(III) La influencia del Romanticismo alemán en el pensamiento occidental (por Jan Doxrud)

(III) La influencia del Romanticismo alemán en el pensamiento occidental (por Jan Doxrud)

Otros autores como Friedrich Schelling (1774-1854) eran partidarios de un vitalismo místico lo que se traducía en que la Naturaleza en algo vivo, un proceso inconsciente de autodesarrollo espiritual, explica Berlin. Schelling tenia un suerte de filosofía de la historia que comenzaba con estado bruto u obscuro de inconsciencia que gradualmente avanzaba hacia mayores grados de conciencia. Por ejemplo, tenemos en un primer momento las piedras y la tierra completamente inconscientes para posteriormente dar paso a nuevas formas de vida biológicas como plantas y animales, hasta llegar al ser humano. A su vez, el hombre se esfuerza por adquirir un nivel de conciencia superior. Dentro de este proceso, Dios es alfa y omega, un principio en continuo autodesarrollo. Schelling era un panteísta en el sentido de que todo está en Dios, pero no en el sentido de que Dios es todo. Esta idea ya estaba en Johann Gottlieb Fichte (1762-1814) para quien la Naturaleza esta constituida por una única fuerza que se desplegaba e iba atravesando sucesivos estadios de conciencia que representa el fin último de la Naturaleza. Una tercera característica es el sentido panteísta de la pertenencia al uno-todo, esto es, un enfoque holístico en donde los eres humanos constituyen organismos dentro de un gran organismo que es la Naturaleza. En suma, como exclamó Friedrich Hölderlin (1770-1843) se trata de “ser uno con todo lo que vive”. Una cuarta característica es la función del genio y de la creación artística que son elevados, en palabras de Reale y Antíseri, “a la suprema expresión de lo Verdadero y Absoluto”. Como comenta Berlin, si el ser humano representa la etapa cúlmine en la evolución de la conciencia de la Naturaleza, entonces el artista es quien está facultado para “adentrarse en las fuerzas oscuras e inconscientes que lo habitan y sacarlas a la luz de la conciencia mediante una violenta y agonizante lucha interior”.

Friedrich von Schlegel consideraba el arte como la síntesis de lo finito e infinito y es el “genio creador” el que realiza tal síntesis. Este deseo de lo infinito está representado en la obra de Caspar Friedrich (1774-1840) “El caminante ante el mar de niebla” (1818). Las últimas tres características son: el anhelo de libertad, revalorización de la religión y la influencia de temas específicos como el elemento clásico o el interés por el Medioevo.

 Daguerrotipo de Friedrich Schelling (1775-1854)

Daguerrotipo de Friedrich Schelling (1775-1854)

Otra usual opinión sobre el romanticismo es que, lo que vendría a ser el “núcleo doctrinal”, es su rechazo de los ideales de la Ilustración. El filósofo francés Raymon Bayer (1898-1959) en su Historia de la Estética, afirma que el romanticismo es una reacción contra el racionalismo critico e intelectual y, a su vez, un llamado al sentimiento (Gefühl). Si bien existen aspectos de los filósofos ilustrados que el romanticismo rechazaba, resulta que la Ilustración está lejos de constituir un bloque monolítico cuyos expositores se adherían a una serie de ideas nucleares. Existen cierrtos principios rectores, pero los filósofos ilustrados podían ser católicos, protestantes, deístas, teístas, ateos, agnósticos, literatos, científicos, etc.  La Ilustración no puede reducirse a ideas tales como: historia como progreso, conocimiento objetivo, ateísmo, deísmo, racionalismo, cientificismo, etc. Como bien señala Berlin, dentro de la Ilustración se habían generado una serie de grietas. Por ejemplo Montesquieu destacó el relativismo cultural (importancia del clima, suelo e instituciones políticas) y, por ende, que no existían códigos morales o leyes eternas y válidas para cualquier persona o grupo de personas (Montesquieu no habría estado de acuerdo con la exportación del modelo democrático a países que sólo han experimentado gobiernos dictatoriales ya sea laicos o religiosos). En palabras de Berlin:

 “Lo que Montesquieu quiso decir es que si fuéramos persas educados en un ambiente persa es posible que no deseáramos lo que desearíamos su fuéramos parisinos y educados en París; que no se hace felices a los hombres del mismo modo, que el intento de imponerle a los chinos lo que es agradable para los franceses, o a los franceses lo que lo es para los chinos causaría miseria en ambos caso”.

A continuación Berlin comenta esta idea de Montesquieu y su (aparente) alejamiento del pensamiento ilustrado:

“Esto contradecía parcialmente la concepción de una única forma de vida que, una vez introducida en el universo, podría fijarse eternamente, sin requerir alteración, porque era perfecta, satisfaciendo los intereses y deseos permanentes del hombre (…) Todo lo que Montesquieu señaló era que, sitien los hombres procuraban obtener las mismas cosas, es decir, la felicidad, la satisfacción, la armonía, la justicia, la libertad – él no negaba nada de esto – , diferentes circunstancias creaban distintos medios para alcanzar dichas necesidades.”

Si bien Berlin señala que las observaciones de Montesquieu no contradecían en principio los fundamentos de la Ilustración, sí modificó en cierta medida el cuadro general en el sentido de dar una mayor flexibilidad, vale decir, que quizás existan principios que no sean eternos o que puede que sean más óptimos pero que no son aplicables a cualquier sociedad dada su historia, tradiciones y valores. Otro autor que cuestionó ciertos principios del pensamiento ilustrado fue el escocés David Hume (1711-1776). Como escribí en otro artículo, Hume cuestionó la existencia del “Yo” como una entidad sólida y autoevidente. Cuestiona un concepto central de la filosofía de René Descartes y su “Cogito ego sum”, en donde prácticamente la realidad externa (incluso Dios) nace a partir (o encuentra su fundamento) en el pensamiento, que vendría a ser la esencia del Yo, es decir, existo (soy) en la medida en que pienso. 

                                                                    Hume y Montesquieu

                                                                   Hume y Montesquieu

De acuerdo a Hume no poseemos idea alguna de un Yo tal cual como se entiende en la vida cotidiana., vale decir, nos referimos a un Yo específico cuando hablamos con otras personas, pero al pretender experimentarlo, por medio de la introspección, resulta que ese Yo no es tan sólido y estable como creíamos.  El filósofo se pregunta de qué impresión (sensaciones, pasiones y emociones que aparecen en nuestra mente) podría derivarse tal idea de un Yo. Hume concluye  que no existe una impresión de la cual se derive el Yo. Suponemos que el Yo tiene una existencia continua, pero el problema es que no existen ideas continuas e invariables. En la introspección que realiza Hume dice encontrarse con una percepción particular, como el calor, frío, pero nunca puede “atraparse a sí mismo” (al Yo). Añade que si sus percepciones fuesen suprimidas durante algún tiempo, por ejemplo, durante el sueño profundo,  no se daría cuenta de sí mismo por lo que podría decirse que no existe (no hay Yo). También añade que si todas sus percepciones fuesen suprimidas por su mente y no pudiese pensar, su yo sería aniquilado. En suma, para Hume el Yo carece de una base sólida para su existencia y resulta ser más bien un haz de sensaciones y pareciera que este Yo no existe en sí por sí mismo. A esto, hay que añadir el cuestionamiento por parte de Hume del principio de causalidad. Hume no veía un nexo causal necesario y más bien observaba ciertas regularidades en la naturaleza, ciertos fenómenos que siguen a otros. Para Hume ideas como la de poder, fuerza, energía o conexión necesaria, eran las  más oscuras e inciertas dentro de la metafísica. En fin, la postura de Hume frente al principio de causalidad se resume en su célebre fragmento:

“El impulso de una bola de billar se acompaña del movimiento de la otra. Esto es todo lo que aparece ante los sentidos externos. La mente no percibe ningún sentimiento ni impresión interna de esta sucesión de objetos. Consecuentemente, no existe, en ningún caso particular de causa y efecto, ninguna cosa que pueda sugerir la idea de poder o conexión necesaria”.

Incluso Hume llegó a poner en entredicho la posibilidad de deducir lógicamente la existencia de un mundo externo, tal como sí se puede en geometría, lógica o aritmética. Esto último se traducía en que los seres humanos debían aceptar el mundo externo como una cuestión de creencia o confianza, en otras palabras, carente de certeza deductiva. Sobre las ideas de Hume, comenta Berlin:

“(…) Hume debilitó aquella posición según la cual el universo era una totalidad racional, donde cada parte era lo que era, necesariamente, porque lo requerían las otra partes. Y se representaba esta totalidad como algo bello y racional por el hecho de que ninguna de las cosas incluidas en esta podían ser de otro modo más que del que eran”

Lecturas

-Isaiah Berlin, Las raíces del Romanticismo

-Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán.

-Juan José Sebrelli, Las aventuras de la vanguardia: el arte moderno contra la modernidad

-Entrevista a Michael Löwy

https://www.rebelion.org/hemeroteca/izquierda/lowy230102.htm

-Ludovico Geymonat, Historia de la filosofía y la ciencia

-Giovanni Real y Darío Antíseri, Historia de la Filosofía. Del Romanticismo al empirocriticismo.

-Raymond Bayer, Historia de la Estética.