólares y 554 millones vivían con menos de 1 dólar al día. Entre 1970 y 1998, el número de personas que vivía con menos de dos dólares al día disminuyó en 350 millones. En cuanto a las personas que vivían con menos de 1 dólar al día, este se redujo en 201 millones. El Banco Mundial reveló que las personas viviendo en condiciones de pobreza extrema bajaría a menos del 10% para el año 2015 pasado. Esta institución utiliza una línea de la pobreza de 1,95 dólares al día, que tiene en consideración la información sobre la diferencia de costos de vida en los distintos países. En resumen, las protecciones del Banco Mundial señalan que la pobreza disminuyó de 902 millones de personas a 702 millones de personas, que constituyeel 9,6% de la población mundial. En el caso de Estados Unidos, Angus Deaton explica que de todas las niñas nacidas en 1910, un 20% moriría antes de cumplir los 5 años. El problema actual es que existen países como Afganistán, Angola o Suazilandia donde la salud es peor de lo que era en Estados Unidos en 1910. En estos países, uno de cada 1000 nacimientos provocará la muerte de una madre y sólo el 25% de los niños nacidos vivirá hasta los 5 años de edad.

Dado que ahora existen naciones ricas, comenzó a surgir el discurso de que tal riqueza distribuirse equitativamente. Tenemos así un paradigma que aboga por la distribución de la riqueza versus otro paradigma que aboga por la creación de riqueza. Este paradigma redistributivo ha sido defendido por autores como John Rawls (1921-2002), por medio de su idea del principio de diferencia en virtud del cual las desigualdades sociales y económicas inherentes a los cargos y puestos tienen que ajustarse de manera que, cualquiera que sea el grado de tales desigualdades, sea grande o pequeño, redunden o se traduzcan en el mayor beneficio de los integrantes menos privilegiados de la sociedad

El contrincante intelectual de Rawls y también académico en Harvard, Robert Nozick (1938-2002), señalaba que una de las principales razones que se esgrimen para justificar la existencia de un Estado más allá de un Estado mínimo es la justicia distributiva. Fue John Stuart Mill quien defendió la posibilidad de dar un tratamiento diferenciado a las esferas de la producción y la distribución y, desde entonces, se ha intentado encontrar la fórmula mágica que logre equilibrar ambos, lo cual es una falacia ya que no existe tal escisión entre producción y distribución. Esto simplemente responde a la “falacia de la tarta en virtud de la cual la riqueza es preexistente, vale decir, está siempre allí, la riqueza es algo dado y sólo hay que distribuir equitativamente la torta. Lamentablemente  el universo económico en el cual viven los críticos del mercado (como generador de desigualdades), aquellas personas que lo consideran “injusto” como criterio de distribución, es uno estacionario, en donde el hoy es igual al ayer y en donde el mañana es igual a hoy. Cuando uno escucha hablar a estas personas obsesionadas por la desigualdad, parecieran creer que la riqueza no es más que una torta que debe ser distribuida equitativamente y no debemos preocuparnos, ya que la torta siempre estará ahí, independiente del criterios de distribución que se utilice y las políticas tributarias que se adopten, siempre estará ahí. En palabras de Nozick:

 “Imagínese un ‘pastel’ social del cual parece, de alguna forma, que nadie tiene, en absoluto, ningún derecho sobre ninguna de sus porciones, nadie tiene un reclamo mayor que el que tendría algún otro; sin embargo, tiene que haber un acuerdo unánime sobre cómo debe dividirse. Indudablemente, además de las amenazas u ofrecimientos de la negociación, se sugerirá una distribución equitativa, que será considerada como solución verosímil…Si el tamaño del pastel no estuviera, de alguna manera, fijado, y si cayera en la cuenta de que buscar una distribución equitativa llevaría, de alguna forma, a un pastel total más pequeño de lo que de otra manera podría ocurrir, las personas bien podrían acordar una distribución desigual que incrementa el tamaño de la porción más pequeña. Pero percatarse de esto en cualquier situación real, ¿no revelaría algo sobre reclamos diferenciales de porciones del pastel? ¿Quién es el que podría hacer el pastel más grande, y lo haría si se le diera una porción mayor, pero no si se le diera una porción igual bajo el esquema de la distribución equitativa? ¿A quién se le debe dar el incentivo para realizar esta mayor contribución?”[7].

 El filósofo estadounidense propone otra fórmula:

 “De cada quien según lo que escoge hacer, a cada quien según lo que hace por sí mismo (tal vez con la ayuda contratada de otros) y lo que otros escogen hacer por él y deciden darle de lo que les fue dado previamente (según esta máxima) y no han gastado aún o transmitido”[8].

 Nozick plantea – para quienes defienden las distintas formas de justicia distributiva o “no retributivas”  el caso de un famoso jugador de baloncesto, Wilt Chamberlain, que nosotros reemplazaremos por Lionel Messi. Resulta que Messi firma un contrato con un equipo y que establece que en cada partido que se juegue de local, el jugador de fútbol recibirá, digamos, el 15% del precio del ticket de entrada vendido en el estadio. Nozick supone que a la hora de pagar, las personas se encontrarán con una caja especial que lleva el nombre del jugador en cuestión y depositarán directamente ahí el equivalente al 15% del precio de la entrada. La pregunta que hace Nozick es si Messi tiene derecho a recibir este ingreso, si es acaso justa esta distribución. No hay duda de que es justo ya que las personas de manera voluntaria han aceptado pagar el ticket de entrada y destinar así el 15% a la caja especial que va directamente al bolsillo de Messi. La respuesta es que no hay nada de injusto en que el jugador reciba esa cantidad de dinero ya que hay justicia en la adquisición y en la transferencia, es decir, suponemos que cada individuo ganó su dinero de manera honrada por medio de su trabajo y decidió posteriormente pagar voluntariamente su entrada, y destinar voluntariamente el 15% del precio de la entrada a los bolsillos del deportista.

Para Nozick, los principios pautados de justicia distributiva necesitan actividades redistributivas, pero sucede que desde una óptica retributiva, tal redistribución atenta contra los derechos de las personas. Por ejemplo, el autor aborda el tema de los impuestos. Afirma que el impuesto a los frutos de nuestro trabajo se asemeja al trabajo forzado, es decir, tomar las ganancias de n horas laborales, sería como tomar n horas de la persona, esto es, equivalente a forzarla a trabajar n horas para propósitos de otra. El impuesto, que por definición no es voluntario, equivale a que el Estado se apodere de nuestro tiempo y de nuestro dinero, vale decir, trabajamos un tiempo para el Estado y el fruto de ese tiempo va también destinado al Estado. Esto vendría a significar que los principios pautados de justicia distributiva supone la apropiación de las acciones de otras personas, tal como lo vimos en el caso de Rawls quien consideraba las aptitudes de las personas como un patrimonio de la sociedad por lo que las desigualdades de las personas tenían que estar subordinadas a mejorar la condición de aquellos más desfavorecidos. En otras palabras, la “lotería natural” debe estar al servicio de la igualdad social. Al respecto escribe Nozick:

 “Apoderarse de los resultados del trabajo de alguien equivale a apoderarse de sus horas y a dirigirlo a realizar actividades varias. Si las personas lo obligan a usted a hacer cierto trabajo o un trabajo no recompensado por un período determinado, deciden lo que usted debe hacer y los propósitos que su trabajo debe servir, con independencia de las decisiones de usted. Este proceso por medio del cual privan a usted de estas decisiones los hace propietarios de usted; les otorga un derecho de propiedad sobre usted. Sería tener un derecho de propiedad, tal y como se tiene dicho control y poder de decisión parcial, por derecho, sobre un animal u objeto inanimado”[9].

Palabras finales:

Más que palabras, me gustaría plantear preguntas, es decir, que el lector reflexione sobre lo siguiente:

1-¿Desigualdad y pobreza son una misma cosa?

2-¿Es la desigualdad una consecuencia de la pobreza?

3-¿Es la pobreza una consecuencia de la desigualdad?

4-¿Una sociedad de iguales es una sociedad donde existe menos pobreza?

5-¿Una sociedad desigual es una donde existe más pobreza?

Algunos datos importantes

 

 

[1] Angus Deaton, El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad (México: FCE, 2015)l 98-99.

[2] William Easterly, En busca del crecimiento. Andanzas y tribulaciones de los economistas del desarrollo (España: Antony Bosch, 2003), 217.

[3] Informe de Oxfam, Gobernar para las elites. Secuestro democrático y desigualdad económica, 20 de enero de 2014 (documento en línea: http://www.oxfamintermon.org/sites/default/files/documentos/files/bp-working-for-few- political-capture-economic-inequality-200114-es.pdf)

 

[4] D. Acemoglu, S. Naidu, P. Restrepo and J. A. Robinson, “Democracy, Redistribution and Inequality” (documento en línea: http://scholar.harvard.edu/files/jrobinson/files/democracy-and-inequality-december-5- 2013.pdf)

 

[5] Ibid.

[6] Angus Deaton, op. cit., 114-115.

[7] Robert Nozick, Anarquía, Estado y Utopía (México: FCE)., 196-197.

[8] Ibid., 163.

[9] Ibid., 173-174.