(II) Thomas Keating, O.C.S.O y la Espiritualidad Cristiana desde abajo (por Jan Doxrud)

c) Thomas Keating y la espiritualidad cristiana

En  el  lo que sigue de este escrito me referiré al tema  de  la espiritualidad desde la perspectiva de   la   tradición   cristiana - católica   y   me   basaré  principalmente en  los escritos del nonagenario monje   católico  perteneciente  a  La  Orden   Cisterciense de la Estrecha Observancia (también conocida   como   Trapenses)  me  refiero al padre Thomas Keating (1923). Keating es uno de los principales   maestros   de  oración  contemplativa (Centering  Prayer)  dentro   del mundo cristiano. Cursó   sus   estudios   en  Yale y Fordham, para luego ingresar a la vida monacal. Actualmente reside en  el monasterio benedictino en Snowmass, Colorado. La comunidad monástica Cisterciense (a la que   pertenece   Keating) nació   en  Francia a comienzos del siglo XI, específicamente en 1098, cuando  un grupo de monjes del monasterio Cluniacense de Molesmes, bajo la dirección de Roberto de   Molesmes, formaron   una   nueva   comunidad  en   la   localidad  de  Citeaux (Cister). Sucedió que  Roberto tuvo que  regresar a su antigua comunidad y sería su cercano hermano monje, Alberico quien  se  transformó  en  Abad de la  comunidad y quien recibiría del papa Pascual II la aprobación. Ahora  bien, fue   bajo  la poderosa personalidad de San Bernardo de Claraval (Clairvaux) la orden cisterience comenzaría un fuerte desarrollo y expansión en Europa

Continuemos   ahora  explicando   el  concepto  de  espiritualidad, siguiendo a Thomas Keating O.C.S.O  (Orden  Cisterience  de  la  Estricta  Observancia) y  otros autores dentro de la tradición cristiana - católica. El   camino   espiritual, explica   Keating, “es  el  entrenamiento  para consentir a la  presencia  de  Dios y a todo lo que nos rodea. Básicamente podríamos  decir  que  ésa es la definición de humildad, en todo el sentido de la palabra”. La espiritualidad para Keating apunta, en última instancia, a alcanzar lo más profundamente el amor de Cristo dentro de nosotros para luego manifestarlo en su plenitud  al  mundo. Esto  es lo que Keating define como el “alma del camino espiritual”, de manera que,  si   bien   la   praxis  espiritual   implica  un  fuerte  e  intenso trabajo personal (que iremos explorando),  esta   transformación   interior  debe  ponerse  a  prueba en  el  mundo   real, esto es,  en   nuestro quehacer cotidiano, puesto que ¿qué sentido (y mérito) tiene recorrer el camino espiritual  si  este sirve a  un fin  egoísta que es sentirnos satisfechos con nuestros propios logros en este ámbito?

                                                           Thomas Keating y el Dalai Lama

                                                          Thomas Keating y el Dalai Lama

El egoísmo y la soberbia pueden adoptar muchas máscaras y una  muy sutil (difícil de detectar) es   cuando  se  entremezcla   con   la   espiritualidad. La  pregunta clave es ¿cuál es tu motivación? ¿Hedonismo y placer espiritual? ¿Quieres ser admirado y reconocido ? ¿Sentirte bien contigo mismo? ¿Sentirte   contigo  mismo  y   también  con  los  demás? ¿Te unes a una comunidad espiritual por tu inseguridad de sentirte solo? Otro aspecto de la praxis espiritual es una que ya mencioné y es que esta   no   consiste  en  un camino de ascenso, sino que por el contrario, uno de descenso puesto que   implica  un  camino   hacia   nuestro   interior, a  reconocer   nuestros   condicionamientos y nuestras sombras, pero para ello también es necesario tomar en consideración en el mundo en que  nos  desenvolvemos, ya  que no podemos comprendernos a nosotros mismos dentro de una suerte de vació cultural. Uno conoce sus flaquezas, sus vicios y defectos por medio de la interacción que  uno  tiene  con  las   demás personas. Las personas, especialmente aquellas que nos producen enojo, actúan  como espejos  en  los  cuales quedan reflejadas nuestras flaquezas, pero preferimos culpar   al   espejo  y  no  a nosotros mismos de no saber reaccionar con mayor sabiduría. Al respecto explica Keating:

“Para que seamos felices, los únicos que tenemos que cambiar somos nosotros mismos. Si algo nos altera, el problema   es  nuestro, y continuaremos experimentando tormentas de orden emotivo hasta que cambiemos la   raíz  de  dicho   problema,   es  decir, el   programa emocional de felicidad en nuestro subconsciente. Y el esfuerzo que hacemos para cambiarlo es lo que llamamos virtud”.

En la Regla de San Benito, capítulo 7 (Humildad) puede leerse:

“Por tanto, hermanos, si queremos llegar a la cumbre  de  la humildad y llegar pronto a aquella exaltación celestial a la que se asciende por la humildad de la vida presente mediante los peldaños de nuestras obras, tendremos   que   levantar   aquella   escala   que   Jacob vio en sueños y en la que se veían ángeles bajando y subiendo.   Sin duda   alguna, en el bajar y subir no entendemos otra cosa sino que por la exaltación se baja y por la humildad se sube. Pues esa escala levantada es nuestra vida temporal que Dios eleva hasta el cielo por nuestra humildad de corazón. Los largueros de esa escala son nuestro cuerpo y nuestra alma. La vocación divina ha dispuesto en ellos diversos peldaños de humildad o de observancia que se deben subir”.

Anselm   Grün   nos   recuerda   una serie  de  frases que apuntan a lo mismo. Teodora de Rossano, Abadesa del monasterio de Santa Anastasia (Calabria) señalaba: “Ni la ascesis, ni las vigilias, ni ningún trabajo   laborioso   otorga  la  salvación,  sino  tan  solo  la  verdadera humildad (…) ¡La humildad es la vencedora de los demonios!”. Por su parte la anacoreta cristiana Sinclética de Alejandría afirmaba: “Así como es imposible construir un barco sin clavos, tampoco puede ser uno bienaventurado sin la humildad”.

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Keating   cuenta  su  propia historia de cuando ingresó cuando era joven al monasterio. Ingresó puesto que estaba convencido de que quería pasar su vida buscando la unión con Cristo. Explica que en  aquellos  tiempo  el  régimen de  austeridad dentro del monasterio era extremo, pero esto era algo que no le molestaba en absoluto al joven Keating, puesto que era justamente lo que buscaba, esto es, someterse a la más estricta de las órdenes  y  renunciar  a  todo lo  que  fuese necesario renunciar para encontrar a Cristo (familia, amigos y comodidades. En suma, para Keating el progreso espiritual y la mortificación iban de la mano. En palabras de Keating: 

“Le  metí  el diente  y  me  tragué  no  solo  la carnada, sino también el anzuelo y la cuerda de todo aquel reglamento y logré sobrevivir porque  le  suplicaba de rodillas a Dios que me ayudara. Solía ir a la iglesia en todos mis momentos libres (…) Según  el reglamento,  cuando   un   monje  oraba  a  solas en la iglesia, debía hacerlo arrodillado o de pie. Orar sentado estaba prohibido. Aunque se me estaban formando callos en las rodillas de pasar tanto tiempo arrodillado, tenía la esperanza de que mi perseverancia  en  ampliar los períodos de oración me ayudaría a realizar mi ideal de llegar algún día a ser un contemplativo”.

Cuenta  Keating  que, aproximadamente  un año después, otro persona ingresó a la comunidad, pero que había tenido la  sensatez  de obtener una dispensa del Abad que le permitía apartarse de las reglas y,  por  ejemplo, sentarse  durante  las  visitas a la Iglesia. El joven Keating comenzó a percatarse de la buena disposición de su hermano monje y de su sonrisa cotidiana. Keating explica que su hermano monje había despertado en él la peor forma de envidia: la de carácter espiritual. En palabras del monje:

“Sentado  allí  día  tras  día  con  aquella envidia tan espantosa, oraba para que desapareciera pero, por el contrario, las cosas empeoraron. De  vez  en cuando, y sobre todo cuando había tenido un mal día por otro tipo de dificultades, mis celos se reflejaban  hasta  en mal sabor de boca. Realmente podía sentir el sabor de la   envidia  en  mi  boca  mientras pensaba: ¡Esto es como clavarle el diente a un pedazo de estiércol! ¡Y el estiércol soy yo!”.

Así   regresamos   al   tema   de   nuestras   relaciones  con  las   personas   que nos rodean. Como podemos  ver  los  celos  y  la competitividad  no se dan solamente en “ambientes seculares”, es decir, en  nuestro espacio de trabajo, sino que también dentro de los monasterios, puesto que quienes están ahí son también seres humanos con deseos y metas que desean alcanzar. Sobre el hermano monje que causaba envidia a Keating, explica que él (su hermano monje) no había hecho nada sino que Dios lo usó  como   espejo  para que él (Keating) viese reflejado sus propios problemas. Añade que Dios, con   acierto   increíble, sabe   poner   el   dedo   en  la   llaga que necesita ser curada en aquel preciso momento de nuestro crecimiento espiritual.

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Los condicionamiento a los que estamos sometidos pueden ser modificados, pero para ellos hay que saber tomar conciencia de estos y reconocerlos. La actitud de una persona puede causarnos enojo, pero está en nosotros en si decidimos quedar atrapados en ese enojo y culpar a esa otra persona de “nuestro”   enojo  o   simplemente   aceptar   el   enojo pero gradualmente dejarlo ir, soltarlo. Esto   se   asemeja   a aquel  capítulo  de  los Simpsons en donde el brazo de Homero queda atrapado en   una  máquina  dispensadora. Cuando ya estaban a punto de cortarle el brazo, a una persona se le ocurre preguntarle a Homero si acaso estaba manteniendo la lata de bebida apretada con su mano…Así Homero se liberó y salvó su brazo. En palabras de Keating: 

“Podemos aprender a identificar nuestros programas emotivos de felicidad por las emociones aflictivas que generan. Básicamente  podríamos   enumerar   estas   emociones   como ira,   dolor, temor, orgullo, codicia, envidia, lujuria y apatía. Estas emociones acompañan  a  la persona  donde  quiera que vaya. Por ejemplo, una   persona   que  emprendió  el  camino espiritual puede fácilmente caer en la soberbia, el creerse mejor y más elevado que el resto de  la  humanidad. Puede caer también en la lujuria que, como señala Keating, se   traduce  en  el  deseo  desorbitado  de  encontrar  satisfacción  y  el  objeto   de   este   deseo  desorbitado puede ser dinero, bienes materiales y también experiencias espirituales. En realidad estas son emociones por las que cruzan la mayor parte de quienes han emprendido el camino espiritual y que han sido sometido a una serie de tentaciones tal como las sufrió Jesús en el desierto o Siddharta en manos de Mara. Si nuestras emociones se originaron en las necesidades instintivas de supervivencia, seguridad, afecto, estima, poder o control, los eventos que las frustren inevitablemente generarán alguna emoción aflictiva”

Es darse cuenta, el poder percatarse de cómo operamos internamente, de cómo reaccionamos ante la adversidad lo que demuestra nuestro crecimiento espiritual, lo que convierte en una persona en aquello   que   denominamos   como   “sabia”, lo  cual no es sinónimo de ser culto o inteligente. Incluso  pueden haber personas muy versadas en temas espirituales, pero no por ello son sabios, al  igual   que  el  profesor  de  ética  no  es necesariamente el que lleva una vida más ética. Es un proceso  complejo  pues, como  apunta  Keating, las personas pueden crecer intelectual, física y hasta espiritualmente, mientras que emocionalmente   sus   vidas   siguen   estancadas  a nivel infantil. Una persona   podrá   engañar   por   algún   tiempo   a  las  demás  personas mostrando una falsa máscara espiritual,  después  de  todo, actuar,  hablar  e  incluso   vestirse  de  maestro  espiritual puede ser relativamente   fácil, basta  ver  la  cantidad  de sectas que han terminado en suicidios colectivos u organizaciones religiosas dirigidas por personas que resultaros, a la alrga, ser seres orgullosos, soberbios   y   ávidos   de   ejercer   poder   y   control   sobre   su  comunidad,  y generar un lazo de   dependencia  enfermizo (cuando  en  realidad  lo  que un verdadero maestro debe promover es lo contrario). Ante esto, Keating señala que las personas no deben encerrarse en un monasterio o mortificarse  día  a  día para ser mejores personas. Aquí entra el concepto de “arrepentimiento” que Keating lo interpreta como un “cambiar de rumbo” en nuestra búsqueda de la felicidad

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Otra lección de la experiencia de Keating en el monasterio es lo perjudicial que puede ser el que las personas  fabriquen  una imagen perfeccionada de sí mismos (un ideal) e intentan por todos los  medios vivir ante  tal  imagen, lo cual se puede traducir en una serie de frustraciones por no estar   a  la  altura   del  ideal. Caen   en   el   error   de   creer   que   el   camino   espiritual   es   un camino   ascendente.  Keating   explica  que  la   espiritualidad es una lucha interior por desarmar el  “falso Yo”,  “el  dilema  entre lo que deseamos hacer y sentimos que debemos hacer, y nuestra increíble   incapacidad   para   hacerlo”, tal  como   lo   planteó   San   Pablo   miles  de años atrás cuando   señalaba   que  ni siquiera sabía lo que le pasaba, porque no hacía el bien que quisiera, sino, por  el  contrario,  el  mal   que   detestaba.  El  falso  yo , explica  Keating, es “el producto de nuestros programas   emocionales   de   felicidad   y   de   las   motivaciones  que  crearon las cuales se volvieron más intrincadas cuando nos integramos en una sociedad que contribuyó  a  reforzarlas por el sólo hecho de que queríamos identificarnos con ella”.

Si usted es envidioso, rencoroso y competitivo, no importa si es empresario, sacerdote o monje, tales   rasgos  lo  acompañarán  y  se  adaptarán al ambiente en el que se desenvuelva. El falso yo resulta ser, por lo demás, muy  dependiente de  lo  que “opinan los demás”. Keating denomina bajo el  nombre de “conciencia  de  asociaición  mítica” como  la  identificación incondicional con el grupo (la nación, alguna ideología  e incluso a alguna comunidad  religiosa). Como nos recuerda Keating   las   palabra  de  Jesús “Si   alguno   quiere   venir  a mí tiene que dejar a un lado a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos, a sus hermanos, a  sus  hermanas, y  aúna  su propia persona, o no puede ser   mi  discípulo”, se   dirige  a  aquellas  personas que se encuentran en el nivel de asociación mítica. Continúa explicando Keating:

“Podemos estar segurísimos que no quiso decir que dejáramos  de  cuidar  a  nuestros padres (…) Lo que el texto   nos   recalca   es   que  no  nos  dejemos   atrapar por  un  conformismo que nos impida practicar las enseñanzas   del   Evangelio. Al hacernos mayores   cambia   nuestra  forma de relacionarnos con Dios, con los demás y con nosotros mismos. Comenzamos la vida dependiendo de nuestros padres luego nos igualamos con ellos. La  primera  relación muere para dar lugar a la segunda. Seguimos queriéndolos, pero si ellos nos piden   que  hagamos   algo que no coincide con nuestra escala de valores, tenemos que ser capaces de decir, “Yo os quiero mucho, pero no os puedo complacer en este asunto”.

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Así,  el  camino   espiritual  requerirá  de  la  persona aprender a decir NO, esto es, decir no a la familia, al grupo o a tus amigos. Como señala Keating,  puede  que  una persona que ha emprendido este  camino  pierda  unos  cuantos  amigos   que   se   sentirán   intimidados   por  el  radical cambio de   vida,  de   manera   que   el  camino espiritual puede ser muy solitario en un principio. En suma, Keating afirma lo siguiente: “Es una virtud ser leal a la familia, la patria y la religión, y estar agradecido por  todas  las  cosas que hemos recibido de ellas, pero la lealtad no puede ser un valor absoluto. Tiene que ser  mirado  bajo  la  luz  de  la  conciencia   mental   egoica”. Este   nivel  más maduro de conciencia lleva   consigo  una responsabilidad por la comunidad en que vivimos, en la medida en que podamos influenciarla para mejorarla. Así, tenemos que la conciencia mental egoica da un pasó más allá de la  conciencia  de  identificación mítica  puesto  que, como   explica   Keating,  supone   dejar de identificarnos   con  los  valores  que  la  sociedad  nos inculca, ya sea por raza, patria o religión, cunado éstos se interponen con nuestra relación personal con Cristo.

Para   Keating, Jesús   crucificado  constituye  el  símbolo de la condición humana en estado de conciencia mental egoica. Jesús, fiel a sus principios  y  afrontando el miedo y la angustia (tal como se retrata en el Huerto de los Olivos)  fue  capaz  igualmente  de enfrentar y conquistar la muerte. La muerte  es  lo  que Keating denomina como el “tercer consentimiento”, siguiendo aquí al teólogo católico  y  académico  de  Teología en la Universidad de Notre Dame, John Dunne (1929-2013). De  acuerdo  a  Dunne   explicaba  que  las  distintas  etapas del camino espiritual corresponden a los diversos  períodos  de  la  vida  humana  y  en  cada  uno  de  estos períodos Dios pide al ser humano el   correspondiente  consentimiento. El  tercer   consentimiento  es  aceptar  el  “No Ser”, es decir, la enfermedad, la vejez y la muerte.

Vemos, pues,  que  la  espiritualidad es   un  camino  de  descenso  y  como señalé más arriba, el ser humano se ve enfrentado a un a serie de tentaciones durante el trayecto. Thomas Keating nos trae  a  la  palestra  a  un  personaje  que  constituye   el  “paradigma   del  camino  espiritual”, que es   San   Antonio  de  Egipto   nacido   en el   año   251   y   cuya   vida   nos   viene   dada  de  la mano   de  Atanasio. San   Antonio, si bien  no  fue  un  príncipe como Siddharta, gozó de una vida cómoda, hasta  que  quedó  huérfano  a  los 18 años y su mundo entero se le derrumbó. Siguiendo el Evangelio  de  San Mateo (21-23), Antonio, para  poder  alcanzar la  perfección  se   deshizo de todas sus   riquezas   dejando  lo   necesario   para   su   hermana  y  se retiró al desierto para llevar una vida de  asceta. Anselm  Grün explica que el desierto no es solamente un campo de batalla, sino que es un lugar  de  mayor  cercanía a Dios, tal como lo experimentó el pueblo de Israel que fue el lugar donde Dios  estuvo   más   cerca. A  su  vez,  el  desierto fue para Israel un tiempo de prueba y un tiempo de glorificación de Dios

 Las tentaciones de San Antonio, Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

Las tentaciones de San Antonio, Jan Brueghel el Viejo (1568-1625)

En su nueva vida, Antonio tuvo que luchar contra las tentaciones del demonio o, más bien, tuvo que luchar contra sí mismo. En primer lugar fue tentado con sus antiguas propiedades, su hacienda y sus tierras. En  segundo  lugar tuvo que enfrentar el recuerdo de cuando compartía   con  sus  amigos y familia.  En   tercer  lugar  fue  tentado   con  el   dinero   y   la   situación  en  la que se encontraba su hermana. Posteriormente comenzaron otras tentaciones aún más poderosas. Tenemos la tentación por   el  poder,  el  deseo  de ejercer   control   sobre   los demás ascetas y de ser famoso y reconocido. Las  tentaciones  de San  Antonio, explica Keating, son de dos categorías. En primer lugar la positiva, que   consiste  en  la  atracción que  sentía hacia  las  cosas  que  había  disfrutado en su vida anterior. En  segundo  lugar  esta  la  tentación   negativa,  que  consiste en que rechace la nueva vida de asceta que  había  emprendido. Lo que le sucedió a San Antonio es que aún operaban en él sus antiguos programas  de  felicidad (falso yo) y, como  señala  Keating, el camino espiritual “se caracteriza por   el   resurgimiento   paulatino  de  nuestras   viejas   motivaciones, el  lado oscuro de nuestra personalidad, y los  traumas   emocionales  de  la  primera infancia”. No hay nada que ayude más a reducir el orgullo que la experiencia real  del  conocimiento  propio”. Keating nos recuerda que esta etapa en donde descubrimos nuestras sombras y todo aquello  que  nos produce rechazo y vergüenza, es lo que el místico español San Juan de la Cruz denominó como “la noche de los sentidos”. La “noche”  se  refiere  al   oscurecimiento  de  la  forma acostumbrada en que las personas se relacionan con Dios  y  que  se  caracteriza  por  algunos “síntomas”. El  primero, señala Keating, es la presencia de  una   aridez   generalizada   tanto   en   la oración  como en la vida cotidiana, una disminución de la satisfacción que produce la relación con Dios. Por otro lado tampoco produce placer las cuestiones mundanas. Continúa explicando Keating:

Esta experiencia, que es positiva, no es un descontento con algo concreto que se relacione con placer, poder o  seguridad. Nace  del   reconocimiento  de  que  nada en la creación nos puede producir una satisfacción ilimitada. Iluminados por esta intuición, sabemos  que  todos  los  placeres  que  buscábamos  cuando  nos motivaban nuestros programas emocionales no nos van a hacer felices. Esto nos hace caer en  un  estado  de gran pesadumbre, a la raíz de los cual le empezamos a dar un valor relativo a todo lo que estábamos seguros que podía llevarnos a la felicidad”.

El  segundo  síntoma   experimentado por  San  Juan  de  la Cruz es una manifestación de miedo de que  se  está  retrocediendo en el camino  y  que  por  nuestras  faltas, estamos ofendiendo a Dios. El tercer  síntoma  es  el  no  pode o no   sentir   inclinación   alguna a  practicar la meditación reflexiva. San   Juan  de  la  Cruz   también experimentó una serie de tentaciones relacionadas con la lujuria, la blasfemia,  la   inseguridad.  A  la  “noche  de  los  sentidos” le  sigue   la   etapa   de  purificación, la “noche  del   espíritu”, en donde el deseo de poder y poseer y el narcisismo espiritual se purifican,  comenzando  el  proceso  de unión divina y la liberación del falso yo. Keating explica que son cinco los frutos de la “noche del espíritu”.

 Sepulcro de San Juan de la Cruz en el Convento de los Carmelitas Descalzos  (Segovia)

Sepulcro de San Juan de la Cruz en el Convento de los Carmelitas Descalzos  (Segovia)

En   primer lugar  la  liberación  de  lo  que  podemos   denominar   como   el  “ego espiritualizado”, “complejo   de   mesías  o salvador”, es decir, el creer que, dado mis atributos espirituales, soy especial y,  paso  seguido,  caer  en  la   tentación   de   desear   reconocimiento  y  dominar  a  los  demás. En segundo   fruto   es   el  dominio (no  represión)  de  las  emociones, aceptándolas e integrándolas en la parte racional de nuestro ser. El tercer fruto es la purificación de la idea que se tiene de Dios, aquel Dios de la infancia o del grupo social al cual la persona pertenecía. En palabras de Keating:

“En la noche del espíritu Dios se revela  en  una  forma  inmensamente superior, como infinito, inefable e incomprensible,  como  se  le  manifestó  a  Moisés en el Monte Sinaí y a Elías en el Monte Horeb. Nadie puede describir con palabras la experiencia de fe pura, lo único que sabemos es que sentimos un a inmensa energía interior, a la cual es imposible darle un nombre. Esta enorme energía, puede ser experimentada por algunos como algo impersonal, aunque ciertamente cos llega en forma personal”.

El   cuarto   fruto   es   la  purificación de las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), esto es, se experimentan   en   una   nueva   dimensión, liberada   de   factores eternos. La caridad se practica no para   recibir   algo  a  cambio   o   para   satisfacer   mi  ego. Como  señala Keating,  se está dispuesto a  aceptar   a   Dios   en   la   forma  en que él disponga todo (recordemos a Job).  El quinto  fruto  es el anhelo de deshacernos de los restos de egoísmo que persisten: “El YO del amor propio se reduce a un yo diminuto, y  se vislumbra el YO SOY del libro del Éxodo en el lugar que le corresponde. Vemos entonces que  el  plan  divino  es  convertir  la  naturaleza  humana  en  divina, no  por medio de un papel especial o poderes  especiales, sino  capacitándola  para  que  viva una  vida ordinaria con un amor ordinario”. De la  “noche   del   espíritu” se  llega a la “experiencia transformadora” que consiste en “continuar nuestra  vida  cotidiana  con  la  convicción  invencible  de  que  estamos continuamente unidos a Dios. Es  un  modo nuevo  de  vivir la  vida, en el cual trascendemos todo, sin dejar nada atrás. No hay   que   pensar que   el  ser humano se convierte en una suerte de autómata carente de emociones. Todo lo contrario, Keating señala que las emociones continúan siendo igual de fuertes o incluso más, pero  ya  no  tienen  repercusiones  en nosotros en la forma de cambios de ánimo. En suma, no existe una identificación entre el yo y las emociones que emergen

Finalicemos con la siguiente definición (si es que puede existir una) de la espiritualidad de acuerdo a Thomas Keating:

“vida de fe en sumisión interior a la voluntad de Dios, que se apodera de la conducta y de las motivaciones de la persona; una vida de oración y acción inspirada por el Espíritu Santo; una disposición que no se limita a practicar devociones o servicio a los demás, sino que más bien es la fuerza que integra, unifica y dirige todas las actividades de la persona”