Reseña: La Fatal Arrogancia de Friedrich Hayek (por Jan Doxrud)

La Fatal Arrogancia. Los errores del Socialismo / The fatal Conceit. The errors of Socialism (Friedrich Hayek)

En esta obra Hayek invita a reflexionar acerca de cómo el ser humano ha dado respuesta al desafío  de habitar en un mundo complejo y cambiante. Este escrito no sólo constituye una crítica a todas las formas de socialismo, sino que también una crítica a una tradición utópica que ha tenido como hilo conductor la idea de que, ante la incertidumbre y la complejidad, las sociedades deben y pueden ser diseñadas en su totalidad de acuerdo a un plan preestablecido. Tal tradición la podemos apreciar en Platón, Tomás Moro, Comte y en el mal llamado socialismo “científico” de Marx. Si bien las utopias solemos asociarlas a lugares ideales, la realidad es que la utopia es un “no lugar”, y en todos los casos donde estas han intentado materializarse, degeneraron en distopias, ya que aquella sociedad ideal que se buscaba por medio de la planificación, solo era alcanzable por medio de una férrea disciplina, un igualitarismo absoluto, la abolición de la propiedad privada y el sacrificio del individuo en el altar del colectivismo.

Hayek advierte sobre los peligros de esta arrogancia del ser humano de querer implantar un orden artificial sobre lo que denomina un “orden extenso” que escapa a la racionalidad humana que es limitada. Ludwig von Mises ya había advertido sobre esté límite infranqueable con el que se enfrentaba el aparato planificador socialista. Hayek continúa desarrollando esta idea llegando a la conclusión de que en términos epistemológicos el socialismo se encuentra en callejón sin salida, es decir, el socialismo es un error lógico-intelectual, ya que nunca podrá hacerse con toda la información que se encuentra dispersa entre millones de personas. Esta mentalidad ingenieril con una visión mecanicista de la sociedad, pasa por alto que la causalidad social opera de manera sistémica como bien lo ha afirmado Thomas Sowell, donde se establecen interacciones recíprocas de carácter complejas que escapan al control del planificador.

 El tema de los límites del conocimiento y la incertidumbre estaba en el centro de la reflexión del pensador austriaco. Tan es así que el discurso pronunciado por Hayek al recibir el Nobel en 1974, no versó sobre el neoliberalismo, ni consistió una alabanza a las políticas de Margaret Thatcher, ni sobre la necesidad de privatizar o de reducir el el papel del Estado en la sociedad, ni a alabar y justificar el orden económico existente, como podrían pensar sius detractores. El tema del discurso era sobre la “Pretensión del conocimiento” al cual nos referiremos más adelante. Hayek criticó el socialismo por caer en lo que Taleb describe como “arrogancia epistémica” que  es el resultado de la medición de la diferencia entre lo que uno realmente sabe y lo mucho que piensa que sabe. En el libro “La Fatal Arrogancia. Los errores del socialismo”, Hayek señala en la introducción que el orden que caracteriza a la sociedad civilizada es uno que no ha sido fruto del designio o una intención determinada, sino que deriva de la incidencia de ciertos procesos de carácter espontáneo. Esto  nos lleva a aclarar un concepto clave en Hayek que es el de “orden extenso”. En primer lugar cabe aclarar qué es lo que Hayek entiende por “orden”. El filósofo austriaco distingue dos conceptos de orden. El primero  se refiere al “resultado de la actividad mental orientada a la clasificación de objetos o acontecimientos en función de los diversos aspectos que de ellos percibimos, tal como lo hace la reordenación científica del mundo sensorial…”. El otro sentido de “orden” se refiere a la “concreta ordenación física que ciertos objetos o acontecimientos poseen o se les atribuye en un determinado en un determinado momento”. No hay que confundir el orden extenso con el orden de mercado, ya que el primero es fruto de un largo período de tiempo, con muchos estadio intermedios, mientras que el orden de mercado es algo reciente. El orden extenso no se encuentra solamente integrado por individuos, sino que que también por órdenes de menor entidad, íntimamente implicados. Como señalan  los economistas José Miguel Benavente, Jorge Katz y Juan José Price, para Hayek “el orden social puede evolucionar espontáneamente y que es siempre el producto de la acción humana pero no necesariamente el resultado del propósito humano”. Para estos autores Hayek, junto a Thorstein Veblen, puede ser considerado como “uno de los pensadores más importantes en términos de la aplicación de las ideas evolucionistas al ámbito socioeconómico”. Añaden que lo se puede argumentar es que los tres mecanismo que producen evolución por selección natural, esto es, variación, herencia y selección, tienen su contrapartida en la evolución cultural de Hayek. “Según Hayek, la evolución de las condiciones de entorno influye en las expectativas de los agentes, quienes definen entonces estrategias que son sometidas a un proceso de selección. En esto, la percepción de los individuos es selectiva, fruto de una acción interpretativa de la realidad, siendo el conocimiento un hábito adquirido a través de la experiencia y sometido a revisión constante”. Como bien señalan los economistas citados, la visión de Hayek se aleja de la teoría del comportamiento de la microeconomía neoclásica, del homo economicus maximizador. También se aleja Hayek del paradigma neoclásico donde la información es completa y con un costo de adquisición nulo, y donde la incertidumbre no tiene un papel relevante. En el enfoque de Hayek la incertidumbre juega un papel clave. El discurso pronunciado por el austriaco en la ceremonia del Nobel de Economía, trató de los límites del conocimiento y el intento de los economistas de proceder de igual manera que las ciencias físicas. Citaremos algunos pasajes del discurso. El lector podrá percatarse que Hayek toma distancia de la ortodoxia económica, de la síntesis neoclásicas. En este primer pasaje Hayek critica lo que hasta en ese momento había logrado la ciencia económica:

“Por una parte, el establecimiento aún reciente del Premio Nóbel en Economía marca un punto importante del proceso por el cual, en la opinión pública, la economía ha recibido la dignidad y el prestigio de las ciencias físicas. Por la otra, se está pidiendo ahora a los economistas que expliquen cómo el mundo libre podrá librarse de la grave amenaza de la inflación acelerada, una amenaza creada –debemos admitirlo– por las políticas recomendadas y aún aconsejadas a los gobiernos por la mayoría de los economistas. En efecto, tenemos escasas razones para sentirnos orgullosos: como profesionales hemos enredado las cosas”.

A continuación critica el cientificismo en que ha caído la ciencia económica:

“Me parece que esta incapacidad de los economistas para guiar la política económica con mayor fortuna se liga estrechamente a su inclinación a imitar en la mayor medida posible los procedimientos de las ciencias físicas que han alcanzado éxitos tan brillantes, un intento que en nuestro campo puede conducir directamente al fracaso. Es este un enfoque que se ha descrito como la actitud «científica» y que en realidad, como lo definí hace cerca de treinta años, es decididamente anticientífica en el verdadero sentido del término, ya que implica una aplicación mecánica y nada crítica de hábitos de pensamiento a campos distintos de aquellos en que tales hábitos se han formado".

Para Hayek el error radica en los intentos de la economía de querer constituirse en una “ciencia dura”:

Esto me lleva a la cuestión fundamental. Al revés de lo que ocurre en las ciencias físicas, en la economía y otras disciplinas que se ocupan esencialmente de fenómenos complejos, los aspectos de los hechos que deben explicarse, acerca de los cuales podemos obtener datos cuantitativos son necesariamente limitados y pueden no incluir los más importantes. Mientras en las ciencias fisicas se supone generalmente, quizá con razón, que todo factor importante que determina los hechos observados podrá ser directamente observable y mensurable, en el estudio de fenómenos tan complejos como el mercado, que depende de las acciones de muchos individuos, es muy improbable que puedan conocerse o medirse por completo todas las circunstancias que determinarán el resultado de un proceso… Y mientras que en las ciencias físicas el investigador podrá medir lo que considera importante de acuerdo con una teoría previa, en las ciencias sociales se trata a menudo como importante lo que resulte ser accesible a la medición. Esto se lleva en ocasiones hasta el punto de que se exija que nuestras teorías se formulen en términos tales que se refieran sólo a magnitudes mensurables”.

Esta es una crítica que está plasmada en su obra “The counter revolution of science” (1955)  donde Hayek aborda principalmente temas de metodología y filosofía. Una idea clave de esta obra es que existen diferencias irreductibles entre las ciencias naturales y las ciencias sociales, lo que se traduce en que los métodos aplicados en las primeras no son adecuados para las segundas. De esta manera los cientificos sociales, entre ellos los economistas, deben renunciar a la pretensión de creer que se puede extender el método científico a todos los dominios del saber humano, ya que esto es caer en el “cientismo” (scientism) o “cientificismo”. Hayek ve el origen de este error en la creación de la Escuela Politécnica en Francia (1794). La educación impartida por esta favoreció el desarrollo del positivismo, el cientificismo y el socialismo.  El problema para los constructivistas sociales es que la sociedad está compuesta de individuos que tienen intenciones, motivaciones, fantasías, ideas creativas, es decir, es un gran mundo subjetivo que no tiene un correlato físico que pueda ser estududiado por la ciencia. En realidad este es un tema debatido en el ámbito de la filosofía de la mente, por ejemplo, cuando se critica al enfoque conductista o el materialismo eliminativo por dejar de de lado los fenómenos subjetivos o los “qualia”. Dos autores que se han referido al tema de la subjetividad y la conciencia como aspectos que quedan fuera del alcance científico son los ensayos del filósofoThomas Nagel, “¿Cómo es ser un murciélago?” y del filósofo australiano, Frank Jackson, “lo que Mary no sabía”. En resumen, aunque el ser humano sea una entidad enteramente física, es decir, que sus emociones, sentimientos, dolores tengan un fundamento físico, esto no significa que el ser humano pueda y deba estudiarse solamente por la ciencia, ya que caemos en un peligroso reduccionismo.  Hayek admira la ciencia, pero siempre que se aplique dentro de un campo determinado y la experiencia subjetiva constituye un campo que escapa al conocimiento científico.

Hacia el final del discurso concluye Hayek:

Para que el hombre no haga más mal que bien en sus esfuerzos por mejorar el orden social, deberá aprender que aquí, como en todos los demás campos donde prevalece la complejidad esencial organizada, no puede adquirir todo el conocimiento que permitirá el dominio de los acontecimientos. En consecuencia, tendrá que usar el conocimiento que pueda alcanzar, no para moldear los resultados como el artesano moldea sus obras, sino para cultivar el crecimiento mediante la provisión del ambiente adecuado, a la manera en que el jardinero actúa con sus plantas. En el sentimiento de excitación generado por el poderío siempre creciente engendrado por el adelanto de las ciencias físicas, y que tienta al hombre, existe el peligro de que éste, ‘embriagado de éxito’, para usar una frase característica del comunismo inicial, trate de someter al control de una voluntad humana no sólo nuestro ambiente natural sino también el ambiente humano. En realidad, el reconocimiento de los límites insuperables de su conocimiento debiera enseñar al estudioso de la sociedad una lección de humildad que lo protegiera en contra de la posibilidad de convertirse en cómplice de la tendencia fatal de los hombres a controlar la sociedad, una tendencia que no sólo los convierte en tiranos de sus semejantes sino que puede llevarlos a destruir una civilización no diseñada por ningún cerebro, alimentada de los esfuerzos libres de millones de individuos”.

 Para Hayek es el proceso de mercado, un ámbito de intercambios voluntarios, el que puede organizar de manera más eficiente la información dispersa en la sociedad. Es en el mercado donde se forman aquellas importantes señales que son los precios, donde se lleva a cabo la competencia continua e imperfecta que a través de un proceso de destrucción creativa se va innovando y las sociedades gradualmente progresan. El mensaje de Hayek es a desconfiar de aquella persistente manía obsesiva de planificar lo que no debe ser planificado.