¿Estado Unidos de Europa o el Leviatán de Bruselas? (por Jan Doxrud)

¿Estado Unidos de Europa o el Leviatán de Bruselas?

En 1946 Winston Churchill pronunció un discurso en la Universidad de Zúrich donde abogó por la creación de los “Estados Unidos de Europa”

En su discurso Churchill se propone hablar sobre la tragedia deEuropa. Destaca las bondades del continente europeo, “que abarca las regiones más privilegiadas y cultivadas de la tierra, que disfruta de un clima templado y uniforme, es la cuna de todas las razas originarias del mundo. Es la cuna de la fe y la ética cristianas. Es el origen de casi todas las culturas, artes, filosofía y ciencias, tanto de los tiempos modernos como de los antiguos”. Pero, por otro lado, Churchill señala que fue desde Europa donde surgieron y se desarrollaron las horribles guerras nacionalistas del siglo XX, “originadas por las naciones teutonas”. A continuación Churchill ofrece un remedio a los males europeos:

A pesar de todo, aún hay un remedio que si se adoptara de una manera general y espontánea, podría cambiar todo el panorama como por ensalmo, y en pocos años podría convertir a Europa, o a la mayor parte de ella, en algo tan libre y feliz como es Suiza hoy en día. ¿Cuál es ese eficaz remedio? Es volver a crear la familia europea, o al menos todo lo que se pueda de ella, y dotarla de una estructura bajo la cual pueda vivir en paz, seguridad y libertad. Tenemos que construir una especie de Estados Unidos de Europa, y sólo de esta manera cientos de millones de trabajadores serán capaces de recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que valga la pena vivir la vida. El proceso es sencillo. Todo lo que se necesita es el propósito de cientos de millones de hombres y mujeres, de hacer el bien en vez del mal y obtener como recompensa bendiciones en lugar de maldiciones”.

 

Veinte años antes, otro personaje, el economista austriaco Ludwig von Mises, también abordó el tema de los "Estados Unidos de Europa". Mientras que Churchill escribía tras los estragos de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Mises lo hacía tras la traumática experiencia de la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Si bien el economista austriaco percibía buenas intenciones en tal proyecto, éste fue más realista que Churchill. De acuerdo a Mises los teóricos de los "Estados Unidos de Europa" no pensaban en establecer una nueva forma de sistema político que se distinguiera sustancialmente de las políticas de los Estados tradicionales que, en la época que escribía Mises, eran el imperialismo y el militarismo (hoy podemos reemplazar estas políticas por otras como burocratización, estatización). Los teóricos de esta nueva Europa sólo querían limitarse a crear un organismo más grande que los estados individuales, "en el que estos deberían disolverse para hacerlo más poderoso que sus distintos componentes, militarmente más preparado...". Así, para Mises, el chovinismo de las naciones particulares sería reemplazado por un chovinismo europeo, es decir, un chovinismo más ampliado, pero igualmente perjudicial.

Unión Europea

Antes de examinar las críticas a la Unión Europea y al euro, revisemos brevemente como esta se creó. Tras dos guerras mundiales algunos políticos de los países europeos (como Churchill) pensaron que,  para evitar futuros conflictos, se hacía necesario promover la unidad de los países europeos, claro está que dejando de lado a los países de Europa oriental que se encontraban sometidos a la dictadura comunista. El proyecto de mayor unidad política fue acompañado de un proyecto de unidad económica ya que los países europeos considerados asiladamente constituían economías sumamente débiles, especialmente tras el final de la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de los años se fueron dando  una  serie de pasos  que  culminarían  con la  formación de la Unión Europea. Tenemos la Organización  para  la  Cooperación  Económica creada  en  1948  integrada  por  16 naciones europeas. Posteriormente, en 1961, se le unirían Estados Unidos y Canadá, y la Organización pasaría a llamarse Organización para el Desarrollo y la Cooperación Económica (OCDE).

En  1949  se   formó el  Consejo  de Europa como un primer intento de unidad política entre el Benelux, Dinamarca, Francia, Italia, Irlanda, Noruega y Suecia. Inglaterra no se integró debido a la pérdida de soberanía que significaba adherirse  al Consejo. Otro año clave es 1957, año en que fue establecida formalmente, a través del Tratado de Roma, la Comunidad Económica Europa (CEE). Cabe  mencionar  que  previamente, en  1944, los  Países  Bajos, Bélgica y Luxemburgo (Benelux) habían acordado crear una unión aduanera (promovida por el socilalista y Primer Ministro belga Paul Henri Spaak) de acuerdo a la cual se removerían aranceles y barreras aduaneras para que el comercio pudiera funcionar libremente.

Posteriormente, mediante el Tratado de Bruselas, Gran Bretaña y Francia se unieron al acuerdo del Benelux  para  así colaborar en los ámbitos militar, económico, social y cultural. El acuerdo militar desembocó  en  la  formación  de  la   Organización  del  Tratado  del Atlántico Norte (1949). La        cooperación  económica  se tradujo en la formación de la Comunidad Europea del Carbón   y el Acero  (CECA)  integrado  por  los Países Bajos, Bélgica, Italia, Francia, Alemania    Occidental y Luxemburgo.  La  Comunidad  Económica  Europea   tuvo  como  objetivo central la integración  de  los  mercados  europeos, específicamente de Francia, Alemania Occidental, Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo e Italia. La Comunidad Europea más la Comunidad del Acero y Carbón y la Comunidad Europea de Energía Atómica (CEEA), constituyeron los pilares del proyecto de unión de los países europeos, es decir, de la Comunidad Europea. En 1973 Dinamarca, Inglaterra e Irlanda se integraron a la Comunidad Económica Europea. 

 

En 1979 se celebraron las primeras elecciones directas del Parlamento Europeo que serían desde entonces realizadas cada 5 años. En 1979 se introdujo el Mecanismo del Tipo de Cambio con el objetivo de que la relación entre monedas pudiesen controlar la inflación. Este Mecanismo se basaba en  un  sistema  de  tipos  de  cambio  fijos  pero  ajustables. En  síntesis, el  objetivo  fue  lograr la estabilización  de  las  paridades  de  los  tipos  de  cambio  entre  las  monedas para que, de esa manera, se pudiese garantizar el buen funcionamiento del mercado interior. Hasta principios de la década de 1990 la mayor  parte  de  los  tipos  de  cambio  podían fluctuar  (al alza y a la baja) en  torno  a un 2,25% respecto a un valor de paridad asignado. Cuando entró en funcionamiento el euro como moneda única se aplico el MTC II. Fue establecido  por  el Consejo  Europeo el 16 de junio de 1997 para reemplazar al mecanismo de cambios del Sistema Monetario Europeo en el inicio de la tercera fase de la Unión Económica y Monetaria. En palabras del fallecido economista español, Eugenio Domingo Solans:

a) El principal objetivo del MTC II es servir de apoyo para la consecución de un sistema económico estable  en  el  contexto del  funcionamiento  del  Mercado  Único.  Más  concretamente, la  resolución expresamente establece la obligación de evitar los desajustes cambiarios y las fluctuaciones excesivas del tipo de cambio nominal entre  cada  una  de las monedas participantes y el resto. El MTC II constituye una referencia  que  sirve  para  indicar  el  grado  de adecuación de las políticas económicas impulsadas en los países  miembros, en  particular,  de  las  políticas  de  demanda y, más  específicamente, de  la  política monetaria. En  última  instancia, el  MTC II  debería  constituir  un  test  que  reflejara  el grado de convergencia real, no solamente nominal, de los países candidatos.

 b) Los principales aspectos del funcionamiento del MTC II previstos en la resolución arriba indicada incluyen:

— Un tipo central frente al euro;

— una banda de fluctuación estándar de +/–15 por 100 alrededor del tipo central;

— intervenciones obligatorias en la proximidad de los límites de la banda de fluctuación, siendo estas intervenciones automáticas e ilimitadas; y

— disponibilidad de financiación a corto plazo”[1].

En cuanto a la Unión Europea, esta fue establecida por medio del Tratado de la Unión Europea o Tratado de Maastricht que fue firmado en 1992 y entró en vigencia en 1993. En lo que respecta al euro, de acuerdo a la página web de la Unión Europea, este constituye la prueba más tangible de la integración europea. Es una moneda común de 19 de los 28 países de la UE y es utilizada diariamente por unos 338,6 millones de personas. Los países que han decidido no adoptar el euro son el Reino Unido y Dinamarca. Los países que aún no han adoptado que aún no pertenecían a la zona euro son: Bulgaria, Croacia, República Checa, Hungría, Polonia, Rumania y Suecia. ¿Por qué adoptar el euro?

La moneda única ofrece múltiples ventajas, como la eliminación de los tipos de cambio fluctuantes y los costes del cambio. Para las empresas es más fácil el comercio transfronterizo y la estabilidad económica es mayor, por lo cual la economía crece y los consumidores tienen más opciones. La moneda común también anima a las personas a viajar y a comprar en otros países. En el ámbito mundial, el euro da mayor proyección a la UE: es la segunda moneda internacional después del dólar estadounidense[1].

 

Sobre el período 1990-1999 se puede leer lo siguiente en la página web de la Unión Europea:

Con la caída del comunismo en Europa central y oriental los europeos se sienten más próximos. En 1993 culmina la creación del mercado único con las «cuatro libertades» de circulación: mercancías, servicios, personas y capitales. La década de los noventa es también la de dos Tratados: el de Maastricht, de la Unión Europea, de 1993, y el de Amsterdam de 1999. Los ciudadanos se preocupan por la protección del medio ambiente y por la actuación conjunta en asuntos de seguridad y defensa. En 1995 ingresan en la UE tres países más, Austria, Finlandia y Suecia. Los acuerdos firmados en Schengen, pequeña localidad de Luxemburgo, permiten gradualmente al ciudadano viajar sin tener que presentar el pasaporte en las fronteras”.

Finalicemos esta breve descripción con las 4 libertades que hacen de la Unión Europea un “espacio sin fronteras interiores, que garantiza en principio la libre circulación de mercancías, personas, servicios y capitales”, y en donde los ciudadanos pueden estudiar, vivir, hacer compras, trabajar o jubilarse en cualquier Estado miembro, o disfrutar en sus países de una gran variedad de productos de toda Europa. En primer lugar tenemos la libre circulación de personas,  concepto que emana de la firma del Acuerdo de Schengen en 1985 y del posterior Convenio de Schengen de 1990, que marcó el inicio de la supresión de los controles fronterizos entre países participantes. Tomemos el caso de la libre circulación de trabajadores, considerado un principio fundamental y que se encuentra establecido en el artículo 45 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. De acuerdo a lo anterior, los ciudadanos de la UE tienen derecho a:

a) buscar empleo en otro país de la UE

b) trabajar en otro país sin necesidad de permiso de trabajo

c) residir en otro país por motivos de trabajo

d) permanecer en el mismo cuando hayan dejado de trabajar y recibir el mismo trato que los ciudadanos de ese país en lo que respecta al acceso al empleo, las condiciones de trabajo y las ventajas sociales y fiscales.

Ahora bien, existen limitaciones por motivos de seguridad pública, orden público, salud pública y empleo en el sector público. En el caso de las pensiones existen algunas aclaraciones relevantes, por ejemplo la pagina web de la UE presenta los siguientes casos concretos que hacen referencia a las edades de jubilación diferentes en cada país y la contabilización de los períodos respectivamente:

1-“Caroline, originaria de Francia, trabaja 15 años en Dinamarca y vuelve a su país natal antes de jubilarse. Como es habitual en Francia, al cumplir los 60 solicita la pensión, pero la que le conceden es muy baja. Y es que, al cumplir 60 años, Caroline solo tiene derecho a la parte francesa de su pensión. La parte danesa empezará a cobrarla cuando cumpla los 67, que es la edad legal de jubilación para su grupo de edad en Dinamarca”.

2- “Tom ha trabajado 4 años en Alemania y 32 en Portugal. En Alemania, para tener derecho a pensión hay que haber trabajado un mínimo de 5 años. En principio, Tom no podría acogerse al régimen alemán de pensiones, ya que solo ha trabajado allí 4 años. Pero la administración alemana también debe contabilizar los años que Tom trabajó en Portugal. Así, Alemania reconoce su derecho y le paga una pensión por los 4 años que trabajó allí”.   

En segundo lugar está la libre circulación de mercancías que constituye uno de los fundamentos principales del mercado interior destinados a garantizar los intercambios comerciales dentro de la Unión Europea.

La libre circulación se aplica en idénticas condiciones a todas las mercancías que circulan dentro de la Unión, incluidas las que proceden de terceros países, a excepción de las que conllevan riesgos para los consumidores, la salud pública o el medio ambiente. La prohibición de medidas de restricción de las importaciones y exportaciones entre Estados miembros y el principio de reconocimiento mutuo garantizan el cumplimiento de la libre circulación de mercancías”.

En tercer lugar tenemos la libre circulación de servicios y la libertad de establecimiento. La libertad de establecimiento hace referencia al derecho de emprendimiento y ejercicio de actividades y a establecer y administrar empresas, para ejercer actividades permanentes y de carácter estable. En cuarto lugar tenemos la libre circulación de capitales.

 

Críticas a la Unión Europea

Hasta aquí todo parece bien, es decir, los europeos tras dos guerras mundiales y la Guerra Fría han logrado establecer una unión monetaria que ha traído paz y estabilidad en continente, de manera que podríamos estar de acuerdo con Churchill de que se ha llegado a su tan anhelado Estados Unidos de Europa. ¿Pero es esta interpretación cierta y precisa? ¿Qué tienen que decir los detractores de la Unión Europea al respecto? Estamos realmente presenciando un exitoso proyecto “modelo” de integración, paz, libertad, igualdad y justicia? O, por el contrario, podríamos preguntarnos, sin exagerar, si acaso estamos ante un nuevo tipo de Leviatán supranacional que ha logrado centralizar una gran cantidad de poder político y económico? ¿Acaso su pueden mantener los ideales de la Unión Europea sin tener que someterse al control de un poder centralizado de dimensiones pantagruélicas como el actual modelo ?

Una crítica común a la Unión Europea consiste en que esta, a medida que fue ampliando su espacio geográfico, fue incorporando realidades nacionales muy diferentes, especialmente en lo que se refiere a los niveles de desarrollo de los países miembros. Tales diferencias o  asimetrías se pueden apreciar, por ejemplo, en el PIB per cápita de Alemania, país con la economía más grande y avanzada de la zona.

Otra crítica a la zona euro apunta a que, en su construcción, se puso la carreta delante de los bueyes. Esto quiere decir que los políticos debieron haberse preocupado de fomentar la unión política antes que la monetaria, es decir, el euro se transformó en un fin en sí mismo y se descuidó la unidad política. En una entrevista, el ex Presidente de la Reserva Ferderal de Estados Unidos, Alan Greenspan, señaló que el euro sólo se podría salvar con la unión política y no creía que la comunidad económica y monetaria pudiese continuar operando a largo plazo. Ahora bien, Greenspan se mostraba“escéptico” sobre la posibilidad de lograr tal unión política ya que para él resultaba difícil concebir que los países de la UE sacrificasen su independencia y soberanía para formar parte de la unión política. Otro economista escéptico respecto al proyecto europeo fue Milton Friedman. En un artículo titulado “The euro: monetary unity to political disunity”[2]. Friedman señala que una moneda común es un excelente arreglo monetario bajo ciertas circunstancias, pero puede ser desastroso en otras. Que sea buena o mala depende principalmente de los mecanismos de ajustes disponibles para poder absorber los shocks económicos, entre otros problemas. El caso de Estados Unidos es emblemático para Friedman ya que, a pesar de ser un país compuesto por 50 estados, los habitantes hablan el mismo idioma, escuchan los mismos programas de televisión, pueden moverse libremente, los bienes y capitales pueden fluir libremente, los precios y salarios son moderadamente flexibles. El caso de Europa es diferente, afirmaba Friedman, ya que existe una situación tal que disponer de una misma moneda sea algo desfavorable. Friedman explicaba que la situación de Europa era la siguiente: un zona compuesta de diferentes nacionalidades, donde se hablan distintos idiomas, donde los bienes se mueven de manera menos fluida que en Estados Unidos, donde las personas mantienen una lealtad mayor a sus respectivas naciones que a la “idea de Europa”, donde la regulación industrial es mayor que en Estados Unidos, donde los precios y salarios son más rígidos y la movilidad laboral es menos fluida. El punto de Friedman es que el proyecto del euro había sido guiado o motivado por intereses políticos y no económicos. El objetivo fue el de juntar a Alemania y Francia de manera estrecha para así prevenir cualquier conflicto futuro. Termina Friedman su artículo con las siguientes palabras:

It would exacerbate political tensions by converting divergent shocks that could have been readily accommodated by exchange rate changes into divisive political issues. Political unity can pave the way for monetary unity. Monetary unity imposed under unfavorable conditions will prove a barrier to the achievement of political unity”.

El inversionista norteamericano George Soros  se refiere también en un artículo al tema de la eurozona. Soros se declara partidario del proyecto y vio, desde sus comienzos, el proyecto de la Unión Europea como la encarnación de la “sociedad abierta” (de Popper) La crisis económica, señala Soros,  ha convertido a la Unión Europa en algo diferente. Soros se refiere a que con la crisis, los países miembros habían quedado divididos en dos: los acreedores (los que manda, principalmente Alemania) y los deudores. Los países acreedores, señala Soros, han tenido que pagar primas de riesgo cuantiosas para financiar su deuda estatal, lo que se ve reflejado en sus costos de financiación en general. Lo anterior se tradujo en que estos países fueron llevados a la depresión y a ser forzados a estar en una posición con una gran desventaja competitiva que amenaza con volverse permanente. Añade el autor que lo anterior no ha sido fruto de un “plan deliberado” sino que a una serie de errores en la formulación de políticas que comenzaron cuando se introdujo el euro. Al respecto escribe Soros:

Todo el mundo sabía que el euro era una moneda incompleta: tenía un banco central, pero no un tesoro público. Pero los países miembros no advirtieron que, al renunciar al derecho a imprimir su propia moneda, se exponían al riesgo de suspensión de pagos. Los mercados financieros no lo comprendieron hasta el comienzo de la crisis griega. Las autoridades financieras no entendieron el problema y menos aún vieron una solución. Así, pues, intentaron ganar tiempo, pero, en lugar de mejorar, la situación se deterioró. Se debió enteramente a la falta de comprensión y de unidad”[3].

Soros cree que es insostenible el proyecto de unidad europea mientras se mantenga la actual unión dividida en países acreedores que son los que dictan las condiciones y los acreedores que se limitan a aceptarlas. ¿Qué opción quedan entonces? Para Soros la mejor opción sería convencer a Alemania para que escoja entre pasar a ser un “hegemón" más benévolo o abandonar el euro. “Dicho de otro modo, Alemania debe dirigir o marcharse”. De acuerdo a Soros, si Alemania abandonase la zona ero, el euro se depreciaría y la carga de la deuda seguiría siendo la misma en términos nominales, pero disminuiría en términos reales. Añade que los países deudores lograrían recuperar su competitividad, ya que sus exportaciones se abaratarían y sus importaciones se encarecerían. Por último, se apreciaría también el valor de sus propiedades inmobiliarias en términos nominales, esto es, que valdrían más en euros depreciados. De acuerdo a lo anterior, Soros afirma que el resultado final “haría realidad el sueño de John Maynard Keynes de un sistema monetario internacional en el que tanto los acreedores como los deudores compartan la obligación de mantener la estabilidad y Europa escaparía de la depresión que se cierne sobre ella”. Ahora bien, para no perjudicar a los países acreedores (que sufrirían pérdidas en sus inversiones en la zona euro) se podría convencer a Alemania que asuma su rol como “hegemonía benévolo”, lo cual tendría los siguientes significados:

1) crear un campo de juego más o menos igual para países deudores y acreedores y

2) fijar el objetivo de crecimiento nominal en un máximo del cinco por ciento o, dicho de otro modo, que se debe permitir a Europa salir del endeudamiento excesivo mediante el crecimiento, lo que entrañaría un mayor grado de inflación que la que probablemente apruebe el Bundesbank.

Alemania es por lo tanto una pieza clave dentro del futuro de la zona euro. De acuerdo a Soros, “tanto si Alemania decide dirigir como si decide marcharse, cualquiera de las dos opciones sería mejor que la de continuar con el rumbo actual”. Así, la dificultad radica en convencer a Alemania de que sus políticas “están conduciendo a una depresión prolongada, conflictos políticos y sociales y una posible ruptura no sólo del euro, sino también de la Unión Europea”.

Otro problemas del proyecto europeo indicado por Soros fue que los arquitectos del carecieron de un tesoro público común que pudiera emitir bonos como obligaciones de todos los Estados miembros. Aún existe resistencia a los eurobonos. Por último que Soros propone alcanzar dos objetivos (alcanzados, por lo demás, sólo después de que se logren avances considerables hacia una unión política):

1-Establecer un terreno de juego más o menos igual para los países acreedores y los deudores, lo que significaría que podrían refinanciar su deuda estatal en condiciones más o menos iguales.

2-Fijar el objetivo de un crecimiento nominal de hasta el 5% para que, gracias a él, Europa pueda deshacerse de su excesiva carga de deuda, lo que requerirá un nivel mayor de inflación que el que probablemente respaldaría el Bundesbank. Puede requerir también un cambio en los tratados y en la Constitución alemana.

Otras críticas a la Unión Europea apuntan a su excesivo centralismo e incluso hay quienes la tildan de una nueva Unión Soviética por la enorme burocracia existente en Bruselas. El ensayista alemán Hans Magnus Enzensberger se refiere a la falta de memoria histórica por parte de los padres fundadores al momento de escoger ciertos nombres que no evocaban buenos recuerdos: comisario.

“…en la Unión Soviética existieron entre 1917 y 1946 los llamados «comisarios del pueblo«; en el Ejército Rojo unos «comisarios políticos« se encargaban de la observancia de la línea del partido; a los «comisarios del Reich« se les conferían importantes atribuciones en la Alemania de 1871 a 1914, y después del ataque a la Unión Soviética fueron los comisario del Reich responsables de Ostland [País del Este] y Ucrania quienes llevaron la batuta en aquellos territorios[4].

El autor denuncia que uno de los males endémicos del proyecto de integración europeo es que no existe una opinión pública merecedora de tal nombre. Además la Unión Europea cuenta con un gran poder propagandístico, comoca Euranet y la emisora Euronews o Europarltv. Otro mal endémico es la manía regulatoria de la Unión, como explica Enzensberger:

Ya hoy, y desde el Tratado de Lisboa, la Unión hace uso de las siguientes competencias: todo lo que concierne al mercado común; ámbitos decisivos de las políticas económica, sanitaria, industrial, regional, educativa, de las pensiones y de la juventud; el medio ambiente, el clima, la energía, la investigación, la tecnología, la protección al consumidor, la inmigración y el derecho de asilo, el derecho procesal civil, el derecho penal, la seguridad interior…, no hay campo que no se labre y no se salva ni el apuntador[5].

Otros ejemplos de regulaciones incluye los niveles límite para las vibraciones de la mano, el brazo y el cuerpo en general de personas que trabajan con un martillo neumático, regulaciones sobre prótesis dentales, regulaciones sobre pepinos y su curvatura ideal que no debía superar los diez milímetros sobre la una longitud de diez centímetros, regulación sobre las dimensiones de los condones, queso de leche cruda y sidra. Otro mal endémico es el poder de los lobistas representantes de corporaciones multinacionales que han llegado a tener más poder e influencia que un eurodiputado.

Otro crítico de la unión Europea es el economista alemán Philipp Bagus. Bagus explica la diferencia entre los “dos visiones de Europa”. La primera es la liberal clásica representada por los padres fundadores: Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi. De acuerdo a esta visión, la libertad individual era considerada como el valor cultural más importante de los europeos y de la cristiandad. En palabras de Bagus: “Según esta visión los estados europeos soberanos defienden el derecho de propiedad privada y la economía de libre mercado en una Europa de fronteras abiertas donde se permite el libre intercambio de bienes, servicios e ideas[6]. Añade Bagus que de acuerdo a esta óptica, no era necesario crear un super-estado europeo y que, además, el Estado tendría un rol subsidiario (influenciado por las encíclicas papales como la Rerum Novarum y Quadragesimo Anno): este principio de subsidiariedad se traducía en que la Unión no tomaría medidas, a menos que fuesen más efectivas que las tomadas en los ámbitos nacional, regional o local. Ahora bien, como escribió Tony Judt, la “subsidiariedad” era entendida de manera diferente por los distintos países: para Francia lo anterior significaba limitar los poderes de los organismos supranacionales que escapaban a su control, para Inglaterra este principio constituía un obstáculo para la integración.  Para los alemanes significaba que los gobiernos regionales tenían privilegios y poderes especiales.

La segunda visión de la "unidad europea" es la socialista, defendida por personajes como Jacques Delors y François Mitterrand. En palabras de Bagus: “se trata de una coalición de intereses estatistas de corte nacionalista, socialista y conservador que hace todo lo que está en su mano para promover su programa, a saber: una Unión Europea parecida a un imperio o una fortaleza, proteccionista hacia fuera e intervencionista hacia adentro. Estos partidarios del estatismo sueñan con un estado centralizado manejado por tecnócratas eficientes (los dirigentes tecnócratas estatistas siempre se imaginan eficientes)”[7]. En la pugna de visiones salió más fortalecida la visión socialista-centralista. La “visión imperial” de Europa fue principalmente promovida por los socialdemócratas y socialistas franceses. Además a Francia le interesaba recobrar sus prestigio perdido durante y tras el final de la Segunda Guerra Mundial, de manera que, como señala Bagus, la Comunidad Europea se convirtió para Francia en un instrumento para recuperar su influencia y orgullo. Tras el final de la Guerra Fría y el desmoronamiento del sistema comunista, los países de Europa del este como Checoslovaquia, Polonia y Hungría apoyaron la visión liberal del proyecto europeo, y Francia temió que su peor pesadilla pudiese concretarse: la creación de un área de libre comercio dominada por el marco alemán. Pero como ya se dijo, predominó el socialismo centralista y para ello establecer una moneda única sería fundamental. Jacques Delors y el informe que lleva su nombre jugó un papel crucial. El Informe Delors (1989) era un plan de tres etapas para la introducción del euro. La primera buscaba reforzar la coordinación económica y monetaria. Karl Otto Pöhl, Presidente del Bundesbank se mostró escéptico y consideraba la unión monetaria como una idea fantasiosa, ya que esta sólo sería posible a partir de una unión política que, en ese entonces, se veía lejana. Durante la segunda etapa comenzó con el Tratado de Maastricht. Durante esta etapa se creó el Instituto Monetario Europeo (precursor del BCE) y se fijaron los cinco criterios para elegir quiénes integrarían la unión monetaria:

1-La tasa de inflación de precios debía mantenerse por debajo de un límite determinado por la media de los tres estados aspirantes con menor tasa de inflación, más un 1,5%.

2-El déficit público no podía exceder el 3% del PIB.

3-La deuda pública no podía exceder el 60% del PIB.

4-Los tipos de interés a largo plazo debían mantenerse por debajo de un límite determinado por el promedio de los tres gobiernos que pagasen tipos más bajos, más un 2%.

5-Los estados se comprometían a mantenerse en el Sistema Monetario Europeo al menos dos años,  y a no devaluar sus monedas durante dicho período.

La tercera etapa del Informe Delors comenzó con la introducción oficial del euro el 1 de enero de 1999. Cabe señalar que este proyecto estuvo acompañado de una fantasiosa propaganda como, por ejemplo, que una Alemania fuerte y unida podría transformarse en un peligro tanto para sí misma como para los demás Estados. La táctica del chantaje emocional y recordarle a Alemania constantemente su pasado estuvo a la orden del día. Políticos germanófobos y anticapitalistas como Mitterrand buscaban un objetivo principal y era eliminar la hegemonía alemana en Europa. En un principio el líder francés pensó que la Unión Soviética haría ese trabajo, pero tras el colapso del comunismo, Mitterrand buscó la alianza del Canciller Helmut Kohl para establecer el euro.

Políticos y economistas alemanes rechazaron con argumentos la unión monetaria, como explica Bagus:

Las estructuras de los países europeos eran demasiado diferentes para que pudiera funcionar. Muchos de los responsables del Bundesbank eran incluso contrarios a que se introdujese el euro antes de lograr una unión política. Razonaban que una moneda única debiera ser un fin y no un instrumento de convergencia económica. Al afirmar que una unión política era imprescindible para que pudiera darse la unión monetaria, los responsables del Bundesbank esperaban que el gobierno francés dejase de insistir en la introducción de la moneda única[8].

Otro problema que destaca Bagus es que desde el comienzo no se respetaron los criterios de convergencia mencionados más arriba. El Consejo de la Unión Europea terminó por aceptar a Bélgica e Italia, cuya deuda pública superaba el 60% del PIB. Ni siquiera un país como Alemania cumplía con los requisitos. Al respecto Bagus señala que  muchos países sólo lo lograron mediante trucos contables que les permitieron posponer gastos o generar ingreso. Varios lograron cumplir los requisitos solamente durante 1997, el año en que serían designados los futuros miembros de la unión monetaria. El periodista y economista Anatole Kaletsky llegó a señalar que el Tratado de Maastricht constituyó la tercera capitulación de Alemania ante Francia, después del Tratado de Versalles (1919) y los Acuerdo en Potsdam (1945). Por su parte, Bagus cita el caso del político y asesor de Mitterrand, Jacques Attali, quien afirmó que el Tratado de Maastricht no era más que un contrato complicado que tenía como objetivo deshacerse del marco alemán”[9].

Impactante resulta el hecho de que Jacques Delors, como explica el fallecido Tony Judt, se encargase de sobornar a una serie de países europeos para que a cambio firmasen el Tratado de Maastricht. En palabras de Judt:

“…con el fin de que las coordinaciones de Maastricht fueran más digeribles, se pusieron a disposición de los gobiernos más recalcitrantes bonificaciones en efectivo: Jacques Delors, presidente de la Comisión, prácticamente sobornó a los ministros de Hacienda de Grecia, España, Portugal e Irlanda, prometiéndoles un enorme incremento del monto de fondos estructurales de la Unión Europea a cambio de su rúbrica en el tratado[10].

El modelo socialista de la Unión Europea terminó por beneficiar aquellos países más inflacionistas y además se logró terminar con la dictadura del marco alemán. Para entender esto último, hay que comprender el sistema de tipos de cambio que prevalecía. Como ya señalé anteriormente, el Sistema Monetario Europeo buscó fijar el tipo de cambio en torno a un tipo oficial, pero como bien afirma Bagus, tal sistema se mostraba incompatible con la nueva moneda fiduciaria que era el euro. Anteriormente el sistema funcionaba de la siguiente manera: si el Banco Central del país X expandía la masa monetaria, esto resultaría en una depreciación de su moneda frente al marco alemán, de manera que el Banco debería comprar sus reservas de moneda nacional y vender sus marcos. En el caso contrario, si la moneda del país X se apreciase, entonces el Banco Central del país X debería vender su moneda y adquirir marcos a cambio, en otras palabras, debería generar inflacióny crear nueva moneda para hacer bajar así su precio. El problema, señala Bagus, es que no podía forzarse a un Banco Central a que cooperase en este juego, por ejemplo, que el Bundesbank comprase pesetas al Banco de España. Bagus explica de la siguiente forma la situación anterior:

Los bancos centrales crean dinero fundamentalmente para financiar los déficits públicos. De ahí que los gobiernos no puedan incurrir en déficits mayores que los del eslabón más fuerte de la cadena, a menudo representado por el gobierno alemán. El Bundesbank adoptó el odioso papel de guardafrenos, el corrector de la inflación en Europa[11].

Más adelante continúa Bagus:

Para los gobiernos de los países latinos, y especialmente el francés, el euro representaba una manera eficiente de librarse del odiado marco alemán. Antes de la introducción del euro, el marco alemán era un referente que dejaba al descubierto la mala gestión monetaria de los gobiernos irresponsables…Para los gobiernos de los países con inflación alta, que temían cualquier comparación con el Bundesbank, el euro era el instrumento que pondría fin a las comparaciones y las devaluaciones embarazosas[12].

Por su parte escribió Tony Judt:

Los franceses, para superar la ansiedad que le producía la unificación alemana, amarraron con fuerza la República Federal a ‘Occidente’, haciendo que Bonn aceptara abandonar el marco a cambio de la moneda única…los alemanes, por su parte, se comprometieron a ceñirse al marco de una Unión Europea sujeta a una malla cada vez más densa de leyes, normativas y acuerdos e insistieron en que la nueva moneda fuera una fotocopia del viejo marco, regulada, como éste, por un comité autónomo de bancos centrales y regido por los principios fiscales del Banco Central germano: reducción de la inflación, ajuste monetario y déficit mínimo. Los negociadores alemanes – temerosos de las tendencias despilfarradoras de países del Club Med, como Italia o España – impusieron condiciones draconianas a los participantes en la nueva divisa…”[13].

Otros países como Noruega y Suecia también miraban con cierto escepticismo los beneficios de la Unión. Como explica Judt, había una sensación, tal como la expresó el parlamentario sueco, Per Gahrton, de que los países dejarían de ser independientes para pasar a convertirse en una superpotencia en expansión. En cuanto a los países de Europa central y oriental, Judt señala que estas no tenían opción: “Desde Tallin hasta Tirana, los nuevos dirigentes…miraban hacia Bruselas. La perspectiva de entrar en la Unión Europea, con su promesa de riqueza y seguridad, se cernía tentadora ante los electorados liberados de la Europa postcomunista[14].

La creación del Banco Central Europeo favorecería a aquellas naciones más inflacionistas. Como señala Bagus, el control del BCE lo tienen los países del sur de Europa. Su consejo se encuentra compuesto por directores del BCE y los presidentes de los bancos centrales nacionales, donde todos los votos cuentan lo mismo, lo que significa que países con “monedas fuertes” como Alemania, Holanda, Luxemburgo y Bélgica, son minoría frente a Estados inflacionistas y con déficits como España, Grecia, Italia, Francia y Portugal.

Otro efecto de la unión monetaria y que sería perjudicial para los países del sur, fue que los tipos de interés en estos países bajaron, lo mismo que los intereses de los bonos, ya que los inversores comenzaron a comprar los bonos de estos países de la periferia europea lo que generó el aumento de los precios de los bonos y , por lo tanto, la disminución del interés de estos mismos. Esto permitió a algunos países reducir sus déficits y cumplir con los criterios de convergencia. ¿Por qué cayeron los tipos de interés? En primer lugar, explica Bagus, debido a las expectativas de que descendiese la inflación. A esto hay que añadir el prestigio del Bundesbank se traspasó al BCE lo cual trajo confianza a los inversores. En segundo lugar porque se redujo la prima de riesgo. Todo esto creó un riesgo moral, tal como lo explica Bagus: “Se esperaba que las naciones más fuertes rescatasen a las más débiles si fuese necesario. La garantía implícita de que sus deudas estaban cubiertas provocó el descenso del riesgo de impago y que muchos países pagasen a un tipo de interés menor…Como Alemania y otros países garantizaban tácitamente la deuda de los estados mediterráneos, los tipos de interés más bajos de esos estados no estaban en consonancia con su riesgo real de impago”[15].

Relacionado con lo anterior, sucedió que en países del sur de Europa, al heredar una moneda más fuerte, pudieron aumentar sus importaciones y su nivel de vida, de manera que algunos de estos países entraron en un período marcado por un estilo de vida que nunca podrían haber tenido si no se hubiese creado el euro. Finalmente hacia el año 2008 quedó en evidencia la mala gestión de economías como la española y griega (entre otras). Como explica Bagus, los países del sur de Europa tenían una producción menos eficiente que los alemanes y se dedicaron a importar productos, principalmente de Alemania (forzada a aceptar las compras de, por ejemplo, los políticos griegos), debido a los tipos de interés “artificialmente bajos” (es decir no respaldado con ahorro real).  En resumen, tenemos que los países del sur se lanzaron a una vida que no sería sostenible en el tiempo ya que los tipos de interés artificialmente bajos no podrían sostener indefinidamente. En el caso de España comenzó a formarse una burbuja especulativa en torno al mercado inmobiliario

 

Palabras finales

Así, en realidad se puede señalar que el proyecto de la Unión Europea y el establecimiento del euro no estuvo motivada por un anhelo de paz y unidad, sino que más bien respondió a los intereses egoístas de algunos políticos estatistas y nacionalistas que buscaron erosionar el poder alemán en Europa y crear una nueva burocracia centralizada a una escala nunca antes vista con sede en Bruselas. Los políticos, aquellos que gustan presentarse bajo ese rótulo de “servidor público” es una clase que tiene una fuerte conciencia de sí misma. El Estado y sus representantes son en realidad una clase improductiva, no generan riqueza sino que la confiscan y reparten. Desde el siglo XIX la clase política ha construido una narrativa para presentarse como funcionarios neutrales, sacrificados, que renuncia a sus intereses para centrarse en los intereses del país o del “pueblo”. Sin duda alguna, para quienes parasitan en el sector público el euro y el Leviatán de Bruselas han sido uno de sus grandes logros. Lamentablemente quienes terminan por pagar los errores de la clase parasitaria conocidos como funcionarios públicos son la gente que realmente trabaja y genera riqueza para su país. Lo que vemos hoy en Grecia no es culpa de Alemania, del neoliberalismo, del mercado o del capitalismo. Tales chivos expiatorios no ayudan a comprender las verdaderas raíces del problemas que se pueden reducir a una palabra: El Estado griego. Es el Estado el que explotó, mintió y robó a la propia población, y lamentablemente ahora la población griega deberá pasar por una fase extremadamente dura para volver a resurgir, aunque nunca podrá alcanzar el nivel de vida que llevaron durante años, que fue, por lo demás, una ilusión con una fecha de vencimiento segura.

La adopción del euro significó profundizar aún más en el “socialismo monetario” y el euro fue una forma de establecer un gobierno fuertemente centralizado. El Estado es monopolista no sólo en lo que respecta al uso de la fuerza sino que también en materia monetaria. Tan es así que hablar de “competencia monetaria” o “libertad bancaria” es casi un tema tabú o una mera fantasía. Friedrich Hayek, defensor de la competencia monetaria, afirmaba que los economistas ha habían destinado su tiempo a la discusión sobre la competencia entre monedas. Escribe Hayek en “La desnacionalización del dinero”:

En las publicaciones relativas al tema no se cuestiona la creencia universal de que el monopolio del gobierno en orden a la emisión monetaria es indispensable, ni tampoco se explica si esta creencia se deriva simplemente del postulado según el cual en un territorio sólo puede haber un tipo de moneda en circulación…Tampoco encontramos a la pregunta de qué sucedería si se suprimiera el monopolio y si el suministro de dinero se realizara mediante la competencia entre entidades privadas que proporcionan distintas divisas[16].

Para Hayek, conceptos fetiches como “moneda de curso legal” no son suficientes si lo que se busca es justificar la necesidad de una moneda única gubernamental. Tal creencia, explica el intelectual austriaco, obedece a la persistencia de la idea medieval de acuerdo a la cual es el Estado el que confiere de alguna forma al dinero un valor. Continúa explicando Hayek: “Pero la superstición de que el gobierno…tiene que definir lo que es dinero, como si lo hubiera creado y éste no pudiera existir al margen de los poderes públicos, se originó en la ingenua creencia de que el dinero debió ser ‘inventado’ por alguien y que un inventor originario nos lo proporcionó[17].

¿Qué dijo Hayek sobre el proyecto de la moneda única? Escribió que lo mejor que podían hacer los gobiernos de la Comunidad Económica Europea era obligarse mutuamente a no imponerse trabas al uso libre dentro de su territorio de las monedas de los demás. Añade Hayek que es esto y no una Unidad Monetaria Europea Utópica lo que parece ser más practicable y la medida deseable a perseguir. En una entrevista con el economista sueco Axel Leijonhufvud, Hayek afirmó:

“I started remarking against the idea of a common European currency, saying why not simply admit all the other currencies competing with yours, and then you don’t need a standard currency.  People will choose the one which is best.  That, of course, led me to the extension: Why confine it to other government moneys and not let private enterprise supply the money?”

Finalicemos con la pregunta planteada por Tony Judt. El historiador británico explicaba que Europa no se encontraba en la encricijada de escoger entre capitalismo o socialismo, izquierda o derecha o Europa o Estados Unidos. Ahora, la gran pregunta o la cran cuestión era: ¿Qupe futuro tenía, por separado, cada uno de los Estados nación de Europa? ¿Tenían realmente alguno? A esto añadimos la siguiente pregunta ¿Será sostenible en el tiempo el proyecto postnacionalista de la Unión Europea? Como afirmó Judt, las personas no viven en mercados, sino que en comunidades y añade: “Después de todo, ¿qué debía hacer un ciudadano europeo si bombardeaban su casa? ¿Llamar a un burócrata?”. La crisis del 2008, la actual crisis y desafíos futuros nos proporcionarán la respuesta a la siguiente pregunta:  ¿nacionalismo o postnacionalismo?

[1] http://europa.eu/about-eu/basic-information/money/euro/index_es.htm

[2] Artículo en línea: http://www.project-syndicate.org/commentary/the-euro--monetary-unity-to-political-disunity

[3] George Soros, La tragedia de la Unión Europea, El País, 9 de septiembre de 2012 (artículo en línea: http://elpais.com/elpais/2012/09/06/opinion/1346961403_177822.html)

[4] Hans Magnus Enzensberger, El gentil monstruo de Bruselas o Europa bajo tutela (España: Anagrama, 2012), 18.

[5] Ibid., 27.

[6] Philipp Bagus, La tragedia del euro (España: Unión Editorial, 2012), 28.

[7] Ibid., 30-31.

[8] Ibid., 68.

[9] Ibid., 79.

[10] Tony Judt, Postguerra: una historia de Europa desde 1945 (España: Taurus, 2006), 1022.

[11] Ibid., 57.

[12] Ibid., 77.

[13]  Tony Judt, ibid.

[14] Ibid., 1026-1027.

[15] Ibid., 82.

[16] Friedrich Hayek, Ensayos sobre teoría monetaria II (España: Unión Editorial, 2001), 196.

[17] Ibid., 207.