Economía: lo que se ve y lo que no se ve (por Jan Doxrud)

Economía: lo que se ve y lo que no se ve (por Jan Doxrud)

Hace varios años atrás, aproximadamente hacia el año 1850, el economista francés, Claude Frédéric Bastiat (1801-1850), publicó un importante escrito titulado Ce qu'on voit et ce qu'on ne voit pas (Lo que se ve y lo que no se ve). Es un escrito de suma relevancia ya que, en esencia, nos muestra lo complejo que resulta ser la economía. No me refiero a que la disciplina que conocemos como “economía” sea difícil, sino que uno de sus principales rasgos es la de ser una disciplina que tiene como objeto de estudio fenómenos sociales complejos, es decir, realidades compuestas de diversos elementos interrelacionados sobre los cuales no podemos ejercer un control total y sobre los cuales no podemos prever todas las consecuencias fruto de las múltiples interacciones. Dentro de los sistemas sociales existen millones de agentes interactuando y de tal interacción colectiva compleja surgen propiedades emergentes (que no poseen los individuos aisladamente). Desde el punto de vista de la complejidad, la distinción entre macro y microeconomía no tendría sentido puesto que justamente lo macro resultan ser un resultado de las interacciones a nivel microeconómico. Por lo demás en este nuevo escenario económico está desterrado la ficción del homo economicus, calculador, racional y maximizador, para dar entrada a individuos con información incompleta, toman malas decisiones y cometen numerosos errores. Autores como Daniel Kahneman, Amos Tversky (1937-1996) y Nassim N. Taleb han profundizado en este útlimo aspecto.

Lo anterior ya había sido advertido por autores  como Bernard de Mandeville, Adam Smith y en el siglo XX fue profundizado por Friederich Hayek. El tema de los límites del conocimiento y la incertidumbre estaba en el centro de la reflexión de Hayek. Tan es así que el discurso pronunciado por el intelectual austriaco al recibir el Nobel en 1974, no trató sobre el neoliberalismo, ni sobre la necesidad de privatizar o de reducir el papel del Estado en la sociedad, como podrían pensar sus detractores. El tema del discurso era sobre la “Pretensión del conocimiento”. Hayek criticó el socialismo por caer en lo que Taleb califica como “arrogancia epistémica”, que es el resultado de la medición de la diferencia entre lo que uno realmente sabe y lo mucho que piensa que sabe, que fue el gran pecado de los planificadores centrales socialistas. En el libro “La Fatal Arrogancia. Los errores del socialismo”, Hayek señala en la introducción que el orden que caracteriza a la sociedad civilizada es uno que no ha sido fruto del designio o una intención determinada, sino que deriva de la incidencia de ciertos procesos de carácter espontáneo. Si tenemos en consideración lo anterior entonces se evitará caer en la “manía planificacionista” en la que cayeron los socialismos reales cuando intentaron controlar todos los aspectos de la economía por medio de un sistema de planificación central. El pensador francés, Michel Foucault, señaló algo similar al lo señalado por Hayek:

No hay soberano en economía. No hay soberano económico. Creo que este es uno de los aspectos más importantes de la historia del pensamiento económico, claro está, pero sobre de la historia de la razón gubernamental. La ausencia o imposibilidad de un soberano económico: a la larga, las prácticas gubernamentales, los problemas económicos, el socialismo, la planificación, la economía de bienestar plantearán este problema a través de toda Europa y todo el mundo moderno...Y todo lo que se ponga de manifiesto, al contrario, como planificación, economía dirigida, socialismo, socialismo de Estado, será el problema de saber si no se puede superar de algún modo esa maldición formulada desde su fundación por la economía política contra el soberano económico, que es al mismo tiempo la condición misma de existencia de una economía política...”[1].

Los gobiernos comunistas pensaron que en economía todo “se podía ver” como una verdadera esfera de cristal, pero en la práctica siguió imperando lo que advirtió Bastiat: existen en economía fenómenos que “no se ven”. Bastiat advirtió que en economía hay que tener en cuenta la temporalidad, el largo y el corto plazo, lo que nos obliga a tener en consideración no solamente los efectos visibles que pueden emerger fruto de nuestras acciones, sino que también aquellos efectos que son invisibles al ojo: aquello que no se ve. El economista francés explica que en la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución y una ley no engendran un solo efecto, sino que una serie de ellos. De estos efectos, añade el autor, el primero es sólo el más inmediato y se manifiesta simultáneamente con la causa, es decir, estamos en el plano de “lo que se ve”. Los otros efectos, en cambio, aparecen sucesivamente y “no se ven”, y bastante sería si acaso los prevemos. Tan importante resulta ser esta distinción que, para Bastiat, es justamente el reconocimiento de este fenómeno lo que distingue a los buenos de los malos economistas. El mal economista sólo centra su atención en “aquello que se ve”, mientras los buenos economistas se centran tanto en “lo que se ve” y en “lo que no se ve”. Por su parte, el intelectual y periodista especializado en temas económicos, Henry Hazlitt (1894-1993), publicó en un breve escrito (1946), que actualizaba los temas abordados por Bastiat en el siglo XIX, lo siguiente:

Es éste la persistente tendencia de los hombres a considerar exclusivamente las consecuencias inmediatas de una política o sus efectos sobre un grupo particular, sin inquirir cuáles producirá a largo plazo no sólo sobre el sector aludido, sino sobre toda la comunidad. Es, pues, la falacia que pasa por alto las consecuencias secundarias. En ello consiste la fundamental diferencia entre la buena y la mala economía. El mal economista sólo ve lo que se advierte de un modo inmediato, mientras que el buen economista percibe también más allá[2].

Así, para Hazlitt, el “arte de la economía” consistía en considerar los efectos más remotos de cualquier medida política y no enfocarse exclusivamente en el corto plazo y, además, debía tener en consideración las repercusiones de tales medidas políticas no sólo en un sector determinado, sino que también sobre todos los demás grupos. Bastiat nos presenta un célebre ejemplo que hoy se conoce bajo el nombre de la falacia de la ventana rota. Imagine el lector que un día un niño rompe la ventana del panadero viéndose este último en la necesidad de desembolsar dinero para reparar el cristal roto. Las personas presentes en el hecho llegaron a sus hogares hablando sobre el tema y la mala acción cometida por el niño. Pero, de repente, el enfoque sobre el hecho cambia ya que, después de todo, el niño ha hecho algo productivo: ha estimulado la demanda de un cristal por parte del panadero. Pero lo que no se ve es el costo de oportunidad para el panadero, es decir, los bienes y servicios que no pudo adquirir con su dinero ya que este tuvo que ser destinado al pago del cristal roto. Por ejemplo, el panadero no pudo comprar ese nuevo traje que tanto deseaba. Pero, un momento, que la historia no termina allí. ¿Qué sucede con el sastre que, ante la nueva situación, no recibirá el pago por el traje? ¿Qué será del carnicero que no recibirá el pago por la carne por parte del sastre?

Pero no nos quedemos en la ventana rota. Algunos piensan que las guerras son efectivamente malas, pero que se debe reconocer que estas generan nuevos empleos. Otro ejemplo: el Sr/Sra Presidente fue afortunado ya que, desde un punto de vista económico, se vio beneficiado por el terremoto y tsunami ya que, después de estos desastres, requirió de mano de obra para la reconstrucción lo cual hizo que disminuyera la tasa de desempleo. Estos ejemplo nos vienen a dar la siguiente lección: la destrucción es beneficiosa y favorece a la nación. Estos ejemplos son simplemente la “falacia de la ventana rota” vestida con otros ropajes, como diría Hazlitt. “Lo que se ve” es que el gobierno efectivamente debe llevar a cabo un plan de reconstrucción de viviendas y hospitales, pero “lo que no se ve”, en término económicos, es todos aquellos proyectos que el gobierno no pudo llevar a cabo producto de los desastres naturales (de más está decir todas las vidas que se perdieron). La guerra y desastres naturales no pueden enriquecer a una nación y, como bien apunta Hazlitt, creer que la guerra trae consigo beneficios se explica debido a que se confunden dos conceptos: necesidad y demanda. Resulta que la guerra, mientras más destruye más empobrece a la población y más necesidades crea durante la post-guerra. Repito que lo que crea la guerra es necesidad y no demanda, y este segundo concepto involucra no solamente una necesidad (demandamos lo que necesitamos) sino que también poder de compra o poder adquisitivo de la moneda. Además la guerra, desde el comienzo de esta misma, altera completamente la estructura productiva de una nación. Durante la guerra, los países darán mayor prioridad a la producción de ciertos bienes bélicos, muchos de los cuales serán destruidos (tanques, aviones, tuercas, tornillos, aviones, granadas, pistolas), a costa de otros bienes, como bienes de consumo y otros servicios de los que se benefician la población civil. En el peor de los casos, se establecerán en aquel país tarjetas de racionamiento, es decir, la población ya no podrá adquirir los bienes y servicios que desea y en las cantidades que estime necesarios. En cuanto a la creación de nuevos empleos tras la destrucción, esto resulta ser también una falacia: la destrucción es generadora de empleo. Si esta idea fuese correcta entonces el problema del “pleno empleo” ya habría dejado de ser un problema hace mucho tiempo atrás. Si la reducción del paro consistiese solamente en emprender programas de obras públicas, entonces los gobiernos deberían concentrarse en este asunto y comenzar a construir pirámides en el desierto de Atacama y piletas en todas las plazas públicas. Pero a esto alguien podrá preguntar: ¿para que serviría construir pirámides en el Desierto de Atacama? ¿Acaso esas piletas y pirámides no significarían un costo (de mantención) para las autoridades públicas una vez que estén lista? Para quien el fin último es promover el empleo a toda costa, es decir, a expensas del despilfarro de dinero en obras improductivas o elefantes blancos, entonces no habrá problema alguno. Por ejemplo el economista y Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, escribió en The New York Times, sobre las consecuencias económicas de los ataques a las Torres Gemelas en el año 2001:

Por horrible que pueda parecer decir esto, el ataque terrorista podría incluso ser beneficioso desde un punto de vista económico (...). De repente hemos pasado a necesitar unos nuevos bloques de oficinas (...). La reconstrucción generará un aumento de la inversión empresarial"[3].

El elefante Blanco por excelencia: Hotel Ryugyong en Corea del Norte. Construcción iniciada en 1987 pero que se detuvo en a principios de la década de 1990 tras una crisis económica y como resultado del colapso del comunismo soviético. Después de 17 años de abandono se retomaron los trabajos, pero aún sigue siendo un triste adorno.

El elefante Blanco por excelencia: Hotel Ryugyong en Corea del Norte. Construcción iniciada en 1987 pero que se detuvo en a principios de la década de 1990 tras una crisis económica y como resultado del colapso del comunismo soviético. Después de 17 años de abandono se retomaron los trabajos, pero aún sigue siendo un triste adorno.

Pero para una autoridad y un economista serio y responsable, esta política resulta ser demagógica y cortoplacista ya que se enfoca en “lo que se ve” (personas trabajando y “reactivación económica) y no en “lo que no se ve” (aumento y despilfarro del gasto público y la construcción de obra improductivas que no tienen ninguna utilidad). Por lo tanto, no pongamos la carreta delante de los bueyes y digamos que el pleno empleo no es un fin en sí mismo, sino que es una consecuencia de la capacidad productiva de un país para la cual, claro está, el empleo es un medio necesario. Usted podrá decidir construir un monumental puente en un lugar deshabitado o invertir en alguna empresa que, en el largo plazo, vaya generando más puestos de trabajo y que, además, beneficie a la sociedad con productos y servicios de calidad. En palabras de Hazlitt:

No hay nada más fácil de conseguir que el pleno empleo cuando, considerado como un fin, queda desligado del objetivo de la producción. Hitler proporcionó empleo total por medio de un gigantesco programa de armamento. La guerra hizo posible el pleno empleo en todos los países beligerantes. Los trabajadores-esclavos en Alemania disfrutaron del pleno empleo. Los presidiarios forzados disponen de pleno empleo. La violencia permite siempre proporcionar pleno empleo[4].

Lo mismo se puede decir de otro dictador: Joseph Stalin quien también logró reducir la tasa de cesantía con elefantes blancos tales como el Canal Blanco-Báltico.

Un país podría promover aún más el pleno empleo si dejase de utilizar maquinarias y tecnologías de punta, ya que, siguiendo el razonamiento “neoludita*”, las máquinas roban el trabajo al ser humano de manera que si nos deshacemos de las máquinas crearemos entonces más puestos. Efectivamente podemos quemar las trilladoras, tractores y los grandes camiones de las empresas mineras, para poder así proporcionar miles de puestos de trabajo que aquellas máquinas “usurpaban” a la humanidad…esto es  “lo que se ve”. Lo que no se ve serían las consecuencias tales como el desplome de la productividad del país en el sector agrícola y minero, la caída en las exportaciones, la pérdida de competitividad, la escasez de divisas y el desplome de las importaciones. En pocas palabras, la nación en su conjunto se empobrecería y vivirían como lo hacían los seres humanos siglos atrás. Si hubiésemos seguido esta lógica ludita y tecnófoba, entonces aún estaríamos luchando contra el sindicato de fogoneros de locomotoras para que no se construya el metro en Santiago,  contra el sindicato de músicos para que prohibiesen el uso de radios, contra el sindicato de “serenos” para que demos la espalda a la luz eléctrica o contra el sindicato de carteros para que rechacemos el uso de correos electrónicos en el país. Hoy tenemos el caso de Uber contra los taxistas o Airbnb contra la industria hotelera. Mañana será Uber contra los autos no manejados por humanos y entre camarógrafos de TV contra las cámaras robóticas…la historia continúa. Siendo sensatos sabemos que, de haber cedido ante estas ficticias demandas sindicales,  estaríamos estancados en el tiempo en comparación a los demás países, y estaríamos transportándonos en carretas tiradas por caballos en lugar de autos (lo cual alegraría a algunos ecologistas radicales aunque enfurecería a algunos animalistas).

Los países más ricos son aquellos en donde se destina la inversión a la investigación, al desarrollo de la ciencia básica y aplicada y a la innovación tecnológica. A lo anterior hay que añadir la existencia de instituciones transparentes, que respeten la libertad de los individuos y los derechos de propiedad. Esos países no son más ricos porque tengan a más personas ocupadas en algún trabajo, sino que son más productivos por que ahorran e invierten en lo señalado anteriormente. Como señala el economista estadounidense, Thomas Sowell, aún estamos presos de la “mística del trabajo”, esto es, la ideade que el trabajo es el único creador de valor, pero la realidad es que la productividad no depende de cada trabajador individual sino que de otros factores como la maquinaria, tecnología disponible, etc. Unido a lo anterior, la teoría marxista-leninista de la explotación del trabajador por parte del capitalista y la creencia de que el trabajo del trabajador es el único creador de valor resulta ser totalmente falsa (por ejemplo las personas ven cómo el trabajador ejerce su trabajo en fábricas o un restaurant, pero no ve los planes de inversión y el capital que el o los inversionistas arriesgan en el proyecto). En relación a esto y a nuestro tema sobre “lo que se ve y lo que no se ve”, explica Sowell:

Lo que puede verse físicamente siempre es más real,  que lo que no se puede ver. Aquellos que visiten una fábrica en funcionamiento podrán ver a los trabajadores creando un producto. Pero no podrán ver la inversión que hizo dicha fábrica posible, mucho menos la planificación, el análisis y la experiencia de prueba y error que hicieron posible la tecnología y la organización con las que los trabajadores trabajan, o las vastas cantidades de conocimiento y perspectivas que se necesitan para lidiar con mercados permanentemente cambiantes en una economía y una sociedad permanentemente cambiantes. Si ignoramos o hacemos caso omiso de estas realidades, creemos que sólo aquellos que manipulan objetos tangibles frente a nuestros ojos están creando la riqueza, y pensaremos que el hecho de que alguna parte de esta riqueza se vaya a otros representa una explotación de sus productores reales[5].

En relación al tema de la explotación, escribe Sowell

Si aquellos que no son trabajadores obtienen su riqueza de explotar al trabajador, entonces sería de esperar que en los países donde haya muchas personas ricas también hayan muchos trabajadores ordinarios que son particularmente pobres. Por ejemplo, dado que Estados Unidos no solamente es el país con mayor cantidad de multimillonarios con fortunas que ascienden a más de mil millones de dólares, sino que tiene casi la misma cantidad de multimillonarios que el resto del mundo en su conjunto, sería de esperar que los estadounidenses de a pie fuesen especialmente pobres, si la teoría de la explotación fuera correcta. Pero, en la práctica, el nivel estadounidense de vida ha sido desde hace mucho la envidia de gran parte del mundo. En contrapartida, vastas regiones del norte de África no tienen ni un solo multimillonario[6].

Regresando al tema de “lo que se ve y lo que no se ve”, piense el lector que está en el supermercado y ve una botella de vino (lo que se ve). ¿Pero acaso habrá pensado el lector lo que subyace a esa botella, es decir, el proceso de producción para que esa botella de vino esté ahí para que sea vista (y comprada) por usted? Por ejemplo, los productores de vinos tienen, como toda actividad productiva, costos. En primer lugar tenemos los barriles de roble, su procedencia (francés o americano), de que bosque viene, el tipo de tostado, la tonelería que los elabora y la distancia que hay que cubrir por su transporte. Otro elemento que se debe tomar en consideración es el rendimiento por hectárea plantada. Esto. Claro está, dependerá de la geografía y el clima, el tipo de suelo, el riego que se aplique, etc. Tenemos también los costos de mano de obra que serán más altos en la época de cosecha y, además, se debe tener en cuenta si la cosecha se hace de forma manual (que implica un mayor cuidado de la planta y racimos) o de forma mecánica. El proceso es largo: despalillado, estrujado, fermentación…hasta llegar a la crianza en botellas. A esto debemos añadir otros elementos: tasa de impuestos sobre los alcoholes y la puntuación otorgada por los enólogos. Pero nosotros sólo vemos la botella de vino. Otro ejemplo es el de un buen y fino chocolate. ¿Acaso hemos considerado cómo la mazorca de cacao pasa a ser cacao en grano y este último cómo pasa a ser pasta de cacao y cacao en polvo? Lo que vemos son efectivamente chocolates (producto final), pero lo que no vemos es el largo proceso productivo: cultivo y cosecha de la planta de cacao, el desgrane, fermentación, secado, almacenamiento, transporte, etc. Último ejemplo: Cuando el lector va al supermercado ve leche, pero “no ve” el proceso productivo que hay detrás, esto es, los recursos destinados a alimentar a las vacas lecheras, recursos destinados a la compra de ordeñadores mecánicos, estanques para refrigeración de leche, camiones cisterna, mano de obra, etc. Pero además tenemos que la leche no se destina solamente para consumir leche sino que también para la producción de distintos tipos de quesos o helados. Además la leche puede ser de distintos de sabores y, además, puede ser descremada, semidescremada y sin lactosa, lo cual viene aún a complejizar el proceso de producción dentro de la industria de los lácteos.

Aún así, hubo regímenes en el pasado que creyeron poder controlar desde un centro, en este caso desde el Estado, la producción de esta clase bienes, fijando el precio y decidiendo qué producir, cómo producir y para quién producir.

Otro ejemplo de lo que se ve y lo que no se ve lo proporciona Sowell: imagine que el demagogo de turno decide que el precio de alquiler de los departamentos grandes de 4 dormitorios deben ajustarse a un “precio” justo. Esta política de control de precios de alquiler puede parecer muy benigna pero en realidad lo que generará es escasez. El resultado será que personas jóvenes que, normalmente buscarían departamentos pequeños para vivir junto a otros compañeros, ahora podrán disponer de uno más amplio, gracias al control de alquiler. Por otro lado, las familias más numerosas verán que la oferta de departamentos más amplios disminuye, de manera que no encontrarán departamentos que alquilar. Por otra parte, aquellos matrimonios cuyos hijos ya viven fuera del hogar probablemente decidirán quedarse en su antiguo y amplio departamento, todos gracias al control de precios de alquiler (hay una baja en la tasa de rotación). Debemos además pensar en aquella persona que alquila su departamento y los incentivos que genera el control de los precios alquiler. ¿Querrán acaso destinar recursos a la mantención del apartamento que, gracias al control de precios de alquiler, no le genera beneficios monetarios? Además, si la oferta de departamentos amplios ha declinado, entonces habrá menos disponibilidad de estos mismo, de manera que esto constituiría otra razón para no destinar recursos a la mantención de este, ya que quien desea alquilar carece de otras opciones debido a la escasez, de manera que tendrá que contentarse con el departamento amplio pero mal mantenido.

Lo anterior nos lleva a otro tema que es el de los precios y a la creencia ingenua de que estos pueden ser manipulados a discreción del demagogo de turno. Si la solución a todos los problemas económicos fuese el control de precios, entonces todos podríamos acceder a todos los bienes que deseásemos, la inflación y la hiperinflación no existirían (la de Zimbabue habría sido entonces una alucinación colectiva), las empresas no quebrarían y el precio de las acciones de las empresas no dejarían de subir. Los precios son otro ejemplo de “lo que se ve y lo que no se ve”. Nosotros sólo vemos un cartelito que nos muestra un precio, pero no sabemos realmente que entra en juego en la formación de ese precio. Dejaremos de lado ciertas excepciones, por ejemplo, en el caso de nuestro país, de la colusión del papel tissue. En ese caso específico tenemos que el precio de ese bien resultó ser uno distorsionado, es decir, un precio que no es producto del libre mercado, sino que de la colusión de empresas, de un oligopolio, de “empresarios” o ejecutivos que defienden el libre mercado en el discurso pero no en la práctica.

Los precios son señales, semáforos o, como señala Sowell, son síntomas de algo subyacente. Los altos precios de los bienes básicos en Venezuela no son el reflejo de que un día los empresarios y pequeños comerciantes se despertaron con un ataque de avaricia y decidieron subir los precios de los bienes básicos a la ciudadanía. Detrás de la inflación venezolana (y al hiperinflación de Zimbabue en nuestro siglo) están las políticas económicas cortoplacistas e irresponsables del gobierno. Algunos podrán seguir creyendo (y engañándose) con “teorías conspirativas”, “inflación inducida”, la “guerra económica” o simplemente, como aseveró el fugaz ministro de economía venezolano, Luis Salas, que la inflación no existe. Pero resulta que tales “explicaciones” (delirios) no le servirán de nada a la hora de evaluar la situación económica de Venezuela, realizar un diagnóstico y aplicar un remedio adecuado a tal situación y, principalmente, evitar en el futuro repetir los mismos errores. 

No hay espacio acá para tratar la macroeconomía del populismo sobre la cual ya me referí en otro artículo, pero el punto es que estos gobiernos se enfocan en el corto plazo y principalmente en “lo que se ve”, es decir, les interesa lograr resultados rápidos y que sean visibles a toda la población. Lamentablemente la gente percibe que efectivamente ha habido cambios positivos, pero lo que no vio la población venezolana fue el costo de las políticas del gobierno. El ciudadano venezolano no captó que una política monetaria expansionista del Banco Central no era sostenible en el tiempo ya que, a la larga, generaría inflación y una pérdida del poder adquisitivo de la moneda. Ningún país puede crecer gastando y acumulando deuda. Los ciudadanos venezolanos, todavía bajo el embrujo de la bacanal monetaria chavista, no advirtieron que con el tiempo, los inversionistas extranjeros, ante las expropiaciones arbitrarias de Chávez y ante el alto nivel de corrupción dentro del aparato estatal (y dentro de ese verdadero botín llamado Petróleos de Venezuela S.A) y el aumento de la inseguridad, optarían por invertir en otros lugares, lo que significaría que el régimen se quedaría cada vez con menos divisas lo cual afectaría gravemente a sus importaciones. El venezolano que quisiera deshacerse de sus bolívares y cambiarlos por otra moneda más segura vería que con el tiempo esto sería imposible por el alto precio de las divisas y por la burocracia que tendría que pasar para efectuar el cambio. Finalmente la única solución sería recurrir al mercado negro. El ciudadano venezolano no logro prever que las políticas de control de precios del régimen y que la ley orgánica de “precios justos” sólo terminaría por arruinar a los comerciantes. Los controles de precios sólo hacen eso, controlar precios, pero los costes no cambian para el comerciante. Ante esta situación el comerciante deberá despedir (dependiendo de la legislación laboral vigente) trabajadores o bajar los salarios a todos y sobrevivir hasta que se vaya a la quiebra. El comerciante podrá también optar simplemente por continuar su negocio en el mercado negro ya que, ante la imposición de precios por debajo de los precios de mercado por parte del gobierno, tales precios no logran cubrir sus costes. De esa manera el ciudadano venezolano verá como gradualmente los bienes a los que normalmente tenía acceso día a día desaparecerán del mercado “legal”, es decir, del mercado donde el gobierno ha decidido imponer “precios justos”. Si el lector da por sentado y obvio que mañana el supermercado estará repleto de bienes, para el venezolano esto dejó de ser algo obvio.  Una difícil situación experimentarán también aquellos empresarios y comerciantes que dependen de las importaciones, ya que verán cómo sus costos se disparan debido a la depreciación del bolívar frente al dólar.

A la larga quienes pierden en este proceso de despilfarro no son los políticos y altos mandos militares chavistas (ellos no hacen colas, no padecen de hambre, ni tienen problemas para acceder a moneda extranjera) sino que el PUEBLO, en cuyo nombre realizaron la revolución bolivariana-socialista del siglo XXI. Pero como hemos sido testigos, el socialismo del siglo XXI que tanto ilusionó a muchos intelectuales, fracasó y terminó de la misma manera que los socialismo reales del siglo XX y la debacle final es cosa de tiempo. Creer que la inflación no existe ya es materia de psicólogos y epistemólogos y  creer que la inflación se controla simplemente por medio de controles de precios, es creer que al paciente con fiebre se le cura rompiendo el termómetro. En suma, aquellos expertos que depositan su fe en los controles de precios no han leído a Bastiat y, por ende, tienen una concepción infantil de la economía, tan infantil como creer que la riqueza es “simplemente” tener más dinero. Vaya a Venezuela y verá como le va con ese discurso. No: la verdadera riqueza radica en lo que un país produce y los bienes que las personas pueden adquirir a cambio de su dinero.

Finalicemos con las palabras ya citadas de Bastiat:

En la esfera económica, un acto, una costumbre, una institución, una ley no engendran un solo efecto, sino una serie de ellos. De estos efectos , el primero es sólo el más inmediato; se manifiesta simultáneamente con la causa, se ve. Los otros aparecen sucesivamente, no se ven; bastante es si los prevemos.  Toda la diferencia entre un mal y un buen economista es ésta: uno se limita al efecto visible; el otro tiene en cuenta el efecto que se ve y los que hay que prever”.

 

[1] Michel Foucault, Nacimiento de la biopolítica (Argentina: FCE, 2010), 327.

[2] Henry Hazlitt, La economía en una lección (España: Unión Editorial, 2008) 29-30

[3] http://www.nytimes.com/2001/09/14/opinion/reckonings-after-the-horror.html

[4] Ibid., 82.

* Movimiento anti-maquinista que surgió durante la revolución industrial y que en nuestro días han resurgido oponiéndose a las nuevas tecnologías. Uno de los casos más extremos fue el del “Unabomber” en Estados Unidos.

[5] Thomas Sowell, Economía Basica. Un manual de economía escrito desde el sentido común (España: Deuesto, 2013), 315

[6] Ibid.,  316.