11-Hablemos del Lenguaje. Los pseudo problemas de Carnap y el Tractatus de Wittgenstein (por Jan Doxrud)

11-Hablemos del Lenguaje. Los pseudo problemas de Carnap y el Tractatus de Wittgenstein (por Jan Doxrud)

“Una lengua es mucho más que un sistema convencional de expresiones que permite entenderse a los miembros de una colectividad. Es, sobre todo, una manera de ser y de pensar, de soñar e imaginar, de sentir y de amar. Un patrimonio que nos permite apropiarnos de un pasado histórico y cultural, de un legado que, por el mero hecho de constituir la materia a la que la lengua que hablamos dio expresión y forma, es también nuestro, parte constitutiva e inseparable de lo que somos”

Mario Vargas-Llosa, V Congreso Internacional de la Academia de la Lengua Española. Valparaiso, Chile (2010)

En el caso de palabras como Dios, Carnap afirma que esta ni siquiera satisface la primer exigencia de la lógica, esto es, la especificación de su sintaxis o, lo que es lo mismo, la forma como aparece en su proposición elemental. Para que cumpliera este requisito deberíamos formular la siguiente proposición elemental: “X es un Dios”, pero, como señala el autor, el metafísico rechazaría esta forma y, de aceptarla, no indicaría la categoría sintáctica de la variable “X”, siendo ejemplos de categorías: cuerpos, propiedades de cuerpos, relaciones entre cuerpos, etc). Lo mismo sucede con otras palabras como “Lo Infinito”, “lo Absoluto”, “lo Incondicionado”, “el No-Ser”, “la Esencia”, etc.

En lo que respecta a las pseudoproposiciones de la metafísica, Carnap señala que suele suceder casos en que se emplean palabras con significado, pero reunidas de manera tal que el conjunto no tiene sentido. Lo que la sintaxis hace es especificar qué combinaciones de palabras son admisibles. Pero sucede que la sintaxis gramatical de un lenguaje natural no es capaz de realizar la tarea de eliminar todos los casos de combinaciones de palabras que resulten sin sentidos. El autor no da los siguientes ejemplos:

1-César es “y”

2-César es un número primo.

De acuerdo Rudolf Carnap, en el primer caso tenemos una secuencia de palabras construida antisintácticamente, en el sentido de que las reglas de la sintaxis exigen que el tercer término esté ocupado no por una conjunción, sino que por un predicado, ya sea este un sustantivo o un adjetivo. En el segundo caso tenemos una secuencia de palabras sintácticamente correcta, pero carece de sentido puesto que “número primo” es un predicado de los números, por lo que no puede ser afirmado o negado respecta a una persona. Para Carnap esta clase de proposiciones son pseudoproposiciones ya que no declara nada y no expresa ninguna relación objetiva existente o inexistente. Así, no constituye un problema y ni siquiera una pregunta valida.

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Carnap analiza pseodoproposciones metafísicas como las de Heidegger. Así, en relación con el concepto se “Nada”, esta palabra se emplea en ocasiones como un sustantivo, en otras como un estado de ánimo (angustia) e incluso se cae en contradicciones como el caso (5)

1-¿Cuál es la situación en torno a esta Nada?

2-Buscamos la Nada

3-Encontramos la Nada.

4-La Nada se manifiesta

5-La Nada existe

Otra palabra que resulta problemática,señala Carnap, es la de “Ser”, debido a su ambivalencia. En unas ocasiones se utiliza como cópula que antecede a y se relaciona con predicado, por ejemplo. “yo soy el autor de este estudio”. En otras ocasiones “ser” designa existencia, como por ejemplo, “yo soy”. Para Carnap, en este último caso, se muestra ficticiamente un predicado donde no existe. Ejemplo de lo anterior lo constituye el célebre “Pienso, luego soy” de Descartes. Un primer problema con esta frase es la conclusión “luego soy” (ergo sum), donde “ser” es entendido como existencia. El problema es que una copula no puede ser utilizada sin un predicado. Puedo decir que “Descartes está con la reina Cristina de Suecia” o que “Descartes es francés”, pero no que “Descartes es”.

Por lo demás, como apunta Carnap, la existencia sólo puede ser enunciada en conexión con un predicado y no con nombres. Por último se puede añadir que la existencia no es un predicado, de manera que tanto Descartes como San Anselmo (y su argumento ontológico) en el pasado, se equivocan de pasar de una suerte de esencia a la existencia, de manera que no puedo concebir “X” entidad como perfecta y, por ende, si “X” es perfecto, entonces tiene que existir porque la perfección implica la existencia . Sin duda es una palabra cercana, familiar pero, a su vez, extraña. Por ello Umberto Eco recuerda en su “Kant y el ornitorrinco”, las siguientes palabras de Pascal:

“No podemos disponernos a definir el ser sin caer en este absurdo: porque no se puede definir una palabra sin empezar por el término es, ya sea expresado, ya sea sobreentendido. Así pues, para definir el ser, hay que decir es, y usar de ese modo el término definido en la definición”.

En suma, para Carnap resultaría que frases como “El unicornio voló hacia la montaña” son admisibles desde un punto de vista lógico, pero inadmisibles desde la experiencia, vale decir, son falsas pero tienen sentido o, como diría Mario Bunge, son referenciales (como cualquier proposición) pero no representan nada en la realidad. Preguntarse acerca de si “el numero 9 es mágico” o “si los seres de planetas que aún no hemos descubierto son más inteligentes que nosotros”, no constituyen preguntas validas ni problemas reales, de manera que no hay anda ahí que responder ni solucionar. 

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Otro autor cercano, pero no perteneciente al Círculo de Viena (ni al neopositivismo) fue Ludwig Wittgenstein (1889-1951).De origen austríaco y perteneciente a un rica familia europea, desarrolló su carrera intelectual principalmente en la Universidad de Cambridge en Inglaterra, bajo la influencia de su maestro y amigo Bertrand Russell. La particularidad de Wittgenstein fue su filosofía en el sentido de que pocas veces se puede apreciar que un filósofo escriba una obra que influya profundamente en la intelectualidad europea y que, posteriormente, escriba otra (póstuma) en donde prácticamente contraría radicalmente a su primera obra. Estas dos obras son el Tractatus Logico-philosophicus (1921) y las “Investigaciones Filosóficas” (1953). Comencemos con el primero. 

El Tractatus es un obra peculiar por la manera en que está escrita. El lector podrá percatarse que la obra consiste en una serie de aforismos dispuestos de acuerdo al sistema decimal de clasificación. En el prólogo, Wittgenstein explica que el libro trata sobre problemas de filosofía añadiendo que la formulación de tales problemas radica en la falta de comprensión de la lógica de nuestro lenguaje. Lo mismo señala Bertrand Russell en la introducción del  Tractatus. De acuerdo al filósofo británico, Wittgenstein s e propone, entre otras cosas, mostrar cómo la filosofía tradicional y las soluciones tradicionales provienen de la ignorancia de los principio del simbolismo y del mal empleo del lenguaje. Más adelante añade Russell:

“Esta última es una cuestión lógica y es precisamente la única de que Wittgenstein se ocupa. Estudia las condiciones de un simbolismo correcto, es decir, un simbolismo en el cual una proposición «signifique» algo suficientemente definido. En la práctica, el lenguaje es siempre más o menos vago, ya que lo que afirmamos no es nunca totalmente preciso. Así pues, la lógica ha de tratar de dos problemas en relación con el simbolismo: l. Las condiciones para que se dé el sentido mejor que el sinsentido en las combinaciones de símbolos; 2. Las condiciones para que exista unicidad de significado o referencia en los símbolos o en las combinaciones de símbolos. Un lenguaje lógicamente perfecto tiene reglas de sintaxis que evitan los sinsentidos, y tiene símbolos articulares con un significado determinado y único”. 

Regresando a Wittgenstein, el austriaco resume el significado de su librocomo sigue:

“Todo aquello que puede ser dicho, puede decirse con claridad: y de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

Extracto de la parte final del Tractatus. Fijarse en la proposición 6.53

Extracto de la parte final del Tractatus. Fijarse en la proposición 6.53

Así, Wittgenstein concibe la filosofía como una actividad que busca delimitar y esclarecer el lenguaje. En el Tractatus (4.112) afirma:

“El objeto de la filosofía es la aclaración lógica del pensamiento.  Filosofía no es una teoría, sino una actividad.  Una obra filosófica consiste esencialmente en elucidaciones.  El resultado de la filosofía no son «proposiciones filosóficas », sino el esclarecerse de las proposiciones. La filosofía debe esclarecer y delimitar con precisión los pensamientos que de otro modo serían, por así decirlo, opacos y confusos”. 

Paso seguido, continúa explicando que el objetivo de su libro es el de trazar límites, no tanto al pensamiento, sino que al lenguaje por medio del cual expresamos nuestros pensamientos. La razón por la que no podemos trazar límites al pensamiento es que, para poder trazar dicho límite, tendríamos que ser capaces de pensar desde ambos lados del límites lo que significaría que deberíamos ser capaces de pensar lo que no se puede pensar. Es por ello que Wittgenstein afirma que el límite solo puede ser trazado en el lenguaje y todo lo que se encuentre más allá del límites es un sinsentido.

En el Tractatus , Wittgenstein defiende una  teoría figurativa del significado o, dicho de otro modo, una proposición constituye una representación de parte de la realidad, tal como lo concebía Russell. De acuerdo a esta teoría figurativa el lenguaje representa algo porque, puesto que existe una semejanza entre el lenguaje y aquello que representa. Así, la “figura” puede ser entendida como una representación, una imagen o un modelo. En virtud de lo anterior tenemos que las figuras deben adquirir los mismos rasgos que los hechos de los que constituye una figuras 

Wittgenstein también coincide con Russell en que proposiciones complejas (moleculares) pueden ser descompuestas en proposiciones simples que, a su vez, se encuentran conformadas por nombres, en otras palabras, existe  un isomorfismo o paralelismo entre el lenguaje y el mundo.   Así Wittgenstein señala en el Tractatus (4.021) que la proposición es una figura de la realidad, pues yo conozco el estado de cosas que representa si yo entiendo el sentido de la proposición. Más arriba, en la misma obra (4.016), el austriaco señala que, para comprender la esencia de la proposición, debemos pensar en la escritura jeroglífica, que figura los hechos que describe y de la cual proviene la escritura alfabética, que también mantiene la “esencia de la figuración”. Más adelante añade (4.06): 

“La proposición puede ser verdadera o falsa sólo en cuanto es una figura de la realidad. ”

Extraído de “Filosofía del Lenguaje” de Francisco Conesa y Jaime Nubiola (ed. Herder)

Extraído de “Filosofía del Lenguaje” de Francisco Conesa y Jaime Nubiola (ed. Herder)

Así, las proposiciones complejas deben representar hechos. En el Tractatus (4.023) añade Wittgenstein un pasaje oscuro en donde vemos nuevamente presente la idea de “isomorfismo” entre lenguaje y mundo, aunque añade la idea de construcción por parte del primero:

“La proposición construye un mundo con la ayuda de un armazón lógico; por ello es posible ver en la proposición, si es verdadera, el aspecto lógico de la realidad. Se pueden obtener conclusiones de una falsa proposición”. 

Las proposiciones simples representan estado de cosas y los nombres representan objetos. Tales objetos, explica Wittgenstein, son simples y forman la sustancia del mundo. En fin el primer Wittgenstein defiende una teoríaa figurativa, un isomorfismo entre lenguaje y realidad y, por último, una concepción de la filosofía como una actividad que se ocupa de esclarecer o clarificar el lenguaje por medio del cual expresamos nuestros pensamientos. Concluye Wittgenstein hacia el final del Tractatus (6.53):

El verdadero método de la filosofía sería propiamente éste: no decir nada, sino aquello que se puede decir; es decir, las proposiciones de la ciencia natural –algo, pues, que no tiene nada que ver con la filosofía-; y siempre que alguien quisiera decir algo de carácter metafísico, demostrarle que no ha dado significado a ciertos signos en sus proposiciones. Este método dejaría descontentos a los demás – pues no tendrían el sentimiento de que estábamos enseñándoles filosofía –, pero sería el único estrictamente correcto.