2- Hablemos del Lenguaje: ¿lenguaje común y especializado?(por Jan Doxrud)

“Si el pensamiento corrompe la lengua, también la lengua puede corromper el pensamiento”

(George Orwell, La política y la lengua inglesa)

2- Hablemos del Lenguaje: ¿lenguaje común y especializado?(por Jan Doxrud)

Este sistema de signos que denominamos como “lenguaje” resulta ser una red interconectada flexible, es decir, que puede cambiar, enriquecerse e incluso desaparecer en un momento dado de la historia. Es por ellos que el lenguaje no puede ser estudiado únicamente desde un punto de vista formal y estructural, ignorando el medio cultural en el que se encuentra inserto. Esta red de signos convencionales, por lo demás, no es única para toda la humanidad, es decir, existen múltiples redes de signos que son utilizados por miles de millones de personas en el mundo. Basta que viajemos a Japón o Rusia para darnos cuenta de esto. Sabemos que esas personas tienen una serie de conceptos que hacen referencia a cosas o situaciones para las cuales nosotros, en nuestro idioma, también las tenemos. Pero esa red de signos japoneses y rusos nos es completamente desconocida. Ahora bien, mediante un proceso de selección, algunos sistemas de signos han sido adoptados como un “lenguaje común” o, si se quiere, “universal” para que los seres humanos de distintos naciones puedan efectivamente comunicarse.

Por ejemplo el latín, el francés o el inglés en la actualidad. Existen también lenguajes formalizados (como en la lógica o la matemática)  que, si bien son universales y evitan la imprecisión y ambigüedades, no son accesibles a todas las personas precisamente porque no son entendidos por ellas (al menos las que no están versadas en matemáticas y lógica). La ciencia también tiene sus símbolos y fórmulas, fundamentadas en el método científico, como es el caso de fórmulas de Isaac Newton o Albert Einstein. La ciencia utiliza un “lenguaje” universal pero la paradoja es que pocas personas logran entenderlo, porque se requiere conocer conceptos científicos así como también las relaciones causales, sus propiedades, etc.

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Pero el lenguaje resulta ser algo más complejo ya que existen distintos tipos de lenguaje. Como destaca Giovanni Sartori, tenemos el lenguaje comúnque es aquel qué está al alcance de todos y que se da, por ejemplo, en nuestras conversaciones cotidianas. En este sentido, Sartori señala que el ser humano, una vez aprendido este lenguaje, lo comunica con la misma naturalidad con que respira. Este lenguaje natural básico, continúa explicando Sartori, es fundamental, puesto que vincula a todos quienes hablan una misma lengua, y por la tanto la constituye “la plataforma en torno a al cual se debe construir y mover cualquier otro lenguaje especial”. Añade el mismo autor: “De aquí se desprende que el lenguaje común es un lenguaje falto por completo de conciencia de sí mismo, que usamos de una manera totalmente instintiva e irreflexiva”

Lo anterior ( la imprecisión de nuestro lenguaje) no constituye un problema grave, salvo cuando entramos en un ámbito en que el lenguaje adquiere un carácter más técnico y en donde se requiere ser más riguroso en el uso de las palabras. Por ejemplo  en filosofía existe todo un vocabulario especializado que es propio de los filósofos particulares. Así Aristóteles posee todo un arsenal de conceptos que requieren ser estudiados para entender su sistema filosófico ( por ejemplo, los conceptos de: acto, potencia, cambio accidental y sustancial). Lo mismo sucede con Kant y conceptos como juicio, juicio analítico y sintético, a priori, a posteriori, etc.

Lo mismo sucede con autores como Hegel o Heidegger, no se puede leer sus obras si tener que entrar en un mundo lingüístico bastante peculiar y críptico. En economía sucede lo mismo, es decir, existen una serie de conceptos (y relaciones entre estos) que deben ser precisados: inflación, micro y macroeconomía, oferta y demanda, precio, valor, utilidad, etc. En ciencia política ocurre lo mismo, se debe ser muy riguroso en el uso de ciertos conceptos que son mal utilizados: Estado, democracia, justicia, igualdad o libertad. Otro es el caso de las ciencias físicasen donde se deben comprender conceptos como: masa, materia, energía, metabolismo, fotosíntesis, longitud de onda, etc. 

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En suma, tenemos dentro del universo lingüístico, un lenguaje común,que es el que empleamos en nuestra vida diaria donde no se requiere ser tan estricto en el uso de los conceptos. Así por ejemplo, puedo estar con un grupo de amigos y señalarles lo “feliz” que me encuentrocon mi nuevo trabajo, pero esto último no implicará que comencemos a realizar una reflexión filosófica o un verdadero diálogo socrático acerca de qué es la felicidad. Mis amigos entenderán el hecho de que estoy feliz con mi nuevo trabajo y no comenzará a escrutar analíticamente acerca de qué entiendo yo por felicidad. Pero tenemos también, por otro lado, ese otro mundo en donde las palabras que se emplean requieren de un trato rigurosos para evitar la ambigüedad y la vaguedad, y pienso que esto ha sido bastante descuidado, especialmente en el área de las llamadas “Humanidades”. Con esto quiero dar a entender simplemente que aquellos, de quienes esperamos un uso serio, preciso y claro del lenguaje, no lo hacen, como res el caso de periodistas, profesores escolares y universitarios. Esto se traduce en que los especialistas, que supuestamente deberían manejar un lenguaje técnico, terminan por hablar el lenguaje del lego, de la persona común y corriente que no posee conocimientos sobre una disciplina específica. 

Como consecuencia, estos pseudoespecialistas emplean un lenguaje confuso, impreciso y vago. Como señala Sartori, utilizan una herramienta que ni siquiera ellos entienden y que, como consecuencia, la mal utilizan. Las palabras que utilizan lo hacen de manera arbitraria, desanclándola tanto de su etimología así como también de su historia.Ahora bien, el análisis etimológico tampoco resulta ser esclarecedor para comprender conceptos. Así, la democracia actual no puede entenderse como se hizo hace miles de años por los griegos, de manera que apelar a que la democracia debe materializarse en la realidad invocando su etimología, “poder del pueblo”, no tiene mucho sentido y utilidad para nuestras sociedades actuales (diferentes a los polis griegas). Lo mismo sucede con la palabra “bulimia” que, desde un punto de vista etimológico” (“hambre de buey”), no resulta ser de mucha utilidad para el especialista.Pero por otro lado, tenemos el anclaje histórico de las palabras lo que nos viene a señalar, como  apunta Sartori, que los significados no son meras estipulaciones arbitrarias, sino que constituyen memorias de experiencias y experimentaciones pasadas. 

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Esto es algo que ya había señalado John Stuart Mill para quien la lengua constituía el depósito del volumen de experiencia acumulada de épocas pasadas, una conservadora de prácticas pasadas. Por ejemplo, ¿qué pensaría el lector si yo defino la doctrina nazi como una ideología nacionalista que busca promover la armonía social mediante la tolerancia y el pluralismo y la estabilidad internacional? Seguramente el lector no estará de acuerdo con esto y la pregunta es ¿por qué? Porque la experiencia histórica nos dice completamente lo contrario de manera que esta sería una perversión semántica querer resignificar el nazismo como lo que NO es. Otro ejemplo, ¿cómo reaccionaría el lector ante la siguiente definición de comunismo?

“El comunismo es una ideología basada en la propiedad privada, el libre mercado y la competencia electoral para acceder a los puesto del poder estatal”. Cualquier persona que tenga un mínimo conocimiento de cómo operaron los socialismos “reales” y conozca el contenido básico del “Manifiesto Comunista” y los escritos de Lenin sabrá que la definición anterior es otra perversión semántica que no se condice con la realidad y la experiencia histórica. Si nos abandonamos a esta arbitrariedad, caeríamos bajo el paradigma “Humpty Dumtyano”, me refiero al personaje creado por Lewis Carroll en “Alicia a través del espejo”. Recordemos el breve diálogo:

–       Cuando yo uso una palabra – dijo Humpty-Dumpty con un tono burlón – significa precisamente lo que yo decido que signifique: ni más ni menos.

–       El problema es – dijo Alicia –  si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas diferentes.

–      El problema es – dijo Humpty-Dumpty – sabes quién es el que manda. Eso es todo. 

Pero, a diferencia de lo que plantea Humpty Dumty, existe en el uso del lenguaje ciertas normas que regulan la fonética, la semántica y también la sintaxis.  Los regímenes totalitarios, en su afán de controlar todos los aspectos de la dimensión humana, manipularon también el lenguaje y, junto a este, la historia, el pasado y pretendieron también escribir el futuro. Ser “judío” o un “untermensch” en la Alemania nazi o un “burgués” o “enemigo del pueblo” en el mundo comunista, marcaba la diferencia entre la vida y la muerte.

Es importante hacer notar que  estos dos dominios del lenguaje, el técnico /especializado, por un lado, y el de la vida cotidiana por el otro, no se encuentran separados por un abismo infranqueable. En otras palabras, no debemos interpretar lo anterior como si existiese un “mundo” en donde podamos utilizar el lenguaje arbitrariamente y otro mundo donde tenemos que utilizarlo con precisión.  Esto es especialmente  importante dentro del debate político público en donde los conceptos son manipulados y violentados por los políticos en su deseo de mantenerse o catapultarse al poder. Lo mismo sucede con los periodistas y, para que hablar, los usuarios de redes sociales. Es por ello que Mark Thompson en un reciente libro, “Sin palabras”,postula la necesidad de estudiar detenidamente el lenguaje público, entendiendo por este último aquel que usamos “para hablar de política, al argumentar en un tribunal o al intentar de convencer a alguien de cualquier tema en un contexto público (…)”.

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Como señala Thompson, el lenguaje importa, pero las palabras no cuestan nada y cualquier político o periodista tiene una reserva ilimitada de ellas. Surgen figuras carismáticas que, en virtud del “ethos” causan una gran impresión en su público, sumado a su habilidad de explotar las emociones de estos (pathos) por medio de un lenguaje cargado de un contenido moral y carente de racionalidad. Esto es lo que  George Orwell denunció en “La política y el idioma inglés”:   la decadencia del lenguaje público, por su vaguedad, falta de claridad y precisión. En palabras de Thompson:

“Con tiempo, los líderes, comentaristas y activistas dotados de empatía y elocuencia pueden emplear las palabras para no sólo explotar la opinión pública, sino moldearla. ¿El resultado? Paz, prosperidad, progreso, desigualdad, prejuicio, persecuciones, guerra. El lenguaje importa”

Ya John Locke (1632-1704), a finales del siglo XVII, denunciaba en el capítulo X del Libro Tercero de su magna obra “Ensayo sobre el entendimiento humano” (1690) los abusos del lenguaje:

Aparte de la imperfección que naturalmente se halla en el lenguaje, y de la obscuridad y confusión que tan difícilmente puede evitarse en el uso de las palabras, hay ciertas faltas intencionales y negligencias voluntarias de que los hombres son culpables en esta manera de la comunicación, por los cuales hacen que esos signos sean aún menos claros y distintos en su significado de lo que tiene que ser

P. K. Dick, influyente escritor de Ciencia Ficción, inspirador de algunas emblemáticas películas como Blade Runner.

P. K. Dick, influyente escritor de Ciencia Ficción, inspirador de algunas emblemáticas películas como Blade Runner.

Así Locke denunciaba aquellas palabras que no se referían a ideas claras y distintas o, peor aún, el uso de signos sin ninguna cosa significada. También criticaba a aquellas personas que hacían uso de palabras sobre las cuales nunca han reflexionado y que, por lo tanto, no entendían. Ejemplo de estos son conceptos como los de sabiduría, justicia, libertad o igualdad. Otra crítica de Locke apunta a la inconstancia del empleo de una palabra, esto es, que las mismas palabras e emplean algunas veces para significar una colección determinada de ideas y, en otras ocasiones, para significar una colección diferente de ideas. Así,  Locke sentencia que constituye un verdadero “fraude” y un abuso el que una persona manipule el contenido semántico de una palabra.Otro abuso denunciado por el pensador inglés es dar a las palabras viejas una significación nueva o desusada, ya sea introduciendo términos nuevos o ambiguos, sin entrar a precisarlos o definirlos con claridad.