Algunas palabras sobre Nicolás Maquiavelo y su filosofía política (por Jan Doxrud)

Algunas palabras sobre Nicolás Maquiavelo y su filosofía política

Ningún pensador puede ser abordado en un vacío histórico, es decir, en gran medida el los principales sistemas de pensamiento están condicionados por una época histórica determinada, lo cual vale para el cristianismo, el sistema hegeliano, la ilustración, el sistema marxista e incluso la posmodernidad. Antes de entrar a la obra y pensamiento de Nicolás Maquiavelo (1469-1527) examinemos brevemente la situación de la península italiana en la Italia renacentista y una breve biografía del autor. Durante la vida de Maquiavelo se sucedieron nada menos que 8 Papas: : el franciscano Sixto IV (Francisco Della Rovere),  Inocencia VIII, el célebre Rodrigo de Borja o “Borgia” quien tomó el nombre de Alejandro VI, el corto papado de Pío III, el “Papa guerrero” y sobrino de Sixto IV, Julio II (Giuliano Della Rovere), León X (Giovanni di Lorenzo de' Medici), Adriano VI (Adrian Florisz Boeyens) y Clemente VII (Julio de Médici). El mundo de Maquiavelo era de Leonardo da Vinci, de Migue Angel, de Rafael Sanzio, del descubrimiento de América, del fanático predicador Savonarola, de los mercenarios “condottieri”, de Lucrecia y César Borgia (hijos de Alejandro VI), de la aguerrida Caterina Sforza la “Vampiresa de la Romaña”, de los Médici, de la Reforma protestante y de la caída de Constantinopla en manos de los turcos. En suma, Maquiavelo vivió en un contexto de grandes contrastes donde las artes y letras florecían, pero donde también la violencia y la conspiración estaban a la orden del día. También fue una época de decadencia moral, de un papado corrompido y de una religión que abusaba de la ingenuidad e ignorancia de sus fieles. Maquiavelo también vivió en una península itálica fragmentada que sólo conseguiría su unificación en 1871 bajo la influencia y acción de personajes como Mazzini (y los Carbonarios) Víctor Manuel II del Piamonte, Camilo de Cavour y Garibaldi. La Italia de Maquiavelo se encontraba fragmentada en cinco grandes estados. En primer lugar estaba el reino de Nápoles que había sido arrebatada a los franceses por Alfonso V de Aragón, y posteriormente estaría en manos de distintos reinos como el de Aragón, Francia y Austria, hasta que pasa a ser parte de la gran Italia en la segunda mitad del siglo XIX.  En segundo lugar estaba el ducado de Milán que estuvo en manos de los Visconti desde el siglo XIII y posteriormente pasó a manos de Francesco Sforza. Posteriormente Luis XII de Francia conquisto Milán y tomó prisionero a Ludovico “El moro” Sforza, quien falleció durante su cautiverio. En tercer lugar estaba la república aristocrática de Venecia que data desde el siglo V pero que alcanzaría su esplendor a partir del sigo XI y posteriormente entraría en decadencia en el siglo XVIII. En cuarto lugar estaba la república de Florencia, fundada en el siglo XII y que, durante el Renacimiento, estaría ligada al nombre de la familia Médici. En quinto lugar tenemos los estados pontificios que conocieron una época de expansión territorial bajo los papados de Alejandro VI y Julio II. J. A. Symonds escribió lo siguiente sobre el panorama geopolítico de la Italia del Renacimiento:

La historia interna de este país es la historia del progreso social e intelectual que desarrollándose por sí mismo bajo las condiciones de atracción y repulsión engendradas por las ideas paralelas del Papado y el Imperio. La unidad política es imperiosamente rechazada, en todas partes y en todos los momentos. La plasmación por sí mismo de un pueblo que no tiene paralelo en Europa, requiere e impone las más variadas formas constitucionales. La teocracia de Roma, la monarquía de Nápoles, la aristocracia de Venecia, la democracia de Florencia, la tiranía de milán, actúan como otros tantos instrumentos en la realización del genio nacional que ha dado el arte, la literatura y la libertad de espíritu a la sociedad moderna. Las luchas de unas ciudades con otras por la supremacía o simple existencia, las guerras intestinas entre partidos, el choque incesante de los príncipes dentro de los Estados, desarrollaron en el pueblo múltiples y vivaces energías. En el curso de estas largas y complicadas contiendas, los principales centros va adquiriendo su propia personalidad, asumen la fisonomía de la libertad consciente de sí misma e imprimen a sus ciudadanos el sello de su propio espíritu[1].

 George H. Sabine también destaca lo contradictoria y paradójica que resultó ser la Italia del Renacimiento:

 “La sociedad y la política italianas, tal como las concebía Maquiavelo y como, de acuerdo con él, cree la mayor parte de los historiadores, son un ejemplo peculiar de un estado de decadencia institucional. Era una sociedad intelectualmente brillante y artísticamente creadora, más emancipada que cualquier otra de Europa de las trabas de la autoridad y dispuesta a enfrentarse al mundo con un espíritu fríamente racional y empírico, y presa, sin embargo, de la peor corrupción política y la más baja degradación moral….La crueldad y el asesinato se habían convertido en procedimientos normales de gobierno; la buena fe y la lealtad, en escrúpulos infantiles a los que un hombre ilustrado apenas concedería el homenaje de un cumplido de labios afuera; la fuerza y la astucia en claves del éxito; el libertinaje y el desenfreno eran tan frecuentes que provocaban comentarios; y el egoísmo franco y desembozado sólo necesitaba del éxito para justificarse. Fue un período al que es justo calificar de época de ‘bastardos y aventureros’, una sociedad que se diría creada para justificar el dicho de Aristóteles de que ‘cuando el hombre se aparta de la ley y la justicia es el peor de los animales’”[2].

Breve biografía de Maquiavelo y principales obras

No existen, al parecer, muchas fuentes sobre la infancia y juventud de Maquiavelo. Sin embargo se sabe que nació en Florencia el 3 de mayo de 1469, hijo de Bernardo Machiavelli y Bartolomea dei Nelli. Maquiavelo habría tenido tres hermanos: Primaver, Marherita y Totto. Su padre Bernardo fue un doctor en jurisprudencia (“messer” en italiano) pero nunca llegó a ejercer públicamente su profesión ni tampoco formó parte de gremio alguno, limitándose a aconsejar a parientes y amigos a cambio de retribuciones en especie. Sobre la educación de Nicolás Maquiavelo se saben algunos datos gracias al “Libro di ricordi” de su padre, donde se hacen cinco menciones sobre la educación de su hijo. Nicolás habría aprendido gramática, latín y ejercicios de latín clásico (el “donatello”), aprendió a utilizar el ábaco y habría también leído a los clásicos latinos. Cabe señalar que el padre de Maquiavelo poseía obras clásicas de Aristóteles, Cicerón, Tito Livio y Lucrecio (entre otros), de manera que no se puede descartar que Maquiavelo entrase en contacto con los escritos de estos autores. Se puede apreciar entonces que la educación de Maquiavelo fue más bien discreta ya que no cursó ningún estudio formal de jurisprudencia y su nombre no aparecía en el Estudio Florentino o en la Universidad de Pisa. Al respecto escribe Symonds:

No cabe duda de que Maquiavelo tenía de la literatura griega y latina el conocimiento suficiente para sus fines, y estaba íntimamente familiarizado con algunos de los historiadores y filósofos clásicos. En sus obras encontramos un verdadero despliegue de ejemplos tomados de Polibio, Tito Livio y Plutarco…merece notarse también que su cultura que su cultura tenía más de latina que de helénica. Si en un período de su vida hubiese estudiado los diálogos políticos de Platón con la misma profundidad que la historia de Tito Livio, es muy probable que sus teorías acerca del gobierno y el arte de regir los Estados habrían estado más en consonancia con una humanidad sana y normal[3].

 Es importante tener en consideración el ambiente que se respiraba en época de Maquiavelo para entender su concepción de la política y del buen gobernante, tal como lo expone en El Príncipe.

 La suerte de la familia de Maquiavelo no fue buena, al menos durante el gobierno de los Médici. Esto se debe quizás a que un ancestro de Maquiavelo, Girolamo, fue uno de los principales líderes de la oposición contra los Médici. Sin embargo, en 1494 los Médici fueron expulsados de Florencia dando así inicio a el período republicano (1494-1512). La suerte sonreiría a Maquiavelo a finales del siglo XV cuando fue escogido como secretario de la Segunda Cancillería de Florencia, cargo que requería a hombres que sobresalieran en el ámbito de las letras. La Segunda Cancillería se ocupaba principalmente de asuntos relacionados con la guerra y de las relaciones con los funcionarios y autoridades de la ciudad de Florencia y los territorios que se encontraban bajo el dominio de esta. En 1498 Maquiavelo fue nombrado secretario de los Diez de Libertad y Paz, una magistratura que poseía competencias en el ámbito militar. En este período Maquiavelo adquirió una gran experiencia diplomático fruto de las diversas comitivas y legaciones que presidió y que lo llevó a Pisa, Francia, a establecer conversaciones con César Borgia, Julio II y Maximiliano I entre otros. La vida de Maquiavelo experimentaría un duro revés en 1513 cuando fue acusado de conspiración contra los Médici pero se salvó del cautiverio gracias a una amnistía general por parte del recién electo Papa “Médici”: León X. Maquiavelo se retiró a su villa en Sant’ Andrea donde comenzó un intercambio epistolar con el diplomático y político Francesco Vettori. Es en este contexto donde comenzaría a tomar forma la famosa obra de Maquiavelo: El Príncipe. Maquiavelo falleció en 1527 en Florencia a la edad de 58 años y fue enterrado en la Basílica de la Santa Cruz en la misma ciudad. En el epitafio de la tumba se puede leer: “Tanto Nomini Nullum Par Elogium”, esto es, “Ningún Elogio Es Adecuado A Tanta Fama”.

En cuanto a las obras de Maquiavelo tenemos: El Príncipe, Discursos sobre la primera década de Tito Livio, La Mandrágora y Del arte de la guerra. La Mándrágora (1519) es una obra teatral picaresca y humorística ambientada en Florencia. Su trama gira en torno a la conquista de Lucrezia, una honesta mujer casada por parte del joven Calímaco quien, con la complicidad del charlatán Ligurio, su criado Siro y fray Timoteo, intentan convencer a Lucrezia a que se someta a un tratamiento, específicamente, a ingerir una pósima hecha de mandrágora para que la mujer pueda tener un hijo junto a su marido. Pero sucedía que Nicias, marido de Lucrezia, debía permitir que su esposa compartiera el lecho con un desconocido que posteriormente, a los ocho días fallecería. Así tenemos que el marido se encuentra ante el dilema de permitir la infidelidad de su esposa a cambio de su fertilidad y, por otro lado, debía raptar y forzar a un hombre a manterner relaciones con su esposa para que después falleciera inevitablemente. No hay que ser demasiado astuto para adivinar que el pobre joven raptado era el mismo Calímaco. En esta obra podemos apreciar que Calímaco se vale de cualquier medio para lograr su fin último: soborno, mentira, engaño, violencia e infidelidad. Este será un tema presente en El Príncipe. El arte de la guerra (1519 o 1520) se presenta bajo la forma de un diálogo entre el capitán italiano al servicio de España, Fabrizio Colonna y un grupo de interlocutores pertenecientes Orti Oricellari. En esta obra se encuentran temas presentes en El Príncipe y los Discursos: crítica a los soldados mercenarios, crítica a la indisciplina e inmoralidad de los soldados modernos, en resumen, Maquiavelo emprende una crítica en contra del sistema militar de su época y una apología de las instituciones militares de la antigüedad, específicamente las de Roma. Maquiavelo llegó a concebir un plan para crear una milicia nacional para de esa manera prescindir de los servicios de tropas mercenarias. Para ello haría falta reclutar los servicios de un varón por cada familia que habitase en territorio florentino, por lo que haría falta también llevar a cabo un censo para saber la cantidad de personas en condiciones de ir a la batalla. La adopción de una milicia nacional en lugar de una mercenaria era la única manera de mantener la libertad e independencia de la ciudad

Escribe Maquiavelo hacia el final de su obra:

“Pero vengamos a los italianos. Gobernados por príncipes ignorantes, no han podido adoptar ninguna buena institución militar, y no obligándoles, como a los españoles, la necesidad, tampoco han sabido organizarse por sí mismos, llegando a ser vituperio del mundo. De esta situación no tienen los pueblos la culpa, sino los príncipes, quienes han sido severamente castigados y sufrido la justa pena que su ignorancia merecía, perdiendo con ignominia sus Estados sin dar la menor muestra de valor. ¿Queréis saber si lo que digo es cierto? Recordad las guerras habidas en Italia desde la venida del rey Carlos VIII de Francia hasta el día. Las guerras suelen hacer a los hombres bravos y famosos, y las nuestras, cuanto mayores y más sangrientas, tanto más han servido para que pierdan la fama el ejército y sus jefes. Esto es forzosa consecuencia de que nuestra organización militar, ni era, ni es buena, y de que nadie ha sabido introducir en ella las reformas modernas. No creáis posible que las tropas italianas adquieran reputación sino por los medios que he propuesto y por la voluntad de los soberanos de los grandes Estados de Italia, porque la nueva organización militar exige que los soldados sean hombres sencillos, rudos y obedientes a vuestras leyes, y no malvados, vagabundos y extranjeros. Ningún buen escultor hará una bella estatua de un trozo de mármol mal esbozado, sino de un pedazo en bruto”[4].

Pasemos a examinar el Príncipe. La obra está dedicada a Lorenzó de Médici, por un Maquiavelo humilde y adulador en extremo. Pero como explica Symonds, no hay que ver en El Príncipe una mera puja barata para obtener un cargo por parte de Lorenzo de Médici. Siguiendo a Sysmonds, la actitud de Maquiavelo refleja el espíritu de un patriota que quiere ver a Italia unificada bajo un solo príncipe, encarnado en este caso en Lorenzo quien, además, contaba con el apoyo de su tío, el Papa León X. Al respecto escribe Symonds: “Hay, pues, razones para creer que Maquiavelo obró de buena fe al dedicar el Príncipe a los Médicis…Su autor confiaba en que Lorenzo de Médicis, , con el apoyo de un Papa más joven que Alejandro, teniendo en Florencia una base más firme para su principado y con el firme dominio de los estados de la Iglesia, afianzado por la política de Julio II, podría lograr aquello en que había fracasado César Borgia[5]. Cabe añadir que originalmente el Príncipe estuvo dedicado a Giulliano de Médici (hermano de León X), pero debido a su prematura muerte, Maquiavelo optó por dedicarlo a Lorenzo. En cuanto al contenido de la obra, este consiste en un manual del arte de gobernar, tal como se conocía y practicaba en Italia, de manera que no hay que sorprenderse por el contenido y el tono de las ideas de Maquiavelo. Es importante insistir que los cánones morales de aquella época diferían bastante de la nuestra y a lo que a nosotros puede parecernos como moralmente reprochable, en aquella época sólo constituía una de las múltiples maneras de alcanzar el éxito. Como explica Symonds, un Leonardo podía realizar obras magnánimas de arte, pero también podía poner su intelecto al servicio de un César Borgia u otro personaje similar, para idear máquinas de guerra. De esta manera, como continúa explicando Symonds, el Príncipe de Maquiavelo no desentonaba en lo más mínimo con el fondo moral de la Italia de la época, por lo que no sería justo atribuir a Maquiavelo “el descubrimiento de un nuevo método infernal”. Lamentablemente para Maquiavelo, el Príncipe recibió críticas de parte de los Florentinos y el escrito permaneció inédito. Lo que se propuso Maquiavelo en el Príncipe fue determinar: qué es un principado, cuántos tipos hay, cómo se adquieren, como se mantienen y por qué se pierden. Por ejemplo entre los capítulos I y XI, Maquiavelo describe los tipos de principado, esto es, los hereditarios, nuevos y mixtos, mostrando un interés por los nuevos y mixtos, abordados entre los capítulos III y IX. Entre los capítulos XII y XIV Maquiavelo aborda el tema de los tipos de ejército, para posteriormente continuar con las virtudes del príncipe. Maquiavelo también aborda el tema de la situación de Italia y las causas de la crisis, y por último, hacia el final exhorta a los Médici para que liberen a Francia de manos de los bárbaros, es decir, de los no italianos. En cuanto a los Discursos sobre la primera década de Tito Livio. El título hace alusión al historiador latino quien redacto una magna historia de Roma “Ab urbe condita libri” conocida también como las “Décadas”. Los 142 libros se encuentran divididos en grupos de 10 libros (décadas). De estos, sólo una treintena ha llegado a manos de los historiadores. Maquiavelo señala en el prólogo que su obra se propone transitar por una vía no transitada por nadie. En el prólogo escribe:

Aunque por la natural envidia de los hombres haya sido siempre tan peligroso descubrir nuevos y originales procedimientos como mares y tierras desconocidos, por ser más fácil y pronta la censura que el aplauso para los actos ajenos, sin embargo, dominándome el deseo que siempre tuve de ejecutar sin consideración alguna lo que juzgo de común beneficio, he determinado entrar por vía que, no seguida por nadie hasta ahora, me será difícil y trabajosa; pero creo que me proporcione la estimación de los que benignamente aprecien mi tarea”.

Como explicaba Leo Strauss, los Discursos son más difíciles de entender que el Príncipe. Añade que mientras que el Príncipe está dedicado a Lorenzo de Médici, los Discursos están dedicados a los jóvenes amigos de Maquiavelo. Continúa explicando Strauss que en el Príncipe, Maquiavelo evita utilizar términos tales como “bien común”, “tiranos” (la distinción entre reyes y tiranos) y el cielo. Concluye Strauss: “De aquí podemos sacar la conclusión de que el objeto característico de los Discursos, en contraste con el de El Príncipe, es el pueblo: conclusión que no es absurda pero sí insuficiente para poder empezar a comprender la obra”[6]. Por su parte Symonds escribió:

Después de exponer en el Príncipe los métodos enderezados a obtener  o conservar el poder soberano, estudia en los Discorsi las instituciones que a su juicio son necesarias para preservar el cuerpo político en condiciones de vigorosa actividad.  Podemos, por tanto, considerar los Discorsi, en cierto modo, como la continuación de la obra anterior. Pero aquí la sabiduría del político científico no se pone ya a disposición de un soberano. Maquiavelo, en los Discorsi, se dirige a todos los miembros del Estado interesados en la prosperidad e éste[7].

Más adelante Symonds cita las palabras del historiador, poeta y whig, Thomas  Macaulay:

el Príncipe estudia el proceso de un hombre ambicioso, mientras que los Discursos estudian el proceso de un pueblo ambicioso. Los mismos principios que en la obra anterior explican la exaltación de un individuo se aplican en la que la sigue para explicar el sostenimiento y los intereses más complejos de una sociedad[8].

                                             Retrato de Maquiavelo, por Santi di Tito

                                            Retrato de Maquiavelo, por Santi di Tito

 Maquiavelo: el filósofo político

Como explicaba el historiador norteamericano William J. Bouwsma, si Galileo había secularizado el cosmos, ya antes Maquiavelo había secularizado la política y la sociedad “rechazando cualquier modelo último de organización, y, por tanto,  la unidad y la jerarquía. Las instituciones supuestamente universales del papado y del imperio eran, para él, irrelevantes en el mundo real, excepto en la medida en que interferían en su funcionamiento; no tenían poder para establecer orden alguno[9]. Tomemos el caso de la religión y la Iglesia dentro del pensamiento de Maquiavelo. El patriota Maquiavelo culpaba a la iglesia de todos los males de Italia y principalmente por obstaculizar cualquier proyecto de unificación de la península. Maquiavelo escribe lo siguiente en el capítulo XII de los Discursos:

El mejor indicio de su decadencia es el ver que los pueblos más próximos a la Iglesia romana, cabeza de nuestra religión, son los menos religiosos. Quien considere los fundamentos en que descansa y vea cuán diversas de las primitivas son las prácticas de ahora, juzgará, sin duda, inmediata la época de la ruina o del castigo. Y porque algunos opinan que el bienestar de las cosas de Italia depende de la Iglesia de Roma, expondré contra esa opinión algunas razones que se me ocurren, dos entre ellas poderosísimas, que, en mi sentir, no tienen réplica. Es la primera, que por los malos ejemplos de aquella corte ha perdido Italia toda devoción religiosa, lo cual ocasiona infinitos inconvenientes e infinitos desórdenes, porque de igual manera que donde hay religión se presuponen todos los bienes, donde falta hay que presuponer lo contrario[10].

La Iglesia era para Maquiavelo la principal responsable de la caótica situación política en Italia. Esta resultaba demasiado débil para poder unificar Italia, pero el Papa resultó ser lo suficientemente fuerte como para poder impedir cualquier tentativa de unificación. Además la Iglesia atentó contra la libertad e independencia de Italia por medio de políticas que permitían la intervención de potencias extranjeras. En palabras de Maquiavelo:

La causa de que Italia no se encuentre en el mismo caso, de que no tenga una sola república o un solo príncipe que gobierne, consiste en la Iglesia;8' porque, habiendo adquirido y poseyendo dominio temporal, 110 ha llegado a ser lo poderosa y fuerte que era preciso para ocupar toda Italia y gobernarla, ni tan débil que no le importe perder su dominio temporal, obligándole el deseo de conservarlo a pedir auxilio a un poderoso contra el que en Italia llegare a serlo demasiado; como antiguamente se vio repetidas veces, cuando, mediante Carlomagno, arrojó a los lombardos que habían reducido ya a su dominación casi toda Italia, y cuando, en nuestros tiempos, quitó el poder a los venecianos con ayuda de Francia, y después, con el auxilio de los suizos, arrojó a los franceses. No siendo nunca la Iglesia bastante poderosa para ocupar Italia, ni permitiendo que otro la ocupe, ha causado que no pueda unirse bajo un solo jefe, viviendo gobernada por varios príncipes y señores. De aquí nació la desunión y debilidad que la han llevado a ser presa, no sólo de los bárbaros poderosos, sino de cualquiera que la invade. Todo esto lo debemos los italianos a la Iglesia solamente y a ningún otro[11].

Cabe añadir en cuanto al tema religioso que, para Maquiavelo, todas las religiones tenían un origen humano y no divino, incluido el cristianismo. Así, las religiones, como cualquier otra institución, se encuentran sometidas a la dinámica histórica, lo que se traduce en que las religiones florecen, se mantienen en el tiempo y posteriormente entran en un estado de decadencia. Si bien la religión no es un elemento necesario dentro de la república, Maquiavelo reconoce su importancia como medio de control social y la misión civilizadora o pedagógica que tiene. Al respecto escribió Leo Strauss:

La sustancia de lo que dice o sugiere Maquiavelo con respecto a la religión no es original. Como queda indicado por su empleo del término ‘secta’ para la religión, sigue al averroísmo, es decir, a aquellos aristotélicos medievales que, como filósofos, se negaron a hacer concesiones a la religión revelada. Aunque no sea original la sustancia de las enseñanzas religiosas de Maquiavelo, su manera de plantearlas es muy ingeniosa. De hecho, no reconoce otra teología que la teología civil, que sirve al Estado y que podría ser utilizada o no utilizada por el Estado según lo requieran las circunstancias. Indica que es posible prescindir de religiones si hay un monarca fuerte y capaz. En realidad, esto implica que la religión es indispensable en las repúblicas[12].

Señalaba más arriba que Maquiavelo es presentado como aquel que secularizó la política. Pero también tenemos otros retratos del pensador italiano, como lo señala Sabine: patriota apasionado, nacionalista ardiente, un jesuita político, demócrata convencido y adulador sin escrúpulos que buscaba el favor de los déspotas. A Maquiavelo se lo presenta también como un político práctico, un agudo analista de la situación histórica de su tiempo con un gran talento literario. Otra imagen común de la figura de Nicolás Maquiavelo es la de presentarlo como el primer científico de la política. Pero hay quienes cuestionan esta interpretación ya que la concepción de la política como una ciencia era una pretensión de la temprana modernidad, marcada por personajes como Francis Bacon, Descartes y Galileo. La concepción procedimental de esta primera modernidad era el método  (tal como lo expuso Descartes), caracterizado por el análisis, es decir, la descomposición de los fenómenos, y la deducción, vale decir, la recomposición de estos mismos. De acuerdo a algunos autores, Maquiavelo era ajeno a tal mandato metodológico. En cuanto al objeto mismo de esta supuesta política científica, algunos estudiosos consideran que la obra de Maquiavelo supone, más que un fundamento, una interpelación perturbadora al pensamiento político moderno. Como explica Juan Manuel Monge, en su estudio introductorio a la obra del autor, el pensamiento moderno aborda la política desde y en función del Estado moderno que, en época de Maquiavelo, era un fenómeno que aún estaba en marcha. En palabras de Monge:

“El Estado moderno supone, claro está, la dotación de un derecho formal positivizado (estable y previsible), la profesionalización y especialización de la administración (burocratización), la separación entre los medios de administración y los administradores, y, en fin, toda una serie de fenómenos subsidiarios o concomitantes — ejércitos permanentes y, por tanto, presión fiscal, control demográfico y censo preciso, desarrollo de la burguesía y la economía capitalista, etc.— cuya discusión nos apartaría de nuestra materia. Pero el Estado moderno nos remite también a la verticalidad del Estado, a la escisión entre gobernantes y gobernados, a la necesidad de conjugar derechos y legitimidad (basada en el consentimiento popular y en el aparente respeto de la legalidad y la norma), y a la razón de listado, la excepción, la lucha por el poder…Maquiavelo se halla en una problemática diferente. Esta problemática no es otra que la dimensión existencial del Estado y, por ello, Maquiavelo ve en la fuerza (preeminentemente militar, pero también territorial, social), 110 menos (y quizá como factor más decisivo) que en los ordenamientos jurídicos y en las leyes, el elemento decisivo del orden político, mientras que la legitimización es algo relativamente secundario, reservado a la intervención de instituciones como la religión”.

Como es sabido, Maquiavelo defendía una doctrina que presentaba la idea de una doble moralidad, es decir, la moralidad del gobernante y para el ciudadano privado. El gobernante debe supeditar su moral al mantenimiento. La indiferencia con respecto a la Mora, señala Sabine, ha sido lo que a llevado a autores a presentar al florentino como un ejemplo de imparcialidad científica, lo cual es, a juicio de Sabine, un juicio excesivo. De acuerdo a Sabine, Maquiavelo no era imparcial, sino que lo único que le interesaba era un solo fin: el poder político. Continúa explicando Sabine que si bien Maquiavelo era un empirista, es decir, fundamentaba sus ideas en la observación, su empirismo era uno de sentido común y de astuta previsión práctica, y no un “empirismo inductivo motivado por el deseo de comprobar teorías o principios generales”. Sabine también rechaza aquella imagen que presenta a Maquiavelo como un seguidor del método histórico, ya que en realidad, el pensamiento del florentino había estado marcado por el ahistoricismo, por ejemplo, cuando afirma que la naturaleza humana ha sido siempre la misma en todas las épocas

Los escritos de Maquiavelo ciertamente no constituyen una gran teoría, es decir, no desarrolló su teoría política en forma sistemática. Como explica Sabine, los escritos políticos de Maquiavelo pertenecen más bien a la literatura diplomática que a la teoría política. Lo que el lector podrá encontrar en los escritos de Maquiavelo es un permanente preocupación por la mecánica del gobierno, la manera de mantener y aumentar el poder, y las causas que pueden llevar a los gobernantes a perder su poder. En su tratamiento de este tema, Maquiavelo aísla los asuntos políticos y militares de consideraciones morales y religiosas. El único objetivo de la política es el poder, el mantenerlo y aumentarlo, y el único criterio para juzgar al gobernante es el éxito o fracaso en alcanzar tales objetivos. Maquiavelo también se caracteriza por su “realismo político”, es decir, por atenerse a los hechos, a lo que realmente sucede y no a meras idealizaciones. Ya vimos cual es la opinión del autor respecto a la Iglesia y su responsabilidad por la situación geopolítica en que se encontraba la península itálica. Otra rasgo de su realismo se refleja en su concepción antropológica. Para Maquiavelo la naturaleza humana era esencialmente egoísta y es sobre este andamiaje antropológico que Maquiavelo construye su filosofía política. En los Discursos escribe:

Pasan los hombres de una ambición a otra. |...|. Procuran, como ya he dicho, los ciudadanos ambiciosos que viven en una república, primero que nadie pueda perjudicarles, ni los particulares ni las autoridades, y para lograrlo buscan y adquieren amistades por medios aparentemente honra- dos, o prestando dinero o defendiendo a los pobres contra los poderosos; y por parecer esto virtuoso, engañan fácilmente a todo el inundo y nadie trata de evitarlo”.

Sheldon S. Wolin cuestiona este supuesto realismo de Maquiavelo ya que, como se puede apreciar en el Príncipe, el tono del consejero no es el de alguien neutral, objetivo y distanciado de la realidad sino que, más bien, es el de un ferviente patriota que termina por rogar por una cruzada que tuviese como objetivo unificar la península itálica.

A esta concepción antropológica hay que añadir otro elemento que es su ontología, es decir, su concepción general de la realidad. Maquiavelo se aleja de aquellos modelos políticos y sociales organicistas y armonicistas. La ontología de Maquiavelo se encuentra marcada por el cambio, el conflicto y el antagonismo social, antagonismo que no se da necesariamente entre clases sino que dentro de las mismas clases. Teniendo en consideración la antropología y ontología de Maquiavelo, se puede entender de mejor manera las ideas políticas del autor, por ejemplo, de que el príncipe sea más bien temido que amado, especialmente aquel que asume un nuevo principado. El príncipe debe, idealmente situarse entre dos polos opuestos: Marco Aurelio y Severo. Teniendo en cuenta la compleja situación política de Italia, Maquiavelo consideró necesaria la figura de un legislador omnipotente al menos en el caso de la fundación de un nuevo estado o en la reforma de uno corrompido. Como escribió Sabine:

El príncipe de Maquiavelo, encarnación perfecta de la astucia y del egoísmo, que aprovecha en su favor igualmente los vicios y las virtudes era poco más que un cuadro idealizado del tirano italiano del siglo XVI. Es una pintura fiel, aunque exagerada, del tipo de hombre que la edad de los déspotas puso en el primer plano de la vida política….No hay duda de que Maquiavelo admiraba por temperamento al tipo de gobernante lleno de recursos aunque fuera falto de escrúpulos morales. Su admiración por ese tipo de gobernante le hizo incurrir a veces en juicios superficiales, como por ejemplo el de considerar al infame César Borgia como modelo de príncipe prudente y afirmar que su fracaso político se debió sino a un accidente inevitable[13].

 César Borgia (por Altobello Melone), hijo del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y hermano de la célebre Lucrecia Borgia.

César Borgia (por Altobello Melone), hijo del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y hermano de la célebre Lucrecia Borgia.

Podemos señalar junto a Sabine que el pensamiento de Maquiavelo no representó en absoluto el estado de pensamiento europeo de comienzos del siglo XVI, de manera que su filosofía fue más bien estrechamente local y temporal. Pero a pesar de esta limitación del pensamiento de Maquiavelo al espacio geopolítico de la Italia renacentista, su nombre, como señala Leo Strauss, ha sido el único que ha entrado en el uso común para designar un tipo de política que existe y seguirá existiendo, “una política guiada exclusivamente por consideraciones de conveniencia, que emplea todos los medios, justos o injustos, el acero o el veneno, para alcanzar sus fines[14]. Continúa Strauss señalando que la razón de que,  tras más de 500 años, el nombre de Maquiavelo este vinculado a esta forma particular de hacer política se debe a que el florentino fue el primero en defender esta política de manera pública y lo hizo públicamente defendible. En palabras de Sheldon Wolin, la empresa comenzada por Maquiavelo sería continuada por Thomas Hobbes, John Locke y David Hume, una tradición vacía de ilusiones en relación a la condición política del ser humano. Sólo sería a partir de Rousseau, Saint-Simon y Comte, la teoría política sería dotada con la noción de “inocencia”[15].

 


[1] A. J. Symonds, El Renacimiento en Italia , Tomo 1 (México: FCE, 1995), 34-35.

[2] George H. Sabine, Historia de la teoría política (México: FCE, 2006), 269.

[3] Ibid., 186.

[4] Nicolás Maquiavelo, El arte de la guerra (España: Gredos, 2011),  241-242

[5] J. A. Symonds, op. cit., 193.

[6] Leo Strauss y Joseph Cropsey, comp., Historia de la filosofía política (México: FCE, 2012), 293.

[7] J. A. Symonds, op. cit., 196.

[8] Ibid., 197.

[9] William J. Bouwsma, El otoño del Renacimiento (España: Crítica, 2001), 122.

[10] Nicolás Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio (España: Gredos, 2011),  296.

[11] Ibid., 298.

[12] Leo Strauss y Joseph Cropsey, op. cit., 301-302.

[13] George H. Sabine, op. cit., 276.

[14] Leo Strauss y Joseph Cropsey, op. cit., 286.

[15] Sheldon S. Wolin, Politics and Vision (USA: Princeton University Press, 2004), 213.