La religión comunista (por Jan Doxrud)

La religión comunista (por Jan Doxrud)

Concebir  el   comunismo   marxista - leninista (para diferenciarlo  del   comunismo  que   le precede cronológicamente) como una religión no es  un tema  nuevo. Ahora   bien, cabe  precisar  que se  le  concibe  como  una   religión   secular   que   carece   de   una  creencia  en  un  mundo que trascienda al  mundo   material. En  este  sentido, se aleja de las religiones teístas de manera que algunos podrán cuestionar   el   uso   del   concepto de “religión” en este caso. Pero resulta ser que el uso  del  concepto de   “religión” se  a   vuelto más flexible y se utiliza en la actualidad para designar creencias   y   prácticas  que, en  estricto   rigor   (  y    al   igual   que el comunismo), no  sería exacto designarlas como religiones, como   es   el   caso  del  buddhismo  mahayana,  theravada  o  zen,  el shintoismo o el taoísmo. En el caso   del   marxismo - leninismo,  a  lo  largo  del   siglo   XIX   y   el   siglo XX, este presentó ciertos rasgos  que  permiten  encasillarlo  como religión secular. Tenemos, por ejemplo, que el marxismo-leninismo  tiene  sus profetas junto a sus libros sagrados que son considerados como verdaderas fuentes de sabiduría  que  contienen  las  respuestas a todos los problemas  que  puedan   surgir en distintos   ámbitos  de   la  vida. Tales escrituras, además, no pueden   ser   libremente   interpretadas,  es   decir,  el   comunismo  que   surgió y dominaría  el escenario mundial tras la Revolución en Rusia en 1917 (salvo  algunas excepciones) fue  la  versión ortodoxa de Lenin y posteriormente Stalin, de manera que cualquier interpretación que se alejase de la  de Lenin, sería considerada como herética y heterodoxa. Esto llevó al líder bolchevique a tener enfrentamientos  con  personalidades  de  izquierda  de la talla de Bernstein, Kautsky o Luxemburgo, quienes se mostraron escépticos y críticos en relación al rumbo que estaba toman la revolución bolchevique en Rusia.

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Pero Lenin, con su característico estilo agresivo, intolerante  y  dogmático, simplemente asumió que   él   era   el   verdadero   heredero  de  Marx y todo aquellos que cuestionaran sus ideas o la revolución en Rusia, eran mero traidores a la ideología a los cuales no había que refutarlos, sino que condenarlos y sofocarlos. Junto al “Das Kapital” y el Manifiesto Comunista de Marx (y otras obras filosóficas que serían redescubiertas) los escritos de Lenin, así como la de su figura misma de él, serían parte del panteón del comunismo internacional y fue Stalin quien se preocupó, una vez  muerto  Lenin, en  crear  un  verdadero culto al líder bolchevique. En suma, fue Stalin quien creó  el  verdadero  leninismo   y   el  culto a Lenin tanto dentro como fuera de la Unión Soviética. El   comunismo   marxista - leninista   también   posee   una   serie de dogmas que no pueden ser abandonados puesto que forman parte del núcleo del sistema   ideológico,  por  ejemplo, la lucha de clases como motor de la historia, el rechazo del libre mercado (anarquía de la producción), el rechazo    de   la    propiedad    privada   (origen   de   las   desigualdades sociales), el estado de   alienación  en  el  que  se  encuentra el ser humano dentro del sistema capitalista, la misión redentora  de  la  clase  trabajadora (proletariado) y el anhelo de alcanzar la utopía final de una sociedad igualitaria sin clases sociales y anarquista ( el  Estado  deja  de  existir  puesto  que las contradicciones de clases ha cesado). Un comunista consecuente no puede rechazar, al menos en el plano   de   las   ideas,   que   estas   5   ideas   son   medulares   dentro   del   sistema. Otro rasgo del comunismo, vinculado   al   anterior, es el estar dispuesto a sacrificar la realidad en nombre de la utopía final, es decir, es la realidad la que debe amoldarse a la ideología y no al revés. A esto hay que añadir que cualquier fracaso que pueda ocurrir en la construcción de la utopía final no se debe a la ideología en si sino que a los seres humanos que la aplicaron. 

La   ideología   es , para   el   comunista, perfecta,  intocable  y  completamente  inmune a la crítica, de   manera   que   todos  los fracasos   de   los   comunismos reales en el siglo XX no se explican por algún error en la ideología comunista, sino que por su mala aplicación por parte de quienes encabezaban  el  poder   del  Estado. Bajo esta estrategia argumentativa, el comunismo marxista-leninista,   refugiado   en   la   comodidad   de   la   utopía   que sólo existe en sus cerebros, queda completamente libre de cualquier crítica por los desastres cometidos en el pasado y, por ende, liberado de toda culpa, el comunismo podrá seguir intentando someter la realidad a la ideología en el futuro. Pero   esto   no  debe  sorprendernos puesto  que  la  desconexión de la realidad es un rasgo de   todos   los   dogmatismo   que   no   son  capaces  ya  sea adaptarse o simplemente desaparecer. En el   caso  del   comunismo  Revel  señaló   acertadamente   que   ningún totalitarismo puede ser mejorado   sino   que   pueden   o   conservarse   o   hundirse. En  el   caso  del  comunismo, añadía el intelectual francés, la  única  manera  de  mejorarlo  era  deshaciéndose de este, tal como lo harían posteriormente los países de Europa del este.

                                              Museo de la Revolución, San Petersburgo

                                             Museo de la Revolución, San Petersburgo

El escritor ruso Nikolái Berdiáyev (1874-1948), en su análisis de la filosofía soviética en la década de 1930 escribió:

“La filosofía soviética es una teología, comprende una revelación, tiene libros santos, la autoridad de una Iglesia, sus doctores, supone la existencia de una ortodoxia y de herejías. El marxismo leninista se ha transformado en una escolástica sui generis (…) En la Rusia soviética la libertad de buscar la verdad no existe en la discusión filosófica (…) Los antiguos marxistas están casi todos excomulgados pir herejes. (Plekhanof, Bogdanof, Lunartcharsky, Debirin, Bukharin, Trotsky, Riarzanof, Kautsky y Kunof, entre los marxistas de Occidente)”

El comunismo  es una religión de la salvación, liberación y búsqueda de la felicidad aquí en este mundo.  El mundo se encuentra en un estado de desgracia ya sea por causa del imperialismo, el capitalismo o el neoliberalismo, de manera que el comunista se ve a sí mismo como una suerte de redentor   de   la   humanidad.  El   comunismo  (y  esto   lo   diferencia de otras ideologías menos pretenciosas) es  una  amplia   visión de mundo que ofrece un sentido de la historia, es decir, la historia tiene una dirección y fue Marx (y Lenin) quien descifró cuál es el sentido de la historia humana, sus leyes y meta final. El comunismo ofrece, como ya se señaló, un “fin de la historia”, esto es,  una utopía final y los medios necesarios para alcanzarla, para de esa manera salir de este mundo “caído” en el que se encuentra la humanidad, caracterizado por la explotación del hombre por el hombre. El filósofo italiano Franco Volpi (1952-2009) nos recuerda que el filósofo político Eric Voegelin (1901-1985) insertaba a Marx (junto a Hegel y a Nietzsche) dentro de la antigua tradición gnóstica (gnosis = conocimiento) en el sentido de que el ser humano no se salvaba por medio de la fe sino que por medio del conocimiento, en el caso del marxismo, una toma de conciencia del ser humano sobre su situación de alineación y explotación como condición previa para llevar a cabo la revolución. Comos señala Volpi: “En Marx el proceso dialéctico de la historia, que el materialismo histórico-dialéctico permite reconocer, libera al hombre de la alienación y lo transporta a la plenitud de una existencia humana integral”. Así, el Marxismo promete a la humanidad volver a una suerte de paraíso originario que fue destruido con la introducción del sistema capitalista junto a la propiedad privada.

La   fuerza   del   marxismo   no   radica el los tres tomos de “El Capital”, no se encuentra en la idea de la “tendencia decreciente de la tasa de ganancia”, o en los “esquemas de reproducción simple o ampliados”, o en el valor de  uso  o  el valor de cambio o en el la teoría del valor trabajo. La fuerza del marxismo se encuentra en utilizar  ideas  que  apelan a las emociones y deseos humanos, que se encuentra  plasmado, por  ejemplo, en  el  Manifiesto Comunista. Nikolái Berdiáyev señalaba acertadamente:

“El comunismo ha sido considerado hasta ahora más bien desde el punto de vista sentimental y emotivo que desde el intelectual, lo que supone una atmósfera psicológica desfavorable a la comprensión de su ideología”

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Así   el   comunismo   debe   ser  analizado   desapasionadamente, hay   que   analizar   sus ideas, la claridad   y  rigurosidad  de  los  conceptos y, sobre t odo, los resultados  o efectos  en  la  praxis que ha   tenido la   implementación  de  la “idea   comunista” en  la  vida real (juzgar resultados y no las intenciones)   Berdiáyev,  en   su  libro “El   Cristianismo  y   el   problema   del   comunismo”, consideraba   la ideología comunista como heredero del quiliasmo  o   del milenarismo que buscaba establecer un paraíso terrenal. Para Berdiáyev, el comunismo marxista tenía un pasado preñado de espiritualidad (comunismo no materialista = comunión = comunión recíproca en la colectividad, como   unión que se eleva hacia Dios), desde el comunismo  de  Platón, pasando por  los Evangelios, hasta   el   comunismo   descrito   en   la   utopía   de  Tomás Moro. Añadía el autor que el marxismo pretendía ser una concepción universal, integral, que   pretendía  dar  respuesta a todas las cuestiones primordiales  y   a   dar   un   sentido   de   la   vida. Así, para Berdiáyev, el marxismo era a la vez una política, una moral, una ciencia y una filosofía o, en términos modernos, un metarrelato redentor. El comunismo, concluía el autor, era una manifestación de orden espiritual religioso pero que, como religión, era terrible puesto que encarnaba la tentación de “trocar las piedras en panes y de realizar el reino ideal en el mundo”.

El   punto   es   que   el   comunismo   constituía, para   Berdiáyev,  una   religión   que  exigía a sus miembros   una   adhesión   que   abarcaba   la   totalidad   de   su   concepción de  mundo, tenía su propio   catecismo, un   dogma   y   se   dirigía  a  las almas para entusiasmarlas e inspirarles el placer del   sacrificio. En   palabras   del   autor: “El marxismo (…) pretende ser el representante de una misión universal   de   liberación   y  el   salvador   de   la   humanidad”. De   acuerdo a Berdiáyev el marxismo era   un  reflejo del capitalismo europeo del siglo XIX pero que intentó extrapolar su análisis (anclado en ese siglo) tanto al pasado como al futuro, lo cual resultaba ser anacrónico. Algo similar escribiría, años después, Michel  Foucault  (1926-1984), cuando  afirmó: “El  marxismo  se  encuentra  en el  pensamiento  del  siglo XIX como pez en el agua, es  decir, que en cualquier otra parte deja de respirar. Como   ya   señalé   arriba, el   proletariado   cumplía   un   rol   fundamental  dentro  de la escatología marxista-leninista. Al respecto, Berdiáyev explicaba que en Marx, como judío, subsistía una   concepción mesiánica, pero en su caso el pueblo elegido de Israel sería sustituido por una clase social   que   era   el proletariado que, para Berdiáyev, constituía una abstracción o una idea que poco tenía que ver con los trabajadores de carne y hueso que existían en la realidad. Añadía Berdiáyev que la  “verdad”   había  sido revelada a dos miembros  de   la   burguesía,   Marx   y   Engels, y  estos dos últimos   le   impusieron esta “verdad” al proletariado, una verdad que fueron incapaces de asimilarla. El   comunismo   resultó   ser   una   ideología   burguesa   impuesta   al   proletariado.  Dentro de   esta   concepción   de   la   sociedad,  el   ser   humano   e s completamente despersonalizado y queda completamente anulado bajo el concepto de “clase social”.

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Sobre el rol del proletariado, que constituía el “mito capital del marxismo”, escribió el autor:

“Marx   permaneció   israelita   hasta   la   médula, creía  en la idea mesiánica,  en la venida del reino de Dios  a  la  tierra, aunque  esta  se  realizara   sin   Dios (…) Confesaba   bajo  una forma seglar, es decir, ajeno a las raíces religiosas, el antiguo milenarismo israelita. Pero ya no fue para Marx el pueblo hebreo el pueblo  elegido   de   Dios (…)   El   nuevo   mesías   vendrá   con   fuerza  y con gloria realizará todas las esperanzas  mesiánicas, su   reino   será el reino de este mundo. Este mesías apareció a Marx bajo los rasgos del proletariado, de la  clase  de  los  obreros. Marx le atribuyó todas las virtudes del pueblo mesiánico y le concedió las más excelsas del antiguo pueblo de Israel. El proletariado, según él, exento del pecado original de la explotación, mientras las demás clases quedan supeditadas al mismo, es puro y ha de representar el tipo más moral de la humanidad futura”

El politólogo e intelectual   francés Raymond Aron (1905 - 1983), al igualque Berdiáyev, aseveraba que   el “profetismo   marxista”  se   conformaba   al   esquema típico   del  profetismo judeocristiano en   virtud   del   cual se condena “lo que es” en nombre de un esbozo  de  lo  que “debe ser” y “será” en el futuro. Es la nueva Iglesia, encarnada en el Partido  Comunista  de  Moscú junto a los elegidos, quienes tenían  el  rol de guiar el sujeto redentor, el proletariado, el cual jugaba un papel protagónico en la misión de establecer la utopía/paraíso final que era la sociedad sin clases.

El   filósofo   ruso Michail   Kusmitsch   Ryklin   publicó   en   alemán   un  libro  titulado “El comunismo  como  religión. Los   intelectuales  y  la  Revolución de Octubre” (2008), en donde concluye  que  el  comunismo no solamente fue una religión, sino que fue la religión más importante del   siglo   XX. Nos   recuerda   algunas   reflexiones   como  la del filósofo Bertrand Russell (1872-1970), quién   se   entrevistó  con   Lenin   en   Moscú. Si   bien   condenaba  las injusticias causadas por  el   capitalismo, no  avalaba la violencia bolchevique como medio para alcanzar la justicia social. Russell   comparó  el   comunismo  con  el Islam, en el sentido de que el comunismo era una religión militarizada. Lo mismo experimentó el pensador y teórico literario, Walter Benjamin (1892-1940), quien   en   su  viaje  a   Moscú quedó decepcionado del sistema, tal como lo expresó en su Diario de Moscú.  Denunciaba  el  carácter   rígido   de   la  ideología y el hecho de que el Partido solo quisiera propagandistas y no intelectuales   autónomos  e  independientes. También cita el caso del intelectual comunista húngaro Arthur Koestler (1905-1983) quien también sufrió una decepción, pero no fue en   su   viaje en Moscú sino que en España durante la guerra civil, cuando los comunistas soviéticos asesinar  a  los   anarquistas  y  a  la   izquierda   no   estalinista. Una   novela   interesante de Koestler donde denuncia al comunismo soviético es “El cero y el infinito” (1940). Rylkin  aborda  también el caso del dramaturgo  Bertolt  Brecht (1898-1956) quien, a diferencia de Koestler, no se transformó en un apóstata  del comunismo. Lo que se destaca de Brecht es el fenómeno que sucedió con muchos comunistas (incluyendo los actuales) y era la ceguera ante las incoherencias y masacres cometidas por el comunismo soviético

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Repitamos una vez más que la fuerza del comunismo   marxista-leninista apela  más a las emociones que   a   la razón. Esta   ideología  ha  sido la causante de millones  de  muertes  en  distintos países y continentes en donde ser erigió como  la  ideología   oficial  del   Estado. Por  ende, ya no se trata de una   ideología   de   idealistas   sino  que una es ideología intrínsecamente criminal. Como explicaba Jean   Francois   Revel (1924 - 2006), con   el   hitlerismo uno sabía a  que atenerse, puesto que era un  sistema   totalitario y una ideología que señalaba exactamente lo que iba a hacer. En cambio, con el comunismo es diferente, puesto que seduce  con  ideales  sublimes y explota las diferencias sociales dentro   de   una   sociedad  y  promete  un   paraíso   terrenal en donde habrá una igualdad absoluta entre los seres humanos. Pero al final, la historia ha demostrado que el comunismo termina por hacer lo contrario a lo que promete. En relación al nazismo y el comunismo escribió Revel:

“El rasgo   fundamental  en  los  dos  sistemas, e s que los dirigentes, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta y de dirigir el transcurso de la historia para toda la humanidad, se sienten con el derecho a destruir a los disidentes, reales o potenciales, a las razas, clases, categorías profesionales o culturales, que consideran que entorpecen, o pueden llegar un día a entorpecer, la ejecución del designio supremo”

El  talón de Aquiles del comunismo es que es un dogma petrificado que se encuentra completamente desconectado  de  la   realidad. En  términos   económicos  el   comunismo  es  mera  ciencia  ficción y su  antropología, o   concepción  del ser humano, es completamente fantasiosa. Marx señaló que la religión   era   el “opio   del   pueblo”  puesto   que  mantenía  a  la  clase trabajadora en un estado de pasividad y de  aceptación de sus condiciones miserables de vida. Pero,  irónicamente, sucedió que el marxismo - leninismo (y  el  maoísmo) se  transformó  en  el nuevo opio de los intelectuales (Aron) y se mostró como  una religión dogmática, represiva  y violenta que no admitía ningún tipo de disenso en su interior. Marx y Lenin se transformaron verdaderos  fetiches  y  las  personas orgullosamente se autoproclaman como “marxistas” o “leninistas” como si fuesen seguidor del líder de una secta religiosa.

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En suma, el  comunismo  ha resultado ser una aberración intelectual que juega con las esperanzas y deseos  de   las   personas, puesto   que   apela a una serie de valores superiores y a un paraíso final en donde todas las contradicciones sociales   quedarían completamente resueltas. En todas sus versiones, en  todos los  países  y continentes el comunismo se mantuvo   mediante  la violencia, la persecución, la vigilancia  por   medio  de   policías   secretas   e   incluso   llegó a construir   un   muro   en Berlín para evitar que los alemanes se escaparan del infierno en que vivían. Es por ello que el fracaso real del comunismo   no   fue  en   1989   sino  que  en el año 1961, con la construcción del muro en Berlin. Tomando  prestada  las  palabras de C.S Lewis (1898-1963), se podría decir que el comunismo es la peor de las tiranías puesto que es una “ejercida por el bien de sus víctimas puede ser la más opresiva”. El   comunismo   no   ha   cambiado   en   lo más mínimo sus ideas medulares, lo que cambiado es el contexto histórico  mundial y, sin  duda  alguna, si el comunismo lograra nuevamente hacerse con el poder absoluto en una nación determinada, terminaría cometiendo las mismas masacres humanas y debacle económica que cometieron en el pasado.